viernes, 30 de julio de 2021

Capítulo #37 - Más que simple acero, de Aimee Ogden

 


Más que simple acero 

por Aimee Ogden


El momento en el que Micah echa más de menos a los adultos es cuando se despierta por la mañana. Una parte de él sigue esperando el zumbido del despertador y el olor de los gofres de tostadora para convencerle de que se levante. Pero han pasado cuatro años y no hay una madre para que le dé un empujoncito para despertarse.

Se incorpora en el colchón y se rasca las costras de los ojos. Las sábanas huelen a sudor y a hierba; ¿hoy es día de colada? Él es lo más parecido a un adulto bajo el techo de la escuela primaria Grand Avenue y si dice que es día de colada, entonces es día de colada.

Ropa puesta, zapatos puestos. Todo el mundo tiene que llevar zapatos todo el tiempo. Esa es la regla, desde que Marco pilló el tétanos el año pasado y todo el mundo pensó que se iba a morir. Fue la peor enfermedad que habían visto desde que los temblores barrieron a los adultos. Micah no sabe qué hará cuando algo peor se extienda.

La puerta de la sala de descanso de los profesores (no puede dejar de pensar en ella como la sala de profesores, aunque aquí no hay profesores ni mucho tiempo para descansar) se cierra con un suave chasquido a sus espaldas. Después recorre el pasillo, abriendo puertas, pronunciando nombres.

—Fabián, al jardín. Jack, la ropa. Vee, a cuidar de los niños. Carrie, a pescar.

Carrie está a medio vestir: una sudadera por arriba, pero de cintura para abajo solo lleva unos boxers viejos, las partes de sus piernas blancas que asoman por debajo se ven esmirriadas y arañadas por las espinas. Está mirando al techo.

—Creo que eso se está haciendo más grande —dice.

Micah sigue su mirada. Una mancha de agua como sangre seca se ha extendido por el techo del pasillo principal. Por algún lado está entrando agua del tejado.

—Ni siquiera sabía que eso estaba ahí. ¿Hace cuánto que lo viste?

Carrie se encoge de hombros.

Micah contrae la mandíbula para encerrar las palabras desagradables. Carrie es la siguiente en edad, la que se quedará a cargo cuando... si Micah envejece hasta alcanzar los temblores.

—Vale. Nos encargaremos de eso esta semana.

Añade el techo defectuoso a su inventario de preocupaciones. Ya no hay nadie que haga tejas de espuma.

—A pescar, Carrie —dice de nuevo. Un poco de su frustración se abre paso a la fuerza y hace que las palabras suenen más duras de lo que quería. No es un comentario cortante, es una contusión. Los ojos de ella se agrandan y Micah continúa su camino por el pasillo.

Algunas de sus órdenes reciben quejas, pero las ignora. Hará una segunda ronda para despertar a los que siguen enterrados bajo las mantas. Algunos de los niños ya están despiertos, riéndose o discutiendo. La segunda ronda los pondrá en marcha también.

La ventana gotea en la habitación donde duermen Victoria, Beca, Sofía y Ems. No hay conserje al que llamar, nadie que corte un nuevo cristal a medida y restaure la ventana. ¿Podría cubrirla con tablones de madera? ¿Impediría eso que entrara el agua durante un tiempo? Tienen sierras, lijas, clavos.

En algún momento esas cosas también faltarán.

Se detiene frente a la puerta de Ava, que ya está abierta. Su habitación es diminuta, antes era una oficina para la terapia lectora. Cuando Micah abre la puerta un poco más, golpea un despliegue elaborado de trenes de juguete y bloques de construcción.

—Ay, ¡mierda! Lo siento, Ava.

Ava se levanta del suelo gateando y con un aullido consternado. El libro pesado que tenía en el regazo golpea el suelo, las páginas están dobladas en todos los ángulos. Lleva una camisa abotonada que solía ser de Vee y unos pantalones de pijama que encontraron en un depósito de cadáveres en Sycamore y exactamente un calcetín de origen desconocido. Agarra a Micah del brazo y lo muerde; con mucha delicadeza, no como lo habría hecho hace uno o dos años.

—Sé que estás cabreada—le dice, y se inclina para recoger el libro. Es uno de los suyos, robado del instituto en 9th Street, que tiene una biblioteca grande de techos altos. Acero: la construcción de una era. Se lo coloca bajo el brazo, para que las páginas arrugadas se aplanen las unas contra las otras —. Tendré más cuidado. Y tú construye cosas más lejos de la puerta. ¿Vale?

El pulgar de Ava entra en su boca. Con su mano libre, dibuja una A, por Ava; o puede que una M, por Micah. ¿O puede que ambos? A veces es difícil diferenciarlas. A ella le gusta que sus nombres se parezcan, de la forma en la que los dibuja. Con cinco años, es la más joven aquí: la única de los cinco bebés que Micah y los otros encontraron, en aquellos primeros días, que sobrevivió. No habla por la boca, pero eso no importa. Tienen un diccionario ilustrado de lengua de signos, y se las apañan bien.

Libro, gesticula; con una sola mano, pero él sabe lo que quiere decir.

—Ahora no, Ava. Tenemos trabajo.

Su pulgar vuela fuera de la boca con un pop húmedo, y gesticula con ambas manos. Libro.

—He dicho que no —repite, su voz escalando hasta un grito—. Jolín, Ava, ¿cuántas veces tengo que...?

Los momentos en los que Micah echa de menos a los adultos lo menos es cuando se da cuenta de que se está convirtiendo en lo peor de ellos.

Hunde los hombros y Ava da saltitos, sintiendo que ya ha ganado.

—Déjame que vaya a mi habitación a por Henry and Ribsy —intenta Micah. Está a medias de leerlo por quinta o sexta vez. Junto a los libros de ciencia e ingeniería que liberó del instituto, su habitación está llena de novelas de bolsillo cuyas cubiertas se han ablandado y suavizado de tanto manoseo. Niños aburridos haciendo cosas de niños aburridos, de la forma en la que solían hacerlo antes de que los temblores aparecieran y arrollaran con cualquiera que estuviera a un pelo de la adultez.

Micah cumple dieciséis el año que viene.

Pero Ava presiona el pesado libro de tapa dura contra el pecho de él. Está bien. No puede ser más difícil de manejar que la basura de dragón-mago-caballero que Dylan y Victoria siempre le piden que lea en voz alta.

