sábado, 2 de julio de 2022

Capítulos #57 - Un poco como tú, Señorita Patti Smith; de Iliana Vargas

Un poco como tú, Señorita Patti Smith

por Iliana Vargas

 

I

 

Nunca la había visto así. Hemos vivido juntas veinte años y siempre ha actuado de una forma peculiar, pero desde hace varios días ha empezado a comportarse como si no quisiera que yo notara que El Otro está aquí. Ha sido algo raro, porque siempre me presenta a quienes vienen a visitarla, y con el tiempo he aprendido a reconocer sus voces y los rostros que corresponden a cada nombre gracias a que cuando alguien llega, lo primero que Noelia Farri hace es traer a la persona hasta acá y decirme, con un tono robótico que sólo usa en esas ocasiones:

 

-Señorita Patti Smith, saluda a Jimena Moro  y enséñale dónde está el baño.

 

-Señorita Patti Smith, saluda a Oliver Aguirre y enséñale dónde está la cocina.

 

-Señorita Patti Smith, saluda a Carola Valenzuela y enséñale dónde puede sentarse.

 

Entonces yo asomo la cabeza y me le quedo mirando unos segundos a Jimena o a Oliver o a Carola o a quienquiera que sea la visita en cuestión, y luego estiro el cuello y lo giro muy despacio en la dirección indicada. Esto les hace bastante gracia y, aunque cada que vienen es lo mismo, quieren que lo repita muchas veces pero yo me niego porque he aprendido que lo común es saludarse y despedirse sólo una vez.

 

Recuerdo incluso a quienes estuvieron dos o tres noches completas y nunca se volvieron a aparecer por aquí. Eso sucedía cada cierto tiempo, y con más frecuencia cuando ella regresaba de viajes largos. A Noelia Farri le gustaba mucho viajar, y recibir visitas y dar paseos durante varias horas, pero desde que llegó El Otro, nada de eso ha vuelto a suceder; ni siquiera ha ido a su oficina. ¿Será por eso que no me lo presenta y además hace como si no existiera? Digamos, ¿le dará vergüenza aceptar que El Otro ha sacudido su vida de tal forma que la ha influenciado para dejar de hacer muchas cosas que disfrutaba, a pesar de que ella se ha jurado a sí misma frente a mí que eso no volvería a pasar desde la última vez que vivió La Monstruosidad a lado de YaSabemosQuién? Es difícil adivinarlo… Aunque ella evada su presencia y ande por la casa descalza, medio desnuda, con una ligereza en el cuerpo que antes no tenía, yo sé que algo no está bien. 

 

Una tarde, la última de su rutina cotidiana antes de estos cambios, Noelia Farri empezó a sacar con mucho cuidado las piedras donde suelo trepar y comenzó a limpiarlas y a tomar los restos de comida que habían quedado flotando en el agua mientras me decía “Ahora seré un poco como tú, Señorita Patti Smith; ahora sabré qué se siente verlo todo desde adentro, a través de estas paredes de vidrio”.  Entonces se quedó largo rato mirando los ventanales, o quizá los pájaros que volaban de una a otra copa de los árboles allá afuera. Luego volvió a acomodar las piedras y acarició mi cabeza muy despacio, musitando algo incomprensible para mí: “Serás el único ser vivo al que pueda tocar desde ahora”.

 

A partir de ese día no ha vuelto a ser la misma y hace cosas que me confunden, empezando por el hecho de dejar que El Otro entrara a la casa sin pedir permiso, sin avisar, sin saludar siquiera. Simplemente, una noche que Noelia había ido por la despensa, El Otro se metió al departamento detrás de ella, aprovechando que la puerta estaba abierta porque había comprado muchas cosas y algunas esperaban en el pasillo. Esa noche, El Otro se quedó sentado en el sillón junto a la habitación de Noelia Farri y yo estuve esperando a que ella, o en todo caso él mismo se acercara a decirme su nombre, pero eso no ocurrió ni cuando Noelia se fue a dormir, ni cuando despertó y él aguardaba aún en el sillón, mirándola salir del cuarto hacia el baño y luego observando con mucha atención todo lo que hacía. Yo comencé a llamarlo El Otro porque no tengo con qué relacionarlo: no se parece a ninguno de los visitantes de Noelia, ni a nada de lo que hay aquí en la casa, ni a las imágenes que ella me ha enseñado en sus libros o en las películas que vemos juntas. Y una cosa es ser inteligente, como ella dice que soy, y otra cosa es saberlo todo, como ella dice que es antinatural ser. Lo que sí sé es que siete noches después, mientras Noelia Farri preparaba la cena y canturreaba algo como el mundo se va a acabar, el mundo se va a acabar, si tú me has de querer, te tienes que apresurar, sentí un calor terrible que se expandía por toda el agua. Trepé las piedras lo más rápido que pude para no quemarme, pero también estaban calientes, así que tuve que impulsarme prendándome de la orilla del vidrio, y dejarme caer del otro lado, sobre la mesa donde Noelia Farri acondicionó mi hogar.

Quedé algo atolondrada porque hacía mucho no realizaba esa maniobra, pero esta vez no tuve opción, y cuando al fin me sentí segura como para abrir los ojos y ver si ella había notado algo, me topé con el rostro de El Otro observándome tan de cerca, que pude constatar que no era como las visitas anteriores, y no sólo por el calor que irradiaba, sino por la viscosidad que emanaba de su extrañísima piel (si a eso se le podía llamar piel) y el fulgor en sus ojos, que nunca estaban quietos: eran como esas lucecillas que Noelia cuelga en Navidad, que prenden y apagan, prenden y apagan y titilan al momento de cambiar de color. Sentí un peligro irreconocible y retraje todo mi cuerpo, quedándome lo más inmóvil que pude. Noelia Farri salió cantando de la cocina, con un plato y una cerveza en las manos. No sé por qué, cada que ella sale de alguna habitación, lo primero que hace es mirarme.

 A veces me asusta, porque dice mi nombre deformándolo todo en un Señooooooorita Papapapapapati Smiiiiiiiiiiiittitititititth, mientras se acerca y se queda ahí viéndome, como si no hubiera nada más que hacer en el mundo. Esta vez, aunque comprendí que no era nada bueno que dijera mi nombre completo sin jugar con él y en un tono que hace mucho no usaba, me sentí aliviada al verla venir hacia mí.

 

-¡Señorita Patti Smith! ¿Qué andas haciendo ahí afuera?

 

Me tomó para meterme de nuevo al agua, pero por fortuna se dio cuenta de lo caliente que estaba antes de depositarme en ella.

