lunes, 11 de enero de 2021

Capítulo #24 - El hambre de la Virgen, de Cynthia Matayoshi

 

El hambre de la Virgen 

por Cynthia Matayoshi  

La procesión va hacia adelante, siempre. Las llamas cargan a los niños. El resto va a pie, junto a las ofrendas para el sacrificio. Las madres no tienen permitido asistir a la ceremonia que será en lo más alto del cerro. Solo la bruja Tomasa, y algunos de sus vasallos. Es la ceremonia del hambre de la Virgen. El rito de su boca.

La Virgen será invocada en la montaña bajo ciertas condiciones: los niños fueron alimentados con maíz, charqui, llevan miniaturas antropomorfas, piedras sagradas, ropas de alpaca.

Son dos niños de cinco y siete años. La niña pequeña siente un poco de aburrimiento. El niño, en cambio, está orgulloso. También siente vergüenza cuando se ladea arriba de la llama. Se pregunta por qué tiene que separarse de ese hermoso animal, tan blanco. Le gustaría dormir junto a esa blancura.

Las sacerdotisas que los ven pasar les tiran gotas de chicha. Los riegan con cardos, les llenan los bolsillos de cositas sin valor.

La niña está aburrida, tiene odio de tanto aburrimiento. No siente el orgullo ciego de su hermano. Piensa que todo eso es un juego, pero demasiado extraño. Un juego para los hombres, para las brujas y para la Virgen que tiene hambre, eso le dijeron. Se lo dijo su madre, y lloró. Si su madre llora es que el juego es un cuchillo. Se imagina bajando de la llama, huyendo por el cerro y tirándole comida sagrada a los cuervos gigantes. Se pregunta si ella no será una niña maldita, la hija de algún demonio. El aburrimiento se traduce en sudor. Todos sonríen excepto ella: las sacerdotisas, las llamas, Tomasa, las gotas de chicha, los tatuados.

Al subir al cerro, la ceremonia. Que sea breve, que se termine ahora, ya, como si nunca hubiera sido, piensa la chica. El chico, que abajo erguía la espalda, ahora llora. Corren a adormecerlo. Varios tragos de alcohol y hojas de coca, que le den más, dicen, para que se duerma. Lo envuelven y hasta se le escapa una sonrisa. Lo envuelven más.

Algunos ya hicieron la fosa. Tiene el espacio perfecto para sus cuerpos: ni una luz, cuerpos contorsionados, cuerpos revueltos.

Mantas ahora sobre la niña. Cara de niña demonio, ¿qué le pasa? Se niega a tomar la chicha. Invocan a los espíritus, danzan, le rocían el cuerpo con ese brebaje. Alguien la obliga, y termina el miedo. Es la fiesta del hambre de la Virgen, dice Tomasa. La Virgen tiene hambre, quiere niños, los convierte en semi-dioses, ahora serán ángeles. Ahora podrán conceder beneficios a su pueblo.

La niña escucha la voz de Tomasa mientras la introducen en el hueco. Atontada escucha. El niño envuelto en mantas, ya en la fosa, está adormecido. La niña está despierta, Algo alucina, pero ve.

Alguien toma una pala y cubre la fosa, pala tras pala cae la tierra sobre la cabeza como si lloviera al revés. Hay cánticos atolondrados, les arrojan objetos.

Más cánticos.

Ya tienen el cuerpo cubierto de tierra. Ésta se mete en la nariz, la niña respira tierra como antes respiraba pensamientos. Tierra húmeda y arenosa como los cardos. Cerrados al vacío, el aire dura un tiempo para comer palabras.

¡Ahora serán oráculos!, es lo último que oye la niña. Ella se niega a buscar el sueño. Que venga la Virgen y me lleve, piensa, a ver cuándo viene. Mejor despierta. Pero la Virgen no llega y falta el aire.

El pensamiento se vuelve azul. Debajo de la tierra todo huele a chicha y a pis. La niña quiere moverse y no puede, quiere vomitar y no puede, no quedan pensamientos articulados, una luz roja en medio de lo oscuro se abre como una boca. Es lo último que ve. Es la boca del sueño, no de la Virgen. De la Virgen nunca ve la boca. El sueño es un sueño repetido, el de los siete días antes de la procesión: huye por el cerro y les tira objetos sagrados a los cuervos gigantes, pero ahora con una diferencia: los cuervos sonríen.



Psicoanalista y escritora argentina nacida en Buenos Aires en 1971.
 La sombra de las ballenas, su primera novela, se publicó en Argentina en 2019 y fue editada en España en 2020. Escribe narrativa y poesía (tiene publicaciones en diversas antologías, la última dedicada a Olga Orozco: Otras nosotras mismas). En 2020 la novela fue mencionada como uno de los libros recomendados del año en medios locales.

