domingo, 18 de septiembre de 2022

Capítulo #60 - La Matina, de Marilinda Guerrero Valenzuela

 

La Matina

por Marilinda Guerrero


Gracias Gatito

Mi abuelo era un ser híbrido. A veces lo recuerdo alto, otras bajo, ni alegre ni amargado. Su mirada estaba marcada por unos ojos delgados, pequeños y oscuros que me hacían tartamudear.  Sus manos largas con venas marcadas simulaban ser garras. Intimidaban mucho cuando las empuñaba. Su rostro y orejas alargadas, arrugas en la frente, pocos dientes al reír. Me recordaba a un coyote enfermo, de andar lento. La joroba (no la vida) lo había hecho agachar la mirada. No tengo recuerdos de salidas con el abuelo. Los que tengo son recuerdos ajenos que me contaron.

Recuerdo la pequeña casa de esquina de mi abuela, sus muros rajados y pintura cubierta de smog por los buses que pasan por el sector. Tenía su encanto a pesar de sus puertas a medio terminar, montones de periódicos en el suelo, olor a café,  grasa de carro, la oscuridad que me envolvía cada vez que entraba de la calle. Una pequeña luz que iluminaba la entrada al patio central marcaba el camino al patio donde mi abuela improvisó un pequeño cuarto hecho a base de pedazos de madera y, ahí dentro, llegaba a dormir a veces el abuelo. Cuando sabía mi abuela que él llegaría, desde la mañana se iba al mercado y se dedicaba a preparar con tiempo su comida habitual: frijoles, arroz y plátanos fritos. Todo giraba en torno a su llegada, el silencio, el orden. Cuando él entraba, me veía, se acercaba con una sonrisa forzada y me daba unos pequeños pero dolorosos toques con sus dedos pulgar y anular ¡No se queje patojo, esto no es duro, aprenda a aguantar el dolor, sea hombre! Luego se echaba a reír.

Mi abuela era la tercera mujer de mi abuelo. Pasaba la noche en casa de ella porque quedaba de camino la casa de la señora Constanza, la otra mujer de mi abuelo. A mi tía Matilde no le molestaba la situación de convivencia de mis abuelos, parecía no importarle muchas cosas. A mi mamá y a mí nos encabronaba ver a mi abuela correr para atender a un señor que nunca estaba, sobre todo porque no intentaba interactuar, solo entraba, comía y se encerraba en ese cuarto improvisado de madera.  Muchas veces, sin que nadie lo notara, me acercaba al cuarto para espiarlo desde unas estrechas rendijas que se formaban entre los trozos de madera. A veces se echaba solo a dormir. Pero la mayoría del tiempo lo veía sacar un baúl oculto bajo su cama que, al abrirlo, parecía sacar zapatos, ropa, un machete, muñecos pequeños. Algunas veces los olía o leía un pequeño cuaderno. Luego guardaba todo de nuevo, lo cerraba y metía debajo de su cama, se ponía su traje de policía, su casco y se veía frente al espejo con una sonrisa de coyote viejo orgulloso.

Mi tía Matilde usaba una pierna falsa y cada vez que llegaba de visita, en el comedor, se la quitaba para recostarla sobre la refrigeradora mientras ventilaba lo que le había quedado de muslo. Le había puesto . Mi tía creía que la Matina tenía sentido del humor. Yo, la veía contarle chistes y reírse frente al aparato ortopédico. Al morir la enterraron sin ella y mi abuela guardó a la Matina sobre el ropero de cedro que alguna vez fue propiedad de mi bisabuela, cosa que a mi abuelo le disgustó. Con gritos notificó que no le gustaba que anduviera en la casa la pierna de una muerta que podía molestarlo por las noches. Mi abuela por primera vez le alzó la voz. Respondió que ahora ya sabía lo que ella sentía con la presencia de ese baúl que guardaba bajo su cama. 

