lunes, 25 de mayo de 2020

Capítulo #11 - La llamada de Yksana, de Soledad Cortés


La llamada de Yksana

De Soledad Cortés 



Día 1. Planeta Arentakis

Nuestra misión se ha salido de control. Lo que pretendía ser un aterrizaje perfecto terminó con nuestra nave destruida por un fallo en los propulsores. Es inaceptable que no se hayan procurado los protocolos de seguridad necesarios.
Afortunadamente logré escapar en una cápsula de salvamento, mis otras hermanas también lo hicieron. Espero encontrarlas pronto, tenemos una misión que cumplir en este lugar.
Gracias a mi traje termoquímico, he logrado evitar heridas de mayor gravedad. Ha protegido mi cuerpo de amenazas como quemaduras o fracturas al hacer contacto con el suelo.
Pero mientras, continuaré con el protocolo de supervivencia en este tipo de emergencias. Cambio y fuera.

Dia 5. Cúmulo de Narea

Llevo cinco días asentada en el campamento base. Decidí permanecer en este lugar por si alguna de mis hermanas aparecía. Nada ocurrió.
En mi espera, he leído todos los versículos del sagrado libro para serenar mi alma. Yksana me ha dado la calma que necesito para un lugar tan primitivo como este.
Los animales transitan libremente, me desagradan sus ruidos y pelajes extraños. Algunos se revuelcan en el rojizo césped de este planeta y parecen disfrutarlo. No entiendo nada. Seguiré enfocada en mi baliza, no hay tiempo que perder. Mis hermanas esperan por mí, no las abandonaré.

Día 10. Cúmulo de Narea

Esta mañana mi escáner me despertó con una alerta que indicaba la ubicación de una cápsula a pocos kilómetros de donde me encontraba. Caminé ilusionada hacia el sitio indicado, sin dudas daría con una de mis hermanas.
No fue así. Para mi decepción, encontré una cápsula hecha pedazos, el golpe había sido tan fuerte que no quedaron más que escombros de ella. Me arrodillé frente a los restos y recé nuestras plegarias de despedida para luego devolverme a mi base. No había tiempo para lágrimas. Si una cápsula había aparecido, encontraría muchas más.
Al volver a mi campamento hallé que algunas ramas habían empezado a crecer en torno a mi baliza, me sorprendí de la rapidez con la que crecen estas cosas. Las saqué de inmediato, interferían con todo mi plan.
Hoy me aferro a la esperanza de ser rescatada de este mundo tan primitivo y sin tecnología en que he caído.

Día 18. Planicie de Yatar

Doy gracias a Yksana por nuestros trajes termoquímicos. El mío se ha adaptado tan bien a este ambiente que me ha protegido de la naturaleza que intenta a toda costa molestarme. Decidí dormir en esta planicie. Mala idea. Anoche el bufido de un juki me despertó. Me lamía una pierna y su saliva se deslizaba pegajosamente por ella. Lo asusté de un alarido, me miró extrañado y se alejó lentamente hasta perderse entre algunas ramas. Afortunadamente, pude sacar su suciedad de mi traje. No entiendo la vida en este lugar, invade mi espacio personal, tan sagrado dentro de nuestra cultura y sus estrictos códigos morales.
        Yksana, madre, gracias por protegernos de las amenazas salvajes y no  dejarme llevar por todo lo que me rodea.

Día 65. Cúmulo de Narea

A falta de señales de auxilio y la nula respuesta de las nuestras es que he decidido contar más sobre la misión. Debo ser precavida, en caso de morir en este lugar, al menos quedará mi registro.
Ya van dos meses desde que mi cápsula cayó a este planeta. Nuestra misión contemplaba llegar hasta acá. Junto con otras compañeras debíamos encontrar nuevas fuentes para  alimentar a Yksana, madre de todas nosotras, creadora de vida, reina de Pkian.
Fuimos miles las que salimos en busca de aquella energía que comenzó a extinguirse de manera repentina. Bajo las órdenes de nuestras sacerdotisas, nos vimos obligadas a tomar todos los navíos que encontramos, y partimos con un objetivo claro: visitar los planetas aledaños, olvidados en antiguas guerras, y recuperar lo necesario para poder prevalecer en el tiempo.
        Admito que ya estoy un poco más adaptada a este planeta, me aferro a la baliza que aún tiene suficiente energía para mandar una señal de auxilio.
Me siento todas las tardes a mirar los cambios de colores que se producen en el cielo, por el efecto de los géiseres ubicados a unos cuantos kilómetros de donde me encuentro. Nada increíble, nada llamativo. No quiero estar acá.
Yksana, ayúdame a mantener la cordura.

Día 105. Cúmulo de Narea

Hoy he decidido dejar de ocupar mi traje termoquímico para guardar la energía de reserva hasta el día que tenga que volver a la órbita. Tenemos prohibido sacárnoslo. Pero estoy sola y nadie lo sabrá. En su reemplazo me he puesto los harapos que estaban en mí capsula: una sencilla malla con empalmes tecnológicos que hacen más fácil mis movimientos, regula la temperatura y libera mi piel de lo ajustado de mi traje. También he aprovechado para usar los protectores de pies sintéticos, que son perfectos para este tipo de entorno hostil. No dejaré que nada toque mi piel.
Hoy, por primera vez he experimentado el roce de mi cabello sobre mi rostro. Se siente extraño, suave, pero me produce picazón. Lo he tomado en una coleta con una cinta vegetal que encontré en el suelo, el viento se encarga de mecerlo a su ritmo. Me agrada. Es nuevo para mí disfrutar del viento de esta manera.
Como buena Drina, he vivido toda mi vida con la malla de protección para nuestros cabellos. Si bien, desde tiempos milenarios se ocupaba para protegerlo de la lluvia ácida de nuestro planeta, con el tiempo se hizo parte de nuestra cultura, un sinónimo de pureza y ofrenda a nuestra madre. En Pkian, solo nuestras sacerdotisas tienen el derecho divino de mostrar sus largas y azuladas cabelleras.
Madre, perdona si he ofendido tu palabra y enseñanzas.

