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viernes, 3 de febrero de 2023

Capítulo #67 - L’hiver est assis sur un banc, de Margaret Dunlap


L’hiver est assis sur un banc

por Margaret Dunlap

(avec mes remerciements à Jacques Prévert)


Invierno está sentada en un banco. No la perciben las personas que pasan frente a ella, los niños que juegan, los pájaros que vuelan de un árbol a otro. La ignoran, como si no fuera más destacable que un hombre con gafas, vestido con un traje gris. 

Hierve de rabia, pero no puede moverse. 

Cada día el sol se alza un poco más alto, un poco más caliente, y engulle partes de su carne helada. Está tan fija en su lugar como lo está el sol en su trayectoria, pero que la danza eterna de los cielos sea inevitable no significa que ella lo acepte con elegancia. 

Invierno cada año llega más tarde. Primavera llega antes. Su tiempo mengua mientras el de su hermano Verano medra, pero todavía queda algo de frío en el mundo, y mientras su corazón gélido permanezca helado en su pecho, perseverará. 

La ira puede que arda blanca; el odio es frío e insidioso.

No lo suficientemente frío, sin embargo.

Gracias al extemporáneo cambio de estación, su envoltorio vital casi ha desaparecido. Parece una muñeca de nieve que alguien construyó sobre este banco como un proyecto artístico efímero, o puede que como un comentario sobre la infrecuencia del servicio de autobuses en esta ruta en las afueras. 

Hace una semana, su pelo era una cascada de ébano que fluía más allá de sus hombros. Ahora, es hierba muerta aplastada contra un cuero cabelludo glacial. Su pecho derecho, el que mira al sureste, ha desaparecido; el tórax que hay debajo apenas es cóncavo. Su pelvis permanece incrustada entre los listones de madera, pero entre ella y los restos de sus muslos su mirada avanza hasta el suelo embarrado bajo el banco.

Sus brazos han menguado hasta formar témpanos que cuelgan de cada hombro. El derecho apenas llega a la parte inferior de sus costillas, pero al izquierdo, a la sombra del resto del cuerpo, le va un poco mejor. El muñón de una muñeca está tentadoramente cerca de la parte superior de su pierna.

Si lograra alcanzar la pierna, podría sacrificar el extremo de su brazo para reconectar su pierna al torso. Una vez esté bajo su control, podrá utilizarla para incorporarse y balancearse lo suficiente como para asentarse sobre la otra también.

No será bonito de ver, pero la belleza no es necesaria. 

Lo único que necesita es estar de pie para cuando llegue el autobús. Si está de pie, podrá subirse a él.

Se subirá a la parte de atrás, oculta por la salida de las criadas, las cocineras y las niñeras que descienden aquí para caminar el último kilómetro hasta las casas donde se pasan los días creando los hogares de otros. 

Una vez a bordo, su pelo seco y lacio y sus proporciones acortadas significarán que nadie se negará a cederle un asiento junto a la puerta trasera, reservada para los ancianos y los enfermos, donde el frío del exterior la protegerá del calor asfixiante que se expande desde el motor.

Nadie mirará su figura encorvada y deforme más de un instante. Parece que los humanos creen que la enfermedad y la muerte son algo que puede contagiarse con la mirada, aunque lo cierto es que se contagiarán miren o no. 

A los humanos se les da bien ver lo que esperan ver. Los que viajan al trabajo no percibirán su verdadera naturaleza mientras esté allí sentada con ellos. Tampoco lo harán los padres que riñen a sus herederos, envueltos en abrigos de camino a la guardería.

Los niños…

Los niños tienen menos expectativas. Captan las cosas que los adultos no perciben. Pero eso tiene sus propias ventajas. Los niños verán su verdadera necesidad, incluso aunque esté alojada en el cadáver en descomposición de su helada figura .

Los niños pueden ser muy útiles.

Podrá seguirles cuando desciendan del autobús hasta el patio de la guardería. Allí todavía habrá nieve, bajo las ramas extendidas de un roble.

Siempre hay un roble, resguardando el invierno entre sus raíces mientras las ramas esperan la primavera.

El maldito calor precoz significa que los profesores dejarán que los niños salgan fuera a jugar. Cuando sean liberados durante el recreo, los niños podrán ayudarla a recoger nueva carne nevada para sus huesos helados; la ayudarán a construir un cuerpo lo suficientemente fuerte como para mantener el espejismo de resistencia y juventud, no decrepitud vergonzosa.

Todavía queda algo de invierno en el mundo. Aún podrían quedarle unas cuantas semanas más.

Tan poco tiempo.

No el suficiente. 

Puede que uno de los niños serviciales no regrese al interior cuando el profesor les llame. 

¿Se dará alguien cuenta?

No. Los niños humanos no son un bien escaso. E incluso en estos tiempos sus padres saben, en algún lugar en lo profundo, que los antiguos dioses deben ser alimentados.  

Solo se llevará uno.

Uno será suficiente para aguantar los meses de calor.

Los meses que cada vez son más largos y más calurosos. 

Dos sería mejor.

¿Tal vez?

Definitivamente.

Dos. 

El bus se acerca.

La gente pasa. Los niños juegan. Los pájaros saltan de un árbol a otro. 

El bus llega, se detiene, se marcha.

Otro vendrá.

Invierno está sentada en un banco.

Lo único que necesita es alcanzar su pierna. 



Margaret Dunlap es la autora de más de una docena de relatos cortos y novelettes que se han publicado en Uncanny, Apex, The Sunday Morning Transport y como parte del equipo nominado a los Locus responsable de Bookburners. También escribe para la television, donde sus créditos incluyen la serie de culto The Middleman, Blade Runner: Black Lotus y la ganadora del Emmy Dark Crystal: Age of Resistance. Vive en Los Angeles, en www.margaretdunlap.com, y en Twitte como @spyscribe.

domingo, 15 de enero de 2023

Capítulo #66 - Quien no se mueve no siente las cadenas, de Eliana Soza Martínez

Quien no se mueve no siente las cadenas

por Eliana Soza Martínez

“Odio a los hombres que temen a la fuerza de las mujeres” 

Anaïs Nin



Después de caminar un tiempo sin tiempo a través de un puente hecho de pelos, Nina llegó desnuda a un sitio que parecía ser el Hanan Pacha. La rugosidad de las hebras acariciaba o rasguñaba las plantas de sus pies, según cómo los apoyaba. Se sentía liviana, podría flotar si lo deseaba, pero era necesario ir despacio. Alrededor, contempló las estrellas como grandes bolas de fuego desplazándose con vida propia y una lentitud mágica. Los colores brillantes del entorno iluminaban el camino que recorría. Vio algunos seres adelante, humanos, animales y otros, mezcla de ambos, decidió seguirlos, tal vez sabrían dónde debía ir. Recordó las historias de su abuela sobre el mundo de arriba, le había dicho que solo las personas justas llegaban a ese lugar, no entendía por qué ella estaba ahí.

El angosto puente dejaba distinguir una bruma alrededor del Kay Pacha y los picos de los Apus de las montañas, donde de niña soñó subir y no lo logró. A pesar de no llevar ropa, el ambiente fresco no le molestaba, más bien una libertad nunca antes experimentada se apoderaba de su piel, como si por primera vez sus poros respiraran aire cristalino.

Continuó caminando hasta alcanzar a esos otros, que también buscaban respuestas. No se miraban, pero ella escuchaba sus pensamientos, recordaban su existencia abajo y querían saber qué hacían en aquel lugar. Una de las bolas de fuego se acercó y supo que debía seguirla, se separaron de los demás hacia una zona alejada del puente, algo más oscura, que se fue transformando en los alrededores de la casa de su abuela, donde vivió casi toda su vida. Ahí estaba, erguida entre adobes y paja, con una puerta vieja y el camino empedrado que daba la bienvenida.

La bola de fuego entró e iluminó el lugar, las camas tapadas con phullus, la cocina de barro, las leñas ardiendo, los utensilios de la abuela estaban allí intactos, como si no hubieran transcurrido los años. Una sombra al fondo se hizo visible, era su awicha. Pena y alegría se entremezclaron en su corazón. Quiso abrazarla y contarle lo que había pasado, pero no pudo porque una voz retumbó en su mente:

—¡Nina, has sido elegida!

—¿Elegida para qué?

—Para convertirte en una Diosa.

—Pero si soy una simple mujer que murió en desgracia.

—Por eso, y por el fuego en tu ajayu, te hemos elegido. El sufrimiento limpia, como lo hizo tu sangre esparcida sobre la tierra.

—Mi sangre fue derramada desde que me dijeron que era apta para tener descendencia y quisieron entregarme a un hombre a quien no conocía ni amaba.


Nina corre por los sembradíos de papa y oca, va detrás de una alpaca que nació unos meses atrás, le gusta mirarse en esos ojos enormes y llenos de una esperanza que linda con la ignorancia de la muerte. En ellos se mira extraña, no quiere ser dócil como este animal; imagina convertirse en algo diferente a las carnes, pelos e iris oscuros, iguales a los de ella. 

Desea ser como la sangre que vio salir de su cuerpo y creyó morir; su madre le explicó que se estaba convirtiendo en una mujer. Ese líquido espeso y extraño parecido al jaguar, que pinta lo que toca y se come a las alpacas. Si fuera esa fiera no aceptaría el cuidado de las personas, perdiendo su libertad.


—Nina, sabemos que eres especial. Admiramos tu rebeldía. Por eso, decidimos entregarte poderes que no imaginaste que existían.

—No deseo ser una Diosa. Abajo solo quería vivir según me dictaba el corazón y, ahora, no sé qué haría con los poderes.


En la casa de su abuela, Nina sostiene la mano de su madre que se está muriendo, no sabe qué hacer, tan solo mojar con su llanto esos dedos que acariciaban sus cabellos mientras le peinaban por las mañanas, besar las palmas que cocinaban a diario, oler la piel que alguna vez le había golpeado en la cara. El calor de su mamá se escapa y ni ella ni la anciana a su lado tienen el poder de cambiar ese final.


—¿Dónde crees que te encuentras?

—En el Hanan Pacha.

—Estás lejos todavía. Estamos en un lugar intermedio. Los dioses no juzgamos a los muertos, son ellos los que toman la decisión de a dónde quieren ir por el resto de su tiempo.

—¿Entonces, puedo decidir?

—No, Nina, ya lo hiciste en el Kay Pacha.

—Los hombres también lo hicieron.

—¿Querías ser un hombre?

—Al principio sí, pero luego me di cuenta que al serlo perdería.

—¿Perder qué?