Esa misma noche, en el sueño, creí escuchar una risa. Al abrir los ojos me percaté que parecía la risa de mi tía. Tomé la linterna que estaba sobre mi mesita de noche (seguido cortaban la luz en el sector) y bajé de la cama. Vi a la Matina en el patio, frente a la puerta del cuarto de mi abuelo. Ella, volteó a verme y comenzó a dar pequeños brincos hacía mí. Me tiré al suelo protegiéndome con las manos. Sentía a la Matina respirar, reír, sus dedos rozaron mi piel. Me oriné sobre el pantalón de dormir. Entonces mi abuela gritó y me sacudió “mijo qué pasa, te orinaste”. Abrí los ojos y vi que no era la Matina la que me tocaba sino mi abuela asustada. De nuevo en el cuarto, me dije que la Matina no era más que una pierna de muñeca que le había pertenecido a una mujer que era mi tía, que no me podía asustar porque que yo recordara no le había hecho nada malo, a excepción de un par de veces que no la saludé. Pero si había sido real lo que había visto, algo había en el cuarto del abuelo que la había hecho querer entrar. 

Al día siguiente mi mamá descubrió el cuerpo de mi abuelo muerto. Hizo los arreglos necesarios para que se lo llevaran lo más pronto posible. No quiero a este señor más en la casa, dijo. En la funeraria se sintió un ambiente de alivio, llegaron las mujeres de mi abuelo. Lucían relajadas, como si les hubieran quitado un gran peso de encima. Mi abuela estuvo un par de horas y se marchó a casa a vaciar el cuarto improvisado de madera. Guardó el baúl debajo de su cama, dijo que no sabía dónde poner esa cosa, que por ella lo tiraba pero no podía hacerlo. 

Las conversaciones en casa trataron de no girar alrededor de la muerte, el único que no lo entendía era mi tío que se empeñaba en incluirlo cada vez que hablaba de sus épocas de gloria de policía. Mi abuela le decía “vos porque no sabes qué era vivir con tu papá es que lo vives recordando”. Mi tío no hacía caso y continuaba hablando de lo elegante que se veía cada vez que usaba su uniforme de policía, que “antes sí se respetaba la ley, no como ahora que todo está contaminado, los policías son unos huevos tibios, ya no se hacen las cosas como antes”.

Después del incidente con la Matina  me subí con un banco al ropero, la bajé, saludé y creí ver cómo los pliegues en las rodillas esbozaron una sonrisa de agradecimiento por bajarla de ese sitio lleno de polvo y bolsas con ropa vieja. Mi abuela al verme dijo que ya estaba igual que mi tía Matilde y río. Una tarde que mi mamá y abuela me dejaron en la casa y se fueron al mercado como costumbre, bajé a la Matina del ropero y la llevé al comedor mientras comía una manzana. Me dijo que era el momento de abrir el baúl de mi abuelo. Pude ver en ella unos ojos muy serios, mientras lo decía.  Ambos sabíamos que había tiempo para intentar abrir ese candado. La Matina  señaló con su dedo pulgar mientras los pliegues de su rodilla decían “Jalá ese alicate”. Mi  papá me había enseñado muy bien el oficio de la herrería, sabía cómo abrirlo. Lo tomé, doblé una de las armellas para poder sacar el candado y así pude abrir el baúl. 

Nos encontramos frente a un montón de papeles, recortes de periódico, unas cuantas fotografías, en una de ellas, estaba mi abuelo con un traje azul, su pistola anclada a su cintura, muy recto, en posición de firmes. En otra foto estaba con el fusil y un casco que se ponía cada vez que lo veía verse frente al espejo. Mi abuelo había participado en la guerra del 44. Encontré machetes quebrados, zapatos, un libro de corte militar que albergaba varios muñequitos con dos banderas, pistolas, papeles y entre ellos una carta de la tía Matilde. La Matina se arrastró a mi lado, me pidió que la leyera, se apoyó en mi hombro y escuchó con mucha atención. Al terminar se movió hacia el lado izquierdo del baúl y me dijo que revisara un cuaderno viejo, deteriorado. Lo tomé, abrí y me encontré con muchos nombres de hombres y mujeres. A la par de cada nombre un procedimiento y fecha. 