 

lunes, 21 de diciembre de 2020

Capítulo #23 - Olivina y lluvia, de Laura Anne Gilman

 

Olivina y lluvia

por Laura Anne Gilman

Nunca sabemos cuándo llegará el mercado, aunque viene dos veces al año; una extensión de tres días, o cinco, o siete o nueve, pero nunca más. Por la noche, el sonido de la madera, el clavo y la rueda giratoria en los campos que nunca se aran, nunca se dañan, en los que no crecen las moras salvajes, y por la mañana el mercado está allí, los puestos y las tiendas en hileras trilladas, un laberinto de todas las cosas que el alma desea.

Tres días, o cinco, o siete o nueve, y después desaparece.

Pero durante esos días, se extiende entre nosotros, casetas de techos tintados de verde y  postigos del color y el brillo de la Olivina. Puede que el mercado resplandezca bajo la luz del sol. Puede. Tal vez lo haga, en los lugares lejanos en los que la luz se filtra a través de unas nubes emplumadas, cuando el cielo palidece hasta el azul, y calienta el pavimento bajo los pies. Mis dedos hormigueaban con el deseo de imaginarlo así, mezclar los colores que expresan el brillo y el esmalte, los sabores de matices descontrolados, el arcoíris de sonidos.

Pero desaprueban esas cosas. Nada de pinturas, nada de dibujos. Ven al mercado y compra lo que quieras, pero solo puedes llevarte lo que hayas pagado.

Hasta los recuerdos se desvanecen, una vez se acaba el mercado. Solo conservamos lo que hayamos pagado.

Hoy, los puestos están envueltos en niebla, el agua gotea de las cornisas ribeteadas, los vendedores están envueltos en telas impermeables y mantas para mantener el frío alejado de los huesos. Nosotras estamos más acostumbradas a él, solo cubrimos nuestro pelo con capuchas livianas y nuestras cestas con telas.

Es el segundo día; podríamos tener todo el tiempo del mundo, o ninguno.

Mi lista es corta: tizas nuevas, en colores que solo ellos venden, y el hilo que Madre adora, que aguanta el dobladillo y las costuras mejor que cualquiera que pudiéramos fabricar nosotras. Si fuera solo por mí, terminaría y me marcharía.

¡Mira la fruta!

Mi hermana tira de la mano que tengo libre, toda ella entusiasmo y emoción. Por primera vez tiene dinero para gastar, este mercado, y no puede decidir cómo gastarlo. He prometido ayudarla a elegir con sabiduría, pero Madre y yo sabemos que es una causa perdida. En tu primer mercado, no haces nada con sabiduría. Esa es la mitad de la diversión.

Y todo el peligro.

—Está bien —digo, levantando mi cesta para que descanse más arriba en mi brazo—. Vayamos a ver la fruta.

No tengo ningún interés en la fruta; sé que el sabor se desvanece una vez abandonas el territorio del mercado, y deja un hambre que la fruta local no puede satisfacer. Me contentaré con las manzanas y las peras que crecen cerca, en lugar de añorar sabores exóticos que no perduran.

Las madres llaman a eso sabiduría, yo creo que es sentido común. En cualquier caso, no es nada que mi hermana, a sus once años, entienda.

Si pudiera mantenerla alejada del mercado, lo habría hecho.

Así que, ¿por qué regreso, cuando instalan los postes de sus tiendas y cuelgan sus banderines contra nuestra lluvia constante? No todo el mundo lo hace. La mitad del pueblo está trabajando duro hoy, las espaldas vueltas a la conmoción, las cabezas giradas hacia sus obligaciones. Pero por cada alma que se aparta, dos están aquí, o eso parece. Tres días o nueve, el mercado permanecerá, y después desaparecerá.

Una gota verde resplandeciente tiembla en el borde de un saliente. Cae, y yo levanto una mano para atraparla. Pero cuando salpica contra mi piel, el agua es incolora de nuevo.

Ninguna tiza puede atrapar ese resplandor, ningún recuerdo lo guarda durante mucho tiempo. Nada en este lugar resplandece así una vez el mercado desaparece. Pero con las tizas que vende el mercado, con esas, al menos puedo intentarlo.

Inténtalo y fracasa. Inténtalo de nuevo.