—Okey —suspira, y se sienta en el suelo. Ava inmediatamente descansa en su regazo, esperando. Él hace crujir el lomo hasta donde lo dejó por última vez—. La pigmentación del hierro —lee en voz alta— requiere añadir carbono, que normalmente se encontraba disponible como polvo de carbón —se detiene—. Hay toneladas de briquetas de carbón por ahí de las barbacoas de la gente. Pero no durarán para siempre. ¿De dónde se saca el carbón? ¿Lo fabricas? ¿O tienes que desenterrarlo?

—Buh —gruñe Ava. Sus coletas desordenadas por el sueño le golpean la cara—. Bmmm.

En el pasillo, alguien grita. Los gritos, por supuesto, son una constante en un colegio lleno de niñes. El sonido trata de pasar junto a Micah sin llamar la atención, pero tiene un ton afilado que corta su complacencia por la mitad.

—Quédate aquí —le dice a Ava, y la aparta de su regazo para salir corriendo hacia el pasillo.

Uno de los carritos de la comprar del Piggly Wiggly, que usan para mover la colada y los ladrillos y cualquier cosa que sea demasiado pesada para el niño medio de ocho años, está tumbado de lado. Una cascada de ropa sucia ha caído en avalancha y Dylan está de pie en medio con la ropa hasta los tobillos, llorando. ¿Ha sido él quien ha gritado? Dylan siempre ha sido de fiar (si llora, lo está haciendo donde Micah no puede verle) y de todas las cosas en la lista de Micah que podrían acabar con su mundo, un carrito de la colada volcado no es uno de ellos. Pero a veces los niños guardan silencio porque tienen miedo de que si gritan acabarán por desmoronarse. Micah debería haberle prestado más atención...

Hay otra chica arrodillada junto a la pila de ropa y a Micah no le suena su cara.

No solo porque está sucia, porque lo está, tiene manchas en la barbilla y los cordones blancos de sal seca en la frente. Esta chica no es una de las suyas, y se nota. Está delgada, su cara está quemada de las mejillas para abajo, donde la protección de la gorra le ha fallado. Una pesada mochila le hunde los hombros hacia delante convirtiéndola en una mujer mayor, aunque no tiene más de uno o dos años menos que Micah.

La boca de Dylan mastica silenciosamente el nombre de Micah, pero parece incapaz de escupirlo. Micah está congelado, desconcertado, mientras la chica tira a un lado unos pantalones remendados, unos calcetines, un par de camisas de beisbol desgastadas. Solo cuando libera una sudadera y la mete a presión en una mochila él reacciona.

—¡Eh! ¡Eso es nuestro!

Su brazo se mueve en ángulos agudos, como ramas rotas y Micah está mirando directamente al cañón de una pistola.

—Ya no —dice ella.

El sabor de las hojas de diente de león, amargas como la primera cosecha de primavera, le pega a Micah la lengua a los dientes. Dylan hace el sonido que el perro de la madre de Micah solía hacer durante las tormentas, vocales vacías y agudas. “Para ya, Betsy, chucha estúpida”.

—No pasa nada por estar asustado, Dylan. Lo resolveremos. ¿Vale? —Dylan asiente y Micah deja que la chica (la pistola) ocupe su mundo de nuevo.

—Mira. Esta es nuestra casa. Hay un montón de casas muertas en la ciudad que todavía no hemos tocado. Todo al oeste de Sycamore...

—Uh, no. —Tiene una risa seca, como un perro que jadea. La boca pequeña y definida de la pistola se mantiene fija en él, pero su mano libre está dando vueltas otro montón de ropa. Dylan se escurre hacia la esquina; los ojos de la chica le siguen, pero no le manda regresar—. No nos vamos a arriesgar a una casa muerta cuando ya habéis hecho el trabajo sucio por nosotros.

—¿Nosotros? —repite Micah, y es en ese momento cuando se da cuenta de que el pesado paquete de su espalda no es un paquete en absoluto, sino un portabebés. Puede ver una manita rosa colgando del lateral, dando tirones a la tela rígida—. Eso... eso es un bebé. ¿Cómo puedes tener un bebé?

La pistola se mueve; se mueve rápido. El sonido que hace golpea los dientes de Micah antes de que su cerebro comprenda el sonido, registra que se acabó. La sangre martillea en sus oídos y los límites de su visión se vuelven blancos. Así debe ser como se siente al morir; esto debe ser lo que vio mamá, cuando estaba demasiado enferma para saber que él estaba allí con ella, en las profundidades de los temblores. Prepárate unos cereales, Micah, por favor apáñatelas solo una maldita hora...

La habitación giratoria se reorienta alrededor de Micah, y sus pies permanecen en el suelo. Cuando le pregunta a su cuerpo por un inventario reciente de dolor, sale con las manos vacías.

Abre los ojos.

La pistola señala justo a su izquierda. Cuando mira por encima de su hombro, un armario con materiales de dibujo (que ya está vacío: les niñes han coloreado todos los fragmentos de papel por delante y por detrás) se ha hecho añicos. Hay un bloque de cemento reforzando la parte de atrás del armario; ha sido pura suerte que la bala no haya rebotado en el pasillo y le haya matado a él o a Dylan, o incluso a la tiradora.

—Escucha, tío mierdas —dice la chica. Está tratando con todas sus fuerzas de sonar casual, hasta despreocupada, pero hay cierta fragilidad que Micah no quiere poner a prueba—. He ido a todas las tiendas de armas del estado y tengo suficiente munición como para destruir a, yo que sé, una horda de elefantes, así que si te acercas un pelo...

Micah da un paso atrás. El puzle de cristal bajo su pie se mueve y oh, tiene que recoger eso, o alguien podría hacerse daño, varios alguienes. Necesitas arena para hacer cristal. Su madre siempre decía que la tierra en su huerta de tomates era arenosa. ¿Será eso suficiente? Se le revuelve el estómago y traga aire ácido.

—Es que... hace tres años que no veo un bebé. Había algunos aquí, pero... —Levanta las manos, sosteniendo el vacío, buscando la forma de algo que no puede expresar con palabras. Dylan ha desaparecido; con suerte recuerda los simulacros para buscar refugio que han practicado tantas veces—. Los... enterramos en el cementerio detrás de Tenth Street Circle, a la mayoría.

La cara de la chica se abre. No con una mirada de lástima, o compasión: puede que una valoración de riesgo bajo.