Nina trabaja cosechando papa, el sol cae indolente en su espalda, su piel quemada parece brillar. Las trenzas que recogen su cabello llegan a su pequeña cintura. Los tubérculos arrancados son grandes y se resisten a desprenderse de la tierra negra que los cobija, aunque sus brazos fuertes y manos de dedos largos los dominan. La abuela le lleva agua y un poco de chuño, le dice que Manku, hijo del Chunca-camayoc ha pedido llevársela. La muchacha de catorce años toma un sorbo, se limpia el sudor y mira triste los ojos de su awicha. A ninguna le gusta la idea, pero la anciana sabe que no hay otra forma para asegurar el futuro de su nieta. Nina no pronuncia palabra y sigue trabajando. El anuncio le ha confirmado que ya no podrá quedarse, su camino debe bifurcarse lejos de esos prados amados, la casa de adobe y la tumba de su madre.


—Perdería mi esencia, mi espíritu.

—¿Acaso los hombres no los tienen?

—No como el de las mujeres. Por eso nos complementamos como el Hanan y el Uku, pero en el Kay Pacha, algunos hombres se creen superiores y quieren dictar la vida de las mujeres.

—No dejaste que rigieran la tuya.

—No, por eso dejé a mi abuela y fue un sacrificio demasiado pesado. Abandoné mis raíces por mi libertad.


Nina cargada de lana de alpaca, chuño y charque sigue a los comerciantes de su ayllu, se dirigen a la gran ciudad, residencia de los incas, el Inticancha o Templo del Sol. Allí no tendrá que seguir las reglas que quieren imponerle en su hogar, extrañará sus montañas, sus ríos,… la libertad vale la pena. Alguien le pregunta por qué viaja sola, responde que va a vender la lana para casarse y como solo vive con su awicha, ella misma debe hacer el encargo. Los hombres y mujeres le creen. Primero llegan a Matagua, donde descansan. La muchacha come poco, queda mucho por recorrer. 

La noche fría no calienta con la manta de alpaca, pero le sirve para recordar las historias que le contaba su abuela sobre una mujer guerrera, Mama Huaco, ella durante una de las tantas batallas para posesionarse de la tierra prometida por Wiracocha, hiere a un hombre, luego le abre el pecho y sopla sus bofes, haciendo que la gente de Acamama huya temerosa. Le gusta esa leyenda porque le da esperanza, mientras piensa lo que hará en la ciudad. Tiene un nombre, Allin Sunqu, una amiga de su madre, que según dicen es una tejedora reconocida. La buscará y le llevará la lana, tal vez aceptará darle cobijo por unos días.


—Aprendiste sobre ti misma en tu viaje. Te vimos llorar algunas noches y renacer radiante con el amanecer. A pesar de tu corta edad no demostrabas tus temores y ayudabas a quien lo necesitara.

—Solo hacía lo que mi madre y mi awicha me enseñaron.

—Vimos muchos más hombres y mujeres que cambiaron al cruzar la puerta de la casa materna. La ambición y pensar solo en uno mismo son la naturaleza de la mayoría de los que viven en el Kay Pacha.

—Conocí personas que me ayudaron y me enseñaron, también maldad en las manos y caras de otros, pero recuerdo más la bondad.


Al amanecer parten hacia Colcabamba, la tierra seca, el sol pesado y algunas hierbas descoloridas guían el camino. Los pies de Nina están cansados y con heridas, pero no puede retroceder. El estómago vacío y la lengua seca no la ayudan a sentirse mejor y sumado a un destino incierto hacen que su corazón se arrugue, como el chuño. Una mujer nota su malestar y le alcanza un ungüento de grasa de llama que le alivia. Pasan varios días y noches parecidas hasta llegar a Guaynapata. Le dicen que desde allí solo faltan unas lunas para pisar la capital. Está emocionada y exhausta, cambia algo de lana por comida y agua, las comparte con una vieja que le recuerda a su awicha.


—¿Crees que ofrecemos a cualquiera convertirse en una Diosa?

—Claro que no, hasta ahora no entiendo por qué me lo ofrecen, nunca fui nadie importante, mi maestra Allin Sunqu sí, era sabia y buena.

—Ella no murió y llora tu partida, te formó bien, aunque no pudo domar tu ajayu; en el fondo siempre hiciste lo que quisiste.


Llegando al Inticancha, Nina pregunta por Allin Sunqu, su fama es conocida y le indican donde vive. Las construcciones gigantescas le asombran, en especial las Kallankas, llenas de maíz y trigo. El Ushno, en medio de una plaza central, aquellas enormes piedras formando algo parecido a una pirámide y, en lo alto, un asiento forrado con reluciente oro le quita la respiración, por lo ostentoso. Más adelante, se enterará del objetivo del lugar. 

En el Acllahuasi más importante encuentra a Allin Sunqu, le muestra la lana y le explica el motivo de su visita. La mujer la mira con ternura, no puede ofrecerle mucho, solo un lugar donde quedarse y algo de comida, a cambio de trabajo duro en la textilera. Nina acepta encantada.


—Ella fue muy buena conmigo, casi como una madre. Aunque en todo el tiempo que estuve a su lado no pude olvidar a mi awicha, ¿podré hablar con ella? Debe estar en el Hanan Pacha?

—Nosotros lo podemos todo. Es lo que te ofrecemos.


Nina se acostumbra a la vida de la ciudad, el oficio de preparar la lana, hilarla, y tejerla no es ajeno, lo hacía en casa de su abuela. Aunque termina exhausta por la noche, todavía aprende con Allin Sunqu, ella le enseña a tejer con hebras de oro para la ropa de los Orejones y algunos miembros de las Panacas más importantes que viven en la capital; hay bastante trabajo, para quien se hace conocer por la calidad de sus tejidos. La buscan militares, sacerdotes y curacas de otras ciudades; su sueño es hilar un ropaje para el Inca.

Su maestra le cuenta para qué sirve el Ushno; algunas veces se hacen ofrendas de chicha en ceremonias como el Capac Hucha, pero también es donde se realizan sacrificios de vírgenes, las Acllas. Las jóvenes son elegidas por los sacerdotes entre las familias más humildes, incluso traídas de otros lugares. La muchacha se sorprende por aquella descripción y, en el futuro, será testigo en persona.


—Entendemos tu sacrificio, sabemos del dolor de tu corazón, pero también conocemos su fuerza y su fuego. 

—Era necesario para seguir viviendo, no había otro camino. Recordaba las palabras de mi awicha: que me cure cada noche con los rayos de la Mama Quilla, para amanecer radiante con el siguiente sol. Al finalizar del día lo intentaba, algunos lo lograba, otros no.


El fuego en el corazón de Nina desborda no solo en la habilidad para tejer, sino en la intensidad de sus emociones. Después de varios años en la ciudad, se descubre hermosa y no pasa desapercibida frente a la mirada de los hombres, que la admiran cuando camina en el mercado o entregando un trabajo de su maestra.

Los festejos en la capital son continuos, se bebe chicha, se baila, se canta y ella es buena en todo. En su primer encuentro carnal, también aprende que está hecha para el amor y ese placer que rompe su cuerpo en dos, la deja  feliz y brillando.


—Haciendo un repaso de mi vida en el Kay Pacha, fui ingenua, creí que el amor me salvaría. Escapé de un destino con un hombre desconocido y los que conocí en la ciudad tampoco fueron tan diferentes. Tal vez alguno me amó con el corazón, pero su sentimiento no alcanzó para aceptarme.

—El amor entre hombres y mujeres es todavía un enigma para nosotros, por eso ni nuestro poder debe intervenir allí.


A ese primer encuentro continúan otros, haciendo de su cuerpo el templo del placer que había soñado, cada piel deja en ella un dulce disfrute, los besos la llenan de dulzura y hambre de más, las palabras no significan nada, ni siquiera las promesas; no las desea. La mayoría de sus amantes no lo entienden; la quieren poseer fuera del acto también. Aborrecen su libertad. Nina no se deja, ha crecido como tejedora y mujer, ya no es solo la aprendiza recién llegada de Allin Sunqu, sino su mano derecha y tiene claro lo que quiere; ya se hace cargo del ropaje de muchas personas importantes. 

Incluso Quri, un militar, ha caído en su cama. Es el más apasionado, pero también el más exigente, demanda que lo espere con el cuerpo perfumado después de sus viajes. Las noches a su lado son largas y cálidas, sus regalos son ostentosos, la última vez le entregó dos brazaletes de oro con la insignia de un jaguar. A cambio, de estos obsequios y atenciones, desea que se olvide de su trabajo y viva por él.


—Cada hombre me pedía algo a cambio. No entendían que yo no buscaba una vida juntos, por eso Quri decidió castigarme.

—También nos pareció injusto, pero tu destino estaba marcado. Te necesitábamos como parte de nosotros.

—Me di cuenta que nuestras vidas están en sus manos. Me cuesta entenderlo y aceptarlo todavía, aunque ahora estoy aquí frente a ustedes.

—Es algo que comprenderás, cuando seas una Diosa.


Es el día que el Vilcanota anunció semanas atrás. Se realizará una ceremonia en honor al Dios Inti. Estará presente el Sapa Inca, la Coya y la demás realeza. Nina, que nunca asistió a uno, ahora decide hacerlo. Después de cantos y ritos con hierbas, chicha y coca, llega la hora,  el sumo sacerdote derrama la sangre de la primera Aclla; al verlo Nina cae desmayada. Intenta salvar a las siguientes gritando, pero nadie le hace caso; los que están cerca la miran con ira y le increpan, no puede ir en contra de los dioses. No para de llorar y se va sin observar el resto de la ofrenda. Desde lejos escucha el festejo que se organiza después y odia a todos los que se alegran por la muerte de inocentes.

Quri la busca, ha llegado desde el sur del Imperio y desea descansar en la piel tibia de Nina, pero ella está destrozada y no quiere explicar por qué. Lo rechaza y él se va enfurecido. La noche será larga para ambos.

El siguiente amanecer, un mensajero informa a Nina que Quri desea verla, responde que irá después; esta decisión marcará su destino. Más tarde, dos militares la buscan y la llevan a fuerza ya no a la casa, sino al cuartel donde manda el militar. Allí, como cualquier delincuente, es encerrada en un calabozo. Tras varias horas, su amante la visita, le exige explicaciones, ella no quiere dárselas, la golpea y la deja ir. En la cabeza del hombre, Nina lo aborrece, lo ha cambiado por otro y ha denigrado su nombre.

Enfurecida, vuelve a su casa. Allin Sunqu le pregunta qué le ha pasado, mientras cura sus heridas. Nina lo cuenta todo y su maestra le advierte que es muy peligroso portarse así con un militar, no se puede confiar en un hombre herido, le repite. Está dolida y triste, pero quiere desquitarse buscando otro amante y sabe dónde encontrarlo. Cuando sale esa noche, unos extraños la emboscan y la asesinan. La mentora encuentra su cuerpo frío a la mañana, nadie está al tanto de lo que le pasó.