 

-¡Aaaaaaaay, pero qué carajos! –gritó muy sorprendida, elevándome con su mano derecha. Con razón te saliste de ahí. Qué bueno que no caíste hasta el piso. No sé qué habrá pasado… A lo mejor se descompuso el calentador, pero ¿ahora dónde lo mando a arreglar, o compro otro? –decía mientras lo desconectaba bruscamente de la pared y me acomodaba con cuidado sobre la mesa. Vas a tener que soportar el agua fría todo este mes… Aunque pensándolo bien, podríamos subir a la azotea y tumbarnos al sol para que absorbas algo de calor.

 

Decía todo esto mientras tiraba una parte del líquido y lo completaba con otro poco de agua fría que sacaba de la cocina. Iba y venía apresurada, y El Otro la seguía como si adivinara sus movimientos antes de que ella los hiciera. Se notaba molesta y yo no entendía por qué no lo confrontaba; por qué le daba permiso de quedarse y hacer tanta maldad.

 

Una vez terminado el cambio y asegurándose de que la temperatura era soportable; Noelia volvió a acomodarme con mucho cuidado dentro del agua. Luego fue al comedor y tomó su plato para calentar de nuevo la comida. Mientras esperaba que el microondas terminara su trabajo, se quedó mirándome y dándole traguitos a su cerveza sin decirme nada, pero negando con la cabeza. Al sonar la alarma del horno, se alejó diciéndome “Ay, Señorita Patti Smith, sólo espero que al final no seas tú quien termine enfermándose”.

 

Desde el sillón, donde permanecía muy quieto y callado, El Otro soltó una carcajada de la que Noelia parecía no haberse percatado en el ir y venir de la cocina a la mesa, y que me hizo contraer todo el cuerpo de nuevo. Esa noche me costó trabajo mantener los párpados cerrados. Tenía que estar atenta para salir del agua si El Otro volvía a acercarse. Sin embargo, no fue a mí a quien visitó esa noche, sino a Noelia.

 

II

 

Lo supe la mañana siguiente, cuando ella vino a saludarme y a servirme el desayuno, toda sonrojada y con los ojos más cristalinos y empequeñecidos de lo normal.

 

-Hoy aumentó la temperatura, Señorita Patti Smith. Tal vez no sea necesario que subamos a que nos dé el sol.

 

Metió la mano al agua para sacarme como cada mañana, pero, no supe por qué, me alejé de ella; sentí que no era ya su mano tan sólo, sino su mano caliente, llena de El Otro.

 

Me escondí detrás de las piedras, pero Noelia me alcanzó y me tomó muy fuerte mientras me preguntaba qué me pasaba. ¿Cómo saber? Yo misma no me explicaba mi propia reacción y mucho menos lo que siguió. No era que le temiera exactamente, pero aquel día algo salió mal desde que sentí que ella ya no era Noelia, sino El Otro tratando de apropiarse de su cuerpo. Por eso, cuando me tomó con la mano más cálida de lo normal y trató de tocar mi nariz sin dejar de preguntarme con una desconocida voz ronca, que qué me pasaba, lo único que se me ocurrió fue morderla para que El Otro no intentara adueñarse de mí también.

 

Su primer impulso fue sacudir el dedo enérgicamente, y aunque me prensé de ella lo más fuerte que pude, salí volando y fui a dar detrás de la fila de macetas junto a la ventana.

 

Noelia Farri se dio cuenta de la atrocidad que acababa de cometer y le dio un ataque de esos en los que tenía ganas de gritar pero sólo abría mucho la boca y no le salía nada; tragaba y tragaba aire con espasmos ruidosísimos sin alcanzar a llenar sus pulmones. Por lo general logra calmarse sumergiendo la cara en un plato lleno de agua, donde al parecer, suelta su rabia en un grito que no alcanzo a escuchar. Esta vez el ataque fue peor, porque al oír el grito de Noelia tras mi mordida, El Otro se apareció de inmediato y se quedó casi pegado detrás de ella, haciendo gestos como si le golpeara el pecho y la espalda, provocándole una tos incontenible que se mezclaba con los mocos y las lágrimas que hacían brillar su cara enrojecida.

 

Noelia Farri sufría porque no había visto que yo estaba tras las macetas y pensaba que me había lanzado a través de la ventana. Visualizaba mi cuerpo dando volteretas en el aire, o quizá cayendo como un planeador acelerado hasta azotar contra la banqueta y trozarse en tres o cuatro pedazos, y no podría salir a levantar mis restos porque en el lobby del edificio había un guardia que no dejaba salir ni entrar a nadie, salvo que se tratara de una emergencia médica.

 

Ante la desesperación, Noelia Farri se dejó caer de rodillas sobre el sillón, con medio cuerpo asomado por la ventana, sin poder dejar de toser. Se le había constipado la nariz y sólo podía jalar aire por la boca. Entonces sucedió algo que no sé cómo explicar, a menos que ello forme parte de la naturaleza no humana de ese ser: El Otro se transformó en un par de escarabajos diminutos, de un hermoso color púrpura brillante. Uno de ellos se posó en la cabeza de Noelia Farri al tiempo que su gemelo se coló por la boca, cada vez más abierta en los esfuerzos por respirar. De alguna manera, al quedarse justo ahí, El Otro consiguió que Noelia regresara poco a poco todo el cuerpo adentro de la casa y lo acomodara en el sillón. El llanto y la tos iban disminuyendo acompasados, como arrullándola para que cayera dormida, y su respiración volvía al ritmo normal, sólo que iba acompañada de un silbido que evidenciaba algo que obstruía el paso completo del aire a través de la garganta.

 

III

 

Decidí salir muy despacio de mi escondite temiendo encontrarme con El Otro: después de lo que había visto me había quedado claro que no era humano ni animal aunque pudiera tomar cualquiera de ambas formas; e incluso ahora sabía que si podía convertirse en cualquier cosa, bien podría aparecerse como un terrible depredador.

 

Avancé hasta la pata de la mesa para que Noelia pudiera verme al despertar. No había rastros de El Otro; sólo silencio y brillos solares, anaranjados, que entraban por la ventana como señales de que el peligro había pasado.

 

Sin embargo, la respiración de Noelia Farri sonaba cada vez más fuerte y dificultosa, como si un puñado de grillos jugueteara en su garganta. Ella permanecía en la misma posición desde hacía horas, y aunque no parecía incómoda, me preocupaba que no despertara siquiera para comer o alimentarme. Ninguna de las dos habíamos desayunado, y con todo y que me quedaban reservas para algunas horas, sabíamos que si yo no recibía comida después de un tiempo, mi cuerpo empezaría a absorberse a sí mismo hasta secarlo por completo. La ventana se había quedado abierta y entraban ráfagas de aire cálido. ¿O era el calor que se desprendía del cuerpo de Noelia Farri y llegaba hasta mí, confortándome para conciliar el sueño y olvidar la mañana caótica, la presencia y súbita mutación de El Otro, y el hambre que ya me lanzaba punzadas candentes?