—Los bebés morían con facilidad por aquel entonces. —Baja el arma. Se queda fuera, ella apoya el antebrazo en la rodilla. Sigue apuntando en la dirección de Micah—. Mi nombre es Eden. ¿Y el tuyo?

Reconoce el intento de desescalada por lo que es y lo acepta.

—...Micah.

Se oye el susurro de pies sobre los azulejos de terrazo; una puerta en algún lugar del interior del colegio se cierra con un golpe.

—¿Podrías guardar la pistola?

Eden agarra con más fuerza. Micah se lame los labios. Desescalada.

—Hacia, eh... ¿hacia dónde os dirigís? ¿El norte? ¿Al sur, hacia Chicago? —Han pasado varios meses desde que el último par de chavales pasó de largo, persiguiendo los rumores de una colonia de adultos vivos—. Si buscáis a las Titas, no estoy seguro de que sean reales. Nadie que pase por aquí regresa para decir que las encontraron.

—¡Jolines! No voy buscando a las putas Titas. —La mandíbula de Eden chasquea. Cuando abre la boca de nuevo las palabras salen diferentes, suaves, pero no dulces. Recuerda, súbitamente, a su madre explicándole que llevaba con fiebre dos días y que era posible que necesitara que él se encargara de las cosas de la casa durante un tiempo. “Un ratito, Micah, ¿comprendes? ¿Podrías hacer eso por mí?”—. Está bien, Micah. Esto no tiene por qué ser complicado. Parece que tienes una operación bastante buena aquí. ¿Vale?

Algo pequeño repiquetea contra el suelo detrás de él. Micah pega un salto. Sin mirar, Eden palpa a sus espaldas con la mano libre para recuperar un chupete verde de plástico, que desaparece en un bolsillo. “¿Cómo puedes tener un bebé?” Vaya pregunta estúpida gilipollas.

—Necesitamos comida para, digamos, cuarenta raciones —ignora la mueca que hace él—. Enlatada si todavía tenéis, pero deshidratada o lo que sea vale. Sudaderas o jerséis, también, y una chaqueta de invierno. Ropa de bebé...

—Esa la usamos toda para retales.

Ella resopla, como si los cuatro años de codos remendados y costuras sueltas de él no fueran más que la molestia personal de ella.

—Vale. Comida y ropa.

—¡Eso lo necesitamos nosotros! Tengo treinta y cuatro niños aquí... —La pistola se sacude, y él escupe el resto de palabas ardientes e iracundas rápido, antes de que puedan quemarle la boca—. No puedes llevarte todo eso. Pesa demasiado y sé que no queda gasolina.

—¿Qué te parece dejarme a mí cómo de pesado es y tú te preocupas de conseguirme lo que quiero? —Unos diamantes destellan bajo el brillo conversacional de su voz. No los de joyería; diamantes como barrenas—. O iré a ver si alguno de los otros treinta y cuatro niños que hay aquí pueden ayudarme. —A estas alturas los demás deberían estar refugiados tras las puertas cerradas con llave del gimnasio. Si Dylan les avisó. Si han hecho las cosas como se las enseñó Micah.

Micah mira fijamente la pistola, su boca abierta y burlona. Esta es su oportunidad de ser el héroe en una de esas historias que nunca le gusta leer. Podría placarla ahora, pero... el bebé. Podría lanzarse e intentar agarrarle el brazo...

Una sacudida de la muñeca de Eden, y la pistola le manda un beso de despedida.

—Ponte en marcha —dice ella.

Micah no sale corriendo, pero se mueve. La gravedad de la pistola le arquea la espalda y aleja sus hombros de su pecho, como si unos músculos tensos fueran a bloquear las balas. Solo cuando termina de doblar la esquina se lanza hacia el aula del señor Bucknell (que sigue siendo un aula, todavía dan clases, las clases son lo único que cualquiera de ellos sabe hacer de verdad, y la gente todavía tiene que leer y hacer matemáticas y todas esas cosas, ¿no? Toda esa supervivencia del día a día no importa si no existe la oportunidad de una Supervivencia con mayúscula más adelante).

Su cabeza da vueltas, y unos círculos blancos se están tragando los bordes de su campo de visión. Las cigarras le gritan al oído, pero es muy pronto para la generación de este año... oh. Suelta el aire rancio de sus pulmones y ahoga un chillido con su camiseta. Está bien. Aquí no hay nadie que pueda oírle. ¿No se supone que tu visión se vuelve negra, no clara, cuando vas a desmayarte? Su respiración se vuelve entrecortada, pero regresa, y después de unos instantes cose los bordes hechos jirones hasta lograr una uniformidad. Ahora puede pasar por un adulto. Ahora puede pasar por el adulto.

La cocina del colegio está unida al gimnasio, que también funcionaba como cafetería cuando Micah iba al colegio aquí, y la cocina sigue siendo donde guardan la comida. Las llaves están en su habitación (aquí las puertas no se cierran con llave frecuentemente) así que golpea las puertas del gimnasio y grita. Cuando la puerta se abre de par en pan para mostrar una multitud de caras asustadas, recuerda que sólo deberían dejarle entrar si realiza una llamada secreta concreta.

Carrie está justo enfrente. Sus hombros se han ensanchado últimamente, de cargar con el agua y despiezar ciervos, pero ahora mismo, con ellos encogidos hacia las orejas, parece diminuta. Óscar tira de sus brazos, que están cruzados como barras de acero frente a su pecho, pero aquí no se cede.

—Dylan dijo que había una señora con una pistola —dice, con la voz quebrada, y Micah se traga una crítica sobre su habilidad para manejar una rutina de seguridad.

—Hay una chica con una pistola. Está bien. —No está bien.

—Se supone que hoy tenemos que ir a pescar —gimotea Victoria.

Sid también abre la boca:

—¿Podemos salir ya?

—No. —Micah no grita. Tiene mucho cuidado de no gritar. Las cosas que los adultos dicen cuando gritan se instalan en tu interior durante años, para siempre. No hay forma de saber cuánto durará ese siempre para ellos, pero si tiene que corto, Micah quiere que esté lleno de sol, sin que quede eclipsado por los monumentos a todos sus errores. Pero sabe que ha hecho algo mal, no lo ha dicho muy alto pero sí muy...algo. Le están mirando raro, ahora, los mayores en especial. Victoria traga tan ruidosamente que puede oírlo. Dylan le da un codazo a Sid en el costado y le susurra que se calle.