Día 206. Cima de la Victoria

Decidí buscar el lugar más alto para poner una radio que finalmente no funcionó. En los primeros sesenta días no le presté atención a este lugar, estaba demasiado enfocada en programar bien el transmisor.
Si hay algo de lo que estoy agradecida es de no pasar hambre. Todos los días doy las gracias a Yksana por habernos creado tan perfectas. Mi alimento es cualquier fuente de energía, ya sea la fuerza del agua del río, el viento huracanado o el mismo sol que me alumbra; elementos que afortunadamente en este planeta abundan y que, desde que dejé de ocupar mi traje, tengo la impresión de que me revitalizan y me hacen sentir más fuerte.
Esta es la tercera vez que vengo a este lugar. He aprendido a dejarme impresionar por la vista que tiene. Desde aquí veo las vastas llanuras repletas de naturaleza y los diversos colores que abundan en este planeta; son tantos que no puedo describirlos, son tan hermosos que cada segundo que paso observándolos lo vale.
Cuando el atardecer se acerca, todo lo que rodea este lugar comienza a cambiar de color. Considero que este espectáculo es un lujo para alguien tan inferior como yo. Me he asombrado de la fuerte presencia del púrpura, nuestro color sagrado, este se ha ido apoderando paulatinamente de los troncos de algunos árboles de hermosas hojas turquesas. No puedo evitar recitar algunos pasajes de nuestro libro sagrado en señal de admiración.
Observando la inmensidad de este lugar, recordé cuando mis hermanas contaban que una vez ganada la batalla contra nuestros enemigos, algunas de las nuestras se alzaron en esta cima y, levantando sus manos, agradecieron al sol que las bañaba por el triunfo obtenido. Ellas permanecieron horas absorbiendo el regalo que este les hacía, sus pieles se tornaron color púrpura intenso, así permanecieron todas sus vidas con el regalo divino que el sol les había dado.
Mi verdosa piel, es la de una Drina normal: suave y escamosa, no soy descendiente de aquellas hermanas, solo soy una más que nació de los últimos frutos de Yksana. Soy una buscadora de energía, una entre miles.
Me pregunto si me rescatarán algún día.

Día 390. Campos rojos de Dirinak

He despertado sobresaltada por una pesadilla. Vi a mis hermanas gritando y cayendo por un abismo. Los gritos de ellas aún resuenan en mis oídos.
El clima tampoco ha ayudado a calmarme. Una tormenta de cinco días amargó todo, se arruinó mi campamento, pero lo que más me dolió fueron mis protectores de pies que se llenaron de moho y barro. Apenas terminó la lluvia los puse al sol, pero para infortunio mío ya estaban arruinados. Tuve que caminar descalza por primera vez.
Caminé por la hierba roja que cubre el sector. Es suave, fría y un poco gomosa. Siento que las palmas de mis pies se estremecen cada vez que tocan aquellas delgadas fibras. Se trata de una nueva sensación, agradable, tan intensa que desvié inesperadamente mi ruta.
Ese día descubrí algo nuevo: el lago.
Me detuve absorta ante la imagen de aquella inamovible masa de agua. No pude evitar pensar en mis hermanas. Me sentí culpable por haber sentido un ápice de gozo mientras observaba todo. Bajé mi cabeza, avergonzada mientras me deshacía en oraciones culposas. Oré hasta que me distrajo el ruido de una figura alada zambulléndose en el agua. Quise acercarme a verlo  más de cerca, pero no pude. Jamás tocaré el agua, lo juro.
Me había dejado llevar por mis emociones. Molesta, le di la espalda al agua y caminé rumbo a mi campamento, pensando en mis hermanas. Que egoísta había sido, soy una mala Drina, quizás me merezco todo esto.
¿Hay alguna esperanza?, creo que sí. Al menos pude calmar mi ansiedad con los paisajes que me rodean, eso y la ayuda de las lecciones básicas para calmar pensamientos, que nos entregaron las sacerdotisas. Estos ejercicios mentales son muy importantes para mantener nuestra armonía, en especial ahora que me enfrento a tantos estímulos externos. No me dejaré llevar por cosas así de básicas. Lo prometo.

Día 503. Lago de Dirinak

Dije que no entraría al agua por nada del mundo, pero mientras revisaba algunos componentes de mi baliza, un pequeño yurante de piel escamosa tomó con su puntiaguda boca mi escáner manual, para luego salir corriendo con él rumbo al lago. ¡Sabía que no debía dejarlo en el suelo! Corrí tras él, pero el pequeño ser se escabulló en el lago. La impotencia se apoderó de mí. El único escáner que tenía había sido robado por la pequeña criatura. Me senté nerviosa en la orilla y vi sus dos pequeños ojos asomándose por la superficie. Me miraba desafiante. Miré mi ropa un poco nerviosa, mientras de reojo lo continuaba observando. Parecía que se estaba mofando de mí. No podía ser vencida por algo tan ínfimo como esa criatura.
        Decidí desprenderme de mis ropajes. Doblé todo y lo dejé sobre una roca. Nerviosa, caminé hacia el lago y puse mi pie sobre el agua. Por un instante un escalofrío recorrió mi cuerpo. Retrocedí asustada por la sensación que me provocaba. Cerré mis ojos, pensé en abandonar mi búsqueda, pero luego recordé que necesitaba ese escáner a toda costa, no podía fallar.
Al entrar, mi cuerpo se adaptó rápidamente a la temperatura del agua. Mi cuerpo empezaba a moldearse a este lugar como si nada. Nadé lentamente para no asustar al yurante. Cuando llegué cerca de donde se hallaba, estiré mi brazo por debajo del agua para quitarle mi escáner, pero la criatura se hundió en el líquido y se deslizó burlonamente entre mis piernas. Miré al cielo ahogando un grito desesperado, no podía creer a lo que había llegado, oré a nuestra Madre por un poco de misericordia y luego de haber ordenado mis pensamientos, decidí zambullirme, sabía que ella cuidaría de mí.
Jamás había experimentado el sumergirme por completo y por tanto tiempo. Si bien nos habían enseñado a nadar en los profundos estanques que rodeaban a nuestra madre, solo podíamos hacerlo cuando fuese realmente necesario: cuando el espíritu estuviese flaqueando y necesitáramos de la conexión con Yksana. Yo jamás necesité de aquello. Pero ahora todo era distinto, esta era una excepción que ninguna de nosotras en su sano juicio habría hecho. Pero ahí estaba yo, sin escáner, desnuda y desesperada. Me consolaba saber que, nadie estaba ahí para juzgarme.
Mis branquias de Drina se activaron. Por un instante sentí que las despertaba luego de un extenso letargo. Me sorprendí por la rapidez con la que se adaptaron al agua, era como si siempre las hubiese ocupado. Pataleé con fuerza; las membranas de mis pies me impulsaron bajo el agua, ayudándome a acercarme mientras seguía bajando. La luz parpadeante de mi escáner me daba esperanzas, pues delataba la ruta de aquel animal que se alejaba cada vez más. Surqué las rocas marmoladas que había en el fondo del lago. Me sorprendí al notar que la visibilidad era completa, el agua era cristalina, los rayos del sol traspasaban todo y pude ver una amalgama de colores de una belleza que jamás había conocido en mi vida. Los corales resplandecían pegados en las rocas, las criaturas marinas desfilaban frente a mí, miles de alevines de serpientes arcoíris pasaban entre mis piernas. Quedé detenida en medio del agua, observando, sintiendo.
El yurante pasó frente a mis ojos. Me miró con sus cuencas un tanto burlonas y recordé porqué estaba ahí. El pequeño bastardo tenía aún mi escáner en su hocico. Lo seguí hasta que logré acorralarlo entre unos corales. Pensé en golpearlo, pero se veía tan asustado que soltó mi escáner sin pelear. Lo miré enfadada y subí a la superficie.
Al salir, revisé mi escáner. Todo estaba bien. Miré mi cuerpo húmedo y sentí rodar las gotas sobre mi cuerpo de manera suave. Decidí dejarlo desnudo por un instante. Respiré hondo y sentí que todos los poros absorbían la fuerza del sol. Mi cuerpo se sentía libre y lleno de energía. Cada recoveco de mi ser se sintió en una absoluta armonía con este extraño planeta.
Es probable que repita esto alguna vez, no lo sé.