 

Poco a poco las luces anaranjadas se fueron desvaneciendo por completo y la oscuridad se extendió en la casa. Logré quedarme dormida un buen rato hasta que Noelia comenzó a toser y a retorcerse como si algo la apretujara por dentro del cuerpo. Esta vez, en lugar de paralizarme, el miedo me impulsó a ir hacia el sillón y trepar por uno de los costados, como lo había hecho tantas veces cuando ella me dejaba deambular mientras cambiaba el agua. Logré llegar hasta lo alto del respaldo y desde ahí pude ver que un halo púrpura rodeaba su piel convirtiéndola en una membrana gelatinosa que no la dejaba respirar ni moverse. Sus ojos permanecían abiertos como nunca y sin embargo parecía que ella no veía nada. Su rostro estaba desapareciendo muy despacio, dentro de sí mismo: la boca y la nariz eran absorbidos por algo desde adentro y en su lugar aparecían pústulas con diminutos pelos rojos. Su cuerpo se estremecía y su pecho hacía grandes esfuerzos por llenarse de aire. Empezó a emitir sonidos desde lo profundo de su estómago, como si quisiera explotar y dejar de sentir lo que estaba sintiendo, que al parecer era muy doloroso por las contorsiones y el color amoratado que estaba cobrando su cuerpo hasta que comenzó a desgranarse, ¡sí, desgranarse! Igual que esa fruta que tanto le gustaba comer por las tardes, así Noelia o el cuerpo que alguna vez había sido de Noelia Farri ahora era un montón de carne desgranada, púrpura y brillante. Sus ojos enormemente abiertos eran lo único que había quedado de ella. Intenté bajar para posarme por última vez en lo que había sido su panza, pero noté que mi cuerpo también estaba dejando de ser mío para convertirse en lo que sea que me espera ahora que la piel comienza a atenazarse sobre la carne para absorberla.

 

No sé cuántos minutos o quizá horas han pasado antes de sentir que los párpados empiezan a pegarse a mis globos oculares. Lo último que alcanzo a ver es cómo los pedazos informes del cuerpo de Noelia Farri van reventándose cual burbujas de donde brotan diminutos escarabajos que revolotean siguiendo una ruta, al parecer, trazada por El Otro, quien sentado en la cornisa de la ventana como si nada, como si nunca se hubiera transformado en otra cosa, espera a que todos los bichos se adhieran a él y luego, sin siquiera despedirse o al menos mirar un poco el desastre que ha ocasionado, se levanta y salta hacia la noche.

sábado, 11 de junio de 2022

Capítulo #56 - Víbora, de Claudia Aboaf

 


Víbora

por Claudia Aboaf



El hombre flota con brazadas cortas en el agua marrón. Puede arrastrarlo la corriente, por eso bracea en el mismo lugar. Hunde la cara hasta la nariz y traga un poco de río. Ese tramo del arroyo es suyo en lo que abarca la vista desde su casa elevada sobre el palafito. Tiene que bracear con más fuerza para sostenerse en su predio, evitar que el cuerpo de agua dulce lo arrastre hasta el del vecino. Sostiene un momento esa idea de propietario, pero enseguida flaquea y se dice que no es nadie. 

Es un verano caluroso que trajo bichos; viajan en camalotes como balsas, bajan del norte y tapizan el agua. Una víbora verde y negra alcanza su hombro, gira alrededor del cuello, continua elevándose y se encarama en su cabeza.  El resto del cuerpo músculo lo acollara. Tal como está enroscada, no puede verla. 

viernes, 27 de mayo de 2022

Capítulo #55 - Esposa, cuchillo, caballo en llamas, de M.L. Krishnan


Esposa, cuchillo, caballo en llamas

por M. L. Krishnan


Para Kalavati, era bien sabido que si una alcanzaba la edad casadera, los padres y las tías y las primas terceras se amontonarían formando hormigueros de preocupación. Se lanzarían misiles en forma de gestiones de relaciones y páginas matrimoniales para echarle el guante a una pareja. Un procedimiento de ajustes tendría lugar: acuerdos, plegamientos y ocultaciones. De pretendientes de segunda con bigotes de segunda y camisas de color beige idénticas. Eso era lo que Kala siempre había creído, siempre había pensado que era tan apropiado y cierto como una mentira repetida con frecuencia. 

Hasta que conoció al hombre que era un necrófago, pero también un cuchillo. Hasta que conoció a la mujer que era una deidad, pero también una yegua.

viernes, 13 de mayo de 2022

Capítulo #54 - El fin de la era farmacopornográfica, de Paula Irupé Salmoiraghi

 

El fin de la era farmacopornográfica

por Paula Irupé Salmoiraghi



La era farmacopornográfica



Aceptar que el cambio que tiene lugar en mí 

es la mutación de una época.

Beatriz Preciado. Testo Yonqui.


“Durante esa época, 

reciente y, sin embargo, 

ya irrecuperable, 

que hoy conocemos como «fordismo», 

la industria del automóvil sintetiza y define 

un modo específico de producción y de consumo, 

una temporalización taylorizante de la vida, 

una estética polícroma y lisa 

del objeto inanimado, una forma 

de pensar el espacio interior y de habitar 

la ciudad, un 

agenciamiento conflictivo del cuerpo y de la máquina, un 

modo discontinuo de desear y de resistir.


Si desde un punto de vista económico, 

la transición a un tercer tipo de capitalismo, 

después de los regímenes esclavista e industrial, 

se sitúa habitualmente en torno a los años setenta, 

la puesta en marcha de un nuevo tipo 

de «gubernamentalidad del ser vivo» 

emerge de las ruinas urbanas, corporales, 

psíquicas y ecológicas 

de la Segunda Guerra Mundial. 


Pero ¿cómo 

el sexo y la sexualidad, se preguntarán, 

llegan a convertirse en el centro 

de la actividad política y económica?

viernes, 29 de abril de 2022

Capítulo #53 - 20000 últimas cenas en una estación en explosión, de Ann LeBlanc

Veintemil últimas cenas en una estación en explosión

por Ann LeBlanc

 

Riles Yalten tiene aproximadamente treinta minutos antes de morir, y es justo el tiempo necesario para probar el sitio nuevo de gravlax del nivel dieciséis. Pasa agachándose por la escotilla del personal y se desliza por las aguas veloces y frías del canal de acceso de mantenimiento. Arriba, en la ingeniería de la estación, es probable que su equipo esté empezando a entrar en pánico al haber descubierto el fallo inminente que ella ha ocultado con tanto esmero.