Micah coge en brazos a un Óscar moqueante, que inmediatamente se limpia la nariz en el cuello de Micah. Óscar casi tiene siete años y no hace falta que actúe como un bebé pero si Micah abre la boca para gritar, va a ponerse a llorar él también y eso no va a ayudar a nadie. Atravesando la multitud, su hombro funciona como un arado contra el campo de cuerpos apretados. Victoria busca su mano libre, pero él retuerce la muñeca y sigue moviéndose.

—¡Para! Tengo que lidiar con esto.

Están todos calladísimos, apenas unas sorbidas de mocos y unos sollozos ahogados que se escapan por debajo del peso del silencio. Al fin llega al otro lado de la pequeña multitud y se detiene.

—Habéis hecho un trabajo estupendo, chicos. Metiendo a todo el mundo aquí y cerrando la puerta. Eso es lo que tenéis que hacer. —Óscar gimotea cuando Micah le vuelve a poner los pies en el suelo—. ¿Contaste a todos para asegurarte?

Los ojos de Carrie se abren como platos.

—Se... se me olvidó.

Micah le ha visto la cara cubierta de sangre: roja y arterial por el cuello cortado en un ciervo en la trampa que ha hecho ella misma; negra y coagulada por un sangrado de nariz cuando ella y Tony se lanzaron puñetazos por la última lata de picadillo de carne. No la ha visto llorar nunca antes, y una parte de él, pequeña y aterrorizada, grita que quiere darle otro puñetazo, ahora, para reescribir en escarlata por encima de sus lágrimas. Es la segunda en edad. Tiene que hacerlo mejor. Si él cumple dieciséis y los temblores...

 —Treinta y tres —dice Fabián.

Su calma atraviesa el pánico de Micah; Micah parpadea para alejar el blanco que grita en los límites de su visión.

—Sin contarme a mí.

—Sí, contándote a ti. —Fabián desplaza la mirada sobre los chavales de nuevo y asiente. Le gustan los números y a los números les gusta él—. Falta alguien.

Micah no puede hacer un recuento de un cuarto lleno de niños con un vistazo, pero los criba rápidamente. Ya sabe quién es quién falta.

—Ava.

—Micah... —comienza a decir Carrie, y él no dice nada, ni siquiera la mira, pero ella se calla.

Si algo le ocurre a Ava por culpa de ella... No. Micah se detiene ahí también.

—Vee, necesito que vayas a por los dos últimos palés de latas de sopa. —Carrie es más fuerte, pero Carrie ya está cargando con varios palés de culpa y pavor—. Gabi, ve a meter en una bolsa un kilo de pescado seco y las patatas keeper.

—Esas ya están germinando —protesta Gabi.

—¡No tienes que mirarlas para meterlas en la bolsa! —Micah apoya la mano en la cabeza de Óscar, aparta el flequillo de la cara—. Tú hazlo, por favor. Ponlas en la entrada del gimnasio y cierra la puerta de nuevo cuando hayas acabado.

Gabi se marcha trotando. Vee la sigue, la boca moviéndose mientras mastican objeciones silenciosas. La frente de Fabián se arruga.

—¿Por qué no vas a por ellas tú? —pregunta.

Carrie suelta los brazos, que cuelgan rígidos a los costados. Unas líneas blancas en los brazos señalan dónde estaban las manos antes de que se soltaran.

—Iré a por Ava —murmulla—. Tú no tienes que hacerlo, Micah.

—Sí, sí que tengo. —Porque si no puede proteger a una niña pequeña de una chica loca con una pistola, ¿cómo va a hacerlo con el resto? ¿Mantener al invierno fuera y la comida entrando? Está tratando de construir un mañana que puede que nunca vea, y nunca será sólido con tantos huesos de niños en sus cimientos—. Sí que tengo, porque tengo que asegurarme de que se hace, y que se hace bien, ¡como tengo que hacer con todo lo demás que se hace en este sitio! ¿Qué demonios váis a hacer cuando ya no me tengáis por aquí para encargarme de todo?

Las palabras lanzadas por su boca dejan una mancha más profunda que cualquier humedad; se limpia la saliva de la barbilla con el reverso de la mano. Carrie trata de tragarse un sollozo, y fracasa, lo que hace que Micah se sienta aún más como una mierda.

—No quería decir... —dice, pero no puede terminar el pensamiento, porque sí quería decirlo, y por eso duele tanto.

La boca de Dylan se arruga, como si estuvieran tratando de evitar las lágrimas otra vez a pellizcos, o mordiéndose la lengua para no decir algo aún más amargo.

—Está bien tener miedo —dice, y suena a pregunta, o a desafío. Como una acusación.

La mandíbula de Micah se contrae aún más.

—Está bien que tú tengas miedo —dice, mientras las palabras se diluyen formando una pasta en su boca—, porque yo está permitido que yo lo tenga, nunca.

 Pero es que tiene miedo, todo el rato, de los temblores y la comida estropeada y el agua insalubre y los edificios cayéndose y del futuro, si es que hay uno, y los tornados y las inundaciones y las chicas raras con pistolas, y entonces las rodillas le laten cuando golpean el suelo del gimnasio y los nudillos le duelen contra la madera de arce llena de arañazos.

Ninguna marea mueve el mar de piernas que le rodea.

—Lo siento, dice. Habría sido mucho más fácil si uno de ellos fuera mayor, si uno de ellos hubiera sido el adulto en lugar de él—. Ojalá esto se me diera mejor. Ojalá fuera... —Levanta los puños del suelo y deja una mancha escarlata—. Mejor.

Dos pies se acercan arrastrándose desde la multitud. Carrie se agacha frente a él, su cara está manchada y le gotea la nariz.

—Lo haces muy bien, Micah. Si yo fuera mejor, no sentirías que tienes que hacerlo todo tú.

—No deberías tener que serlo...

¡Y tú tampoco!

La mira boquiabierto. Carrie nunca recuerda dónde dejó el cuchillo de destripar bueno o a qué hora se pone el sol en octubre o que tienes que limpiar el horno solar cuando has terminado de usarlo si no quieres que haya mierda de ratón por todo el interior; pero Carrie recuerda algo que él no recuerda, que el mundo está al revés y que que Micah camine con las manos todo el tiempo no hará que las cosas regresen a como deberían ser.