—No estoy segura que pueda ser una buena Diosa.

—Lo serás, estaba escrito.

—No sé si lo deseo.

—Esto no es un deseo cumplido. No te estamos preguntando si lo quieres hacer, es una decisión tomada. Serás una de nosotros y no solo tendrás poderes, sino grandes responsabilidades. Desde hoy te llamarás Coco Mama, la Diosa de la hoja sagrada, la coca.


Cientos de estrellas se acercan al cuerpo desnudo de Nina y la poseen, ella siente como si el fuego la consumiera, pero sin dolor. La luz que la enceguece por unos instantes la llena de paz, felicidad y placer infinito al mismo tiempo. Su organismo se fortalece y su mente se expande, al igual que sus sentidos. Escucha voces, ahora sabe que son los pensamientos de los seres que están a su alrededor. El conocimiento de siglos reverbera en su cerebro, está al tanto de todo sobre el Hanan Pacha, el Kay Pacha y el Uku Pacha. 

Trata de acostumbrarse al inmenso poder, respira hondo y piensa en su awicha y su madre. Las ve frente a ella, las abraza, tiene mucho que decirles y preguntarles, pero no es necesario, con solo mirarlas se han dicho todo. Su abuela, al despedirse, le recuerda hacer lo que le dicte su corazón y no dejar que otros le marquen el camino.

Coco Mama busca a las otras diosas: Pachamama, Mama Quilla y Mama Cocha. Primero la miran reticentes, nunca se hubieran imaginado que una mortal pudiera convertirse en Diosa, aunque también se alegran de tener otra más entre ellas. La recién llegada les cuenta sus ideas, quisiera cambiar el Hanan Pacha. Al oírla dudan, piensan en Wiracocha y las consecuencias, pero tiene razón, unidas pueden llegar a conformar una fuerza que nadie podrá negar. 

En el Kay Pacha, Coco Mama hace que se riegue la leyenda del origen de la Diosa de la hoja sagrada. Una simple mortal, asesinada por celos en manos de uno de sus amantes, que la descuartizó y enterró en diferentes lugares su torso, extremidades y cabeza. Pero en el sitio donde sepultó su corazón, nació el primer arbusto de coca. Desde entonces, la Deidad enseñó a las personas el uso de esta planta, para tener fuerza, los dolores del cuerpo, del alma y también para varios ritos.

A partir de esa historia, los jatun runas admiran a la Diosa y le rinden ofrendas. Coco Mama se parece en sueños a las mujeres más fuertes, a las que son respetadas, cumple milagros de felicidad y salud; así sus seguidoras se multiplican. Las madres, antes de plantar y al cosechar la coca, cuentan a sus hijas su leyenda. 

Las diosas unidas van convenciendo al pueblo, apareciéndose en ritos a los Vilcanotas y otros sumos sacerdotes, que no es necesario derramar sangre humana y enseñan nuevas ofrendas, como los camélidos y ovejas blancas, para garantizar la pureza de lo ofrendado y el uso, incluso, de los fetos de estos animales. A partir de estas enseñanzas y milagros concedidos, disminuyen los sacrificios de mujeres y niños. A pesar de la oposición de viejos chamanes, y hombres que se resisten a cambiar, la población está dividida en dos bandos, pero cada día aumentan los que ya no desean perder a sus hijas.

Wiracocha, al enterarse de estos cambios, quiere maldecir y desterrar a Coco Mama, está seguro de que la revolución de las Diosas fue idea suya. Decide encararla, pero el resto de las deidades la apoyan. Entonces, por un momento, se pone a cavilar, recuerda lo que habló con aquella recién llegada en un tiempo sin tiempo. Está escrito que la que un día fue una simple mortal se ha transformado en la Diosa que cambiará el destino del Imperio Incaico. Sin mucha emoción, el Dios Supremo las apoya y en la tierra los sacrificios humanos se extinguen por completo.

Coco Mama mira desde el Hanan Pacha un ritual donde varias jovencitas bailan en su honor, se ve reflejada en ellas, sonríe porque podrán elegir sobre sus propios destinos. No sabe, todavía, que unas carabelas se acercan a través del océano.


GLOSARIO


Hanan Pacha: El mundo de arriba donde se encontraban todos los dioses, el mundo celestial donde estaban Wiracocha, Inti, Mama Killa, Pachacámac, Mama Cocha e Illapa.

Kay Pacha: El mundo terrenal en donde los seres humanos habitaban y se desenvolvían en sus vidas.

Uku Pacha: El mundo de abajo, que era el mundo de los muertos, de los no natos y de todo aquello que se encontraba bajo la superficie terrestre o acuática

Apus: Son montañas tenidas por vivientes desde épocas preincaicas en varios pueblos de los Andes, a los cuales se les atribuye influencia directa sobre los ciclos vitales de la región que dominan.

Phullus: Cobija, cobertor tejido con lana de llama.

Awicha: Abuela, anciana.

Ajayu: La fuerza que contiene a los sentimientos y la razón, también es entendido como el centro de un ser que siente y piensa; es la energía cósmica que genera y otorga el movimiento de la vida

Chunca-camayoc: Jefe de 10 familias.

Ayllu: Organización social inca basada en lazos de parentesco, origen común y propiedades comunes, como estar vinculadas a un territorio.

Inticancha: El templo del Sol o Inti Cancha era el de mayor de su clase en importancia, no sólo en el Cuzco sino también en todo el Imperio.

Chuño: papa deshidratada

Charque: carne deshidratada

Kallankas: Se trata de un gran galpón de planta rectangular muy alargada con techos de dos aguas sostenido por series de pilares hincados a lo largo del eje longitudinal.

Ushno: Es una construcción en forma de pirámide que usaba el Inca para presidir las ceremonias más importantes del Tahuantinsuyo

Acllahuasi: Red de edificios residenciales de las acllas, que eran los grupos de mujeres especializadas en actividades productivas, particularmente en la textilería y preparación de chicha, y que estaban obligadas a prestar servicios laborales al estado inca.

Orejones: Este grupo de señores regionales, a los que se agregaban los mayores funcionarios del imperio, los sacerdotes y algunos mercaderes, conformaban la élite del Tahuantinsuyo.

Panacas: El término panaca se usó para designar un grupo social o ayllu de parientes de un inca, en el sentido de descendientes.

Capac Hucha: Era uno de los rituales más importantes del calendario Inca. Se realizaba entre abril y julio desde, al menos, el siglo XIII y hasta comienzos del siglo XVI

Acllas: Jóvenes vírgenes al servicio del imperio. No guardar la obligada castidad y, sobre todo, ser sorprendida con un hombre significaba, para la vestal en ejercicio, su inapelable condena a muerte, a una muerte cruelmente ejemplar.



ELIANA SOZA MARTÍNEZ (Potosí – Bolivia) Comunicadora, escritora y gestora cultural. Publicaciones: Seres sin Sombra (2018). 2da. Edición (2020), Editorial Electrodependiente, Bolivia. Encuentros/Desencuentros (2019), Bolivia.  Monstruos del Abismo (Microficción) (2020). Editorial Velatacú, Bolivia. Pérdidas (Cuento) (2021), Editora BGR, España. Luz y Tinta (Microficción), Argentina: Editorial EOS Villa, 2022.
Sus cuentos fueron publicados en revistas literarias y antologías de Bolivia, Argentina, Chile, Perú, Venezuela, Colombia, Guatemala, Costa Rica, República Dominicana, México y España. Participó en los Encuentros Internacionales de Microficción de la Feria Internacional del Libro de Santa Cruz (2018 y 2019) y La Paz (2018). Los años 2020, 2021 y 2022 fue Coorganizadora, de los Encuentros Internacionales de Microficción para la Feria del libro de Santa Cruz - Bolivia. En 2020 fue elegida como editora y coordinadora del concurso abierto de minificción Sucre en Micro: Memorias de la tormenta, organizado por el Gobierno Autónomo Municipal de Sucre - Bolivia. Es parte de REM Red de Escritoras de Microficción y el Colectivo de Escritoras SOMOS MAR.


viernes, 6 de enero de 2023

Capítulo #65 - Salvaje, de Priya Sharma

Salvaje 

por Priya Sharma


Kush me condujo al baño nuestra noche de bodas. Los azulejos blancos y los espejos me pusieron nerviosa.

Entonces ví que ya había dispuesto una bandeja de acero sobre el lavabo con jeringuillas, agujas, ampollas y paquetes de vendas. El bisturí parecía pequeño e inocuo. Mi labio se curvó, y mostró mis dientes.


Tras el funeral de Kush, regresamos a la casa que él y yo compartíamos. Este ejemplar de modernidad que él mismo había diseñado, era su sueño y estaba construido en el límite de un bosque, en contra del sentido común porque yo echaba de menos los árboles.

Lisa y yo colocamos la comida en la cocina, lista para llevarse hasta los dolientes. La cocina eran los dominios de Kush. Le encantaba cocinar.

—¿Qué te parece? —había preguntado Kush cuando la primera encimera estaba en su sitio.

Las encimeras estaban hechas de cemento muy pulido. Descansé la mejilla contra la superficie sedosa y fría. Kush me imitó, mirándome a la cara, sus ojos estaban llenos de pensamientos.

—¿Qué bandeja para las gambas? —Lisa me habla como si fuera un animal herido.

—La azul. —Me molesta que interrumpa mi tren de pensamiento.

Una hora antes del funeral Lisa me cepilló el pelo y lo ató en una coleta. Quería que mi sufrimiento superara el de ella, quería restregárselo por la cara. Cuando me recordó que me pusiera los zapatos, porque yo había intentado ir hasta el coche con los pies enfundados en las medias, me di cuenta de que lo que estaba sintiendo era real, no una afectación justificada. 

—¿Dónde están los colines? —preguntó Lisa.

—En la despensa.

Kush había insistido en que hubiera una despensa. Me gusta. Un depósito para las estaciones difíciles. 

—No los veo.

Me uno a ella. Rebuscamos entre las cajas y los paquetes sin mirarnos. Lo que hay entre nosotras está hecho de plomo. Me congelo cuando escucho voces en la cocina. María y Naomi.

—Pobre Ava. —Esa es Naomi—. Está destrozada.

—No estoy segura de que yo pudiera tener tanto autocontrol como el que ha mostrado hoy. —María es una de las pocas mujeres que conozco que quiere de verdad a su marido.

—Está en shock. —Naomi hace una pausa—. ¿Recuerdas la pelota de netball?

Suena afectuosa, no burlona. Yo también he aprendido a reírme de aquello. Lisa me había llevado al club. Estaban intentado enseñarme a jugar. Pocas mujeres trabajan, así que tienen que ocupar su tiempo. Yo estaba tan emocionada por la persecución que salté sobre la pelota e intenté morderla.