Incómoda, me limpio la mano contra la manga, mirando a todas partes excepto a la neblina cristalizada sobre nuestras cabezas. El pasillo siguiente a los vendedores de fruta está lleno de cuerpos fornidos, músculos que se flexionan bajo cueros y tela. Los trabajadores de herramientas deben estar aquí. Mi tío tiene un martillo que compró en el mercado un año. Veinte años más tarde todavía resuena como una campana cuando golpea hierro, y no hay una sola grieta en su superficie.

Jamás le he visto usar otra herramienta.

Eligió con sabiduría. Es mejor comprar algo sólido en el mercado, algo práctico. Algo que puedes sostener, y poseer.

Mi hermana es toda ojos abiertos y emoción, y los comerciantes la ojean con afecto predatorio. La sigo de cerca, en silencio, tratando con fuerza de no juzgar.

Cómo puedo juzgar, cuando fui yo, no hace mucho tiempo.

—Oooooh… —Sus dedos acarician el aire sobre las pieles aceitosas de los caquis y las frutas en racimo, sabiendo que no debe tocar nada que no esté preparada para comprar.

Elige una fruta, la insto silenciosamente. Sueña el resto de tu vida con tierras que jamás verás, pero sabiendo que el sabor regresará, si eres lo suficientemente paciente y ahorras tus monedas. La fruta no es segura, pero es lo más sensato.

Pero su vista se eleva, la amplitud del mercado todavía por explorar. Botellas brillantes de aguardiente de caña e ichin descansan en camas de hielo partido, atrayendo su atención brevemente antes de que salga disparada a mirar una exposición de cestas colgantes, trenzadas con astucia para parecer cisnes en mitad del vuelo o dragones enroscados alrededor de nada más que aire.

Es algo bueno que no tenga nada en mente, nada que controle su pensamiento y sin embargo esta cantidad de distracción es peligrosa de formas diferentes. El mercado puede convencerte para que tomes decisiones estúpidas, si no eres precavido. Todas las familias tienen una historia de un miembro que perdió el camino en el mercado, y que nunca regresó del todo a casa.

A ella no le pasará. Me lo he prometido a mí misma.

Su trenza bota contra su espalda cuando se lanza a través de la multitud, los lazos rojos del cuello de su camisa aletean mientras se mueve. Aquí está segura, perfectamente segura: nadie le haría daño a un niño aquí, nadie osaría.

Que elija algo seguro. Algo que encaje. Algo que pueda llevarse a casa y conservar, y quedarse satisfecha.

—¡Raisy!

—Ya voy —digo, alargando el paso para alcanzarla, solo para quedarme sin aliento cuando veo dónde se ha detenido.

Este es el único pasillo donde los productos no están distribuidos en exhibición, si no en la parte de atrás de cada puesto. Necesitas adentrarte en el territorio de cada vendedor para evaluar su mercancía.

—Oh. No.

Pero lo digo para el cuello de mi camisa. Se entra al mercado libremente, compras libremente, y es mayor de edad, aunque sea apenas. No obstante, me apresuro a unirme a ella, asintiendo educadamente a la vendedora que ha salido a recibirla, queriendo avisarla de que se aleje, agarrar a mi hermana por el codo y dirigirla a otro lugar, a cualquier otro sitio.

Ella se gira para sonreírme por encima del hombro, para después regresar a los objetos que la han fascinado.

—¡Míralos, Raisy!

Estoy mirando. Jaulas de paja, y otras esculpidas en cuarzo o a partir de cristal. Recipientes con tapas, algunos sin ellas, todos con un par de ojos, devolviendo la mirada.

No es algo inaudito comprar algo vivo en el mercado. Pero nunca he oído que fuera algo sensato.

Las criaturas vivas tienen formas propias.

Mi hermana se inclina para investigar, descartando una jaula y después otra, hasta que se detiene. Un pelaje gris y negro, y ojos de un verde resplandeciente de minas lejanas.

—Oh.

La vendedora y yo lo escuchamos al mismo tiempo. Solo la vendedora sonríe.



El trabajo de Laura Anne Gilman ha sido calificado como un "verdadro míto americano" por NPR, y alabado por su hábil trama por Publishers Weekly. Ganó el premio Endeavor por THE COLD EYE y ha sido finalista del Nébula, el Endeavor, y el Washington State Book Award. Sus novelas incluyen trilogía de western weird  Devil's West, la serie de fantasía urbana Cosa Nostradamus y la trilogía The Wineart War, así como las colecciones de relatos WEST WINDS’ FOOL y DARKLY HUMAN. Su nuevo libro se publicará en Saga/S&S en 2021.