Abajo, en el nivel dieciséis, el local de gravlax tiene una pinta prometedora. El propietario se envara cuando la ve. Sus ojos se deslizan por su cuerpo de arriba abajo. Primero: la cabeza pelona, piel resbaladiza como el moco y la nariz inteligente negra como el metal. Segundo: el cuello con agallas y papada, con los tentáculos utilitarios biometálicos en el lugar de las manos. Por último: las rodillas hacia atrás y los pies con aletas. Gotea, empapada por el canal, arruinándole el suelo. Una pausa se extiende en ese instante, apenas un segundo alargado por la adrenalina. Entonces se dirige al armario y saca un asiento aumen-friendly, y lo coloca en la barra. Riles sonríe, y apunta en su reseña que este sitio es aumen-inclusivo.

Pide una cosa de cada, a sabiendas de que no tendrá tiempo de terminárselo todo. Con fe, al menos podrá probar cada plato y tachar este sitio de la lista. Si no lo hace, tendrá que volver en el siguiente bucle.

El salmón curado, obtenido localmente de las piscifactorías de la estación: es cremoso y salado, el acompañamiento perfecto para la textura crujiente del knäckebröd. Este tiene un toque de salsa de mostaza y eneldo, aquel tiene un poquito de caviar y ralladura de limón. Lo percibe todo: la textura, el sabor, el emplatado, el ambiente y demás, en su memo-aumen.

Mientras toma un bocado del último plato (patatas nuevas con huevas de pescado), las luces de la estación cambian del blanco azulado calmado a un rojo asustado. Los ojos del propietario del restaurante se agrandan, atrapados en la respuesta al pánico, antes de comenzar a recoger su pequeña tienda; violando el protocolo: debería evacuar inmediatamente.

—No se moleste —dice Riles por encima del aullido de las sirenas—. El reactor de la estación va a explotar. Un fallo en la contención de la antimateria. —Da otro bocado—. Así que lo mismo da que disfrute de los próximos… tres minutos. La comida es asombrosa, por cierto.

La mirada de él salta del miedo a la ira y a la confusión. Señala al emblema en el bañador de Rile. ¿No eres parte de los ingenieros de la estación? ¿Por qué no estás ahí arriba, ayudando?

Ella empieza a responder, pero todo lo que sale es un farfulleo, «Oh, blarghle». La copia de seguridad de su memoria le desolla el cerebro como una membrana pestañeante de uñas que atraviesan su conciencia a arañazos. Para cuando termina, el propietario ha desaparecido.

Se limpia las babas con un pañuelo, le da un último bocado a la patata y espera el final. Camina tranquilamente en dirección a la cubierta de paseo, hacia una ventana de observación, y contempla cómo las naves huyen atravesando el negro moteado del espacio, intentado escapar de su inevitable aniquilación por antimateria.

Todas menos una. Suelta una exclamación cuando la ve. Una nave con el logo de la Agencia de Seguros Pan-Aafaras estampado con letras grandes, quemando combustible en dirección a la estación. ¿No la había visto antes? ¿O se trata de algo nuevo?

Antes de que Riles pueda actualizar frenéticamente la copia de seguridad de su memoria, el reactor falla. Un instante está viva, y el siguiente está bañada en la gloria de plasma ardiente. Muere, junto con toda la estación que la rodea.

 

#

Tres días antes, Riles Yalten se despierta, inmersa en las aguas calientes del departamento de ingeniería de la estación. La copia de seguridad de su memoria se activa, introduciendo tres días de recuerdos en su cerebro. Y después otros tres, y otros tres. Más de dos mil iteraciones de los tres días anteriores al fallo del reactor, hasta el mismísimo primer bucle.

En esta iteración, como en las setecientas anteriores, sale impulsándose de su estación de trabajo y nada hacia el nodo de seguridad de emergencia. Una alarma suena al mismo tiempo que las luces parpadean, lo que indica que un recuerdo de emergencia ha llegado del futuro.

—Falsa alarma —miente en el grupo de chat del personal de ingeniería, después de deshabilitar la alerta—. Lo comprobaré cuando termine de revisar los deflectores S4.

No necesitan saber que van a morir. Si Riles les habla del fallo letal en los deflectores magnéticos recién instalados, se pasarán tres días estresados más de lo que pueden soportar, trabajando sin parar, sin dormir, para salvar una estación que no puede salvarse.

En lugar de eso, Riles se escapa discretamente, pidiendo el día por enfermedad, mientras su equipo se reúne para hablar de la última ronda de recortes en los presupuestos del departamento. Es hora de su próxima comida.

 

#

Dicen que la estación Bellayn tiene un restaurante por planeta, por cultura, por sabor. Hay más de veintiséis mil restaurantes en la estación. Cada año, un cuarto de esos restaurantes cierra (la competición es feroz, y los alquileres altos) y son sustituidos por otros nuevos. Así, si alguien no hiciera otra cosa que salir a cenar, sería imposible comer en todos los restaurantes de la estación antes de que la maquinaria convirtiera la misión en algo infinito.

Imposible, a menos que estés atrapada en un bucle temporal.

Riles Yalten perdió la esperanza de escapar hace más de cien iteraciones. Ahora tiene un nuevo objetivo: comer en cada restaurante de la Estación Bellayn, y valorar y registrar cada plato (junto con notas sobre el servicio, el ambiente y la accesibilidad).

Este bucle está dedicado por entero a un único restaurante, El Laboratorio Glicina. Especializado en cocina neominimalista, han quedado en el top 10 de los restaurantes de la estación de forma sistemática. Conseguir una reserva puede llevar meses. Riles solo tiene tres días.

Se detiene frente a la puerta del restaurante; la chica con la que ha quedado, Ina, está de pie junto a ella enfundada un vestido atado al cuello de color lavanda. Ina aprieta el bíceps de Riles y después entrelaza sus dedos con los tentáculos de Riles, sin molestarse por cómo se retuercen.

Lo que Ina no sabe es que Riles solo ha quedado con ella porque (en un bucle previo) averiguó que Ina cumplía los criterios reducidos de tener una reserva y estar dispuesta a salir con un sire-aumen. Riles es el motivo por el que la cita original de Ina se echó para atrás. ¿Se siente Riles culpable? Lo habría hecho, antes de los bucles, pero ahora se ha acostumbrado a saber que las consecuencias de sus actos se lavarán con plasma caliente al final de cada bucle.