Día 620. Campos de Marnika

Llevo tres días caminando sin parar, dejé el campamento base para ir a la cima del Monte de las Drinas. Creo que allá habrá más señal. Me he detenido para montar mi tienda de emergencia. Por estas latitudes la brisa sopla más fuerte. Lo curioso es que acarrea un polvo morado. Según mi escáner es parte de los minúsculos pétalos de los árboles de Narai. Son tan minúsculos que han teñido todo el césped de morado. Mientras simulaba escanear algunas rocas aproveché para acariciar con las plantas de mis pies aquellos ejemplares, me resultó suave y aromático.
En Pkian, solemos ocupar los pétalos de Narai para curar heridas, pero jamás los había visto en su forma natural. Las sacerdotisas por lo general los manejan en largos tubos polarizados, a los que solo ellas tienen acceso, por lo que observarlos en su estado natural por primera vez ha sido hermoso.
Siento que me estoy volviendo lejana, que pierdo mis raíces, pero a la vez me he sentido más libre. He rezado pidiendo a Yksana que me perdone por mi nueva libertad forzada. Le pido que me devuelva mi entereza, pero después de orar miro a mí alrededor y siento que algo me revuelve el estómago, es placentero, tan placentero que por un instante olvido nuestros orígenes.
La idea de marcharme cada vez se va haciendo más difusa.

Día 624. Monte de las Drinas

Dejé mi baliza en este lugar, recepciona mejor la  señal. No puedo evitar sentir un dejo de emoción, pero a la vez una inusitada tristeza, ¿por qué tendría que estar triste ante la posibilidad de ser encontrada?
Durante este tiempo he comprendido que las demás criaturas conviven pacíficamente. Hoy no noté la cantidad de horas que perdí mientras miraba a una manada de jukis galopando libremente sobre el campo morado con sus pelajes rojos, vanagloriándose de la belleza que poseen; nadie los caza, nadie los perturba, vivimos en armonía.
Me acerqué a ellos y solo me miraron. Les sonreí y empezaron a correr. Los seguí corriendo entre risas. Dancé entre ellos mientras mi cabello se liberaba de la coleta que siempre tenía. Mi pelo bailó conmigo mientras los Jukis saltaban: nos unimos, fuimos un temblor de energía con la tierra.
Debo repetir esto.

Día 765. Planicie de Yatar

Después de mis oraciones nocturnas caminé hacia la llanura. Ahí estaban esos árboles meciéndose suavemente. La noche nos regalaba las estrellas más brillantes, caminé maravillada por el cinturón estelar que nos cubría. Al llegar frente a uno de los árboles puse mi mano en su tronco morado, este inmediatamente brilló en un intenso color turquesa. Sonreí. La sensación que me produjo su contacto es inexplicable, solo sentía mi corazón latiendo con fuerza.
Retiré mi mano y el viento me hizo girar a su alrededor, los sonidos de las hojas me enseñaron a bailar. Me sorprendí al notar que cada salto que daba hacía brillar las hojas de aquel árbol. Rodee los otros e hicieron lo mismo. Ellos reaccionaban a mis movimientos, vibraban conmigo y me regalaban la belleza de sus hermosas hojas, que brillaban como neones. Al dar mi último gran salto, cada hoja se despojó de una escama de luz, las cuales, al flotar en el aire me indicaban que la unión había terminado. Agotada, me apoyé en su tronco y caí dormida. Ahí, en medio de aquellas luces y de la calma de aquel lugar yo no estaba sola, no estábamos solos.
Esa noche fue la primera vez que canté con los árboles y sus hojas.

Día 798. Cúmulo de Narea

Luego de bañarme en el lago y dejar que el sol me secara, miré mis manos. Noté que una mancha morada ha aparecido en una de ellas. Por un instante pensé que eran los pétalos de Narai, pero al tratar de removerla noté que era mi piel que estaba cambiando de color. La observé con detenimiento y advertí unos surcos, eran similares a unas ramas pequeñas, deben ser mis venas, sin duda. No nos da miedo, no nos preocupa.

Día 830. Monte de las Drinas

He decidido dejar de deambular y asentarme en este lugar. Aún no recibo señal.
Las pesadillas han vuelto, los últimos días han sido más gritos que imágenes nítidas. Me consumen el corazón y la angustia de los primeros días resurge.
He aprendido que, para distraerme de aquellos pensamientos, es muy útil correr colina abajo. Siempre que lo hago rio todo el trayecto mientras voy sintiendo como si mis piernas flotaran en el aire. Al llegar abajo, me lanzo al césped y miro al cielo, maravillándome de lo inmenso que es. Oh Yksana, ¿merezco tanta belleza?
Nos olvidamos de la angustia.
Hace días que mi desnudez no me resulta molesta, los prejuicios de mi formación han ido desapareciendo y las oraciones aprendidas han ido desvaneciéndose de mi mente, trato de recordar mi pasado pero me ha sido imposible.
La mancha de mi mano se ha ido expandiendo, mis venas se notan aún más.
No duele, no nos perturba.

Día 1040. Campos de Marnika

He dejado la baliza en el monte. Mi comunicador me avisará si algo cambia.
Los animales han empezado a rodearme, ya no me temen.
Mi cuerpo se ha vuelto púrpura, me siento honrada.
Ya no tengo muchas ganas de seguir registrando mi estadía.
Sólo quiero mirar todo a mi alrededor y dejarme llevar por este planeta que ha tocado cada fibra de mi ser.

Día 1484. Campos de Marnika

Decidí salir a caminar por la noche, vi la luna resplandeciente sobre el campo morado, los jukis se quedaban observando la luz no se movían, sus pelajes se veían más brillantes que durante el día. Me detuve en medio de un grupo y mientras acariciaba el suave lomo de uno de ellos, observamos la luna. La luz invadió mi cuerpo y entendí porque nosotros la admirábamos tanto.
Mi corazón se calmó.

Día 1590. Cúmulo de Narea

He vuelto a este lugar, todo me resulta extraño, veo mi capsula cubierta con ramas, no recuerdo bien que ocurrió.
No me importa.