Antigua neoyorkina, en la actualidad vive en Seattle con un gato, un perro y muchas fechas de entrega. 

martes, 15 de diciembre de 2020

ESPECIAL VERKAMI - Lectura en directo de "Mujeres soñando con el amor mientras son observadas por un ser inmortal", de Gabriela Damián

Durante nuestra campaña de Verkami para financiar el segundo año del protecto realizamos la lectura de este relato inédito de una de nuestras autoras, Gabriela Damián, en compañía de un grupo de mujeres talentosas en nuestro canal de You Tube. Aquí ponemos a vuestra disposición el texto del relato.




Mujeres soñando con el amor, mientras son observadas por un ser inmortal

por Gabriela Damián 

Miro a la que soy dibujada en el interior de mis párpados con tanta claridad que no pareciera un sueño. Me veo sentarme sobre la esterilla y desnudarme, capa por capa caen al suelo las doce mangas de las doce túnicas de seda colorida, producen un suave bisbiseo. La luz de la luna se filtra por los muros de bambú y papel que me guardan del resto de la casa, soy una figura de porcelana líquida. Me tiendo, duermo. Todo está en silencio, excepto mi rostro. En sus expresiones adivino los placeres que recibo de mi amante, una danza invisible en el misterioso paraje del sueño: la boca entreabierta y húmeda, la nariz frunciéndose con un mohín de gozo, las cejas arqueadas en un gesto dulce. Mis manos quieren asir las manos ausentes. Quizá los diez dedos logran entrelazarse en el sueño, pero yo sólo me veo apretar mi propia carne. Cuando amanece y el cielo se tiñe de rosa, las dos pinceladas negras que son mis párpados se abren. Por un instante veo a quien me ve dormir. Me veo a mí. Y entonces despierto, esta vez de verdad. La visión me asusta, me confunde. ¿Será alguna clase de mensaje? ¿Un presagio de muerte? Resuelvo convertir mi angustia en un objeto que pueda observar, estudiar, comprender. Un jarrón, pintado por la mejor artista, para contemplarlo. Lo podría romper, de ser necesario, si resulta que esto es un maleficio. Lirio, mi más querida, entra a la habitación para vestirme y cepillar mi pelo. Cuando termina de acicalarme pienso que el miedo se ha disipado, pero al poner el espejo de bronce delante de mí, cierro los ojos para no ver mi reflejo.

 

Abro los ojos. El mundo desaparece cuando los cierro, pero si dejo de apretar los párpados, sigue aquí. Los guijarros a la orilla del río son bonitos, coloridos, a gatas recojo los que más me gustan. Me asomo por encima de la superficie del agua, ahí estoy. Tengo la cara ancha, los ojos pequeños, el pelo como nido de alondra, la boca abierta. Una nube oculta el sol y me pierdo. Al volver la luz, reaparezco, junto con el rostro del becerro que mi mamá me dejó cuidar. Hace frío, los pelos cortos y ralos de mis brazos se erizan como los de los silenciosos, los que tienen más pelo que yo, los que no cantan pero calientan con su aliento la cueva en que dormimos. Abrazo al becerro, presiono la piel de mi cuerpo contra su pelambre tibia. Bebemos agua del río; nuestras lenguas rosadas rompen la superficie, que se agita, ya no podemos vernos en ella. La voz de mi mamá dice una palabra. Es mi nombre. Miro al becerro, el becerro me mira. Podría tener su propia palabra también.

 

Soy un cuerpo que ha hecho, como tejiendo a ciegas, otro cuerpo más pequeño. No sé si es su voluntad o la mía, o un deseo de ambas partes, pero estamos por separarnos: su cuerpo va a salir del mío. Soy dolor vivo, la fuerza misma que empuja los límites de la carne, los huesos, la sangre, mi voz. Soy madre, soy dolor vivo. Me agacho. Las otras mujeres me escuchan gritar y vienen a acompañarme. Mi respiración empuja hacia abajo la cabecita que se asoma entre mis muslos. Yo quisiera estar sola, y luego no. La partera me da un mecate para que lo muerda, me frota los brazos. Siento que mi cadera se abre como una fruta, escucho su chasquido, su tronar de relámpago en el cielo, serpiente de la vida que muerde el aire. Veo mi rostro reflejado en el espejo de obsidiana que pende de la pared, me veo gritar. Luego ya no me veo porque el espejo va de un lado a otro, la tierra se está moviendo, dicen las otras, está temblando. El cuerpo chiquito se escurre fuera mío como un pez rojo, apurado. Yo descanso. El placer que siento es tan grande como el dolor que se ha ido. La tierra se mueve, no hubo anuncio, no es presagio, pero las otras se van, nos dejan solas. Nos miro: ahora somos dos. Alzo a mi niña en brazos, la beso. Está temblando, sí, pero aquí la tierra es así, inquieta, grita que está viva, a veces también se pone de parto y da luz a piedras ardientes sobre las que un día crecerá la hierba. ¿Cómo caminará mi niña sobre la nueva tierra? Si acerco su rostro al vaivén del espejo, ¿podré ver su porvenir?

