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lunes, 14 de septiembre de 2020

Capítulo #16 - Yucu, de Giovanna Rivero

 

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Yucu

De Giovanna Rivero

 

Lo primero que se distingue de la turba que grita mi nombre con una mezcla de fanatismo y horror es la escandinava cabeza pelirroja de Olaf Stamm, el cura, que está allí supuestamente para controlar los ánimos y garantizar que se me aprehenda con las garantías de ley. Que se ejemplarice la punición del más execrable de los pecados, pero que el pueblo no manche sus manos. 

No me sorprende reconocer a la cocinera entre el gentío. La disculpo. El rostro moreno sobreexpuesto al sol y a la tristeza ni siquiera gesticula. Está allí porque tiene que estar. ¿En qué otro lugar podría aguardar por la reaparición de la hija, la meserita de ocho años, cuyo colmillo izquierdo yo guardo en calidad de obsequio? Si la cocinera tocara a mi puerta con seria amabilidad, yo le devolvería el colmillo, para que por lo menos tuviera algo de la hija, un recuerdo.

Pero así, con brutalidad, yo no cedo.

lunes, 13 de abril de 2020

Capítulo #08 - Hambre, de Ariadna Castellarnau


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Hambre

de Ariadna Castellarnau 


Llega la noche y Rita y el hombre todavía no han decidido quién de los dos se comerá el último melocotón en almíbar. Es una decisión importante no sólo porque es el último, sino porque han acordado que una vez terminen la lata se dejarán morir de hambre.

Rita hace bailar el melocotón con la punta del tenedor.

—¿Vas a comértelo o no? —pregunta él.

—No lo sé. ¿No deberíamos echarlo a suertes?

—No importa quién se lo coma. Es algo simbólico.

—Morirse de hambre no tiene nada de simbólico.

lunes, 24 de febrero de 2020

Capítulo #04 - Amarás a tu madre por encima de todas las cosas, de Elaine Vilar Madruga


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Amarás a tu madre por encima de todas las cosas

De Elaine Vilar Madruga


Para Cormac McCarthy


A veces se despeja el cielo. Del gris mármol de las nubes sale un rayo de sol, una cucaracha ínfima y luminosa que mira la podredumbre de los campos desde arriba. Mamá encoge los ojos, pero llama a la niña, que vaya, sí, que la pequeña Anisha camine sobre la podredumbre de los campos, un poco más lejos, que ande justo hasta el sitio donde se extiende la alambrada de púas con el letrero de juguete, ese que Anisha contempla siempre: el letrero con la imagen de la calavera y los dos huesitos cruzados. Si Anisha supiera leer, no tendría necesidad de preguntarle a Mamá por qué están rayadas las palabras en el letrero ni quién ha violado la sonrisa de la calaverita; por qué el mundo está dividido en dos pedazos, fuera de las alambrada de púas, dentro de la alambrada. Aún Anisha no ha descubierto dónde es realmente afuera y dónde adentro. Mamá no tiene tiempo de contestar las preguntas de la hija, pero siempre advierte cuidado con las ratas, si vas hasta el borde, Anisha, mantente alerta y no te entretengas demasiado frente a la calaverita, ni empieces a buscar tesoros en la tierra, recuerda que hoy tendremos pocas horas de sol, muy pocas, y la oscuridad atrae a los grupos de ratas con sus antorchas y también a las bombas que caen desde el cielo. Lo repite diez veces. Mamá lo repite diez veces mientras taladra a Anisha con la mirada como si quisiera descubrir si la niña será obediente. Ser obediente es la manifestación más grande de amor hacia Mamá, y Anisha lo sabe aunque lo olvide en ocasiones. Estarás atenta al silbato, Anisha, Mamá vuelve a la carga, en cuanto lo escuches, retornarás conmigo.

lunes, 10 de febrero de 2020

Capítulo #03 - El aquelarre de las chicas muertas, de L'Erin Ogle


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El aquelarre de las chicas muertas

De L'Erin Ogle


La llave gira en la cerradura y entras dando un paso. Hasta tu llegada, hemos esperado a la deriva; el silencio haciéndose pesado en el interior de nuestros huesos. El tiempo pasa lentamente dentro de estas paredes, mientras vestimos nuestros féretros de plástico. Tu hermana te sigue al interior de la casa y mira a su alrededor.

Este sitio no está bien dice.

Tiene razón, pero tú se lo atribuirás a la manera en la que Connie siempre ha existido parcialmente en el mundo real y parcialmente en un lugar donde todo es diáfano e insubstancial. Ni siquiera la oyes, pero te habría venido bien escucharla.

Las reflexiones a posteriori a veces son una putada.