—Es normal estar asustado. Hay muchas cosas por las que estar asustado. Estar asustado es lo primero que tienes que hacer antes de ser valiente. —Se pone de pie y se sacude el polvo de las manos en los pantalones. El suelo del gimnasio necesita un buen barrido... pero ese es un pensamiento que puede esperar—. Ok. Reunid la comida. Llevadla al pasillo. Tengo que encontrar a Ava.

—Pero...

—No importa —dice, y no tiene que buscar muy profundo para sacar una sonrisa. Es normal estar asustado. Pero ahora mismo no lo está. No exactamente.

Encuentra a Ava donde pensaba, con Eden en la pila de la colada. Ava tiene al bebé sobre el regazo, y Eden está encorvada cerca, montando guardia. No. Observando, simplemente. La pistola está enfundada en su cadera y la mirada está posada en Ava. No sonríe. Parece que no recuerda cómo se hace, pero los músculos anudados de su cara se han relajado un poco.

Ava parece fascinada por haber conocido a alguien más pequeño que ella. Acaricia el pelo del bebé, tira de su labio para mirar el interior de su boca. Lo que sea que ve allí no le gusta, y sacude la cabeza con fuerza.

Eden toma al bebé y coloca el dedo de Ava en las encías inferiores.

—Pronto tendrá dientes. ¿Los notas salir? —El bebé agarra la mano de Ava y frota la punta de sus dedos contra sus dientes fantasma. Ava suelta una exclamación y se aleja arrastrándose. Cuando ve a Micah ahí de pie, le escala como a un árbol y choca la cara contra el lateral de su cuello.

Eden la observa, le observa.

—Tienes las manos vacías —dice.

—Ya viene. —Libera su pelo del agarre de Ava (necesita un buen corte de pelo) y la mece suavemente.

Los ojos de Eden no se achican, exactamente, pero la piel que los rodea se vuelve dura y tensa. Pero en lugar de apuntarle con la pistola, aparta la mirada.

—Si crees que una emboscada va a salir bien para vosotros...

—¡No! No, escucha, llegarán pronto con la comida. —Se queda a medio respirar cuando los dedos del pie de Ava se entierran en su ombligo buscando agarre—. Lo juro.

—Ahá. —Se coloca el portabebés en los hombros, y se coloca entre el bebé y Micah—. ¿Pero quieres negociar los términos?

—No... bueno, sí. Pero...

La mano de ella desciende hacia la pistola de nuevo, incapaz de escapar de su gravedad—. Te dispararé antes de dejar que se muera de hambre. O yo. ¿Crees que no he matado a tíos peores que tú?

—Creo que has tenido que hacer un montón de cosas. —Los ángulos de la cara de ella se agudizan: un zorro captando el olor de un oso; un visón que sabe que se ha activado una trampa—. Puedes tener toda la comida que quieras. Dirígete al sur, o al oeste, lo que sea. —Está abrazando a Ava con demasiada fuerza; ella se retuerce y él se obliga a relajar los brazos—. Pero también podrías quedarte aquí y ya.

Cuando Eden se ríe, suena como una pistola, aguda y explosiva.

—Porque es así de fácil, ¿verdad? ¿Baja la pistola y olvida que esto ha ocurrido? ¿Qué todo esto ha ocurrido?

Él se encoge de hombros.

—Por lo menos, bajar la pistola. Sí.

Ava mira por encima del hombro de él, ve algo en el pasillo y desciende. La atención de Eden la sigue, aunque su mirada permanece fijada en la cara de Micah.

—Así que, simplemente por tu corazón generoso. Un par más de bocas que alimentar. Más ropa y agua y...

—Necesito ayuda. —No quiere necesitarla; no quiere necesitar—. Necesito a alguien como tú.

—Necesitas a alguien como —le corrige ella.

—Vale. Sí. —La voz de Micah se quiebra—. Pero, ¿qué necesitas , Eden? Seguro que es algo que tenemos.

Su mano sigue sobre la pistola. Los tendones de su muñeca se retuercen, deslizándose como serpientes bajo la piel.

—¿Micah?

No ha estado pendiente de escuchar el arrastra de pies. Vee y Gabi se han detenido a buena distancia de él y Eden. Sus brazos luchan con el peso, y cuando Micah se gira para mirar, una patata cae de la boca abierta del saco de Vee y rueda hasta sus pies.

—¿Dónde...? —pregunta Gabi—. Las latas.

—Estamos intentando resolver eso. —Micah toma las latas de Gabi, y Gabi suspira ruidosamente con alivio; después mira con desconfianza a Eden y se retira. Vee dobla las rodillas y deposita las patatas en el suelo y la sigue.

El silencio de su marcha resuena en los oídos de Micah. Casi no puede oír a Eden cuando dice:

—Hay problemas en el mundo que solo se resuelven con violencia. Eres estúpido si no te das cuenta de eso.

—Sí, pero... —Techos con goteras, niños que vomitan. Cultivar girasoles y construir puentes—. Hay otros que no.

Ella no responde. Hay una postura en su mandíbula, sus labios sobresalen hacia delante; una actitud dura, así que a Micah le lleva más tiempo del que debería atravesarla y darse cuenta de que está asustada. Incluso detrás de esa pistola. Puede que porque está detrás de ella. No sabría decir.

Es normal estar asustado”, se recuerda a sí mismo. No cree que sea de ayuda decírselo a ella ahora mismo.

Algún día, la escuela primaria Grand Avenue se quedará sin clavos y sin cubos y bolsas de plástico. Algún día, puede que incluso ese día esté cerca, la escuela tampoco tendrá a Micah. Por ahora, durante este instante, está aquí, y tiene este rayo de esperanza de bordes afilados.

—Es difícil —dice—. Sé que es difícil. Pero está bien. Te enseñare cómo se hace.

Los orificios nasales de ella se ensanchan.

—Vale —dice, y chasquea la lengua—. Un tiempo corto. Mientras se me curan las ampollas. No estoy haciendo ninguna promesa.

Micah echa de menos a los adultos, probablemente siempre lo haga incluso cuando (si) se convierta en uno.

Tal vez hay una forma mejor de ser un adulto, una manera que siempre se devana los sesos por encontrar, y ¿no sería mejor dejar a su marcha algo así en lugar de simple acero?