La música me llena el cuerpo. Mientras dura, el ritmo de mi corazón es reemplazado por su sonido, son sus pulsaciones las que llevan la sangre resonante a mis músculos. Este lugar huele a sudor, a cigarro, a cebolla frita, al perfume de la crema que me unté al salir del baño. Ya me arden las piernas. Alzo los brazos sobre mi cabeza como las ramas de un árbol, las luces eléctricas son los relámpagos de una tormenta nocturna. Veo mis pies hambrientos de espacio, felices, apretujados en mis zapatos. Mi pelo mojado por el sudor es una espuma ligera color ceniza que se me pega en la nuca, lo levanto para dejar pasar el aire. Tengo el rostro caliente, caliente. Puedo ver el rubor escarlata en mi piel lustrosa, oscura que da gusto, en el espejito que saco de mi bolsa. Me reconozco y hasta me sonrío. Bebo un largo trago de cerveza hasta que me punza la cabeza, está helada. Mi carne es templo de la alegría. Deseo que esta noche dure para siempre.

 

Me he perdido en el bosque. Tengo frío, mis pies están ateridos. ¿Cómo pude perderme? Qué tonta. Al menos no paso hambre. He picado aquí y allá hierbas, frutos, hongos que mi abuela me enseñó que no habrían de hacerme daño, los que, recuerdo, dijo que un día comeríamos juntas. Descanso un poco bajo la sombra de un árbol altísimo. Al cabo de un rato siento su edad, su presencia. Escucho su voz, lenta, vieja, se mezcla con todas las voces del bosque. Poco a poco veo el rostro de sus habitantes. Algunos son animales, otros no: es la gente verde, la gente escondida que cuida la vida y la tierra. Percibo un zumbido, pero no hay abejas, zumban el olor del musgo y las hojas, la hierba, las cortezas. La gente escondida me dice que esa es la canción que el mundo canta. Un pedruzco me llama, lo reconozco, nos hemos visto antes: guarda en un costado la entrada a una cueva. Me dice que viene la lluvia, me da refugio. El agua cae y su canto cristalino me llena de alegría. Sobre una piedra lisa se acumula el agua del cielo. Me asomo en ella: tengo los ojos muy grandes, muy abiertos.

 

Mi reflejo ondula sobre la superficie tranquila de este mar. Nací con dos piernas no aptas para caminar sobre el concreto de las ciudades. Dediqué mucho tiempo a pensar en articulaciones, circuitos eléctricos, aleaciones antioxidantes. Observé mecanismos e imaginé posibilidades, aprendí de las ranas, los peces, los caballos. Tomé inspiración de las sirenas. ¿A quién agradecerle esos dibujos en los libros viejos que me hicieron soñar con un cuerpo antiguo para el futuro? En la soledad de mi taller, durante madrugadas demasiado cortas, me construí un par de ancas, y un par de patas, y unas piernas para correr, y una cola con aletas para nadar. Es hora de poner a prueba la invención, la apuesta de mi vida. Antes de sumergirme coloco la boquilla y el visor sobre mi rostro. Respiro. El impulso me lleva hasta el fondo del suelo marino. Lo veo todo, el arrecife, los peces, las algas. El mecanismo funciona: ¡puedo nadar! Soy un animal de acero y cartílago, una máquina de carne que sueña y construye. Una de mi especie.

 

Me preparo para decir la verdad, la palabra divina. Mi cabeza está perfumada con aceite, coronada con laureles, el cabello negro y trenzado enmarca mi rostro, anguloso y solemne, según se aprecia en el bronce pulido en que me observo. Derramo el vino sobre la tierra, ofrezco mi carne y entendimiento para ser habitado por los mensajes. Mis brazos, aunque fuertes, tiemblan por la emoción al hacer los movimientos de la danza. Por una grieta de la tierra escapa el vapor sagrado. Mis hermanas y yo aspiramos con fuerza su potente espíritu. Lo divino no huele muy bien, he de decirlo, pero me permite conocer las cosas vedadas a los mortales. Subimos al templo, llenas ya de la divinidad. Sonrío, asombrada de la fuerza que nuestros cuerpos tienen para resistir su presencia, el conocimiento y el misterio. Velaré el sueño de los fieles, y les diré qué habrán de buscar en el otro reino.