Día 1607. Monte de las Drinas

Esta será mi última entrada, no queremos registrar más mi vida.
Mi cabello ha crecido mucho estos últimos días, ya no lo recojo en una coleta pues me encanta la sensación que me transmite cuando toca el suelo. Una suerte de corriente eléctrica que me energiza suavemente, haciéndome parte de él.
Antes grabar este último registro debo contarles que tuve un encuentro con este planeta. Posé mis pies en el suelo y sentí como mi ser se expandía más debajo de la tierra hasta llegar al núcleo. Sentimos la fuente de energía de todo. Cerré mis ojos y por un instante abandoné mi cuerpo.
Comprendí todo. 
Abrí mis ojos mientras mi cuerpo volvía a su estado primitivo.
Ya no teníamos miedo.
Sólo quiero que sepan que me siento en comunión con mi entorno, jamás he sentido tanta paz en mi corazón. Ya no hay culpa, ni tristezas, no hay gritos, ni ataduras.
No lo entenderían.
La libertad se ha apoderado de nosotros…

Epílogo

Una gran nave de intenso color carmín ingresó a la atmósfera. Se posó en la tierra y las sacerdotisas descendieron de ella. Sus largas melenas y sus miradas serias recorrieron aquel lugar. El viento soplaba haciendo que cada hebra de cabello bailara con él. Algunos animales a lo lejos las miraban, absortos, en silencio, sin miedo. Caminaron dando pasos suaves y frágiles, como si caminaran sobre cristal. Siguieron la ruta hacia la Cima de la Victoria en donde una débil luz titilaba. Al llegar notaron que la baliza seguía transmitiendo una señal. A su alrededor sólo vieron restos de algunos ropajes de una Drina corroídos por el tiempo.
Inspeccionaron la baliza y encontraron a su lado una bitácora holográfica. Algunos pixeles estaban quemados, pero la información estaba intacta. Todas se reunieron en torno a ella y escucharon todo lo que aquellos audios decían. A medida que la voz hablaba tomaron sus manos en torno al aparato, algunas balbucearon cosas ininteligibles, otras derramaron lágrimas y algunas sonrieron. Al finalizar el último audio, ninguna habló.
Al unísono se arrodillaron frente a la bitácora y entonaron una melodía que inundó el ambiente de una paz absoluta, las voces sonaron como silbidos suaves y melódicos. Cantaron por horas mientras los animales empezaban a reunirse a su alrededor.
Al terminar, una de las sacerdotisas, ataviada de largos velos de colores cálidos, miró hacia el Campo de Marnika. Señaló con su largo brazo morado un lugar en el centro de la llanura. Allí, un gran árbol con un fuerte tronco morado elevaba sus ramas al cielo. Todas giraron hacia donde su mano apuntaba, lo observaron maravilladas: sus ramas, delicadas como las de un sauce eran mecidas por el viento, que cantaba a través de sus hojas. Caminaron descalzas a su encuentro, los jukis saltaban a su paso, mientras los pétalos de Narai flotaban alrededor de ellas embelleciendo el paisaje. Al llegar frente a aquel imponente ejemplar, alzaron sus manos al cielo, con la mirada fija y exclamaron al unísono:
—Yksana, madre de todas las Drinas… has vuelto a nacer en libertad.


Diplomada en Literatura infantil y juvenil: Teoría, creación y edicion (IDEA-USACH). Es fundadora de La Ventana del Sur, agrupacion literaria que busca visibilizar a las escritoras de fantasía, ciencia ficcion y terror, y reseñadora de libros juveniles en su blog “La cueva de Elenor”. Ha publicado dos cuentos: “Amén” en Imaginarias: Antología de mujeres en mundos peligrosos (2019 - Editorial Triada) y “Piececitos morados” en la antología Mundos Sutiles (2020 - Editorial Cerbero). Sus áreas de interés son la literatura de ciencia ficción, fantasía y terror, principalmente aquella escrita por mujeres.

lunes, 11 de mayo de 2020

Capítulo #10 - Un pequeño acto de valentía, de Ada Nnadi

Puedes ver los avisos por contenido sensible al final de este post

Un pequeño acto de valentía

De Ada Nnadi




Si la chica que está sentada frente a mí tuviera mis poderes, haría lo que hago yo todos los días: hacerse invisible. Pero no los tiene, y lo compensa hundiéndose aún más en su asiento. Sus alas se extienden a su alrededor formando una cúpula que le protege la cara de las miradas. Trata de evitar la atención de les niñes de la mesa a sus espaldas.


Su líder, Grace (encerrada aquí porque no paraba de teletransportar a la gente que no le gustaba al desierto del Sáhara) ha ordenado a uno de los asistebots que reproduzca el vídeo “Egnevaing Angle”. El bot ha obedecido, y planea por encima de sus cabezas de tal manera que aquellos en la mesa y quienquiera que tenga suficiente curiosidad para mirar pueda verlo.

Yo alejo la mirada del holograma proyectado por el bot y comienzo a cortar mi akara en formas precisas. Ya he visto el vídeo antes y aunque me siento culpable, es imposible verlo con la cara seria.

Comienza con la chica alada en una parada de autobús, esperando un hanfo. No tiene alas y se rasca la espalda con fiereza. Arrastrándose a sí misma al frenesí, ignorando la multitud que está comenzando a atraer. Su mano se desliza dentro del uniforme. Saca una pluma. La cámara captura su expresión de consternación cuando mira la pluma, y su boca forma una palabra repetidamente: «No».

Se escucha un chasquido y se dobla hacia delante, el cuerpo se estremece. Gimotea ruidosamente. Dos bultos comienzan a crecerle en la espalda.

—¡Que alguien la ayude! —grita una voz.

La persona que graba se gira abruptamente hacia una mujer mientras esta se abre paso entre la multitud. Tiene arrugas entre las cejas y en las comisuras de la boca, que se tensa a medida que se acerca a la chica. Cuando están lo suficientemente cerca para tocarse, la mujer detiene su avance, resollando. Es difícil no darse cuenta del blanco en su afro o de la manera en la que parece encogerse sobre sí misma, con los hombros cerca de su cuerpo.

Bajo la mirada de los chips/lentes RERD (nunca se sabe con estas cosas) sus arrugas parecen estar esculpidas en su cara.

La mujer parece tener veintipico años (lo suficientemente joven como para ser parte de la Segunda Generación, que consiste en preadolescentes y adultos jóvenes como yo). Les Genómiques-2: la progenie de los niños que sobrevivieron a los efectos del Harmatán Verde hace cuarenta y tres años, las mutaciones que rediseñaron los genes de los fetos de tres meses o menos. Las alteraciones en el resto del país (adultos, en su mayoría) no fueron tan amables.
A pesar de lo joven que parece, la mujer se comporta como si fuera mayor, como si sus años fueran una carga, uno por la postura encorvada de sus hombros, unos cuantos más por las arrugas de su cara, el resto arrastrándose tras ella como una cola que los humanos no han necesitado en unos cuantos miles de años.

—¡No toque! —grita alguien en el gentío—. Oí de una mujer que cuando su pikin cambió, la cagó y tocó al niño, y vaya si se llevó una descarga eléctrica grave. Y tal cual se murió.

El aire ondea con los murmullos de la gente. Alguien escupe la palabra «demoníaco». La columna de la mujer se endereza y da un paso hacia delante, extendiendo una mano hacia la piel expuesta de la pierna de la chica. Toma aire profundamente. Sus ojos se vuelven amarillo brillante. El temblor de la chica se detiene, la tensión en su cuerpo se disipa. La mujer lloriquea, y como si lo recorriera una mano cubierta de ceniza, el pelo se le vuelve gris y regresa al marrón, el blanco en él ahora más abundante que antes.

Es incomprensible que alguien lo encuentre divertido, lo sé, pero tan pronto como la chica deja de sacudirse, unas alas gigantescas estallan en su espalda con un florecimiento de plumas negras, rasgando su camisa. No están ensangrentadas, pero muestran un resplandor viscoso.