Aimee Ogden ha sido profesora de ciencias y tester de software; ahora escribe historias sobre astronautas tristes y princesas enfadadas. Su trabajo ha aparecido en revistas como Clarkesworld, Analog, y Beneath Ceaseless Skies y sus novelas cortas "Sun-Daughters, Sea Daughters" y "Local star" se han publicado por primera vez en 2021 en Tor.com e Interstellar Flight Press, respectivamente. También cooedita Translunar Travelers Lounge, una revista de ficción espectulativa entretenida y optimista.

viernes, 9 de julio de 2021

Capítulo #36 - Polvo otoñal, de Cecilia Eudave

 

Polvo otoñal

por Cecilia Eudave

Para Karla Sandomingo

 

Después de pagar el taxi, que me dejó en la puerta del hotel, el chofer me lanzó una mirada inquieta. No comprendí el gesto inmediatamente. Supuse que se debió a mi silencio durante el trayecto o a que le di las instrucciones detalladas de cómo llegar en un papelito amarillento y quemado, a punto de desbaratarse; o tal vez percibió mi mano ennegrecida, reseca, que dejó pedacitos de piel en el billete que recibió asombrado. Posiblemente fue mi rostro extremadamente maquillado, semejante al de una máscara japonesa o a la cara de una Geisha que reprime toda expresión.

—¿Le ayudo a bajar su equipaje?

Asentí con la cabeza y él rápidamente sacó de la cajuela mi maleta pequeña. Al verla tan minúscula, tan insignificante, tan apenas con lo necesario, me di pena. Contrastaba con mi bolso de mano inmenso, y ni siquiera sabía qué había echado dentro, ni por qué pesaba tanto. Ya no puedo llevar peso, mi cuerpo se está derrumbando. Aún así insisto en quebrantarme los huesos como si con ello acelerara el proceso que me derruye.

Quise darle una propina; no la aceptó. Quizás observó las uñas amoratadas, no por el frío de esa tarde otoñal, sino porque estaban a punto de desvanecerse en cuanto llegaran a la opacidad necesaria para extinguirse, y sintió un poco de repulsión. No sé si ésta sea la palabra adecuada para nombrar lo que provoca mirarme. Creo que en realidad tuvo miedo, el pobre joven, de contagiarse de algo. Y yo no pude explicarle, ni sonreír siquiera —hacía tiempo que si estiraba de más los labios se agrietaban las mejillas— para que esa sensación lúgubre de estar casi depositando un cadáver en ese decadente hotel no se fijara en su cabeza.

—Si quiere puedo llevarle las cosas hasta la recepción.

El chico lucía asustado pero al mismo tiempo un dejo de piedad o humanidad se desgajaba de sus ojos. Tenía los dientes apretados a pesar de disimularlo con una sonrisa amigable. No sé porqué los ancianos damos pena, tristeza. Moví la cabeza negativamente, sintió cierto alivio, subió rápido al auto. Antes de partir agitó su mano como si se despidiera de un pariente o de un recuerdo.

Nunca fui un ser empático. «Naciste muy callada», dijo mi madre. «Eras una niña solitaria», me comentaron mis hermanos. No sonreía mucho y eso alejó a los muchachos. No fui atrevida, afirmaron mis amistades; unas cuantas que con el tiempo están ahí más por lástima que por afecto. Y por si aquello no bastara, todo lo que toco se reseca, se desbarata en polvo. Esta condición la heredé de mi abuelo paterno. Él la tuvo, y sobrellevarla lo hizo un tipo difícil, hosco, porque debía contener la desdicha de convertir lo que tocaba en miseria quebradiza. Lo casaron con la abuela, que era toda ilusión y anhelo. Él pensó que sería una buena medicina, aunque no le gustara ni le provocara deseo alguno. Nunca la acarició con ganas ni a ella ni a nadie. Cumplía sus deberes maritales quién sabe cómo, quizá abandonando su cuerpo a las manos de una esposa aferrada en devolverle algo que de antemano sabía perdido. A mi madre la miraba con cierto cariño, sorprendido de no haber secado ese diminuto pedazo de carne. Intentaba, afanosamente, abrazarla con afecto, siempre con el cuidado de no hacerlo con tal fuerza que llegara a romperla, buscando en ella una razón que no lo llevara a agotarlo todo, a desbaratarlo todo, con el único fin de sentir algo. La paternidad le hizo bien por unos años, muy pocos, los suficientes para comprender que necesitaba alejarse de ella o la contagiaría de ese mal, casi condena, que viene a veces como legado familiar; esa clase de emociones endémicas que se confieren como herencia.

Por ello el señor Fiore, a los treinta años, dejó una viuda y una hija a manos de su fortuna para ahogarse misteriosamente en un mar calmo. No sin antes haber secado la casa familiar, los jardines, varias empresas y el futuro de su familia en una apatía estremecedora. La abuela salió adelante como pudo, se le marchitó el cuerpo yendo de un lado a otro añorando consuelo. Por lo menos yo no fui madre. Suspiré. Pero no por eso ni por el destino de mi abuelo, sino por someter y haber sometido a tanta gente a mi tristeza, a esa cosa que me nacía por dentro, me mataba los deseos, la alegría, la intrepidez que se necesita para vivir.

Arrastré la maletita y acomodé el bolso. Antes de entrar a registrarme me senté en una banca próxima. Busqué la reserva que me hizo un sobrino. Le resultó extraño que quisiera irme a un lugar en medio de la nada, entre fronteras, en otoño, cuando hace un viento que asusta a los huesos y los hace crepitar constantemente. Le pareció absurdo que no eligiera un sitio paradisíaco, lleno de gente como yo, que con la pensión miserable, pero pensión al fin, de pronto pueden pagarse las vacaciones de su vida. Pero más le sorprendió que sacara todos mis ahorros, hiciera un viaje tan cansado, tan complicado y sin sentido, para instalarme indefinidamente en ese hotel caduco y deslucido. Vimos juntos las fotos del recinto, «por lo menos es limpio, tía Francesca». No requería de nada más. De las disponibles elegí la habitación más austera. Pedí incluso que retiraran un par de cosas que me parecían innecesarias: el tocador con un espejo y una cajonera oscura. Nunca me veo en los espejos, me deprimo. No tengo muchas cosas que guardar, ni siquiera recuerdos; el paso de mis días fueron absolutamente prescindibles; estar o no estar no hizo diferencia alguna en ningún momento de la existencia de alguien. También solicité que las ventanas no tuvieran cortinas.