 

Siento una presión en el pecho, un dolor que pesa exactamente lo que esa persona ausente, su forma y volumen gravitan como un fantasma compacto sobre mí. Me llevo la mano ahí donde duele, presiono gentilmente y mis dedos acarician la piel huérfana, piel mía, pese a todo. Afuera se escuchan, incesantes, los aullidos de las sirenas: ambulancias, patrullas, bomberos. Si mi dolor no se compara con el dolor del mundo, no me importa. El llanto es un espasmo cálido pero también un alivio fresco sobre mi rostro enrojecido. Tomo aire, impulso, aprieto los párpados: el llanto es una música del cuerpo. Exhalo, abro los ojos. Me encuentro conmigo en el espejo. Palpo mi pelo negro, mis brazos mullidos terminados en huesudas muñecas; tengo la nariz roja como un jitomate, tengo los ojos hinchados... Me tengo. Me sostengo a mí. Quizá un día agradezca al dolor la posibilidad de percatarme de que estoy viva, de que he amado.

 

Sé del dolor. Veo como una sombra de luz mi vaga silueta reflejada en las paredes heladas de mi casa, donde el hielo es azul de tan blanco. Me duelen los huesos, la espalda, la inflexión diaria a la hora de sentarme a comer. Mi piel me queda grande, como la ropa que se le pone a las criaturas con la esperanza de que vivan lo suficiente para llenarla. Mi piel vieja ahora podría ser materia prima para una capa o unas botas, como las pieles animales que visto, que llevo encima. Extraño mis dientes, pero valoro mi memoria. Cada cosa que he vivido la siento pulsar en el mapa de mi cuerpo. Me duelen las manos pero aún puedo trenzarme el pelo. Mis dedos de anciana saben hacer tanto: han criado, han cocinado pescado, han tejido las mantas, han amado partes concretas de algunos hombres, han acariciado el pelaje del caribú. También le han dado la muerte, y mi sangre se ha mezclado con la suya. Ojalá pudiera heredar lo más valioso que tengo como si fuera una herramienta, una propiedad: mis dedos, mi memoria. Las cosas que hice mejor que nadie.

  

Escribo con caligrafía ordenada lo que mi corazón anhela. Nadie más debe ver estas palabras. Cierro con llave la cortina que oculta mi escritorio. En el aguamanil las manchas de tinta se van diluyendo conforme las enjuago. Alzo la mirada de mis dedos aún renegridos y hallo mi rostro en el espejo. Me sorprende cómo me veo. No parezco yo. ¿Quién es esa que me ve? Miro esos ojos largamente, tratando de reconocer como mías, y no de otra, las pecas y lunares, la forma de las cejas y el color violáceo de los labios. Pero no puedo. Por un momento siento miedo. Es como si otra, mucho más vieja y sabia que yo, viniera a responder las demandas de mi escrito, y me dijera, con piedad y pena, que el asunto trata de otra cosa. Que el amor con el que sueño es este que siento cuando nadie está conmigo; la simpatía que me provoca saber de cuánto soy capaz; la melancolía ante la idea de que este rostro será muchos rostros distintos antes de morir, el miedo de que quizá nunca llegue a saberlo todo de mí misma. Pero ella dice también que no tema porque hoy, en esta hora, me conocí. Toco mi rostro con la mano izquierda, mi cara en el azogue se toca con la mano derecha. La otra que soy y yo formamos un círculo mágico. 

 

Hoy es la primera vez que me veo en el espejo. O sea: hoy es la primera vez en toda mi vida que veo a la misma persona que el ojo de mi mente ve cuando protagonizo mis fantasías sacadas de un dorama. Ni falta hace que me pinte, ni que me vista, ni que me esconda el pito en mis calzones color turquesa: así solita ya soy. Por la ventana entra el sol de las cinco de la tarde. Me toma del brazo y me dan ganas de chillar; no es el subidón de estrógenos, es la plenitud de haber llegado por fin a mí, el orgullo de haberme procurado un lugar dentro de un cuerpo y un planeta. No era vanidad lo que recrearon los señores cuando pintaron sus Venus mirándose al espejo, era esto: el reconocimiento, el Sí existo después de tanta pinche insistencia con que No existo. Estoy aquí y estoy viva, ¿cómo la ves? Respiro y siento. Voy a salir a la calle y voy a vivir.