25 de febrero 1300 aplicamos tonel durante treinta minutos, se le dejó un rato. Procedimos a aplicarle el martillo. Tres uñas extraídas. 1900 aplicamos capucha. 2000 receso. 0300 fin del interrogatorio. Procedimiento normal de cierre. No dijo nada útil. 

Era un cuaderno lleno de nombres, horas, torturas realizadas. Entendí porque las mujeres de mi abuelo lo aguantaban, le tenían miedo. Entendí porque sus manos me atemorizaron tanto así como su mirada. Creí escuchar aullar a un coyote. En algunas descripciones se veía cómo algunos no habían aguantado el procedimiento. Recordé que a mi abuelo le gustaba oler la ropa que estaba ahí, los zapatos que eran de distintas tallas. Sentí escalofríos, unas punzadas que me recordaron a los dedos de mi abuelo fueron presionando mi cuello, lo rodearon, apretaron, su fuerza me alzó al aire, no podía respirar ni defenderme, por un momento, cedió la presión, mi cabeza comenzó a latir muy fuerte, sentí la respiración de alguien en mi oído, algo que parecía olfatear para asegurarse si estaba vivo. Cuando quise abrir los ojos, la presión volvió a instalarse en mi cuello, abrí la boca para respirar, mis ojos se abrieron, una neblina cubrió mi vista, una oscuridad me tenía alzado en el aire, cuando empecé a perder el conocimiento, La Matina se tiró hacia el baúl cerrándolo de un golpe y caí al suelo desmayado. Cuando regresaron mi abuela y mi mamá se horrorizaron al verme tirado, con los ojos abiertos viendo hacia el baúl de mi abuelo y unas marcas de quemadura en el cuello. Cuando decidieron quemarlo, yo tenía a la Matina entre mis brazos. La abracé con fuerza, pedí que no la tocaran nunca, que era mi amiga. 



Marilinda Guerrero Valenzuela (Guatemala ciudad, 1980)

Escritora, titiritera, narradora oral.

En narrativa publicó Relatos de sábanas (Letra negra, 2011), Escenarios de un mundo paralelo (Letra negra, 2012) Voyager (subversiva 2015) Cuando las flores aprendieron a bailar polca (Zopilotes 2020 ) Trampas para bosques (Saqarik, 2021) 

En literatura infantil y juvenil publicó la novela corta Odisea de tres mundos (Santillana, 2016) Sector 23 (Editorial Cultura, 2019) Obtuvo mención honorífica en la rama de literatura juvenil por su cuento Sector 23 en el primer concurso de literatura infantil y juvenil Marilena López (2017)

Es fundadora de la revista de ciencia ficción Exocerebros, actualmente tiene una columna, “El huevo rojo” en el periódico digital gazeta, donde habla sobre la ciencia ficción publicada en Guatemala que ha ido encontrando. Ha sido publicada en antologías latinoamericanas y España.

Forma parte del círculo de narradores orales latinoamericanos (CIRNAOLA), participó en el primer encuentro de narradoras orales Las Lobas en Tegucigalpa, Honduras (2018), participó en el 33 encuentro de contadores de historias en Buga, Colombia (2019), participó en el XVI festival internacional independiente Titiritlan Guatemala (2022)






viernes, 26 de agosto de 2022

Capítulo #59 - Las Matemáticas del País de las Hadas, de Phoebe Barton

Las matemáticas del país de las hadas

por Phoebe Barton



Si tuvieras un motor de curvatura, sería fácil. Las matemáticas son raras de la misma forma que las líneas ley son raras: invisibles pero adivinables. Has logrado escalar montañas más adustas, dedo a dedo. Ya has realizado las compensaciones para el movimiento estelar, la curvatura espaciotemporal y la congruencias hiperespaciales. Has tachado cientos de ecuaciones escritas con tinta de un azul frío como el de los jacintos y las has amontonado en un calcetín de punto bajo la cama, un lugar donde solo a Berenice se le ocurriría mirar. Las ecuaciones que te dirían exactamente dónde tienes que cortar para crear un agujero entre mundos, si tuvieras el cuchillo correcto. Podrías traer a Berenice de vuelta a casa.