Miré el jardín con algo de curiosidad. Me gustan los jardines en otoño, aunque los prefiero invernales porque así, cuando paseo y toco algún rosal, al que le quedan solo sus espinas, y lo seco, nadie lo nota. Sin embargo, la estación otoñal es mi favorita, pues nos anuncia que todo acaba convirtiéndose en hojarasca, en polvo, en ligero aliento de vida. Me sorprendí haciendo una leve mueca parecida a un esbozo de sonrisa. Quién iba a decirme que tendría que alejarme tanto de casa para comenzar a sentir una sensación parecida, supongo, a la tranquilidad; siempre he vivido entre zozobras, en la inquietud. Quién iba a pensar que vendría hasta aquí a hacer un recuento de mi existencia discreta, absorbida por una melancolía que no pedí y que agotaba a los que se me acercaban. «Mirarte es como mirar a tu abuelo y sentir sus manos de granizo en la piel», comentó la abuela mientras percibía mi poco entusiasmo por las vacaciones, por la diversión, por el afecto.

Mi madre, en cambio, se aferró a contrarrestar mi condición con un entusiasmo irrelevante y ridículo. Pensó, ilusamente, que si ella era feliz por las dos, me curaría. Se negó a ver cómo a mi paso todo se ennegrecía y desmoronaba como tierra seca de baldío. Yo no era ni buena ni mala, era así y ella me quiso de esa manera por las dos. Su amor casi fue suficiente, por ello superé las expectativas de vida de la gente que nace triste y se va ensombreciendo más con el paso del tiempo,. Aunque, en el fondo de su corazón quizá pensaba, como todos, que viviría poco, que algún día iba a tomar un objeto punzante y, por pura curiosidad, abriría alguna de mis venas para descubrir si tenía sangre dentro; para saber si era roja, efervescente, vibrante y al hacerlo, sentiría alguna emoción, por más siniestra que fuera.

No fui curiosa. Ni sosa, ni iracunda, ni complicada... ni lloraba siquiera. No llevaba agua dentro, ni risas, solo un poco de voz. Con ella me arreglé el mundo, con ella me interné en un trabajo matemático y rutinario que logró sacarme de la casa familiar y permitió arrumbar mi sequía en un minúsculo piso de no más de cincuenta metros, con lo necesario para resistir. Y resistir es la palabra, aunque mi hermana me gritara egoísta o mi madre, ingrata. Resistí por ellos de algún modo, y porque sé que todos tenemos una fecha de caducidad por dentro. Violentarla no sirve de nada; si es tu hora, no regresas nunca más. En fin, he vivido lo suficiente a fuerza de voluntad, a pesar de que esta maldición familiar, con el paso de las generaciones, te debilita, para darme cuenta de que al caer la edad una puede cubrir mejor sus rastros, una puede pasar desapercibida y ser menos señalada. Al mundo le molesta la gente que está sin estar, los que no bailan ni sonríen, los que van de lado o se esconden entre el sueño y la vigilia, los que huyen todo el tiempo porque tienen el don de volver un funeral cualquier instante, cualquier vida.

Toqué la banca de madera oscura donde estaba sentada y comenzó a crujir: el frío de mi mano le confirió la dureza de lo que se va a reventar. Por dentro sentí todo el hielo y al mismo tiempo el fuego que me ponía febril por las noches, que pasó de ser una sensación esporádica a constante en los últimos meses. Ahora ya no podía disimular el desasosiego y los objetos explotaban en polvo como si ahí les depositara mi ira, como si tantos años conteniéndome, tratando de disimular, de ser condescendiente con esta condición infame, perversa, con este don inservible de convertir todo en polvo, en tristeza, me regalara, por fin, una emoción distinta al desencanto. «Así que esto es sentir algo luminoso», me dije.

        Con ese ligero entusiasmo, inusitado y curioso, intenté  levantarme de la banca. Por primera vez sentía algo distinto a la desazón. No pude hacerlo. Las piernas comenzaron a incendiarse en una combustión azul y blanquecina que me pareció hermosa. Se me aceleró el corazón. Logré dejar de lado el enorme bolso e impulsarme con los brazos, que comenzaban a calentarse, para caer sobre la tierra e intentar rodar. No pude pedir ayuda, tengo la lengua seca desde hace años, la voz también. Cuando caí, me rompí en dos sin llegar a despegarme completamente, facilitando al sol de ese mediodía otoñal cumplir su trabajo de convertirme en una pequeña fogata. No dejé de contemplarme, ni cuando los ojos, como el resto de mí, intentó elevarse por los aires como si fuera una ligera ceniza intentando liberarse. Fue cuando escuché al hombre de la recepción, que venía acompañado de un jovencito.

—Señorita Fiore, la estábamos esperando. Todo está dispuesto según sus indicaciones. Su habitación es la número quince, segunda planta, vista parcial al jardín. La ventana no tiene cortinas. Retiramos el tocador con espejo, también la cajonera. Esperamos que todo lo encuentre a su gusto.

Dicho esto, el chico tomó mis ridículas pertenencias, mientras el otro, con sumo cuidado, se arrodilló para incorporarme, pues ayudado de un escobilla recogió mis cenizas y las puso dentro de un frasco discreto de color azul como el mar.

 

Cecilia Eudave (Guadalajara, México) es escritora, profesora e investigadora, y ha estado ligada a la Universidad de su ciudad natal donde dirigió la Maestría en Estudios de Literatura Mexicana. Como narradora, ha publicado numerosos libros, fundamentalmente de cuentos y microrrelatos para adultos, aunque también lo ha hecho en el ámbito de la literatura infantil y juvenil. 

Entre su obra creativa se destaca: Registro de imposibles (cuentos, 2000, 2006, 2014), Bestiaria vida (novela, 2008, 2018), con la cual ganó el premio de novela Juan García Ponce, Técnicamente humanos y otras historias extraviadas (cuentos, 2010), Para viajeros improbables (microrrelatos, 2011), En primera persona (cuentos, 2014), Aislados (novela, 2015) y Microcolapsos (microrrelato, 2017, 2019). Escribe también cuento infantil: Papá Oso (2010) y recientemente Bobot (2018).

Recientemente en España la editorial Páginas de Espuma publicó Al final del miedo.


viernes, 25 de junio de 2021

Capítulo #35 - Estamos aquí para ser abrazadas, por Eugenia Triantafyllou

 


Estamos aquí para ser abrazadas

por Eugenia Triantafyllou


La primera vez que tu madre te traga entera en realidad no lo ves venir. Es una tarde de otoño y has vuelto del colegio, de los juegos, de la compañía de los niños y las niñas, confiada. Has escuchado los rumores, claro. Los niños que un día juegan a tu lado y al siguiente, desaparecen. Los adultos que atraviesan el mundo arrastrando los pies como recién nacidos, con los ojos vacíos, hambrientos, con andares vacilantes.