—Kush era tan buen hombre… —Suspira María—. ¿Qué va a hacer ella ahora?


El doctor Garston me había hablado de la menstruación, pero yo no estaba preparada, en realidad no. Para empezar, no había mencionado el dolor.

Me desperté con un calambre en la parte más baja de mi estómago, como si hubiera comido algo podrido. Había esperado que llegara la diarrea, pero no llegó nada. Me sentía incómoda. Húmeda entre las piernas. Olí el hierro, no el bueno y fresco sino viejo y descompuesto. La cantidad de sangre me sorprendió. Metí papel de váter a presión en las bragas y fui al supermercado. Saqué toda mi asignación, no estaba segura de cuanto costaba tener la regla. 

Me quedé de pie frente a un muro de productos de higiene íntima. Tampones. Compresas. Salvaslips. Con alas, sin alas. Para flujo ligero, medio, abundante. Cogí un paquete con la foto de una chica montada en una bicicleta. Quería hacerlo pedazos para no tener que ver su sonrisa estúpida.

La verdad era que todo el supermercado me enfurecía. Jabón. Pan. Agua en botellas, ¡venga ya! Una docena de opciones para cada cosa y aun así sin alternativas sobre cómo vivir.

«Las mujeres son sacrosantas», había dicho el doctor Garston. «Escasas. Estáis protegidas a cualquier precio. A cambio debéis llevar a cabo vuestro deber».

Quería salir corriendo pero mi cuerpo, remodelado recientemente, no era tan rápido como lo había sido una vez.

Una pareja de mujeres que portaban cestas de la compra apareció por el pasillo y caminaron más lento según se acercaban a mí. Apestaban a flores falsas. Una de ellas ahogó una risita. Me giré bruscamente, dándole la espalda a las estanterías, justo a tiempo para ver cómo una de ellas arrugaba la nariz con asco.

Me puse roja de la vergüenza. Llevaban uniformes; vaqueros estrechos y jerséis largos, con cinturones atados en la cintura. En comparación, yo era bajita y regordeta. No tenía su pelo sedoso ni su cara pintada.

Afuera en los bosques, mis hermanas y yo las habríamos arrastrado por el suelo. Habría colocado los dientes contra sus cuellos, no para romperles la piel, sino para ponerlas a raya. 

—¿Necesitas ayuda? —Una tercera mujer se aproximó. Olía a azúcar y vestía como las otras, pero las obligó a seguir su camino con una mirada llena de dentelladas y gruñidos.

—Eres Ava, ¿no?

Yo era tristemente famosa. Ava-la-chica-perro. Criada por lobos que se habían escapado de zoos, o chuchos salvajes. Era inconfundible. Ojos grandes bajo un pico de viuda marcado. Manos y pies grandes.

Lo intentó de nuevo, haciendo un gesto hacia el paquete de compresas en la mano.

—Puede ser abrumador.

Se sacó una bufanda del bolso:

—Toma, átate esto alrededor de la cintura. Tienes sangre en la falda.

Yo hice un gesto de dolor, pero ella habló con delicadeza mientras me rodeaba con los brazos y aseguraba la bufanda con un nudo habilidoso a la altura de mis caderas. 

—¿Es tu primera regla, no?

Asentí.

—Vamos a conseguirte unas cuantas cosas. —Lanzó paquetes a la cesta con la confianza de una mujer versada en la menstruación.

Así fue como conocí a Lisa.


—Me quedo aquí esta noche.

Todos los dolientes se habían marchado, incluido el marido de Lisa, Paul. No me lo podía imaginar tocándola. La guardaría en una estantería como un trofeo si pudiera. No le gusto.

—No. Pero gracias por la oferta.

Mi formalidad la confunde. Es lo suficiente para hacerle daño pero no lo suficiente como para que se ofenda. La viudedad es una espada y un escudo.

—Te ayudaré a limpiar. —Lisa comienza a raspar un plato como para demostrarlo. Siempre me he negado a tener servicio. No quiero que haya desconocidos en mi territorio.

—Déjalo. —Le quito el plato y el tenedor de las manos y los dejo sobre la mesa—. Necesito mantenerme ocupada. Toma, llévate esto. No me quedan jarrones.

Le entrego a Lisa las flores rosas grandes. Peonías de uno de los solteros, entregadas como si ya fuera un pretendiente. Odio las flores cultivadas. Dame campanillas de invierno o anémonas de bosque. Dame matas de prímulas. O mejor todavía, un montón de campanillas en flor. Mis hermanas y yo nos revolcábamos en ellas y su fragancia se prendía a nosotras durante días.

Lisa coge el ramo pero se le resbala de las manos y aterriza en el suelo. Es la primera vez que la miro a la cara hoy. Sus hombros suben y bajan con sus sollozos agitados. No sé por quién llora.

Sé que debería hacer contacto físico con ella. Es lo que la gente hace en estas circunstancias.

—Lo siento. —Rebusca en sus bolsillos y saca un pañuelo arrugado con el que secarse los ojos.

—Ha sido un día difícil para ambas. Vete a casa. Descansa. Tu marido te está esperando.

La pulla encuentra su sitio. Lo sé por cómo trata de recomponerse. Está a punto de decir algo pero no quiero hacer esto con ella. Ahora no. Todavía no. La apremio con un:

—Te llamaré mañana.

—De acuerdo, Ava. Si eso es lo que quieres.

—Lo es.

La casa cae en un arrullo cuando cierro la puerta principal tras ella. Escucho sus murmullos suaves. Solían hacerme mirar por encima del hombro para ver quién estaba allí. 

Kush está presente en cada detalle. La gente siempre comenta de su ojo para los detalles. Cada habitación es una selección cuidadosa de belleza. Líneas de porcelana en estanterías metidas en recovecos con iluminación inferior. Antiguas plumas de tinta en bandejas de malaquita. Libros dispuestos con cuidado en lugar de apilados en las estanterías.

Lleno el lavavajillas y limpio las superficies. Empujo la aspiradora por el salón. Algo demasiado grande para el apetito del aparato se atasca en su interior. La máquina emite un quejido que se convierte en un aullido agudo. Caigo de rodillas y respondo a su aullido con el mío.


Desde la muerte de Kush me resulta más fácil dormir con las persianas subidas porque así puedo ver la silueta de los árboles. El bosque es mi amigo. Me imagino que en sus profundidades oscuras se esconden conejos, zorros y búhos. El mundo natural se repone sin la plaga del ser humano, ahora que la población decrecida se agrupa en las ciudades.

No es que duerma bien. Permanezco tumbada despierta, dejando pasar el tiempo, y después me adormezco de forma intermitente para luego despertar de nuevo una hora más tarde.

Me lleva varios latidos de corazón darme cuenta de que Kush no está a mi lado y nunca lo volverá a estar. Ahora que se ha ido y que tengo lo que vine a buscar, debería irme.

Las luces de seguridad se encienden bruscamente. A veces algún animal en busca de alimento provoca eso. Espero a que las luces se apaguen pero no lo hacen. Me acerco a la ventana.

El mundo es de un blanco brillante bajo los focos. Desde mi perspectiva privilegiada veo un movimiento rápido en el camino bajo mis pies. Sea lo que sea, es rápido. Los focos se apagan de golpe y las luces del otro lado de la casa se encienden, su resplandor cae en diagonal por la hierba.

Estoy aquí sola en mi caja de cristal al borde del bosque.

Bajo las escaleras corriendo, mis pies golpean los escalones. Las luces siguen a quien quiera que sea mientras dan vueltas alrededor de la casa. Un zorro no haría esto.

Llego al comedor justo antes de que las luces se apaguen por completo y percibo algo que desaparece rápidamente entre los árboles.

Abro las puertas plegables de un tirón y salgo corriendo. Los focos se encienden de nuevo, esta vez por mi culpa. Con las piernas desnudas y el viento que tira del dobladillo de la camiseta vieja que llevo puesta, estoy expuesta. Están ahí fuera, observándome.

—¡Venga! —grito— ¡Venid a por mí!

Pero no hay nada, excepto la oscuridad y la amenaza de lluvia.


El hábito nos arrastra cuando el corazón se rinde.

Me levanto y me ducho. Kush y yo teníamos baños separados. Él decía que no le importaba compartir, pero a mí sí.

«Me paso una eternidad ahí dentro». Traté de bromear con ello.

«Eso es porque eres una mujer».

Abro el armario que contiene mi ritual diario. Las cosas que no quería que Kush viera. A pesar de los viales de hormonas, las jeringuillas y las cajas de pastillas que hay ahí, sigo necesitando las cremas depilatorias, las cuchillas y el aceite depilatorio. Las pinzas curvas y las de punta para el pelo más rebelde.

En la naturaleza no hay espejos. La vergüenza es una cualidad humana. Mi reflejo es el de una mujer rozando la treintena, su cintura comienza a engordar y sus nalgas pesan un poco más. Sus pechos, aunque livianos, caen.

Mi cuerpo está contraatacando desde la muerte de Kush, mi naturaleza trata de reafirmarse. Una cantidad alarmante de pelo nuevo cubre mi pecho y tripa a pesar del cóctel de químicos que tomo para mantenerlo a raya.

Recojo todo lo que hay en los estantes y lo tiro a la basura.


El teléfono lleva sonando toda la mañana, pero puedo elegir con quién hablar. Salve el identificador de llamadas.

Es Jaime.

—¿Es esta una llamada profesional? —El auricular de aluminio cepillado se siente frío contra mi oreja.

—Claro que no. Dejé de ser tu terapeuta hace mucho tiempo. Apenas tuve tiempo de hablar contigo ayer. Quería ver qué tal lo llevabas.

—Estoy todo lo bien que puedo estar. 

—Pienso mucho en ti. Mucho. Quiero que sepas cuánto admiraba a Kush. Lo que le ocurrió fue terrible. No deberías haberlo visto.

La memoria es cruel. Después de todos nuestros años juntos, el primer recuerdo de Kush que se me viene a la cabeza es el de la sangre fresca que salía de su boca en oleadas cada vez que vomitaba. Los paramédicos le pusieron un suero de goteo para sustituir la sangre perdida por la úlcera de estómago, pero finalmente comenzó a vomitar aquello también porque no le quedaba sangre propia.

Grité llamando a mis hermanas, en algún lugar de la profundidad de mi mente.

—Ava, ¿sigues ahí?

Jamie me enseñó a hablar. Puedo imaginarme su expresión ahora, la misma que entonces, cuando trataba de atraer mi atención. 

—Sí.

Parece reticente a colgar. 

—¿Te puedes creer la desfachatez de algunos de esos hombres? —Se refiere a los del funeral, con sus flores y sus insinuaciones.

—Uno de los colegas de Kush ya me ha dejado un mensaje para ir a cenar.