No tienes un motor de curvatura. Sería más fácil conseguir una bomba nuclear, y lo has comprobado: siempre hay demanda de los modelos de menos de un kilotón entre los mineros de asteroides. Los motores de curvatura están encerrados detrás de más llaves que las princesas de las torres y por un buen motivo. Los motores de curvatura son monstruos encadenados dentro de prisiones de niobio, con garras que rompen y desgarran el espacio-tiempo. Nunca antes te habían dado miedo, pero siempre te habían infundido respeto. 

Pero eso era antes. Antes de que dejaras de pensar en lo que debió ser que aquel monstruo se girara, gruñera y arrastrara a tu Berenice hacia un agujero que desapareció en la oscuridad. Si tuvieras un motor de curvatura podrías seguir, llevando al menos una luz menguante. Al fin y al cabo, sois la princesa de la otra.

Hay una alternativa además de los motores de curvatura y las bombas nucleares. Los cuentos antiguos dejan muy claro lo que las hadas cobran por ayudar, pero solo el coste de vivir es insoportable. Así que te arrodillas en los jardines de la estación y le hablas en susurros de tu desesperación a los botones de oro, al mismo tiempo esperanzada y aterrorizada por si tus palabras se abren camino hasta el País de las Hadas. 


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Es un lugar intermedio, Puerto Psique, una estación espacial en la que los jardines florecen en el interior de un casco pulido. Bajo ella brilla el asteroide 16 Psique, una montaña voladora de hierro frío que ningún hada podría tocar y seguir viviendo. Mas allá, el hueco vacío, vasto y abovedado entre los asteroides y la tierra. 

Sabes que eres la única aquí que cree que las hadas son reales, así que has enterrado tu verdad bajo expectativas. Eso, al menos, se te da bien. Tu título oficial es Especialista en Operaciones de Hardware, pero preferirías pensar en ti misma como una herrera. Tus herramientas son diferentes, fabricador y versa en vez de yunque y martillo, pero el objetivo es el mismo.

La jardinera, Mariko, es una recién llegada a la estación. La ves por el rabillo del ojo cuando te agachas en el jardín y susurras los nombres de las hadas, vocales ácidas y consonantes de obsidiana. La ves ponerse de rodillas con reverencia frente a los botones de oro. Después de un tiempo empiezas a preguntarte: Puede que ella también conozca los nombres de las hadas. Puede que no pueda dejar de bailar entre las flores. Puede que crea. 

Por lo menos no te es difícil sacar el tema a colación. La jardinera tiene el aspecto alto, cuadrado de piel oscura de una marciana. Les marcianes ahora llaman a sus hadas gremlins, pero nunca fingieron que las hadas no les seguían.  

—Es lo que tiene Marte —dije la jardinera, con su voz fértil y margosa—. Hay demasiado polvo y falta aire. Pero eso no nos impide construir trampas para gremlins. Si quieres, te enseño.

Hace falta ser un tipo especial de hada para vivir en Marte, sin pisadas que seguir y con una tierra que es mitad veneno, mitad hierro frío. Son las hadas que aprendieron a destrozar los motores de los aviones con los dientes, a hacer arder los cables de control con una mirada, y cuando las primeras sondas a Marte despegaron, los gremlins fueron con ellas. En la Tierra, son un fastidio; en Marte, con sus praderas dentro de burbujas sobre planicies hostiles, son cataclismos. Pues claro que les marcianes habían desarrollado sus habilidades para atraparlos.

—Gracias —dices. Después de todo, siempre existe la posibilidad de que una nave llena de gremlins atraque en Puerto Psique.

Una trampa para gremlins, te cuenta, es sencilla: la forma prevalece por encima de la función. Engranajes que no están conectados a nada, circuitos que se cierran sobre sí mismos, interruptores que se apagan solos. Hazlo lo suficientemente complicado y los gremlins acudirán en manada y mientras tratan de averiguar cómo hacerlo pedazos, no se dedican a hacer pedazos el sistema de mantenimiento vital. Una vez deja de funcionar, entonces es cuando lo sacas y lo aplastas con un mazo, y a todos los gremlins atrapados con él. 