 

Veo mi cara reflejada sobre la porcelana lustrosa del jarrón cuyo diseño yo misma dibujé. Pero también me veo en él, trazada con tinta y fijada con el calor del fuego en los hornos del taller. Tal vez Jade note, o tal vez no, que la cara de la mujer del jarrón es más la mía que la suya, pues al pintar siempre uso los rasgos que mejor conozco. Lirio, su más querida, vino a decirme qué deseaba Jade que pintara en su pieza: un sueño que tuvo, en el que se vio a sí misma soñar. Dibujé la escena sobre el jarrón hecho con arcilla de Kao-Ling shan, carne de la tierra. Cuando salió del horno, tomé el pincel para darle vida con el verde, el amarillo, el rojo, los humores pulverizados del mundo. Al terminar supe que no habría otro jarrón más bello que éste. Llena de orgullo lo entregué a Lirio, quien lo estudió con deleite y asombro. Me dijo: 

–Yo no sé de tu arte, maestra, sé que con tu pincel y tus colores vuelves visible lo invisible. Pero cuando mi señora Jade narró su sueño, y encomendó que yo te lo contara a ti, imaginé que en el jarrón estaría ella tendida, en reposo, viéndose a sí misma, sentada a un lado. Confieso que habría querido ver a su amante rebosando apostura. En su lugar, tú te has dibujado a ti, pero adornada con su largo pelo negro y sus ropas. La has dibujado mirándose a un espejo, y has puesto el rostro de un dragón en el reflejo. Mi corazón se emociona aunque no comprenda del todo por qué lo has hecho así. ¿Cómo sabes tú que desde aquel sueño mi señora Jade teme asomarse al espejo? ¡Ayúdame a entender!

Dije:

–Yo no sé de tu arte tampoco, Lirio, de saber escuchar confidencias mientras cepillas los cabellos de otra con dulzura, poco sé de la generosidad de guardar anhelos y secretos que no me pertenecen. Otro día me compartirás tu sabiduría. Responderé a tu pregunta con una historia que me contó mi abuela, que a su vez recibió de su abuela: de entre las criaturas sagradas hechas de tiempo, existe un ser inmortal que de vez en cuando se escapa de sus obligaciones, deja de cantar la canción del mundo y se aparece en las superficies donde nosotras, simples mortales, contemplamos nuestro reflejo. A causa de esta travesura, por un instante vemos su cara en lugar de la nuestra. El tiempo nos separa de nosotras mismas como una cortina de lluvia separa a dos personas que intentan cruzar al otro lado de un camino, y la distancia nos permite reconocer la llama de la vida, única, eterna, arder dentro de nuestra carne. El regalo del dragón es sabernos muchas y una, todo y nada, fugaces e inextinguibles. Es un obsequio temible, pero poderoso, conocerse.

Lirio me dijo:

–Maestra, ¡ven conmigo! Entrega tú ese regalo a mi señora Jade. Ayúdala a no temer.

Acepto la petición de Lirio. Caminamos juntas por la calle empedrada, a la sombra de Kao-Ling shan. Algo aletea entre las nubes. Las puertas se abren a nuestro paso, cruzamos los jardines fragantes hasta llegar a la señora Jade. Yo no agacho la cabeza: la miro,  ella me devuelve la mirada. Y como si fuéramos inmortales, hallamos en los ojos de la otra nuestro propio rostro.


Ciudad de México, México, 1979.
Narradora, ensayista y periodista de cine y literatura. Pertenece al colectivo de arte y ciencia Cúmulo de Tesla. Fue ganadora del James Tiptree, Jr. Award (hoy Otherwise Award) por su relato “Soñarán en el jardín”. 

Cuando era niña disfrutaba mucho leyendo antologías de cuento porque sentía que eran pequeñas puertas hacia otros tiempos y espacios, y que cada nueva autora o autor era una amistad más. Algunas colecciones de historias y proyectos en los que ha participado al lado de más autoras y autores mexicanos de fantasía y ciencia ficción han sido finalistas del World Fantasy Award y los Premios Hugo, lo que la ha hecho muy feliz, pues le alegra poder ser ella quien abra esas puertas a otros tiempos y espacios a otras personas.


lunes, 7 de diciembre de 2020

Capítulo #22 - Electric Geisha, de Duchy Man

 

Electric Geisha

por Duchy Man  

                                                                                                        Para Maia

Abrió las treinta y dos cajas de laca,  metidas una dentro de la otra hasta el infinito. La última, cubierta por un paño dorado sobre el piso negro,  apenas fue tocada. Tenía los dedos pintados de rojo. Siguiendo las severas órdenes enunciadas desde la puerta trasera, sólo debía yacer sobre su espalda y dejar que las manos ajenas  le corrieran encima.

 

La cuchilla descendió  varias veces, dejándolo todo azul en el hueco de la axila.