—No te conocen, ni saben nada de ti. ¿Cómo se atreven? —Jamie suena enfadado.

Estos hombres solteros están lo suficientemente desesperados como para ir a funerales para coquetear con parejas potenciales. El periodo de gracia de una viuda es corto. «Tienes que elegir o elegirán por ti».

—¿Te puedo ayudar en algo?

—Ahora mismo no.

—Vale. Hablamos pronto. —El dolor en su voz me sorprende—. Pero llámame si necesitas algo.

El comienzo de un dolor de cabeza cubre mi ojo derecho. Subo las escaleras de nuevo y me hago un ovillo. Me doy cuenta de que mi cabeza no es lo único que me duele. Es gracioso cómo no te das cuenta de cuánto necesitas a alguien hasta que ya no está.


El doctor Garston siempre me miraba con el ceño fruncido. No creo que se diera cuenta de que lo hacía.

—Soy especialista en la salud de las mujeres. ¿Me recuerdas? Vine a verte con el doctor Phipps cuando llegaste.

—Entonces llevabas puesta la misma pajarita roja.

Eso le sorprendió. Cuando me vio por primera vez yo estaba haciendo pis en un montón de paja porque el baño de porcelana me daba miedo.

—Aprendes rápido.

—Eso no suena a un cumplido.

Jamie Phipps soltó una risita. El doctor Garston no le veía la gracia.

—Su capacidad para el lenguaje es sobrenatural.

Le sonreí a Jamie, aunque no sabía qué significaba «sobrenatural».

La boca del doctor Garston se crispó. 

—Entonces estuvo más tiempo con gente de lo que recuerda.

—Puede que sí. Puede que no. 

Ambos me miraron como para resolver la discusión.

—Ya os lo he dicho, no lo recuerdo.

—No importa. —El doctor Garston se levantó y salió de detrás de su escritorio—. ¿Puede salir, doctor Phipps?

La palabra «doctor» estaba cargada de desprecio. Jamie solo era médico de palabras. Me apretó el hombro antes de salir.

—Quítate la ropa. La enfermera te ayudará.

—No necesito ayuda.

—Soy Carol. Ven por aquí. —La enfermera, de pelo blanco y delgada, me cogió del codo.

Me desvestí en el cubículo. No reaccionó ante mis anormalidades. Mis pechos eran planos y el clítoris estaba agrandado con unas proporciones masculinas. El pelo oscuro me cubría en cantidades variables. Mientras me ataba los cordones de la fina bata azul, se inclinó hacia mi oído. 

—No le dejes ver que le tienes miedo.

—Me mira como si fuera un animal.

—Mira a todas las mujeres de la misma forma.

La infertilidad general de las mujeres. Todas eran un problema para él.

Después de que el doctor Garston me inspeccionara, me mantuvo de pie mientras me hablaba del régimen que había planificado para hacerme «más normal».

—Sangrarás por la vagina cada mes. Eso se llama menstruación. Es algo bueno.

Mis hermanas del bosque y yo ya conocíamos aquello, pero no era algo que ocurriera mensualmente. Manchas de sangre que goteaban por nuestros muslos mientras caminábamos. Las afectadas se retiraban hasta que las otras la encontraban y lamían la herida imaginaria hasta limpiarla.

—Para el caso, te podría chipar ahora.

—¿Chipar?

—Un dispositivo de seguimiento. Para que siempre sepamos dónde estás. Todas las mujeres lo tienen. —Se regodeó en mi incomodidad ante aquel comentario—. Es por tu bien.

—¿Por qué?

—Los hombres son civilizados. Tratan a las mujeres como joyas. Un hombre que ataca a una mujer se arriesga a ser ejecutado. —No dijo «Las mujeres son solo para los ricos»—. Hay lugares en los que los hombres viven sin mujeres. Si te secuestraran, te mantendrían encadenada como un perro y te violarían regularmente.

La única vez que vi cómo el doctor Garston me sonreía fue cuando dijo las palabras «como un perro».


El gorgojeo del teléfono me despierta.

—Dijiste que llamarías. —Es Lisa.

—¿Qué hora es? —Limpio la corteza de sueño de mis ojos.

—Las cinco.

—Me he quedado dormida.

—Prometiste que me llamarías.

—Pareces enfadada.

—Preocupada, no enfadada.

—Tu preocupación no me ayudará, así que deja de preocuparte.

—No seas ridícula. Eres mi amiga.

Deja una fracción de un latido antes de decir la palabra «amiga». No respondo.

—Somos amigas, ¿no?

—Sí. —Utilizo mi tono de voz más ambiguo.

—No lo parece, ya no. Es más que el shock por lo de Kush. ¿Por qué…?

—No puedo hacer esto ahora.

Eso la detiene en seco. Su respiración es irregular.

—Vale.


Quiero llorar después de hablar con Lisa pero no puedo, así que arranco el teléfono de su enchufe y lo estrello contra la pared. No se rompe, solo destroza el papel de la pared, lo que me frustra todavía más.

Ojalá Kush estuviera aquí. Le haría lo mismo a él. En vez de eso, ha dejado que sea Lisa la que tenga que aguantar el embate de todo.

Me siento y abrazo mi entumecimiento hasta que es de noche.

No me asusto cuando la luz de seguridad se enciende en esta ocasión. Lo que me hace saltar es el golpe mojado que se oye cuando algo golpea el cristal de la ventana. Suena una vez y después otra. Plaf. Plaf. Plaf.

Todas las ventanas y las puertas de la planta baja están cerradas. Las luces de seguridad lo empeoran. Crean halos alrededor de los parches oscuros en el cristal. Me envuelvo en la colcha de tal forma que estoy cubierta por completo, como si aquello pudiera bloquearlo todo.

«Marchaos, marchaos, marchaos».

Mi bravuconería de anoche ha desaparecido. Si mirara afuera podría ver quién es con una gloria resplandeciente, lo que me asusta todavía más que la oscuridad. Todavía no estoy lista para eso. Todavía no.

El problema es que puedo saber por los golpes que hay más de ellas ahí abajo lanzando bolas de barro. Hay una manada entera.


Se detienen cuando la luz del sol entra, y duermo durante una hora o así. Las ventanas de la habitación están completamente embarradas, secándose en parches de marrón claro.

Han estado ocupadas ahí fuera. Todas las ventanas de la planta baja también han sido bombardeadas. Han destrozado el revestimiento de madera que Kush había elegido porque envejecía con un color gris plateado. Es una fachada para hacer que la casa se sintiera más en casa con los alrededores.

El estanque que corría por debajo del camino elevado ha sido contaminado con heces. La mayoría de los peces han sido sacados a manotazos hasta el camino, sus colores brillantes se han apagado.

Rechino los dientes y saco la manguera a presión y retiro tanto fango como puedo, dejando el cristal veteado pero más limpio.

Un motor lejano se va acercando. Ruge mientras se aproxima. Es Jaime, subido en su moto.

—¿Qué cojones ha pasado aquí?

Me sigue hacia el interior de la casa con el casco en la mano.

—No lo sé. —Estoy a punto de preguntarle por qué ha venido pero me interrumpe.

—No deberías estar sola. No aquí fuera. Es peligroso. —Se quita la chaqueta y la deja estirada sobre el brazo del sofá.

—Para mí no. Y me estoy acostumbrando a estar sola.

—Sí, aprendes rápido. Las palabras caen de tu boca como flores.

—Tienes memoria selectiva. Durante las primeras semanas, me meaba en las esquinas y comía la comida tirándola del cuenco al suelo.

Mordía a quien se acercara demasiado y finalmente me tranquilizaron con un dardo. Me desperté para descubrir que me habían afeitado el pelaje, me habían cortado las uñas y me habían envuelto en ropa. Cómo aullé.

—No llores.

—¿Estoy llorando? —Mis propias lágrimas me confunden. Estoy más cansada de lo que soy consciente. 

—Shh, estoy aquí, está bien.

Jaime me rodea con los brazos. Presiona su frente contra la mía y su voz es tranquilizadora. Huele a sándalo y a cuero. La suavidad de su nariz empuja la mía, la presión cierra la distancia entre nuestras bocas.

Me escabullo retrocediendo. Él me sigue.

—Déjate sentir esto. Déjate llevar. —Presiona su cuerpo contra el mío.

Tal vez piensa que está creando tensión sexual. Le golpeo el pecho con la parte baja de la mano como una advertencia. Es un gesto impotente.

—Nunca te haría daño, Ava.

Su boca busca la mía de nuevo. Sacudo la cabeza fuera de su alcance.

—No importa cuánto dinero te haya dejado Kush. Si no eliges un marido, lo elegirán por ti. Es la ley. Eres lo suficientemente rica como para elegir por ti misma. ¿Por qué no yo?

La mano de Jamie está apoyada en mi nuca. Está decidido.

—No puedes decir que no. No para siempre.

—Estoy diciendo no ahora.

—¿Quién te conoce mejor que yo? Yo no puedo permitirme tenerte pero tú te puedes permitir tenerme.

La excitación sale de él en olas.

—Te quiero, Ava.

Introduce su mano en mi pelo y lo agarra por las raíces. Presiona su cara contra mi cuello, la otra mano tira de los botones de mi camisa. Se está arriesgando muchísimo, teniendo en cuenta el castigo que recibe la violación fuera del matrimonio. Puede que piense que nadie va a creer a Ava-la-mujer-perro, o que esto es una seducción a la fuerza más que una agresión. Jaime no va a detenerse. 

Y pensar que cuando me encontraron al principio estaba preparada para someterme a semejantes invasiones violentas por el bien de mis hermanas.

Ya no.

La incredulidad provoca parálisis, impidiendo una respuesta de lucha o huida. Tienes una serie de instantes en los que actuar, después de los cuales estás perdida.

—Espera.

Se detiene y extiendo las manos para cogerle la cabeza, inclinándola. Él separa los labios con anticipación. Entonces hago un giro, una sacudida fuerte hacia la derecha y cae como si todos los huesos de su cuerpo lo hubieran abandonado.

Hace años que no mato nada.


Dejé los cubiertos. Quería lamer mi plato para llegar hasta los últimos jugos del filete y los cristales de sal, así que me distraje mirando por la ventana hacia los árboles. La sal. Qué maravilla. 

—¿Lo echas de menos? —preguntó Kush.

El dolor de aquella pregunta hizo que me girara hacia él. Nunca antes me lo había preguntado, ni siquiera en nuestro momentos más íntimos y expuestos.

—Construiste una casa en este hermoso lugar para ambos. Puedo salir cuando quiera.

—Pero no es igual que vivir ahí fuera, ¿no? Cuéntame cómo era.