—Claro, es mejor cuando entiendes a los gremlins como una metáfora —dice Mariko—. Pero eso no lo hace menos cierto, ¿verdad?

El proyecto te proporciona una distracción, al menos. Nunca hacías este tipo de actividad con Berenice y a esta distancia del sol, puedes distribuir los engranajes para que eclipsen tu dolor. Aun así, te preocupas. No eres marciana; tu comunidad nunca se preocupó por los gremlins. ¿Acaso hablan los gremlins, a los que les interesan tanto la tecnología y las máquinas, con las hadas?

Entonces es cuando te das cuenta de que hay una alternativa. No tiene sentido susurrarle a los botones de oro: ningún hada querría encapricharse de algo tan alejado de las verdes colinas de la Tierra. La trampa para gremlins es una parte, no un todo. 

Entonces te das cuenta de que también necesitas construir una radio.


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Es difícil hacer que las ondas de radio fragmenten el espacio-tiempo de la forma en la que lo hacen las naves. En casi doscientos años de libertad más rápida que la luz, nadie ha logrado descifrarlo. Los puntos de curvatura permiten a las naves navegar a su través intactas, pero nunca ha habido una emisión que no se haya recibido como un crujido mezclado, indistinguible del eco del comienzo de todo. Lo único que puedes hacer es esperar que nadie haya intentado esta solución en particular todavía, y por eso lo siguen llamando imposible.

Al menos sabes dónde puedes hallar un respiro de tu lucha. En tus sueños, bailas con Berenice entre las saxífragas y las bocas de dragón. Ojalá fueras una oniromance, así podrías pedirle disculpas aquí. Esta noche te sientas con ella junto a un estanque cristalino y sigues el recorrido de los capacitores y las antenas en el agua clara e inmutable.

—Podrías quedarte aquí —dice Berenice, pero no es Berenice en absoluto. Es el reflejo de ella que vive en tu cabeza, el disfraz que construiste a partir de momentos dulces y de calidez, de besos que permanecen y de todas las veces en que hablasteis de mudaros a Venus para que un día durara tanto como un año—. Estaríamos juntas. ¿No es eso lo que quieres?

—Te quiero a ti —dices. Cuando la besas, sus besos son niebla y su aliento es un susurro distante—. La tú que va a ascender de la oscuridad. No a tu eco.

—Estás muy segura de que existe una escalera. —Berenice hunde dos dedos en el estanque, los hace cortar el diagrama de un circuito, los presiona contra tus labios. No tienen peso, no tienen presencia—. ¿Qué pasa si no existe?

—Nunca hay un no existe —dices, aunque tienes que forzar las certezas—. Las hadas lo sabrán.

—Las hadas son leyenda. Mitos. ¡Fantasía! —Berenice te mira fijamente a los ojos, y tú le devuelves la mirada a las dudas que has mantenido reprimidas durante tanto tiempo. Sus ojos son negros como el espacio, moteados con indicios de estrellas—. Estás buscando en la oscuridad. 

—Entonces me abriré paso escuchando. —No debería suponer mucho. El latido del corazón de Berenice debería ser suficiente. Si el sonido pudiera atravesar el espacio, estás convencida de que podrías oírlo a través del sistema solar—. Lo que haga falta para abrir el camino.

La melancolía del sueño persiste después del despertar, y afila el resplandor amargo que cubre tu lengua. Pero no importa. Aquí, en el espacio, no existe un momento en el que no estés cayendo. 


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Construir la radio no lleva mucho tiempo; no has sobrevivido tanto tiempo en Puerto Psique y en lugares similares siendo una mujer sin habilidades. Es un desafío, comparado con la simplicidad compleja de la trampa para gremlins, y estás ansiosa por mejorarla. Forjas una caja de hierro frío para atemperar las voces tentadoras de las hadas. Alrededor de los circuitos entretejes patrones de seda de araña, para rasguear suavemente los impulsos que atraviesan la red del universo. Tallas una segunda antena con la rama de un serbal, para que guíe tus palabras de forma directa y fiel a la verdad. 

