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El aquelarre de las chicas muertas
De L'Erin Ogle
La llave gira en la cerradura y entras dando un paso.
Hasta tu llegada, hemos esperado a la deriva; el silencio haciéndose pesado en
el interior de nuestros huesos. El tiempo pasa lentamente dentro de estas
paredes, mientras vestimos nuestros féretros de plástico. Tu hermana te sigue al
interior de la casa y mira a su alrededor.
—Este
sitio no está bien —dice.
Tiene
razón, pero tú se lo atribuirás a la manera en la que Connie siempre ha
existido parcialmente en el mundo real y parcialmente en un lugar donde todo es
diáfano e insubstancial. Ni siquiera la oyes, pero te habría venido bien
escucharla.
Las reflexiones a posteriori a veces son una putada.