No había forma de describirle cómo era vivir allí. Los cerdos que se escapaban crecían hasta alcanzar el tamaño de jabalíes, armados con colmillos. Los caballos que avanzaban tronando por los lechos de los ríos secos, demasiado salvajes como para ser cabalgados jamás. No son solo los mamíferos. Hay retoños de olmos en la profundidad del bosque. Hay ciudades abandonadas en el gran bosque. Los cimientos han sido destruidos por las raíces. Las carreteras rotas no conducen a ningún lado.

Así crece de nuevo el mundo real.

—Déjame enseñártelo.

Abrí las puertas deslizándolas. El aire fresco me energizó después del aire acondicionado del interior. Corrí. Kush me seguía.

—¡Vamos!

Corrí entre los robles y los troncos de las hayas, siguiendo una línea irregular de abedules plateados jóvenes. Me quité los zapatos y los arrojé. Me detuve para desabotonarme la falda y dejar que cayera. Me quité la camiseta y la tiré. El aire frío heló mi piel. Me reí.

—¡Ten cuidado! —me gritó Kush a mis espaldas.

Reí con júbilo mientras corría imprudentemente, como si fuera a morir si me detenía. Sentía el musgo húmedo y los helechos bajo mis pies, interrumpidos por el crujido de las ramitas muertas. Podía oler el moho de las hojas. Trepé por troncos caídos y sentí el barro entre los dedos de los pies. El olor fecundo de mi hogar.

Seguí corriendo pero no tan rápido como había podido hacerlo antes. Mi corazón latía con fuerza. La luz que atravesaba las hojas encontraba mi piel con patrones veteados.

—¡Ava, detente!

Me giré para ver a Kush tratando de seguirme el ritmo. Se agarraba al flato en su flanco, mostrando una mueca de dolor.

—No te muevas.

Estaba tan eufórica que no había visto el peligro frente a mí. Había corrido a ciegas. Los árboles se detenían en un precipicio. El bosque no continuaba. La caída era implacable.

En el pasado habría sabido que estaba allí a medio quilómetro de distancia de los troncos que comenzaban a escasear, la inclinación del terreno, el cambio en la luz natural y por consiguiente el crecimiento del liquen en la corteza. Lo habría sentido en la brisa contra mi cara. Cómo me había olvidado a mí misma.

Kush redujo la distancia entre ambos caminando, jadeando y sudoroso.

—Creía que ibas a caer.

—Sabía que estaba ahí.

Kush siempre sabía cuándo estaba mintiendo.

—Te has hecho daño.

Ambos pies me sangraban. Me hizo sentarme y me sacó las espinas. Había olvidado que las plantas de mis pies ya no eran gruesas y callosas. Mis brazos y mis piernas estaban llenas de arañazos.

Kush me lanzó una mirada como si viera algo en mí por primera vez, algo que interpretó como un tipo de locura. Me hizo sentirme triste, porque los hombres también habían sido libres y salvajes, una vez. 


Llevar a Jaime hasta el borde del acantilado es trabajo duro. No soy capaz de mirarlo. Cae como una muñeca rota.

Su moto es pesada y engorrosa y me pregunto si vale la pena. Finalmente la dejo tirada en la maleza y la cubro lo mejor que puedo.

Hay una furgoneta frente a la casa cuando regreso. El repartidor sale cuando me ve y empuja el portapapeles hacia mí para que firme. Está enfadado porque le he hecho esperar. No pido disculpas.

—No quería dejar esto en el escalón.

Suena a reproche. Le devuelvo el boli sin pronunciar palabra.

El paquete es del crematorio. Me devuelven a Kush en una urna de plástico. Habría odiado aquello. Era un hombre grande pero no esperaba que sus cenizas pesaran tanto.

Pongo la mayor parte de sus restos en su querido jarrón de jengibre. Lo trajo a casa un día con los ojos redondos por la fascinación.

—Esto tiene cientos de años. Se fabricó en el otro lado del mundo. Este color se llama celadón. 

—Celadón. —Hago rodar la palabra en mi boca con la lengua. Era un verde pálido precioso, que contenía gris y azul. Recorrí con el dedo la vena de oro que surcaba la porcelana como un rayo serrado—. Lo han roto.

—En Japón, los objetos rotos en ocasiones son reparados con oro. Se llama Kintsugi. El defecto lo hace más valioso.

—¿Coleccionas cosas defectuosas?

El jarrón es el lugar de descanso más apropiado para Kush, pero quiero que una parte de él también esté fuera, que sea libre. Que alimente la tierra y los árboles para que pueda saborearlo en la lluvia que cae de las ramas y olerlo en las castañas dulces.

Pongo unas cuantas cenizas en un viejo tarro de mermelada y salgo.

Nuestros invitados de fin de semana solían admirar el bosque desde las ventanas panorámicas, como si los árboles fueran animales peligrosos. La raza humana está muriendo gradualmente en enclaves de cemento, solo que no lo saben.

Para mí los árboles son compañía. Cada tipo tiene su propio discurso. Sus hojas hablan de forma diferente. Cuando Kush trabajaba yo venía hasta aquí y me tumbaba entre las raíces de los robles gigantes. Me imaginaba a mi manada rodeándome, nuestros torsos elevándose y cayendo al unísono. Todas soñábamos los mismos sueños de la carne del conejo y la oscura pata trasera del ciervo. De las raicillas abriéndose paso por la tierra y los helechos desenroscándose. Nudos de amor hechos por las víboras y la hiedra, enredadera y escaladora. Moras gordas y bruñidas y castañas de indias marrones.

Me siento en un tronco caído cuando alcanzo mi claro favorito. Ha sido colonizado por escarabajos de la madera y políporos. Un ciempiés sale arrastrándose de entre la corteza podrida y después sobre mi mano. Cómo sobrevive la vida.

Es la hora. Las cenizas de Kush son suaves en mi puño. Dejo que el viento se lo lleve.

Camino de regreso lentamente y me quedo de pie en el límite del bosque mirando a la casa. Un escalofrío me recorre.

Las ventanas gigantescas reflejan las nubes en movimiento. La casa en sí misma es una obra de arte. Tanto en su interior, que es como una galería de arte, como la casa en sí misma. No me puedo imaginar un futuro allí sin Kush.

Entonces me doy cuenta de que la puerta principal está abierta de par en par.


Me quedo de pie en el umbral de la puerta, escuchando. Silencio.

Han estado ocupadas. Los lienzos en la entrada han sido rasgados con líneas paralelas. De ellos cuelgan tiras de tela. Hay ropa desparramada por las escaleras, reducidas a andrajos.

El olor que viene del salón es tan intenso que mis ojos escuecen. Los asientos del sofá están desgarrados y el relleno está desperdigado. Los esqueletos de los sofás apestan a orina y otras firmas almizcleñas. Las revistas y los tomos ilustrados son confeti. Hay moco embadurnando los espejos y las ventanas, como si alguien hubiera presionado su cara contra ellos.

Han tirado la colección de porcelana de Kush de las estanterías con una falta de respeto total por su origen.

A excepción de la urna de Kush. Descansa en el centro de la mesa baja, ha sido depositada con cuidado entre los escombros. La rodeo con los brazos. 

«Lo siento, lo siento, lo siento. Siento haberme enfadado contigo. No importa que estuvieras enamorado de Lisa. Todo fue culpa mía. Odiaba quererte. Cada mañana pensaba: hoy es el día que me marcho. Me iré a casa. Pero después veía tu cara y lo único que podía hacer era quedarme, un día más».


Cuando Kush me propuso casarnos, le expliqué que el doctor Garston me había hablado de mis «anormalidades». Mis óvulos eran escasos y mi útero era deforme. Contenía una bolsa que no podía retirar, y esta interferiría con la inseminación artificial.

Kush mantuvo la cabeza baja mientras yo hablaba; solo levantó la mirada para mirarme cuando terminé de hablar.

—Eso a mí no me importa.

Creía que le tenía tomada la medida entonces. Hasta las mujeres sin útero eran deseadas para obtener placer.

—Pero, ¿estás segura de que no te importa a ti? —Indicó con un gesto a mi estantería, llena de libros sobre anatomía reproductiva, fisiología y teorías sobre nuestra lamentable infertilidad.

Esperé desnuda en el borde de nuestra cama de matrimonio. Mi ropa estaba extendida en el respaldo de una silla. Kush estaba de pie en el umbral de la puerta, congelado. Nos miramos. Su mirada se mantuvo en mi cara. Me costó toda mi fuerza de voluntad no dejarme caer en cuclillas y enseñar los dientes, aunque hubiera accedido a este arreglo.

«Unas pocas veces, hermana, eso es todo lo que necesitamos. Quédate tumbada y sométete. Luego podrás regresar a casa».

Fui consciente de todo lo que era Kush mientras él atravesaba la habitación. El movimiento de su nuez. Las pestañas que enmarcaban aquellos ojos oscuros. Los olores confusos de excitación y contención. Nunca había sido tan consciente de la ropa que le cubría. La seguridad de esas segundas pieles ya no me parecía tan falsa.

Extendió la mano hacia la silla y cogió mis braguitas. Se arrodilló frente a mí y me las metió por un pie primero y luego por el otro.

—Ponte de pie.

Las subió como si yo fuera una niña que necesitara ayuda. Deslizó los tirantes de mi sujetador por mis brazos y extendió las manos para cerrar el broche a mi espalda.

Después vino el vestido. Levanté mis brazos y la tela flexible se deslizó sobre mí como una caricia. Temblé. 

—Soy tuya para que me tomes cuando quieras.

—Te deseo. —Nunca le había visto tan feroz—. Pero quiero que tú también me desees.

No podía moverme. No podía hablar.

—Ava, hay algo que tengo que hacer.

Kush me condujo hasta el baño. Los azulejos blancos y los espejos me ponían nerviosa.

Entonces vi que ya había preparado una bandeja de acero sobre el lavabo de mármol que contenía las jeringas, agujas, ampollas y paquetes de vendas. El escalpelo parecía pequeño e inocuo. Mi labio se curvó, enseñando mis dientes.

—Por favor, Ava. Es importante para mí.

No comprendía qué era lo que quería. Colocó una mano sombre mi hombro; la nueva alianza brilló bajo la luz brillante y fría. Colocó la otra mano en mi nuca y me hizo bajar la cabeza. 

—Intentaré no hacerte daño, prometido.


Se escucha el crujido de alguien caminando sobre porcelana de cáscara de huevo a mis espaldas. Debería estar de pie, preparada para luchar, pero lo único que puedo hacer es abrazar el jarrón de jengibre más fuerte.

—¿Qué ha pasado aquí? ¿Estás bien?

—Sí. Llegué y lo me encontré así.

—Haz una maleta. Te vienes conmigo.

Esta es la Lisa que yo conozco. Maternal, tranquila, al mando. Sería fácil dejar que me recoja y me saque de aquí.