La chica se aleja escabulléndose de la mujer, que se ha agachado para evitar la embestida de plumas. Las alas baten, tal vez tratando de sacudirse el recubrimiento grasiento o respondiendo a su incomodidad; es difícil saberlo. Se abren desde su espalda, y la gente se encorva o se aleja para esquivarlas. La chica mira por encima del hombro y da un grito de asombro, los labios se mueven formando la conocida letanía: «¡No!»

Sus manos viajan a su espalda como si fuera a arrancar las alas de sus muñones. Las alas dan un gran aleteo y rápida como una bala la chica se encuentra en el aire, gritando a pleno pulmón.

Su cantinela cambia:

—¡Jesús! ¡Jesús!

Las alas se extienden más allá de los brazos, llevándola más alto. Desvía al golpearlo a un dron de vigilancia cuyo faro ha comenzado a destellear rojo por el alboroto que está desarrollándose. Da una vuelta alrededor de un paso elevado de tren y durante un hermoso instante, con el sol como telón de fondo, parece la representación de un ángel vengador, incluso aunque sea uno torpe que grita como si su cabeza estuviera ardiendo.

Cuando vuela cerca de una torre de comunicaciones, sus manos se aferran a las barras con todas sus fuerzas mientras las alas baten, tirando de ella en la dirección opuesta. Sin embargo, la chica se agarra a la torre como a una amiga perdida hace mucho tiempo.

—Mami o —grita—, mami o.

Se necesitan cuatro policías con habilidad para volar (uno de ellos un genómico con alas de libélula) para hacerla bajar. E incluso entonces, se niega a hacerse descender a sí misma. En lugar de eso, le administran un tranquilizante y uno de ellos la baja al hombro. Yo habría pensado que la historia termina bien para todas las partes involucradas, pero ella está aquí, en rehabilitación genómica, lo que significa que o bien algo va mal con sus poderes o algo va mal cuando utiliza sus poderes.

La estudio abiertamente; una de las cosas buenas de ser invisible. Sus alas ya no le protegen la cara, pero ha formado un montoncito de plumas al arrancárselas. Tal vez por eso está aquí, porque tiene tricotilomanía genómica.
Detiene el tirón de plumas e inclina la cabeza en mi dirección, entrecerrando los ojos. Yo no aparto la mirada. Algunos genómicos pueden percibirme, pero nunca he conocido a uno que pueda verme.

Es alta, incluso desgarbada. Parece que su cuerpo está cubierto de escamas (retícula), volviéndola de un marrón lustroso. Solo se vuelven obvias cuando la luz impacta contra su piel de una forma concreta, pero no me sorprende. Su genomalía parece ser del tipo animalia.

Una risa llega procedente de la otra mesa. Alguien ha vuelto a reproducir el vídeo, y ha atraído la atención de un puñado de gente en el comedor. La chica hace una mueca de dolor. Unas pocas plumas se sacuden. Vuelve a tirar de ellas, desplumando una a una, más rápido que antes. Me pregunto si duelen tanto como cuando te arrancas un pelo del cuerpo. Su cara no da ninguna pista para apoyar mi teoría.

Mojo mi akara en las natillas y doy un mordisco. La gente en nuestra mesa no parpadea ante el espectáculo que creo. Mi no estar presente y aun así tener efecto en los objetos a mi alrededor no es nada comparado con Adeyemi, que se niega a dormir porque siempre se despierta en el cuerpo de otra persona, o Ibrahim, cuya susceptibilidad a las desgracias es mayor que la media y puede transferirse a cualquiera que toque. Lleva puesto un traje de protección biológica con un botón de llamada automático en caso de que comience a ahogarse, como le ocurrió ayer.

También está Cee, que puede modificar la realidad cada vez que dice «Me gustaría», y que está encarcelade aquí porque trató de convertir al presidente de Nigeria en una patata. Le cogieron porque hay gente pendiente de estas cosas, especialmente cuando alguien con una habilidad similar había tratado de rehacer el mundo a su imagen y semejanza.

Trabajamos con parapsicólogos para «encontrar el equilibrio entre nuestras habilidades y nuestros lugares como seres humanos». A algunas personas como Ibrahim, los parapsicólogos los autorizan para el uso de chips de amortiguación de poderes o hasta una cura. Adeyemi firmó los papeles de consentimiento para su chip hace una semana, e Ibrahim está esperando su valoración para una cura personalizada, diseñada con su genomalía en mente.

Yo en realidad estoy a gusto con lo de ser invisible. Pero mi psicólogo les dijo a mis padres que estoy utilizando mis poderes para lidiar con un trauma pasado. Necesito apenas unos minutos al día para recargar y reaclimatar mis átomos a esta realidad, con lo que llevo siendo invisible 18 meses.

El grito de «¡Jesús!» de la chica obtiene una reacción mayor de su audiencia la segunda vez. Se oyen risas escandalosas y ella agarra un puñado de plumas y tira. Esta vez, el dolor destella en su cara y antes de darme cuenta de lo que hago, extiendo la mano para coger la suya.

—Para —digo. Mira a dónde mi mano debería estar y arranca otra pluma—. ¡Que pares! —siseo. Dejo que la mano que está sobre la suya aparezca, enguantada. Hace más frío cuanto más tiempo permanezco invisible.

—¿Duele? —pregunto.

—¿Duele? —repite.

—¿Qué?

—¿Duele ser invisible?

Pienso la respuesta:

—Mientras no permanezca invisible más de trece horas seguidas, en general estoy bien.

—¿De qué te ocultas? —pregunta.

—¿Por qué te arrancas las plumas? —le disparo de vuelta.

Ella sonríe.

—Las odio. Odio llamar la atención. —Hace una pausa—. Tú también lo odias. Puede que no sea la atención que yo recibo, pero es definitivamente el motivo por el que te escondes.

Bueno, bueno. Si añades algo de trauma en todo eso, sonarías igual que mi terapeuta.

Ella ríe.

—Soy Isoken, por cierto —digo.

—Chinwe —responde, y deja de arrancarse las plumas el tiempo suficiente para dedicarme una sonrisa.

Ya que no puede ver la sonrisa que le devuelvo, le doy un apretujón a la mano que sigue sobre la suya antes de retirarla. Estoy a punto de hacerla desaparecer, cuando me doy cuenta de que la observa, mientras su mano se desliza por las alas pero sin arrancar nada. Dejo que mi mano permanezca visible. Levanto el pulgar en señal de aprobación.

Su sonrisa se vuelve más amplia, y hasta que un auxiliar se la lleva, sus alas no pierden más plumas.

#

La sala de terapia es el lugar que menos me gusta de la rehabilitación genómica. Es una habitación de tamaño medio que la terapeuta moderadora hace aún más pequeña al sentarnos a todes en un círculo cerrado. No hay ventanas, y las luces bio-flo están en modo tenue.

Solían reproducir música «tranquilizadora» hasta que un tecnópata arrancó los altavoces y toda la red eléctrica del centro porque oía espectros que le hablaban a través de la canción.

—Isoken, ¿te gustaría estar presente con nosotros hoy? —me pregunta la moderadora.