Atraviesan la puerta, y el maître sonríe, sin saber que Riles le considera su némesis. Puede ver el preciso instante en el que él se da cuenta de los aumentos de ella. Riles conoce en profundidad la transición de amabilidad a formalidad, de relajado a tenso, de abierto a reservado. El maître está a punto de declarar que es necesario reservar. Dirá que la lista de espera es de meses. No ofrecerá de forma voluntaria ninguna opción de añadir sus nombres a la lista. Será excepcionalmente educado, abiertamente amable en su tono, pero el subtexto será tan obvio como es negable.

La pareja de Riles, bendita sea, no le deja decir nada.

Tiene reserva, dice. Pregunta si está el propietario; sus palabras implican una relación personal. Durante todo este intercambio de palabras, cubre con su brazo la espalda de Riles, y su mano descansa en la cadera de ella, manteniendo a Riles bajo su estrecha protección.

No las sientan en la mesa habitual de Ina, cerca de las ventanas que dan al jardín del restaurante, sino en una mesa anidada en el rincón del fondo. A Riles no le importa, está aquí por la comida. En la época anterior a las explosiones de la estación, estaría paralizada por la ansiedad provocada por los vistazos medio educados y las miradas agresivas y hostiles de los demás comensales. La moda actual solo acepta a los aumens si son discretos, y solo si el propietario es lo suficientemente educado para sentirse ligeramente avergonzado.

Riles no es discreta, pero ha aprendido a ignorar las opiniones de aquellos que en breve serán atomizados. No es únicamente que vayan a olvidarlo, es que ha practicado durante cientos de iteraciones cómo ignorar su propio odio internalizado.

A pesar del ambiente, la comida es excelente. Una interpretación interesante de la cocina neominimalista, que utiliza flores cultivadas especialmente para que funcionen como contrapuntos ligeros o acentos a los sabores sencillos de cada plato. La decoración (inspirada en el color de las flores de la glicina y que ha recibido muchos halagos) no le dice nada a Riles. Prefiere las mesas de plástico y las mamparas de un antro del centro de la estación. O, mejor, una de las pocas cafeterías anegadas que atienden al personal sireno de la estación.

El primer plato es una cucharada sopera de crema negra cubierta de espuma de espinaca y una única flor de nasturtium.

Después de eso, raya, pescada e importada a un alto coste, con una salsa cítrica con alcaparras y aliño de flores de borraja. Lo mejor de estar atrapada en un bucle temporal es no tener que preocuparse por fundir el sueldo de un año en una sola comida.

Mientras esperan al tercer plato, Riles siente un picor conocido y pide disculpas para ir al baño. Es tan malo como esperaba: luces empotradas, música moderna pop-engolada, enredaderas que cuelgan y ninguna conexión para un puerto de residuos. En dos ocasiones, entra alguien, la ve vaciando su tubo de residuos en el lavabo, y se escabulle de nuevo.

Así que ya está de mal humor cuando (mientras regresa a su mesa) escucha la voz de su hermana gritando su nombre. Lo cual es imposible, porque Milla está a años luz de distancia, y la burbuja del bucle de la estación se limita a un radio de tres días luz.

Y, aun así, aquí esta, ataviada con su power suit, la cara enfadada dentro de su casco-burbuja de plexiglás.

—¿Por qué no estás en la zona de ingeniería? —pregunta, taconeando en dirección a Riles.

Riles abre la boca, pero su cerebro está demasiado ocupado gritando confusión para producir otro sonido que no sea:

—Umm…

Milla hace un gesto señalando el cuerpo de Riles:

—¿Esto lo sabe mamá?

El grito en la cabeza de Riles se convierte en horror, vergüenza, ira. Desea que la estación explote en ese instante.

—Yo… No. La verdad es que no hablamos. —Riles y su madre no han mantenido el contacto en cinco años. Riles ha tenido cuidado de solo hablar con su hermana brevemente, vagamente, y sin video.

—En fin. —Milla pone los ojos en blanco—. Podemos hablar de tus malas decisiones más tarde. Necesito un informe ya. Los ordenadores de la estación dicen que la copia de seguridad de tu memoria está activa, así que no juegues conmigo.

—Estoy en medio de algo. —Riles trata de esquivarla para regresar a la mesa.

—No, ya no. Informe. Ahora. ¿Qué es lo que está provocando que se active el sistema de seguridad? ¿Y por qué no has arreglado el problema todavía?

La osadía.

—¿Te crees que no lo hemos intentado? ¿Quieres saber por qué seguimos atrapados en un bucle? Todos y cada uno de los deflectores magnéticos están contaminados. —Riles le ha pegado la cara ahora, su aliento empaña la placa facial de Milla—. Nuestro departamento ha sufrido cortes de presupuesto una y otra vez. Nos han obligado a utilizar un proveedor barato y ahora, aquí estamos, con un sistema de contención de antimateria que siempre…

Milla la interrumpe:

—Pero ¿no has intentado…?

—Lo que se te ocurra, lo hemos intentado. Nada ha funcionado. Nada. Por eso…

Mila trata de agarrar la mano de Riles:

—Entonces, ¿qué haces aquí? Deberíamos estar…

—¡Déjame acabar! Durante ciento treinta iteraciones, mi equipo y yo tratamos de salvar esta estación. Más de un año de tiempo subjetivo. —Riles hace un gesto señalando a los comensales—. Estas son las personas que tratábamos de salvar. ¿Crees que harían lo mismo por nosotres? Estas personas votaron para reducir el presupuesto de ingeniería, votaron contra las medidas para accesibilidad de les sirenes, votaron para dificultar el acceso a aumens para les nueves sirenes. Ciento treinta iteraciones traté de salvarles, y esta gente no tiene ni idea. No podía permitir que mi equipo siguiera muriendo así.

—¿Qué has hecho? —la voz de Milla suena apagada, la mirada parece decir que va a golpearla. Riles recuerda esa mirada. Riles creía que se había liberado de esa mirada.

Esta vez, sin embargo, Riles no recula ante la amenaza tácita.

—Deshabilité el sistema de copias de seguridad para todo el mundo menos para mí. Y ahora me estoy dedicando tiempo.

Riles empieza a contarle a Milla su plan de comer en cada restaurante de la estación, pero solo llega a la mitad antes de que el puño blindado de Milla se estrelle contra la nariz de Riles. Ina corre a su lado, blandiendo el cuchillo de untar contra la desconocida vestida con una armadura.

Las luces de la estación se vuelven rojas, la alarma aúlla. Riles se ríe, mientras la sangre fluye por su cara, mientras la copia de seguridad de su memoria tira dolorosamente de los hilos de su cerebro.

Su nariz duele aún más después de la actualización.

—Tu equipo debe haber metido la pata —dice—. Sé lo que es eso. Nos vemos en la siguiente… —y entonces, se bañan en fuego.

