Víbora
por Claudia Aboaf
El hombre flota con brazadas cortas en el agua marrón. Puede arrastrarlo la corriente, por eso bracea en el mismo lugar. Hunde la cara hasta la nariz y traga un poco de río. Ese tramo del arroyo es suyo en lo que abarca la vista desde su casa elevada sobre el palafito. Tiene que bracear con más fuerza para sostenerse en su predio, evitar que el cuerpo de agua dulce lo arrastre hasta el del vecino. Sostiene un momento esa idea de propietario, pero enseguida flaquea y se dice que no es nadie.
Es un verano caluroso que trajo bichos; viajan en camalotes como balsas, bajan del norte y tapizan el agua. Una víbora verde y negra alcanza su hombro, gira alrededor del cuello, continua elevándose y se encarama en su cabeza. El resto del cuerpo músculo lo acollara. Tal como está enroscada, no puede verla.