Terminas el trabajo trescientos cuarenta y tres días después de que la embarcación científica Tabetha Boyajian pusiera en marcha su motor de curvatura en el espacio ordinario y desapareciera, llevándose a Berenice y a todos sus compañeros de tripulación en un viaje que jamás habían previsto. Nadie sabe a dónde va una nave que se curva en el espacio ordinario. Tal vez (esperas) fueran al País de las Hadas. 

—Es un diseño fantástico —dice Mariko cuando se lo enseñas. Se lo tenías que contar a alguien, y de todas las personas a bordo de Puerto Psique, estás segura de que ella es la única persona que podría comprenderlo—. Sé que este es un periodo difícil. Si necesitas hablar, estoy aquí. 

—Necesito hablar con el País de las Hadas —dices—. Alguien allí sabe lo que ocurrió. Alguien me escuchará.

Hay muchas frecuencias que probar, pero no pasa nada. Einstein captó un vistazo del País de las Hadas cuando entendió la relatividad. Fuerzas el borde afilado de la experimentación entre tus responsabilidades y la amartillas con verdadera fuerza de herrera. Todas las noches, una vez ha terminado tu trabajo, te la llevas al jardín y escuchas. A veces escuchas voces, bajas y arenosas y débiles, los códigos de los transponedores de las naves espaciales, o las balizas de rescate gritándole al vacío. 

No captas ni un susurro del País de las Hadas. Nada más que murmullos y ecos que rugen en voz baja, como si estuvieras escuchando al mundo desde el otro extremo de un sueño.


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Una vez terminaste la trampa para gremlins, Mariko la depositó en el centro de un círculo de piedras pequeño en el módulo del jardín. Es allí donde te encuentra, agazapada con un martillo, esperando a que el último de los mecanismos se detenga. Todavía sientes que es un desperdicio hacerlo pedazos, pero ¿qué sabrás tú? Tú no naciste con polvo rojo en tus pulmones. 

—Has hecho un trabajo excelente —dice Mariko—. Definitivamente calidad marciana. Espero que te sirviera para distraerte un poco. ¿Estás bien? 

Su tono es denso y dulce como la mermelada, y te deja con una sensación pegajosa. Se comporta como si lo entendiera, pero a menos que su pareja desapareciera por un agujero negro, no puede entender nada.

—Estaré bien una vez haya terminado todo esto —dices—. Hasta entonces, tengo que trabajar. Las hadas no se revelan ante cualquiera, ¿sabes?

—Hadas. —Mariko toma aire tan profundo que podría durarle el resto de la vida—. Me preocupas, ¿sabes? Creo que necesitas ayuda, de verdad. 

—Puede, pero no del tipo que estás pensando. —Pasaste una evaluación psicológica completa antes de unirte a Puerto Psique y tienes controles con un terapeuta virtual cada dos semanas. Ha sido suficiente para mantenerte con los pies en la tierra, aquí donde la tierra es metal giratorio—. Estoy bien. Prometido.

—Tan bien como el polvo marciano en tus pulmones, puede. —Mariko se arrodilla y te ofrece su mano—. Si de verdad quieres rescatarla, necesitas rescatarte a ti misma primero. 

—¡Yo no soy la que está perdida! —No puede entenderlo. Solo un puñado de personas en la galaxia, la docena o así que perdió a gente que estaba a bordo de esa nave, tal vez podrían—. Me estás pidiendo que me aleje del pozo en el que estoy sosteniendo una cuerda.

—Estás al borde de caer tú también. —Mariko cierra los ojos, y te encuentras preguntándote si ella te agarraría o te dejaría caer rodando por el borde—. Todes estamos aquí para ayudarnos mutuamente. Déjame ayudarte. Por favor.