 

#

Riles se despierta tres días antes sabiendo que está condenada. Su hermana, actuando en nombre de la empresa que asegura la estación, no parará hasta que la estación se salve y se corte el bucle. Incluso si es imposible; es del tipo que se dejará hasta la piel para cumplir las expectativas de sus superiores.

Riles tiene que impedir que Milla empeore la situación, pero también tiene que comer. Puede hacer ambas cosas, ¿no? Luchar contra su hermana, armada y enfadada, mientras se cena toda la Estación Bellayn.

Dos días más tarde, Riles está disfrutando del olor de los árboles y las aguas abiertas en una cafetería junto al lago, instalada en uno de los parques más grandes de la estación. Está sorbiendo el caldo de un cuenco de sopa de fideos con ternera picante estofada, así que no ve venir a Milla. Una mano blindada le arranca el cuenco de los tentáculos; el caldo caliente sale disparado en todas direcciones, el aceite de chili arde en la piel mucosa y sensible de Riles.

—Tienes psicosis de bucle —anuncia Milla, agarrando a Riles del brazo y colocándole un grillete.

Riles trata de escapar retorciéndose, pero la silla y la mesa se interponen en su camino.

—Estoy bien. No estaría disfrutando de una deliciosa comida si todavía tuviera…

Milla agarra el otro brazo de Riles, con fuerza.

—La psicosis de bucle es inevitable si has pasado demasiado tiempo en un bucle. —Los brazos de Milla, ayudados por su traje, son demasiado fuertes como para liberarse de ellos—. Obviamente sufres de delirios de grandeza. —Arrastra a Riles fuera de la cafetería y al interior del parque.

—No. Tuve psicosis de bucle. Sé lo que se siente con psicosis de bucle.

—Si estuvieras completamente sana, no habrías desconectado las copias de seguridad de la memoria para irte en una especie de misión hedonística. —Milla tira de los grilletes y arrastra a Riles por el camino que serpentea en dirección al lago. Los grilletes rozan y magullan la parte de su muñeca donde el brazo se transforma en tentáculo.

—No tienes ni idea por lo que tuvimos que pasar. Mi sabotaje fue un acto de piedad. ¿Y las reseñas a restaurantes? La forma de salvarme. Mantenerme enfocada en un objetivo accesible es exactamente lo que dice el reglamento que hay que hacer cuando te quedas atrapada en un bucle.

Milla soltó una risa de mofa:

—No puedes valorar tu propia condición. El hecho de que pensaras que convertirte en una sirena era una buena idea me dice que no estabas bien mentalmente desde el principio. —Un golpe bajo, pero Riles ni de coña quiere hablar con Milla de su transición. Necesita centrarse en liberarse.

Milla tira con más fuerza.

—Mi equipo está de camino para desconectar la copia de seguridad de tu memoria. —Se ríe cuando siente como Riles hace una mueca de dolor—. Habría preferido tu ayuda, pero lidiaremos con esto sin ti. No hace falta que sufras más.

El lago se extiende ante ellas, el agua tranquila como un espejo. Riles espera hasta que el camino las conduce por la orilla y después ataca. El error de Milla fue pensar en Riles como solía ser (alguien no aumen con las manos más anchas que sus muñecas) y no en cómo es (una sirena aumen cuyos tentáculos utilitarios guardan en su interior una multitud de herramientas útiles para la ingeniería en el espacio sideral.

Los grilletes caen con estrépito en la vereda. Milla trata de agarar el brazo de Riles, pero ella se aleja de un empujón, se retuerce y cae fuera del camino, dentro del agua.

Un chapoteo, y está alejándose. Unos instantes después Riles siente la vibración de la sumersión de Milla en el agua, pero se encuentran en el elemento de Riles. El traje propulsado de Milla, rápido en tierra, es muy pesado en el agua, y ella no está familiarizada con la distribución basada en el agua del núcleo de la estación. Es fácil alejarse de forma escurridiza hacia el interior de los canales de mantenimiento. Detener al equipo de Milla será más complicado.

Mientras desciende a nado por la espina dorsal de la estación, Riles estudia la transmisión de las cámaras de la estación. Cuatro trajes, todos humanos no aumens, flotan frente a la escotilla de la oficina de ingeniería y luchan inútilmente contra los controles de la puerta. Los idiotas probablemente no han traído ninguna equipación acuática. No es algo sorprendente; no quedan muchas estaciones viejas construidas por sirenes.

Sus bastones paralizantes tampoco funcionan bajo el agua, como descubren cuando Riles aparece a sus espaldas. El equipo de Riles funciona perfectamente, y después de paralizar y bloquear sus trajes, cierra la trampilla detrás de ella.

 

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Riles se despierta, aunque el agua no se siente tan segura como suele sentirse. Creía que había escapado de su familia. Cuando era una niña, la madre de Riles le contaba historias de Bellayn. Las personas eran groseras, rápidas y ladrones impertinentes. Era un núcleo de decadencia moral, el tipo de lugar al que la gente iba a hacer dinero o comprar su corrupción.

La realidad era más extraña, más grande y más amable. Riles no pudo evitar mirar fijamente al primer sirene que vio, con la piel de foca resbaladiza por el agua, la placa facial de metal inscrita con círculos concéntricos de criaturas marinas y barcos y constelaciones. Estaba comiendo tacos de nopales con una facilidad confiada y ninguno de los comensales de aquel economato atestado le prestaban ninguna atención.

Riles no tenía ni idea de que el cuerpo de una persona podía tener ese aspecto.

 

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Riles está atrapada, y las pareces se están acercando.

Los almacenes inmensos de antimateria de la estación, liberados todos de golpe, son capaces de hacer retroceder el tiempo tres días, envolviendo una esfera de tres días luz de ancho. La nave de respuesta rápida de Milla se habría visto atrapada en el bucle tan pronto como hubieran cruzado la línea de reversión, pero está equipada con su propio sistema de cronoreversión. Solo puede revertir una hora cada vez, por lo que les llevó más de setenta iteraciones llegar hasta la estación.

Cada iteración Milla llega antes. Riles pasa cada vez más y más tiempo colocando trampas, buscando nuevas formas de boicotear a su hermana. Nunca es suficiente.

—¿Por qué demonios estás aquí? —pregunta Riles, a través del intercomunicador, mientras su hermana la persigue después de hacerla salir de un local de mejillones y patatas fritas.

—PAIA se encarga de asegurar a Bellayn, estamos obligados por contrato.

—No, ¿por qué estás tú aquí?

No responde. O la respuesta le ha pillado desprevenida, o ha encontrado los drones-lamprea que Riles había puesto a la espera hasta que apareciera.