—No. Olvídalo. No es importante. Hay algo de lo que tenemos que hablar. —Tengo que decirlo ahora, mientras tengo la oportunidad—. Sé lo que tenías con Kush. Os perdono a ambos.

Su boca formó un círculo de sorpresa.

—Siempre hubo una parte de mí que se contuvo frente a Kush. No le culpo por acudir a ti. Y sé cómo son las cosas entre tú y Paul.

—Kush te quería por completo. Siempre fuiste la única.

—Lo sé, Lisa. Os volvisteis torpes cuando estabais juntos, como si no supierais cómo comportaros el uno con el otro.

La risa ronca y grave de Lisa está obstruida por las lágrimas.

—No es que tuviéramos una aventura. Es porque se dio cuenta de que yo estaba enamorada de ti.

Enamorada. ¿Cuánto amor he recibido durante esta vida? Amor que deseaba. Algo que creía que era amor pero no lo era. Y esto, amor sin identificar.

—Di algo. Por favor.

Lisa. Amiga. Hermana. Me inclino hacia delante, ignoro su inhalación brusca cuando toco sus labios con los míos. Un beso indefinido. Sabe a desamor.

—No puedo quedarme aquí más tiempo.

El color aparece en sus mejillas.

—Puedo ir contigo.

—No sobrevivirás ahí fuera.

—Te encontrarán.

Me quito el largo collar que siempre llevo puesto. El vial que cuelga de él contiene el chip que el dotor Garston me colocó bajo la piel.

—¿Kush? —pregunta Lisa.

—Sí. —¿Qué mejor regalo de boda podría haberme dado que la libertad?

Levanto la tapa del jarrón de jengibre y dejo caer el colgante dentro. Que descanse ahí, al menos durante un tiempo.

—Estarás sola ahí fuera. 

—No estaré sola —No soy una niña abandonada. Nací en el bosque.

—¿Qué eres?

Lisa duda. Quiere saber pero le da miedo preguntar. Es una pregunta que a nadie se le ocurrió hacer antes.

—Soy una mujer.

—Pero no como yo. No como ninguna otra mujer que conozca.

—No, tienes razón. Soy diferente.

—¿Cómo?

—Te lo enseñaré. Ven fuera.

Me sigue. La tierra no es la única cosa que crece cuando se la deja en barbecho. Fuera, en el bosque, las mujeres han florecido también. Hemos encontrado otra respuesta a nuestra fertilidad fallida.

Me quito la ropa y me quedo de pie como cuando mi madre me expulsó, chillando y lanzando zarpazos en la tierra oscura. Me yergo tanto como puedo y espero.

Mis hermanas me oyeron llorar cuando Kush murió. Vinieron de lejos. Nuestro extraño don nos permite cazar como una y someter a nuestros enemigos. Las palabras son superfluas. No sé si es algo primitivo en nuestros genes o no.

Salen de entre los árboles, algunas sobre sus patas traseras, algunas a cuatro patas. Todas son bajas y rechonchas, como yo. Sonríen y hacen gestos a modo de sonrisa. Nuestros pensamientos zumban. Oh, vosotros, hombres y mujeres, con vuestro lenguaje limitado que es tan torpe y velado.

Nuestra comunicación es instantánea. Está llena de visiones y tonalidades. Tiro de los hilos de sus pensamientos.

«Te has vuelto gorda y vieja, hermana».

«Te hemos echado de menos».

«Estás muy desnuda».

En verdad lo estoy, a pesar de todo el pelo recién crecido. No les da vergüenza la desnudez y esa es una habilidad que debo reaprender. Levanto la cabeza, a pesar de la falta de pelaje.

«Hemos estado esperándote. Años. ¿Por qué has tardado tanto?».

«Tenemos que ir al Norte antes del invierno».

Sus pelajes están espesándose, preparándose para la nieve. Antes de que el frío se instale, encontraremos las grietas en la tierra y exploraremos las fisuras y los recovecos. Nos arrastraremos sobre nuestros vientres para atravesar los pasajes estrechos que llevan a grandes cavernas que el agua clara atraviesa manando a raudales. Dormiremos en los brazos seguros de la oscuridad.

«¿Qué es eso?». Todas están mirando a Lisa, que está detrás de mí.

Lisa nos está observando a todas, incapaz de escuchar el diálogo silencioso.

«Hermana», digo.

«¿Podemos confiar en ella?».

«Sí». Un atisbo de duda en mi olor y le rasgarán la garganta.

«Hmm». Les desconcierta su palidez, su altura, su olor. «¿Puede correr?».

«No como nosotras».

«¿Puedes tú correr?».

Una de ellas baja la cabeza mientras se acerca, olisqueándome. Su cara se parece a la mía, con su pico de viuda, su mentón puntiagudo y sus cejas espesas.

«Me meé por todo tu cubil».

Le doy un coscorrón y ambas sonreímos.

«¿Estás llena de semilla para nosotras?»

«Sí».

Si tienes una reserva limitada de óvulos, es un malgasto derrochar uno al mes con la esperanza de que sea fertilizado. Es más eficiente salvarlos para cuando las condiciones sean óptimas.

Ese es el motivo por el que vine aquí. De vez en cuando habíamos encontrado a algún hombre viviendo en una casa tan ruinosa como su mente, en algún lugar en la profundidad de los bosques. Fuimos amables con él, incluso si no podía concebir hijos. Cuando nos quedamos sin ellos, tuvimos que llevarnos hombres de los márgenes, lo que era peligroso. Ninguna de nosotras quería que la atraparan y la obligaran a vivir en la ciudad, incluso si eso significaba que hubiera muchas parejas.

Todas queríamos ser libres para correr.

Yo había sido elegida por mi fuerza, mi velocidad y mi capacidad de supervivencia. Mi saco vestigial, motivo de queja para el doctor Garston, se da la vuelta para convertirse en un espiráculo.

La cautividad me ha convertido en una teórica de la reproducción. Aunque hace calor en mi útero, los diminutos nadadores pueden sobrevivir durante varios meses, mediante lo que me imagino son mecanismos químicos.

Compartiré las reservas de Kush con mis hermanas. Había esperado encontrar un recipiente de esperma, no encontrar el amor. No había esperado a un hombre que fuera lo suficientemente hombre como para dejarme ser libre, elegir por mí misma. 

Lisa quiere saber lo que somos. Evolución asombrosa. Somos el futuro, no el pasado. El mundo será nuestro cuando todos vosotros hayáis desaparecido.

Echaré de menos a Kush. Echaré de menos a Lisa. Echaré de menos vuestras palabras hermosas y arcanas. Pero cuando echo a correr, no miro atrás.


La ficción de Priya Sharma se ha publicado en revistas como Interzone, Black Static, Nightmare, The Dark y Tor.com.  “Bestias fabulosas” fue finalista del premio Shirley Jackson Award y ganó el British Fantasy Award en la categoría de Relato. Priya ha ganado los premios Shirley Jackson y British Fantasy Award y fue finalista al premio Locus por Todas Las Bestias Fabulosas, una colección de parte de su obra disponible en Undertow Publications. “Ormeshadow”, su primera novella (a la venta en Tor), ganó un premio Shirley Jackson y un British Fantasy Award. En 2022 fue finalista del Grand Prix de  L’Imaginaire. Sus historias se han traducido al español, al francés, al italiano, al checo y al polaco.

viernes, 23 de diciembre de 2022

Capítulo #64 - Les Lups (Guión para un corto), de Jacinta Escudos

LES LOUPS (Guión para un corto)

por Jacinta Escudos



Cuadro 1

Vemos un invernadero. Una casa pequeña, con paredes de vidrio, puerta de madera, café oscuro, techo de tejas oscuras.

El invernadero está ubicado en medio de un jardín descuidado, con plantas crecidas. Al fondo, detrás del invernadero, un bosque. Al lado izquierdo, una casa grande, de dos pisos, pero de la cual solo vemos una pared blanca, sucia.

Verdes oscuros, ningún color estridente ni llamativo.



Cuadro 2

Una muchacha va hacia el invernadero. Entra desde el lado izquierdo del cuadro, pero no vemos su rostro. La vemos dirigirse hasta el fondo, hasta el invernadero, de espaldas.

La muchacha viste un suéter color anaranjado fuerte y una falda plisada a cuadros oscuros, con algunas delgadas líneas anaranjadas que hacen juego con el suéter. Tiene dos trenzas largas, que le llegan casi hasta la cintura. El pelo es de color rubio oscuro y por la nuca de la muchacha, podemos ver que su piel es blanca.

La muchacha abre la puerta del invernadero y entra, cierra la puerta.

sábado, 17 de diciembre de 2022

Capítulo #63 - Para la retirada de huéspedes indeseados, de A.C. Wise

Para la retirada de huéspedes indeseados

Por A.C. Wise


La bruja llegó exactamente a las 11:59 p. m., justo cuando septiembre avanzaba lentamente hacia octubre, el día que Michael Remmington se mudó a la casa de la calle Washington. Llamó a la puerta exactamente a medianoche. 

La casa era todo cajas, y Michael era todo dolor por haberlas movido. Había estado sentado en un colchón inflable (la cama no llegaría hasta dentro de una semana) y mirando un crucigrama que tenía al menos cinco años. Lo había encontrado en el fondo del armario, amarillo como el hueso, y lo había despegado del suelo: un regalo involuntario del inquilino anterior.

Michael abrió la puerta y se preguntó si era algo razonable solamente después de haberlo hecho. Era medianoche en un barrio desconocido, llevaba puesta una bata y unas pantuflas y se había dejado el teléfono en el piso de arriba, así que si resultaba ser un asesino con un hacha el que esperaba en la entrada, ni siquiera podría llamar al 911.

—Hola —dijo la bruja—. Me mudo a esta casa.

Una maleta descansaba a su izquierda y un gato negro a su derecha. La cola del gato rodeaba sus pies bien colocados. Parpadeó mientas miraba a Michael, su mirada era tan impasible como la de la bruja.

Michael no sabría decir cómo supo que era una bruja, pero lo supo, hasta los huesos. La verdad del hecho yacía en el centro de su alma, tan inevitable como la aparición de la luna en el cielo nocturno o los espaguetis para cenar los martes.

—Vale —dijo, aunque no era en absoluto lo que quería decir.

Pero ya había dado un paso atrás y la bruja ya había recogido su equipaje y atravesado el umbral.