Me encojo de hombros y le doy mi respuesta habitual:

—Estoy lo bastante presente.

Alguien suelta un resoplido, pero me niego a prestarle atención. La terapeuta continúa mirándome. Una silla vacía en un círculo de seis personas me hace muy llamativa. Está tratando de localizar mi cara, mis ojos, probablemente, con su mirada pensativa, pero va a tener que bajarla un poco. Mira la tablet en sus manos y sé que está tomando notas cognitivas sobre mí.

Alguien entra tropezándose y nos giramos.

—Chinwe —dice la terapeuta—. Qué bien que te unas a nosotres. ¿Por qué no coges una silla y te unes al círculo?

—¿Igual se puede sentar ahí? —Grace señala a la silla que está a un asiento de distancia de ella. La silla en la que estoy sentada yo—. No hay nadie ahí —dice con tono inocente.

La terapeuta le lanza una mirada de desaprobación.

—Grace, sabes que Isoken está en ese asiento.

—No lo está. Se acaba de ir. La he sentido marcharse.

La duda suaviza y borra la línea de desaprobación de la boca de la terapeuta, y antes de que pueda preguntar, digo en tono hastiado:

—Sigo aquí.

Grace hace esto cada vez. Pretende que no estoy porque soy invisible y entonces trata de engañar a los demás para que hagan lo mismo. Es una broma agotadora. Aunque no quiera que me vean, me niego a ser ignorada; un enigma, lo sé. Puede que no tenga el mismo aspecto que la Isoken de hace dieciocho meses, pero todavía sueno como ella, algo que espero nunca cambie.

Chinwe mira a Grace y luego a la terapeuta y luego a la silla en la que me siento. Quiero saludarla, pero ¿de qué serviría? Camina hasta la otra punta de la habitación, saca una silla de una pila y la lleva hasta el círculo. La acción lleva más tiempo del que debería porque las alas no paran de intentar levantarla del suelo mientras ella insiste en hacer lo contrario.

Los seis observamos la escena. Adeyemi tiene la lástima puesta a tope. La expresión de Cee es la que más se parece a lo que siento yo: un poco de lástima, un poco de confusión y un poco de curiosidad. La chica que se sienta entre Grace y yo está llorando y se agarra el hiyab, los pies rebotando. Hace unas semanas era un borrón, encerrada en un bucle por las alteraciones constantes de su hilo temporal, al tratar de rehacer conversaciones, sucesos y cualquier cosa que se quedara corta respecto a lo que consideraba como ideal.

Parece que está lista para darle a Chinwe un arreglo o incluso un empujón en el tiempo para evitar la escena que se desarrolla frente a ella. Las alas de Chinwe ganan, y la arrastran unos cuantos pasos hacia atrás. Grace se ríe disimuladamente y yo me trago las ganas de inclinarme hacia delante y simplemente rodearle el cuello con las manos durante unos minutos.

—Chinwe —exclama la terapeuta, con una expresión amable—, ¿y si tratas de no luchar contra ello?

Aunque parece que Chinwe preferiría hacer lo contrario, lo intenta, dejando que sus alas tomen la iniciativa. Se extienden, pero no del todo, y realizan un pequeño aleteo, levantándola un centímetro o dos del suelo. El semblante de Chinwe es serio, su acercamiento inestable, pero cubre la corta distancia sin problema y encaja su silla entre Cee y yo.

Cee le sonríe y yo ajusto mi asiento para hacerle hueco.

—¿Ves? —dice la terapeuta, mientras los ojos le brillan por el éxito—. No ha sido tan difícil, ¿verdad? Buen trabajo, Chinwe.

Ajustándose para ponerse en una posición cómoda con las alas plegadas detrás de su silla, Chinwe le lanza una mirada escéptica a la terapeuta, pero ella está escribiendo más notas en la tablet. Utilizo la distracción para susurrar:

—Muéstrale una gran sonrisa. Puede que te de una estrella dorada.

—¿De verdad?

—Una estrella dorada para ti, una estrella dorada para ti. Estrellas doradas para todos.

Chinwe se ríe. Su mirada desciende.

—¿Dónde está tu mano? La enseñaste la otra vez.

—Ah. —Me revuelvo—. Normalmente no dejo que la gente me vea. Soy invisible la mayor parte del tiempo.

—¿Por qué?

Esta es la segunda vez que me hace esa pregunta, pero que el intento sea tan directo me descoloca de tal forma que me quedo paralizada unos segundos. Mi terapeuta personal trata de sacarme una respuesta mediante preguntas sutiles que me hacen hablar y tal vez poner las cosas en perspectiva. Él no me presiona, pero la pregunta de Chinwe salta, obligándome a pensar en el motivo que sigo ocultando, y no me gusta.

—Tal vez si tú compartes porqué te da tanto miedo utilizar tus poderes, puede que yo te diga porqué elijo permanecer invisible —ataco.

Cuando me giro alejándome de ella, me encuentro a la terapeuta observándome con una expresión pensativa. Esta vez, consigue conectar con mi mirada, y mi ira se prende, hormigueando en mi piel a través del frío que acompaña a ser invisible.

Me obligo a relajarme. No puede verme. Aquí estoy segura. Mi voz sigue siendo la de Isoken. La terapeuta por fin aparta la mirada.

—Chinwe —comienza—. He oído lo de tu episodio en el área del comedor. ¿Te gustaría hablar de ello?

Chinwe se mueve en su asiento. Sus ojos saltan hacia mí y de vuelta a la terapeuta.

—Odio estas cosas —dice, haciendo un gesto hacia sus alas—. No las quiero.
La terapeuta muestra una expresión pensativa. Escribe en su tablet.

—¿Y eso por qué?

—¿Sabe quién es mi madre?

—Sé quién es. Pero nadie la conoce mejor que tú, así que ¿por qué no nos lo cuentas tú?

—Soy diferente.

La terapeuta asiente.

—Sí, lo sé. Estas habilidades…

—No ese tipo de diferencia. —Chinwe niega con la cabeza—. Soy, eh… Soy diferente, en cuanto a sexualidad.

Grace resopla. La terapeuta le lanza una mirada para acallarla, mientras yo me pregunto cómo salirme con la mía estrangulándola en presencia de seis testigos.
Chinwe no deja que eso la detenga.

—Dicen que el Harmatán Verde mató a un cuarto de los nigerianos, ¿no? Un cuarto de cuatrocientos millones de personas desaparece así, sin más. La familia de mi madre, la mayoría murió. Solo su hermana, su hermana melliza, desarrolló poderes, pero eso tampoco acabó bien. Así que mi madre asumió la idea del apocalipsis, la obsesión por el fin de los tiempos. Mi tío dice que es su manera de pasar página. Pero su forma de pasar página es, eh… muy…

—Fundamentalista —sugiero yo.

Ella asiente.

—Sí, esa palabra. Estaba muy dedicada a la causa. No le llevó mucho tiempo que la hicieran reverenda y después se casó con el fundador de la iglesia. Después de su muerte, se convirtió en la nueva GO. Me tuvieron un tiempo antes de que él muriera.