O está preparando su propia emboscada. Riles se oculta tras unos arbustos decorativos a lo largo del paseo. La multitud de la tarde está llena de turistas de caminar lento, niños ruidosos y lugareños ocupados. Milla podría encontrarse en cualquier lugar de este mar de personas, esperando a que Riles salga corriendo hacia la escotilla de acceso al canal.

Un grito rompe el ruido de la ciudad, y la multitud tiembla. Milla pasa como un rayo con un dron lamprea eléctrico aferrado a su nuca. Cae, con los ojos fijos en el techo, la lamprea se retuerce, debilitando la corriente que cierra su traje.

—No es un accidente que estés aquí —dice Riles, con el pie apoyado en el hombro de Milla, manteniéndola tumbada—. Tiene que ser por mamá. Tiró de algunos hilos.

Milla trata de agarrar a Riles, pero fracasa:

—Psicosis de bucle —gruñe a través de los dientes apretados.

Riles presiona el hombro de Milla con más fuerza.

—Que mamá esté interfiriendo no es algo descabellado. ¿Recuerdas cuando hizo que me despidieran del trabajo de descontaminación en Mintilla?

—No. Perdiste ese trabajo porque estabas obsesionada con salvar esas almejas.

Milla no para de luchar, así que Riles usa sus tentáculos utilitarios para soldar su traje con el suelo.

—¿Eso es lo que te dijo mamá? Tengo treinta y ocho años y todavía me trata como si no pudiera tomar mis propias decisiones.

—¿Se equivoca? Tenías una carrera prometedora. ¿Y la tiraste por la borda porque querías ser un pez? ¿Por qué no puedes ser normal?

El pecho de Riles forma un remolino, una mezcla de ira y miedo. Pero en lugar de poner la corriente de la lamprea al máximo, dice:

—Suenas exactamente como mamá. —Y se aleja. Probablemente tiene tiempo suficiente para probar el sitio de caldo verde antes de que el equipo de Milla la libere para continuar la persecución.

 

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Las iteraciones se fusionan de forma borrosa, haciendo crecer su memoria como un molusco construye las capas de su concha. En un recuerdo sorbe helado de menta, en otro asciende nadando, más y más, su hermana grita bajo ella, la estación se hace pedazos alrededor de ambas.

¿Cuántas iteraciones pasan así? Riles pierde la cuenta. Podría comprobarlo con un pensamiento, pero prefiere no saberlo. Es más fácil vivir en el momento, y el único número que de verdad importa es cuántos restaurantes quedan por reseñar.

Todavía hay 6452 restaurantes en la lista. Se oculta, con un jianbing en la mano, encajada y temblando en un conducto de electricidad. Los canales ya no son seguros, Milla comenzó a contaminar las aguas hace cinco iteraciones.

5978. La seguridad de la estación la persigue por los pasillos, los bastones paralizantes canturreando una canción mortal. En cada iteración, Milla y Riles luchan por convencer al departamento de seguridad de que la otra es un peligro para la existencia de la estación. Los seguratas de la estación están atrapados en el bucle, lo que los hace predecibles, pero es otra manera que tiene Milla de reducir el espacio de posibilidades en el que opera Riles.

5722. Riles y Milla luchan cuerpo a cuerpo en el suelo de la cocina, los hornos de pizza hornean el aire que las rodea.

—¿Por qué sigues peleando conmigo? —pregunta Riles, sujetándola contra el suelo—. No tienes que sufrir por Pan-Aafaras. ¿Sabes cuánto le cobran a Bellayn por el seguro? Te pagarán una miseria en comparación, te enviarán en otra misión. Deja de luchar; tómate unas vacaciones para variar.

Milla se retuerce bajo ella:

—¿Rendirme? ¿Como hiciste tú? Tengo una carrera profesional de verdad, y no dejaré que la hagas descarrilar con una de tus obsesiones extrañas.

Pero Riles ya se ha marchado, dando un salto hacia arriba y hacia atrás y saliendo por la puerta.

5255. Riles sale disparada, con la boca llena de empanadillas de calabaza. El restaurante explota a sus espaldas, lo que la lanza por los aires. Ha estado colocando explosivos, sacrificando partes de la estación en las que ya ha comido.

Riles pierde la cuenta. Flota en el vacío, las estrellas rodeándola por completo, su cuerpo se hincha, la humedad se evapora, su mente divaga.

Recuerda el día que comenzó su transición. Una pastilla pequeña y rosa, un vaso de agua, la mesa llena de aperitivos variados, sus amigues sirenes allí para celebrarlo. No recuerda la mayoría de las cirugías. El dolor de la recuperación es pequeño comparado con el sentimiento de miedo y esperanza transformándose en certeza y paz; la gloriosa exactitud de su nueva identidad. No hay nada más correcto que el agua fría en sus agallas, nada más perfecto que saber que puede vivir en el interior del agua para siempre.

La eternidad crece frente a ella. Regresa al presente, sentada frente a Milla. El humo flota entre ellas. La estación está ardiendo, un fuego pequeño comparado con la explosión de antimateria inminente, pero no menos mortal para la estación.

—Riles. —Milla trata de sentarse, pero se desploma—. No… puedo seguir haciendo esto. Mi equipo… todos tenemos psicosis de bucle. Los he contenido lo máximo que he podido, pero…

—Vas a matar la estación. —Riles conoce la existencia del cañón de riel que hay en la nave de Milla. Sabe que Milla podría haber hecho esto en cualquier momento.

Una bala de titanio, disparada con precisión, perforando el corazón de la estación. Milla podría tener suerte; es posible que solo mate unos cuantos centenares de almas entre el casco exterior y la oficina de ingeniería. Puede que solo deshabilite las copias de seguridad de memorias. Riles se despertaría al comienzo de la nueva iteración sin recuerdo de sus esfuerzos por salvar la estación, su fracaso, su salvación culinaria. Todas sus reseñas, recopiladas con tanto cuidado, se perderían para siempre.

También existe la posibilidad de que la bala de titanio golpee el reactor de antimateria, o cualquiera de los subsistemas que lo mantienen estable. El sistema de reversión de emergencia podría dispararse, o no, dependiendo del lugar exacto que golpee la bala y lo que dañe. La estación podría ser aniquilada al instante. El bucle terminaría. Nueve millones de vidas desaparecerían, para siempre.

Riles ha vivido mucho tiempo dentro de la seguridad del bucle. Una apuesta como esta es impensable. Nueve millones de vidas. Su propia hermana. Aunque tal vez el deseo de destruir el cuerpo de sirene de Riles sea un plus para Milla.

Riles se derrumba:

—Siempre fuiste más fuerte que yo.