Ilustración realizada por la autora

viernes, 27 de noviembre de 2020

ESPECIAL VERKAMI - Lectura en directo de "La Glicina Gigante", de Charlotte Perkins Gilman

 

Durante nuestra campaña de Verkami para financiar el segundo año del protecto realizamos la lectura de este relato de terror gótico y humor en directo en nuestro canal de You Tube. Aquí ponemos a vuestra disposición el texto del relato, con la traducción de Sofía Barker.




La Glicina Gigante

por Charlotte Perkins Gilman

 

—¡Deja de tocar mi nueva enredadera, niña! ¡Ya has roto el delicado brote! ¡Nunca tuviste que realizar un solo quehacer y aun así no sabes estar quieta!

 Los dedos nerviosos titubearon, aferrados a una pequeña cruz de cornalina que colgaba de su cuello, y después cayeron desconsolados.

—Devuélvame a mi hijo, madre, ¡y entonces me estaré quieta!

—¡Calla! ¡Calla! Estúpida, ¡podría haber alguien cerca! Mira, ¡tu padre se acerca en este instante! Entra, ¡rápido!

La joven levantó la mirada hacia la cara de su madre, con unos ojos cansados que sin embargo, todavía guardaban un fuego titilante e incierto en sus oscuras profundidades.

—¿Es usted madre y aun así no tiene piedad de mí, que también lo soy? ¡Deme a mi hijo!

Su voz se elevó hasta formar un grito extraño y profundo, que fue roto al poner su padre la mano sobre la boca de la joven.

—¡Sinvergüenza! —dijo él, con los dientes apretados—. ¡Regresa a tus aposentos, y no te dejes ver de nuevo esta noche, o haré que te aten!

La joven se marchó después de aquello, y una sirviente de expresión seria la siguió, para regresar después de un breve instante con una llave que le entregó a su ama.

lunes, 23 de noviembre de 2020

Capítulo #21 - Cabeza de Rice Krispies, de Laura Lee Bahr

 Cabeza de Rice Krispies

por Laura Lee Bahr

Mi madre se muere. Al parecer, a las madres les pasan estas cosas. Y a los padres. Y a los amigos. Y a todo el mundo.

No estoy preparada para esto. Supongo que nadie lo está, porque todo el mundo habla de morirse como si no fuera algo que les vaya a pasar a ellos y cuando le ocurre a alguien en tu familia todo el mundo dice cuánto lo lamenta o qué cosa más horrible en lugar de “Bueno, es algo que nos pasa a todos”.

Quiero dejar claro que no estoy defendiendo este tipo de respuesta de ninguna forma. Lo último que quiero, cuando hablo con mi prometido por teléfono y le hablo de este estertor ahogado que mi madre está haciendo al aspirar y le digo que apenas puede pronunciar más de dos palabras seguidas, es que me diga “Bueno, eso es lo que pasa”.

En vez de eso dice que lo siente mucho y que es algo horrible. Y eso es lo mejor que puede decir. Pregunta qué puede hacer para ayudar, que es la mejor alternativa. Le digo que rece por mí.

Son conversaciones cortas. Hay cosas que ambos sabemos que ocurrirán después de que ella muera, como que yo seré la albacea del testamento, porque mi hermana Zelda es una inútil con las cuestiones prácticas y que tendré que hacer todo el trabajo que implica esfuerzo físico y los temas burocráticos cuando alguien se muere y que es mucho más trabajo de lo que te cuenta la gente.

Hay cosas que creemos que ocurrirán cuando muera, como que irá al purgatorio y allí quemará sus pecados, que son muchísimos porque es una bruja.

Pero también hay cosas que no puedo contarle a mi prometido que ocurrirán después de que ella se muera, como que estoy buscando una manera legal de preparar su cuerpo en algún tipo de estofado que serviremos en su funeral.

Es la última voluntad de mi madre.

lunes, 9 de noviembre de 2020

Capítulo #20 - Mujer precavida, de Milena Hidalgo

 Mujer precavida

por Milena Hidalgo


Pablito, estate tranquilo para darte el almuerzo. Vamos otra vez con esto. ¡Pareces un remolino, chico! Está bien, te cuento algo, pero hay que comérsela toda. ¿Sí? Bueno. Abre la boca, amor, no seas malcriada, dale que él necesita alimento. Eso… Había una vez una mujer hermosa esa eres tú, amor mío que se casó con un hombre igualmente bello ese soy yo. Luego de varios años intentando tener hijos, lograron concebir. Estaban tan felices con la promesa de un chiquitín corriendo por el patio… Pero la felicidad es tan cierta como tan corta.