Una silla se arrastra, Halima, la chica del hiyab que cambia de posición. Adeyemi se frota el cuello. Grace bosteza ruidosamente y Cee le lanza una mirada furiosa que sugiere que está considerando seriamente alterar su realidad.

—Mi madre sabe que yo… —Agita las manos—. Que soy…

—Una homosexual —dice socarrona Grace.

—Grace. —La voz de la terapeuta suena a advertencia.

—¿Qué? Ella no lo quería decir. Yo solo ayudo.

—¿Quién te lo ha pedido? —dice Cee—. Deja de ayudar.

—Todo el mundo, calmaos —dice la terapeuta—. Este es un lugar seguro, un grupo de apoyo. Démosle la oportunidad a Chinwe de ser honesta con nosotres. Por favor, continua, Chinwe.

—Llegamos al acuerdo, mi madre y yo, llegamos al acuerdo de mantenerlo en secreto. Su aceptación de lo que soy fue suficiente.

—Eso no es aceptación —interrumpe Adeyemi. La terapeuta permanece en silencio.

Chinwe levanta la barbilla.

—Para mí fue suficiente. Era mejor que que me echara, o que me sometiera a rezos.

—¿Y ahora? ¿Sigue siendo suficiente? —pregunta la terapeuta.

Pasa un momento. Los dedos de Chinwe se mueven nerviosos.

—Puedo ocultar que soy homosexual —dice finalmente—. Pero esto no. —Señala con un gesto a su espalda.

#

Chinwe no dice nada más después de eso. La sesión termina con Halima compartiendo su progreso al no usar sus poderes cuando las cosas no salen como a ella le gustaría. La terapeuta le da una palmadita a Chinwe y la felicita por haber participado antes de marcharse. Rápidamente, solo quedamos Chinwe, Grace y yo en la habitación.

Grace está jugando al pillapilla teletransportador, apareciendo en lugares aleatorios, empujando y golpeando al asistebot mientras este limpia el espacio. Yo sigo en mi silla, la incredulidad me mantiene ahí plantada. Chinwe tampoco ha abandonado su asiento. Se tomó en serio mi desafío. ¿Significa eso que espera que yo comparta mis razones para mantenerme invisible constantemente? La estudio. Su cabeza está gacha. Se tira de las uñas.

—Sigues aquí, ¿verdad? —pregunta.

Casi no respondo. Le lanzo a Grace una mirada cautelosa.

—Sí. Sigo aquí.

—Entonces…

—No has dicho porqué tienes miedo de utilizar tus poderes. No explícitamente.

Me lanza una mirada exasperada.

—Usarlos es igual que aceptarlo. Tal vez si no los uso…

—No se irán —interrumpo—. Y a menos que elijas curártelos, seguirán ahí. Siempre. ¿Eso es lo que quieres? —Ella se revuelve en el asiento—. ¿Has tratado de volar?

—El centro me ha asignado una profesora. Tiene alas de mariposa.

—No has respondido a mi pregunta.

Se retuerce de nuevo.

—No. —Yo suelto un bufido de burla—. La cosa es que… me dan miedo las alturas. La profesora trató de hacerme sentir mejor diciéndome que «el suelo no es mi enemigo». Y yo pensé, hantie, mientras haya gravedad, el suelo siempre será mi enemigo.

Una risa estalla de mi boca; lo que más gracia me hace es su intento de imitar un acento yoruba. Pronto, ambas nos reímos.

Oya, te toca —dice cuando nos calmamos—. ¿Por qué eres invisible todo el tiempo?

Abro la boca, a punto de hablar, pero sin tener claro lo que quiero decir o cómo voy a decirlo, cuando de repente Grace aparece frente a nosotras.

—Pierdes el tiempo con esta —le dice a Chinwe—. Tiene tantas ganas de desaparecer que se niega a utilizar su verdadero nombre. Pregúntale. Pregúntale si Isoken es su verdadero nombre. Nuestra señorita languidece por su hermana muerta.

Me enfurezco.

—¿Has mirado mi expediente?

—Pues claro, ¿por qué no iba a hacerlo? Cuando eres una adolescente en desarrollo, invisible y taciturna. Tu hermana está muerta, Itohan, ya no te pareces a ella, asúmelo.

Aprieto los dientes y dejo que vea la mano venir antes de darle el puñetazo. Forcejeamos. Me teletransporta al desierto y después a la azotea de un edificio Dios sabe dónde. En una de las habitaciones, asustamos a un chaval que trata de hackear el botpot de su madre. Pero tengo bien agarrada la blusa de Grace y la golpeo, mi mano visible todo el tiempo.

Cuando regresamos a la sala de terapia, les asistentes están allí y preparades para nosotras. Le dan a Grace una inyección de antigenómico. Comienza a convulsionar. Me aparto de ella y dejo que mi mano desaparezca justo a tiempo, pero los asistebots están listos. Rocían una forma gaseosa del suero en mi dirección y la última cosa que veo cuando mi cuerpo entra en crisis es a Chinwe empujando a une de les asistentes en un intento por alcanzarme.

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No nos pueden dar chips de amortiguación ni una cura sin nuestro consentimiento, así que nos hacen pensar en las consecuencias de nuestros actos dándonos trabajos que debemos realizar manualmente. A Grace le toca limpiar los baños de las chicas, y a Chinwe y a mí quitar las malas hierbas del terreno del centro. La distribución no me gusta.

Fui visible cuando me rociaron con el antigenómico. Me vio. El antigenómico te quita todos tus poderes atacando los genes que llevan el rasgo genómico. No es mortal, pero uno de los efectos secundarios son las convulsiones. Cuando la cura reestructura las células extrayendo la anomalía de la codificación del gen, absorbiéndola para que sea descartada como deshecho, el suero trata al gen como algo que debe ser aniquilado.

Han pasado dos días, y he estado evitando a Chinwe, pero no puedo seguir posponiendo mis tareas más tiempo. Ella no para de echarme miradas mientras yo desentierro malas hierbas con un fervor que iguala a mi agitación.

Se acerca arrastrando los pies:

—Eh.

—¿Qué? —Se mueve nerviosa—. ¿Qué quieres? ¿Mi historia lacrimógena? ¿Por eso no me dejas en paz? ¿Lo que te contó Grace no es suficiente?

Una expresión de dolor cruza su cara.

—Perdón. Yo solo quería…

Sacude la cabeza y se gira para marcharse.

No quiero sentirme mal, pero así me siento. Tiro de otra hierba con tanta fuerza que el impulso me tumba. Chinwe me oye gritar y se acerca corriendo; la planta en mi mano le señala dónde estoy.

—¿Estás bien?

Mi pecho jadea y comienzo a sollozar.

—Grace no tenía derecho. Nadie debía saberlo. Tú no tenías que haberme visto. Así es como la mantengo viva.

—¿A quién?

—A Isoken. Así es como mantengo viva a Isoken. —Me seco las lágrimas—. Es mi gemela. —No me presiona. Se limita a quedarse de pie junto a mi y a esperar—. Hubo un incendio. Un chico genómico desarrolló sus poderes súbitamente en el tren. No podía controlarlo. Tratamos de ayudar. Yo no podía hacer que mi campo de fuerza funcionara. Isoken en cambio, a Isoken se le daba todo bien. Pero las cosas se descontrolaron, una explosión. Y entonces… —Toso, pero el nudo en mi garganta no se mueve. Mi corazón se retuerce con dolor—. Cuando me desperté. Parecía otra persona y ya no tenía a mi hermana.