Estás dividida entre diferentes posibilidades. Un grito enfadado, una explicación calmada, un torrente de lágrimas: hay caminos para todas ellas, pero no hay caminos que lleven al País de las Hadas. El bosque aquí está demasiado asalvajado y es demasiado oscuro. Puede que ya estés perdida.

—Puedo ayudarme a mí misma —dices—. Déjame en paz, por favor.

Mariko guarda silencio durante un instante, después suspira y se aleja. Ahora el mundo puede contraerse en lo que necesitas que sea: el verde calmado del jardín, la trampa para gremlins frente a ti, y el martillo entre tus manos. Es sólido, presente, sustancial: todo lo que el motor de curvatura te robó. Ahora no es ni una herramienta ni un arma, sino tu resolución cristalizada y forjada, y la trampa está llena no solo de gremlins, también tiene las ansiedades y miedos que has vertido en su interior.

Pruebas el peso del martillo, experimentas, entonces acabas con ello y golpeas. La trampa se hace pedazos bajo la fuerza del golpe. Muelles y bobinas e interruptores se desmenuzan y salen disparados, atravesando la suave hierba formando una constelación de escombros. 

No hay señales de trozos de gremlins por ningún lado. No importa lo fino que cribes, solo encuentras esquirlas de metal.


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Te lleva algo de tiempo averiguar las condiciones adecuadas, pero la respuesta siempre ha estado ahí, esperando a que la encontraras. En la Tierra, las auroras brillan tan al sur como el Mediterráneo. Una nueva tormenta oscura se ha formado en los cielos de Neptuno, y un número auspicioso de manchas solares han aguantado durante siete días ya. Estás segura de que hay un mensaje codificado en todo ello, y te zambulles con un salto alado en el trabajo.

Reduces el rango de frecuencias (¿habría hadas escuchando alrededor del bebedero?) y estableces horarios de emisión óptimos; equilibras la distribución planetaria y los momentos de suerte y todos los otros trucos que necesitas para hablar de forma segura con las hadas con más ecuaciones en tinta color jacinto. 

Cuando llega el momento, te pinchas el dedo con una aguja plateada y embadurnas la parte frontal de la radio con la sangre. Tu fuerza vital debería darles poder a tus palabras para atravesar el velo. Hablas con confianza, con amor asfixiante, con decisión congelada. Tejes un tapiz de tu dolor de lo más convincente con las palabras elegidas muy cuidadosamente, tanto que hasta el hada más distante y despiadada se vería obligada a sentir. 

No escuchas nada. Ni siquiera el siseo quedo que es el eco de todo lo que empieza. Permaneces encogida sobre la carcasa de hierro frío durante horas, recorres con los dedos la antena de serbal, y sigues sin oír nada. Una mujer menos fuerte se daría por vencida ahora, pero tú no eres una mujer débil. Tampoco lo es Berenice, ni nadie de los otros que fueron arrastrados cuando la nave espacial desapareció entera. 

Hay otra opción. 16 Psique es el corazón de hierro helado de un planeta desmembrado, un escudo contra la furia del País de las Hadas en caso de que las cosas salgan mal, y es muy fácil inventarse un motivo para visitarlo. La minería está automatizada, pero las máquinas necesitan atención igual que lo hacen los jardines. Los amarilis y los activadores, los geranios y los condensadores tienen mucho en común. Es el lugar donde puedes ofrecer algún pago.

Un año y un día después de la desaparición de la UNEV Tabetha Boyajian: el día más propicio, el fin de un periodo de servicio a las hadas, desciendes a las montañas serradas, los ríos de hierro secos, y un cielo de estrellas imperturbables. La superficie de Psique es una lugar liminal entre la vida y la muerte. El sol es un alarido silencioso, una letanía de agujas. Es el mejor lugar en el que podrías estar. 

Aquí, sin protección, la radiación cósmica te acribillará y se adentrará en tu interior. Aquí, puedes pagar por la atención del País de las Hadas utilizando todos esos años que jamás vivirás.