—Quiero decir… ¿qué?

sábado, 26 de noviembre de 2022

Capítulo #62 - Nunca Más, de Claudia Andrade

Nunca más

po Claudia Andrade Ecchio 


Quieres saber tres cosas sobre mí. ¿Solo tres? Sí, con eso basta. Dale. Tres entonces. Una, digo levantando el índice derecho. La morcilla es repugnante. Su mueca me lo dice todo. No era lo que quería escuchar. Tres cosas importantes, recalca. ¿Solo tres? Sí, solo tres. Veamos. No me gustan los zorzales. ¿Te dan susto? Sí, o sea, no. Simplemente me dan asco. Es que me recuerdan algo que prefiero olvidar. Me mira, interrogante. No sé cómo explicarte. Es una asociación rara. De esas que se hacen de manera inconsciente, ¿cachai? Sí. Estaba anocheciendo. Venía de regreso a la casa después de hacer un encargo. Un día como cualquiera. O eso creí hasta que los vi. Eran dos. De esos comunes y corrientes. ¿Normales? Súper. Tenían hambre, eso sí. Se les notaba. Y el alimento estaba ahí, a la vista. Se turnaron hasta sacearse. ¿Y tú? Yo qué. ¿Qué hacías? Me quedé tiesa, mirándolos. Me dieron arcadas, no sé por qué. Si solo estaban atareados en lo suyo, indiferentes. Siempre actúan así. ¿Así cómo? Indiferentes. Cierto. ¿Recuerdas algo más? El aleteo de sus alas. Las plumas opacas. El canto. ¿Nada más? El recuerdo empuja por salir, pero lo detengo en seco. Nada más. Ya te dije. No me gustan los zorzales. Punto. A mí tampoco, me confiesa. Entonces somos dos. Sonreímos. Me distrae un ruido. Como de alguien removiendo la tierra. Te faltan dos, me dice, volteándome la cara. Sus ojos en los míos, brillantes. De veras. Eran tres cosas, ¿verdad? Sí, solo tres. Dale. Me gusta caminar entre los juncos. Rozarlos con las puntas de mis dedos. Como tanteando. Así los escojo. ¿Para qué? Para las cestas. Mi abuela me enseñó el arte. Sus manos están curtidas como las mías. Mira. Las observa sin mucha curiosidad. ¿Y te siguen gustando? ¿Qué cosa? Los juncos. No sé. Creo que ya no tanto. Ese día se sintieron diferentes. ¿Qué día? Ese, el del viento raro. Venía del sur. Un mal agüero. Muy malo. Mi abuela siempre me decía que había que tener cuidado, porque ese viento oculta la luna y atrae la maldad. Las abuelas siempre tienen la razón. Siempre. Ahora que lo pienso, es el mismo día. ¿De cuando viste a los zorzales? Ajá. ¿Estaban entre los juncos? Sí. No. No sé. Ya te dije. Quizás estoy mezclando las cosas y haciendo asociaciones raras. De esas que no tienen explicación. ¿A ti no te pasa? A veces. Pero ahora no se trata de mí sino de ti. Verdad. Y tú crees que es el mismo día. Podría ser. Los zorzales se movían contra el viento. Entre los juncos. Hacia mí. ¿Recuerdas algo más? Sus patas rápidas. Sus picos amarillos. El canto. El recuerdo está ahí, a la vuelta de la esquina, pero lo detengo. No quiero, le digo. Yo tampoco. Respiramos. Me distrae otra vez un ruido. Como de alguien siendo arrastrado. Sus tres dedos me nublan la vista. Eres insistente. Hay que serlo. El tiempo se nos va. Oka. Quieres saber tres cosas sobre mí. Asiente. ¿Solo tres? Solo tres. Me falta una entonces. Una. Dale. Me carga la oscuridad. En las historias de mi abuela las cosas malas siempre pasan de noche. Por eso trataba de no atrasarme. Nunca. Pero ese día te atrasaste. ¿Cuál día? El del viento raro. Sí, me atrasé. Me quedé conversando con la señora más de la cuenta. Me preguntaba por mi abuela. Si estábamos bien. Ya sabes, por las amenazas. Me mira, esperando. Querían que nos fuéramos y les dejáramos todo. Que firmáramos, pero no quisimos. Y se te hizo tarde. Mucho. Pensé que me quedaba tiempo, porque todavía había algo de luz. Por eso pudiste verlos. ¿A quiénes? A los zorzales. Sí, los vi venir. Agazapados, entre los juncos. Sus cuerpos robustos. Sus pupilas en las mías. El canto. El recuerdo se apura. Está casi casi. No lo detengo esta vez. ¿Gritaste? No. Si ya te dije, me quedé tiesa. Te dieron asco. Demasiado. Les vomité encima, por eso se enojaron. Querían sacearse sin mancharse. Quedarse limpios, ¿cachai? Sí. Creían que podrían salirse con la suya. Creían, pero no fue así. Me distrae un ruido. Como de piedras grandes apilándose. La garganta se me aprieta. El recuerdo llega, apremiante. El grito de los zorzales. El primer golpe. Uno cayendo. El otro aturdido, mirando de un lado a otro, sin entender. Y justo ahí, la veo a ella, palo en mano, decidida. El segundo cae sobre mí. Me lo quita. Me abraza fuerte. Lloramos. No hay que preocuparse, me dice. Nadie sabrá. Guardaremos el secreto. Lo guardaremos, repito. Porque ellos son los culpables. Solo ellos. Nos hicieron temer a la noche. A los caminos solitarios. A los zorzales entre los juncos. Ya no más. Nos miramos, asintiendo. Las tierras son nuestras, repetimos. Nuestras. No nos las quitarán. Me deja mirar el suelo por primera vez. Y ahí los veo. Casi tapados por completo. Sus cabezas rotas. Sus picos quebrados. El canto apagado al fin. Solo el viento norte entre los juncos. Y nosotras. Colocando las piedras, una sobre otra. Como tejiendo. Quiero saber una cosa sobre ti, le digo. ¿Solo una? Sí, con eso basta. Una entonces, dice levantando el índice izquierdo. La noche ya no me asusta. A mí tampoco. Nunca más.



Claudia Andrade Ecchio es doctora en Literatura Chilena e Hispanoamericana. Ha escrito tres novelas juveniles: "La espera" (junto a Camila Valenzuela), "Maleficio, el brujo y su sombra" (publicada en España por La Máquina que hace Ping) y "Todavía" (novela por la que obtuvo la Medalla Colibrí 2021 y el Premio Fundación Cuatrogatos 2022). Ha publicado tres cuentos: "Nunca más" (en Imaginarias. Antología de mujeres en mundos peligrosos), "La otra" (en Revista Griffo n°40) y "Quintral" (en Revista Cósmica Calavera n°4).

domingo, 2 de octubre de 2022

Capítulo #61 - Cirque Mecánique, de Kel Coleman


Cirque Mécanique

por Kel Coleman

Un escarabajo negro se escabulle por la Fila H, asiento 12, sin preocuparse por los gemidos metálicos ahí abajo. Se detiene cuando un foco distante corta la oscuridad y revela una figura de pie sobre un podio chato en el centro de la pista. El escarabajo debería saltar al pasillo de nuevo. encontrar el agujero en la carpa por el que entró arrastrándose, y dirigirse a casa. Pero en lugar de eso, espera a ver qué ocurre después.

La maestra de ceremonias, como todes les artistas del Cirque Mécanique, es una maravilla de la ingeniería de principios del siglo XXII. Su piel se desprendió hace años, pero así es mejor porque permite asombrarse a sus huesos brillantes de un gris carbón, la musculatura minimalista de polímero, y el despampanante despliegue de motores, cilindros, pistones y circuitos de estaño.

domingo, 18 de septiembre de 2022

Capítulo #60 - La Matina, de Marilinda Guerrero Valenzuela

 

La Matina

por Marilinda Guerrero

Gracias Gatito

Mi abuelo era un ser híbrido. A veces lo recuerdo alto, otras bajo, ni alegre ni amargado. Su mirada estaba marcada por unos ojos delgados, pequeños y oscuros que me hacían tartamudear.  Sus manos largas con venas marcadas simulaban ser garras. Intimidaban mucho cuando las empuñaba. Su rostro y orejas alargadas, arrugas en la frente, pocos dientes al reír. Me recordaba a un coyote enfermo, de andar lento. La joroba (no la vida) lo había hecho agachar la mirada. No tengo recuerdos de salidas con el abuelo. Los que tengo son recuerdos ajenos que me contaron.

viernes, 26 de agosto de 2022

Capítulo #59 - Las Matemáticas del País de las Hadas, de Phoebe Barton

Las matemáticas del país de las hadas

por Phoebe Barton

Si tuvieras un motor de curvatura, sería fácil. Las matemáticas son raras de la misma forma que las líneas ley son raras: invisibles pero adivinables. Has logrado escalar montañas más adustas, dedo a dedo. Ya has realizado las compensaciones para el movimiento estelar, la curvatura espaciotemporal y la congruencias hiperespaciales. Has tachado cientos de ecuaciones escritas con tinta de un azul frío como el de los jacintos y las has amontonado en un calcetín de punto bajo la cama, un lugar donde solo a Berenice se le ocurriría mirar. Las ecuaciones que te dirían exactamente dónde tienes que cortar para crear un agujero entre mundos, si tuvieras el cuchillo correcto. Podrías traer a Berenice de vuelta a casa.

jueves, 11 de agosto de 2022

Capítulo #58 - La Vitesse, de Kelly Robson


La Vitesse

por Kelly Robson

2 de marzo de 1983, a 30 kilómetros al suroeste de Hinton, Alberta. 


—Rosie —dijo Bea en un susurro, pero las ruedas del antiguo autobús escolar se desplazaban con estrépito por encima de la gravilla, y su hija no la oyó. Rosie estaba despatarrada en el asiento del copiloto con los ojos cerrados. No se había movido desde que Bea la había hecho subirse a La Vitesse a las seis y cuarto de la mañana. Pero no estaba dormida. Una madre siempre notaba esas cosas. 

Bea alzó la voz hasta alcanzar un susurro teatral: 

—Rosie, tenemos un problema. 

Siguió sin reaccionar. 

—Rosie. Rosie. Rosie.  

Bea agarró uno de los guantes que había en el salpicadero y lo tiró. No se lo tiró a su hija; a su hija nunca. Rebotó en la ventana y cayó sobre el regazo de Rosie. 

—Mamá, estoy durmiendo. —Un ceño fruncido grande y terrorífico. Bea no había visto sonreír a su hija desde que había cumplido los catorce.  

—Hay un dragón detrás de nosotras —dijo silenciosamente, vocalizando las palabras. Ninguno de los otros niños se había dado cuenta, y Bea quería que eso siguiera así. 

Rosie puso los ojos en blanco. 

—No sé leer los labios. 

—Un dragón —susurró—. Nos sigue.  

—Ni de coña —Rosie se irguió de un salto. Se retorció en su asiento y miró hacia atrás por el pasillo central, pasados los niños vestidos con sus monos y gorros de nieve—. No lo veo. 

La ventana trasera estaba marrón por el aguanieve sucia y congelada. Gracias a Dios. Si los niños vieran al dragón, se pondrían a chillar.  

—Ven y echa un vistazo.