» Éramos idénticas. Ni siquiera nuestros padres podían diferenciarnos, y ahora, me miro la cara y no la puedo ver. No me siento la hija de mis padres Lo único que me queda que sigue siendo de ella y mío es nuestra voz.

Hay silencio durante un rato. Chinwe se sienta en la hierba.

—Tu hermana no será olvidada. Tú siempre serás la hija de tus padres.

Me rio.

—No eres pariente de mi terapeuta, ¿no?

Se encoje de hombros.

—Mi tío. Leí sus libros. Es psicólogo. Creo que algo de su psicología se me pegó.

Suelto una risita. Me quedo sin aliento con la siguiente pregunta:

—No será mi terapeuta, ¿no?

—No lo creo.

Inclina la cabeza y puedo ver la honestidad en su cara.

Su respuesta apacigua mi ráfaga de ansiedad.

—¿Cómo sabes que mi hermana no será olvidada?

—Me has hablado de ella, ¿no? Así que ahora la conozco, y como la conozco, la recordaré. ¿Sus amigos? La recordarán. ¿Tus padres? También la recordarán. Y de la misma forma que me has hablado de ella, le hablarás de ella a otras personas, y algunas de ellas la recordarán.

Comienzo a protestar. Ella niega con la cabeza.

—Eres más, Itohan, y tu hermana era más que vuestras caras. Pero si estás ocupada tratando de mantenerla con vida, ocultándote del mundo, ¿quién te recordará a ti? Sé que quieres desaparecer, pero ¿quieres que te olviden?

Pasamos el resto del tiempo en silencio. Su pregunta no deja de repetirse en mi cabeza. ¿Quiero que me olviden?

#

Le hablo a mi terapeuta de la conversación que tuve con Chinwe, y él piensa que tiene algo de razón. Me convence para ver a mis padres por primera vez en cuatro meses. No hace falta que sea visible, lo único que se me pide es observar.

Eso es lo que estoy haciendo ahora mismo, mientras los amigos y las familias se pasean por la sala comunitaria. Los internos se distinguen por sus trajes grises, los abrazos, las conversaciones, algunos de ellos lloran. El centro solo permite un día abierto al mes, y mucha gente lo aprovecha al máximo.

Mis padres están de pie en medio de la sala, los ojos de mi madre peinan la multitud. Me está buscando, me doy cuenta con un sobresalto. Mi padre está a su lado. No me busca, pero sus ojos están fijos en la puerta. Camino lentamente hacia ellos.

—Mamá, papá.

Capto la decepción de mi padre antes de que se desvanezca. La mirada de mi madre permanece fija en el espacio vacío en el que me encuentro. Cuando estoy con la mayoría de la gente, su mirada comienza a dirigirse a algo con sustancia a lo que aferrarse. Los ojos de mi madre, sin embargo, nunca ceden.

Pasa un instante. Ella pregunta:

—Itohan, ¿sigues ahí, abi?

—Sigo aquí.

—Me alegra tanto que nos llamaras. —Sus ojos brillan por las lágrimas. Creíamos que ya no querías vernos.
—Yo… —Una risa conocida capta mi atención. Chinwe está a cierta distancia con un hombre y dos niños. Está abrazando a uno de ellos y sus alas baten. Flota a medio metro sobre el suelo.

—Así que ahora puedes volar. —El hombre sonríe.

Ella ríe de nuevo.

—No es volar de verdad, pero lo intento.

Lo intenta. Me giro de vuelta hacia mis padres. La mirada de mi madre es expectante. Sus ojos están ahora fijos en la dirección incorrecta. Mi padre ni lo intenta. Su mirada está dirigida al suelo.

Bajo mi mirada a mis manos. Soy más que mi cara. No quiero que me olviden. Mi valentía nunca ha sido nada impresionante, no desde que elegí hacerme invisible. Pero para esto, tomo un pequeño fragmento de mis reservas. No lo pienso. Doy un paso desde el frío de no ser invisible al calor de la vista.

Unos gritos de asombro siguen a mi revelación. Mi madre está atrapada entre la alegría y el asombro. Comienza a sollozar mi nombre:

—Itohan, Itohan.

Cuando mi padre me mira por fin, no aparta sus ojos, casi como si temiera que fuera a desaparecer de nuevo, y trato de no hacerlo. No puedo estarme quieta, la incomodidad me revuelve el estómago, pero permanezco visible hasta el final de la visita.

Tan pronto como se marchan (mi padre me aprieta la mano, mi madre casi me ahoga con un abrazo), comienzo a desvanecerme de nuevo, girándome para ver que Chinwe está de pie frente a mí.

—Te he visto —dice.

Pongo los ojos en blanco:

—Sí, tú y todo el mundo.

—No. —Niega con la cabeza— No quiero decir eso. —Sonríe—. Quiero decir que te he visto. He visto lo que sonreír le hace a tu cara. El aspecto que tienes cuando estás avergonzada. Cuando tratas de reprimir una sonrisa, la alegría te salta a los ojos. Haces una cosa rara con la boca cuando estás nerviosa. He visto todo eso.

—¿Y?

—Eres un mundo, toda entera.

Me burlo, pero el deleite se asienta en mi estómago como el calor de una comida picante, y se extiende lentamente por todo mi cuerpo.

—Para ser una chica a la que le dan miedo las alturas, ¿cómo te las apañas para sonar tan profunda todo el rato? ¿Te quedas despierta por la noche pensando formas diferentes de ser intensa? —Bromeo, pero no puedo parar de sonreír—. Aquel día en el campo, ¿qué querías contarme?

—He probado a volar.

—¿Y qué tal?

—Sigo odiándolo. Pero no creo que me odie a mí misma por ello, ya no. Tenía miedo, ¿sabes? Pero supuso…

—Un pequeño acto de valentía.

—Sí, eso. Un pequeño acto de valentía. Un día cada vez, nada grandilocuente, nada impresionante. Solo vivir.

Tomo otro pequeño fragmento de coraje de mi reserva y le doy un beso en la mejilla. Su sorpresa es tan cómica que casi rompo a reír. Sonríe, pero no dice nada, y aparezco durante un rato, solo para mostrarle que las dos sonreímos como idiotas.



Ada Nnadi está realizando la carrera de Ciencia de la Psicología en la Universidad de Lagos (Nigeria) y espera que la Asociación de Psicólogos nigeriana le envíe por correo la habilidad de leer mentes cuando termine su doctorado.

Se la incluyó en la lista provisional para el premio de relato corto Writivism en 2018 y trabaja en Brittle Paper como lectora. Su historia «Tiny Bravery», ha sido incluida en la lista de lecturas recomendadas de la revista Locus y también en la lista provisional de los premios Nommo.


Algún día será madre de muchos gatos, y un perro.







Avisos por contenido sensible: Homofobia, bullying.