Aun así, no pensaste que te pasaría a ti.

Antes de que te devore, Madre te mira fijamente con una mirada impenetrable. Impenetrable porque todavía no has dominado el arte de leer las expresiones de tu madre.

—Todavía no estás preparada para nacer —te dice Madre—. Así que te guardaré aquí, en mi boca, hasta que llegue el momento. 

Lo que pasa es que, ya habías nacido una vez, hacía doce años. Estás segura de ello, aunque no te acuerdes del todo. Tratas de decírselo a Madre, pero su boca te envuelve por completo y desde todos lados. La piel que rodea tu cuerpo enroscado es pegajosa, está caliente y aísla. Tus palabras se ahogan en la garganta de tu madre, descienden deslizándose por su esófago, un lugar al que no quieres ir. Así que te aferras con fuerza a los bultos carnosos que son las amígdalas de tu madre y rezas porque el momento de tu segundo nacimiento llegue pronto, como el despertar de un sueño.

sábado, 12 de junio de 2021

Capítulo #34 - Poetas Astronautas, de Carmen Lucía Alvarado

 


Poetas astronautas

por Carmen Lucía Alvarado


Todos los poetas quisieron ser astronautas primero

pero el mundo fue demasiado real

y el universo demasiado gaseoso

para poder penetrarlo con su miseria

todos los poetas quisieron tener telescopios

que develaran que la fantasía es algo

que se mueve ciegamente en la nada

todos los poetas señalaron a las estrellas

y nombraron constelaciones

en lugares que no existen

todos quisieron viajar a la velocidad de la luz

esconderse en la nebulosa de Orión

ser tragados por agujeros negros

declarar que dios no es un viejo que vive en el

cielo

porque el cielo es la versión ridícula

de la vastedad del universo

de la inmensidad

y de la eternidad

todos los poetas quisieron contar en cuenta

regresiva

y despegar al vasto desconocimiento

el desconocimiento los despegó a ellos

y ahora escriben pequeñas cartas a su amada

fantasía

viernes, 28 de mayo de 2021

Capítulo #33 - Los últimos, por Premee Mohamed


Los últimos

por Premee Mohamed

Erik se balanceaba sobre uno de los menhires en la playa de guijarros negros cuando los ancianos le contaron que su padre había muerto. Ahogado, dijeron. Allí por el fiordo Sampson. Lo mató el Viejo Azul.

La oscuridad le atrapó, y se precipitó sin huesos de la piedra; le atraparon y le tumbaron sobre las algas empapadas de la línea de marea. El anciano Erde le levantó los tobillos en el aire con una mano. Los amigos de Erik se detuvieron sin curiosidad y después se alejaron.

—Quiero ver el cuerpo —dijo Erik.

—No —respondió Erde, pero Saba señaló al refugio de observación. Erik corrió torpemente sobre las piedras redondeadas por las olas y encontró a su padre aplastado y gris-azulado por el frío, como el cielo. El chico cayó de rodillas y lloró.

*

Cuando regresó a casa, su madre le habló de la otra muerte. Habló despacio, dándole vueltas a una gaviota sobre el fuego, la cara girada para apartarse del humo aceitoso. El padre de Erik había sido el primero que la marea había traído, pero Nafeez había estado con él. Los cuerpos habían regresado antes que los barcos. Las corrientes que rodaban la aldea eran precisas, regulares y crueles.

—Ahora sólo queda su hijo —dijo ella— y tú.

viernes, 14 de mayo de 2021

Capítulo #32 - Ruido blanco, de Laura Ponce

 

Ruido blanco


por Laura Ponce

 

 

A Mary Shelley

 

 

 

Cuando acepté la comisión que me trajo a este planeta, un cuerpo helado y pequeño, en los límites del espacio cartografiado y sin más interés científico que la investigación de patrones de congelamiento, creí que estaba condenada. Todavía abrigaba aspiraciones de reconocimiento y trascendencia, incluso esas pretensiones de servir a la humanidad que otros podrían considerar pueriles o tan fuera de época. No se trataba de mi primer viaje a la Periferia ¾ya conocía el aislamiento, el encierro, el trabajo tedioso y las jornadas interminables sin más compañía que los miembros del equipo a mi cargo¾, pero sentí que me encaminaba hacia la experiencia más desabrida de toda mi carrera. No podría haber estado más equivocada.  

Nueva comisión, nuevo equipo. Cinco esta vez. Ramírez, Kosinsky, Label, Kimura y Sánchez. El pequeño hato de inadaptados de siempre, la clase de gente con la que nadie quiere trabajar. Bah, el muerto se asusta del degollado... Como si yo misma pudiera encajar fácilmente en cualquier lugar. Por algo fue el único contrato que me ofrecieron.  

Nos establecimos en esta base aislada y diminuta, enclavada a un lado de los montes, en la orilla del mayor de los glaciares. Se suponía que relevaríamos al equipo anterior, pero no había nadie cuando llegamos. Y empezamos con los estudios.

viernes, 30 de abril de 2021

Capítulo #31 - La cocinera, por C.L. Clark

La cocinera

por C.L. Clark


La primera vez que la veo, apenas es un vistazo. Estoy de pie en el salón común de la posada y les otres guerreres se sientan a horcajadas en las sillas y piden cerveza a gritos. Mientras unos buscan a una moza o mozo tabernero, unas mejillas que pellizcar, una vida a la que aferrarse, mi estómago ruge con el gruñido de un monstruo. Debería estar muerta: así de feroz es el rugido. Huelo el cordero asado, el estornudo inconfundible de los granos de pimienta recién molidos y el ajo, pero está todo oculto tras la puerta de la cocina.

Una mujer maldice y se ríe y maldice de nuevo desde esa cocina, y un mozo sale haciendo equilibrios con varios platos trincheros llenos de pan sobre los brazos. Detrás de él, la veo limpiarse las manos sobre las curvas medidas de sus caderas. La parte posterior de su cabeza está cubierta de pelo corto y negro. Toma un cuchillo de plata antes de que la puerta se cierre de golpe tras el mozo y el pan llega a mi mesa y no queda espacio en mi cabeza para nada más. Pero cuando me he llenado hasta reventar, escucho su risa de nuevo y no estoy segura de si me lo he imaginado o no.