—Aguantaste más que yo atrapada en el bucle. Eres más dura de lo que pensaba. Tu equipo… nunca he conseguido que te traicionaran. Confían muchísimo en ti; te respetan, te quieren. No sabías…

Las actualizaciones de memoria les golpearon a ambas al mismo tiempo. Riles tendrá una última iteración, una última oportunidad.

—Lo siento. Mamá fue… demasiado, y yo debería haberte defendido. Debería haberte escuchado —dice Milla, su voz rompiéndose por el humo, o puede que sea el dolor de esa confesión.

Riles está aturdida.

—Yo también lo siento. Debería haberte ayudado, la primera vez que llegaste aquí —dice, y después hace una pausa. ¿Qué más puede decir? No hay palabras que reviertan el daño que existe entre ellas, y la copia de seguridad ya se ha actualizado así que ninguna de ellas recordará esa conversación.

—Ojalá… —dice una de ellas, y entonces mueren; la esperanza no es rival frente a la antimateria.

 

#

 

Riles se despierta tres días antes, sabiendo que este es su último bucle. Tiene aproximadamente cinco horas antes de que la nave de Milla pueda lanzar el tiro.

Una última cena. Riles se sienta en una silla en el centro de los Jardines Hexagonales de Bellayn. Aquí, entre los juncos, en la transición entre el agua y la tierra, bajo las estrellas, se encuentra el mejor local de comida sirena de la estación. Ha pasado de manos de maestros a aprendices durante cinco generaciones; ha existido en una localización u otra desde que Bellayn era un puerto diminuto operado por sirenes.

Este lugar, húmedo y lleno de vida, con su olor a comida casera, es su favorito en la estación. Riles ha estado reservándolo para el último momento, y ahora, con su trabajo sin terminar, se encuentra aquí para su última comida.

Saluda a le propietarie con un beso, como ha hecho numerosas veces antes. Ha preparado una comida de varios platos, una exploración completa de la cocina sirena de Bellayn. A su alrededor se sientan sus amigues, sirenes y no sirenes, gente de trabajo y amantes. Todes han acudido cuando les ha llamado.

El primer plato es una salsa de coliflor hecha puré, acompañada de pepino y brócoli crudos. El segundo plato es una sopa de remolacha y puerro, aderezada con eneldo. En los primeros años de la existencia de Bellayn, la estación era en su mayor parte agua y la tripulación era en su mayor parte sirene. No podían permitirse hacer importaciones lujosas, así que comían una dieta sencilla con lo que podían cultivar con facilidad en las endebles piscifactorías.

El tercer plato es mojarra, hervida en un caldo de tomate y jengibre. La mojarra es un pescado resistente, difícil de matar, como la comunidad que Riles encontró en Bellayn.

El cuarto plato es artemia cocida, con una salsa para mojar de albahaca y vinagre dulce. El intercomunicador de Riles suena; Milla le está diciendo que solo le quedan dos horas.

Cinco platos más tarde y Riles está llena. Treinta minutos hasta el final. Pasa diez minutos escribiendo su última reseña. Por encima de ella, la llama de conducción de la nave de Milla arde con un naranja brillante a través del plexiglás. Un último trago de vino de arroz y después activa el programa que escribió.

La copia de seguridad de su memoria le desgarra el cerebro, conservando sus recuerdos. Solo lleva un instante, unas pocas horas de sus comidas y sus personas favoritas.

Cuando acaba, se derrumba en la silla, deslizando hacia abajo más y más hasta que cae en el agua negruzca. Flota, observando las estrellas, esperando a lo que vendrá después.

En la profundidad de la estación, su programa se ejecuta. Recopila sus recuerdos, todos ellos, hasta el primer bucle y toda su vida anterior a él, y se lo envía a la nave de Milla, junto con un mensaje.

Es la forma de rendirse de Riles. Le dice a Milla que no contraatacará, que hará lo que pueda para ayudarle a arreglar la estación. Ha adjuntado todas las notas del año infernal, todo lo que intentaron y falló. Puede que el equipo de Milla y las herramientas que han traído puedan resolver lo imposible, puede que no. Riles le pide unas cuantas horas en cada iteración para trabajar en sus reseñas, pero no es un ultimátum. Riles se está poniendo a merced de Milla. No hay vuelta atrás. Milla podría deshabilitar la copia de seguridad de Riles y trabajar sin ella. O podría tomar la mano de Riles y trabajar para curar el daño que sufre la estación y la relación entre ellas.

Pero pase lo que pase, habrá un final. Y después de miles de bucles, Riles necesita unas vacaciones de verdad.

 

#

 

Dos años más tarde, Riles y Milla comparten una comida; la primera desde que se cerró el bucle. Cangrejo de río frito, quimbombó glaseado, arroz sucio, expuestos sobre una mesa de plástico llena de rallones encajada entre dos mamparas en un economato lleno hasta la bandera. Milla solo está de paso, quedan unas pocas horas antes de que su nave se marche.

Riles atrae unas pocas miradas de otros comensales. Tiene algo de fama local: desde salvar la estación, hasta su guía de restaurantes casi completa, pasando por su posición recién adquirida en la administración local.

Los dos últimos años fueron difíciles para Bellayn. Nunca llegaron a arreglar el reactor. Lo intentaron durante cincuenta y cinco iteraciones, hasta que Milla admitió la derrota. Desesperadas, utilizaron partes del cañón de riel de la nave de Milla para lanzar el reactor tan lejos de Bellayn como fue posible. Murieron trescientas personas. La estación sobrevivió con energía de emergencia durante un mes, durante el cual otro millar falleció. La investigación de la PAIA duró una sola semana; la agencia absolvió a todas las partes, incluyendo al vendedor original de los deflectores defectuosos. Los ricos huyeron, llevándose su cocina neominimalista y los puestos en la administración local con ellos.

Riles le cuenta todo esto a Milla, quien permanece en silencio la mayor parte del tiempo. Han estado escribiéndose a lo largo de los años luz. Su relación sigue siendo extraña, pero Milla escucha y Riles tiene la esperanza de que algo nuevo crezca entre ellas.

Riles nunca llegó a terminar su lista de restaurantes. En su tiempo libre come, llenando los huecos, pero ha hecho las paces con el hecho de que nunca la terminará de verdad. Sabe que la relación entre ella y Milla nunca será lo que cada una quiere de verdad. En su lugar, tratará de disfrutar del espacio infinito entre aquí y allí, cada comida, cada conversación, una por una.

  


Ann LeBlan es escritora y ebanista; escribe sobre los deseos quir, aventuras culinarias y la muerte. Sus historias cortas se han publicado en Fireside Magazine, Mermaids Monthly, y Baffling Magazine entre otras. Puedes encontrarla en
annleblanc.com o en Twitter como @RobotLeBlanc