Te aferras a la antena de serbal y lo mantienes en dirección al cielo, un desafío y una súplica. La radio de tu traje espacial no es poderosa cuando se trata del mundo, pero el País de las Hadas está por todas partes y en ninguna. El rango no importa; lo que importa es la honestidad. Llamas a las hadas en todas las frecuencias silenciosas, las que los humanos han dejado de escuchar, mientras los rayos cósmicos destellean en tus ojos una y otra y otra vez, pequeños vistazos a todos los rincones del mundo que no puedes ver. 

Cuando tragas, saboreas el metal.

Cuando miras a tu alrededor, solo ves desolación.

Psique es tu vida, cristalizada en hierro, y entiendes por qué te quedaste.

—Caléndula. —Tu nombre, susurrado por encima del siseo, puntiagudo y helado, distante y aun así presente. Es el País de las Hadas. Tiene que serlo—. Caléndula qué estás haciendo.

—¡Suplico tu ayuda! —gritas. El viento solar es una tormenta de luz que te fustiga, luchas por no quedar encandilada—. ¡Mi amada, está perdida, por favor!

—Caléndula. —Más alto ahora, lo suficientemente brusca como para cortar—. Caléndula, ¿qué haces?

—¡Hago todo lo que puedo! —Puedes ver un indicio de Berenice ahí fuera, la implicación de su vida en contraste con la tierra congelada y las estrellas indiferentes—. ¡Intento traerla de vuelta a casa!

—¡Caléndula! —Es tan real como el aire en tus pulmones, como la radiación que está deformando tus genes, como la mano en tu hombro. Es Mariko, viva en un traje pintado con flores abiertas y vides retorcidas, una embajadora del mundo de los vivos en la Psique muerta y silenciosa—. ¡Caléndula, háblame! ¿Qué estás haciendo?

—Mariko. —El nombre de la jardinera pesa sobre tu lengua—. Es mi última oportunidad de recuperarla. Tengo que intentarlo.

—¿Sacrificando todo lo que tienes? —No puedes verle la cara, que está protegida contra la mirada iracunda del sol, pero su voz hace el trabajo—. ¿Sacrificando su recuerdo?

—¡Está atrapada, donde sea que está, con todes les demás! —gritas—. Si yo soy la llave, ¡entonces eso es lo que tengo que ser!

—Pero ¿así? —Mariko hace un gesto en dirección a las montañas aserradas, los ríos de hierro secos, las estrellas indiferentes—. ¡No puedes ser una llave si estás muerta!

—Yo… —La palabra es suficiente para que la realidad fragmente tu traje como un martillo. La antena de serbal se resbala de tu mano y caes de rodillas—. No sé si puedo vivir sin ella.

—Puede que todavía no —dice Mariko—. Sé que es difícil. Pero algún día.

Te ofrece la mano de nuevo, enfundada en un guante y abierta. No es fácil conseguir un motor de curvatura. Conseguir una segunda oportunidad es todavía más difícil. 

—Vale —dices—. Vale.

Mariko te guía de vuelta al transbordador. Dejas la antena detrás de ti, plana sobre la tierra de hierro. No importa en qué dirección cayera. Siempre apuntará al País de las Hadas. 


Phoebe Barton es una escritora queer y trans de ciencia ficción. Sus relatos han aparecido en las revistas Analog, Lightspeed, y Kaleidotrope, escribió el videojuego de  ficción interactiva finalista del premio Nebula “The Luminous Underground” para Choice of Games, y asistió a la Clarion West en 2019. Vive con un robot en el cielo sobre Toronto. Para más información sobre ella haz click en www.phoebebartonsf.com.


jueves, 11 de agosto de 2022

Capítulo #58 - La Vitesse, de Kelly Robson

 

La Vitesse

por Kelly Robson


2 de marzo de 1983, a 30 kilómetros al suroeste de Hinton, Alberta. 


—Rosie —dijo Bea en un susurro, pero las ruedas del antiguo autobús escolar se desplazaban con estrépito por encima de la gravilla, y su hija no la oyó. Rosie estaba despatarrada en el asiento del copiloto con los ojos cerrados. No se había movido desde que Bea la había hecho subirse a La Vitesse a las seis y cuarto de la mañana. Pero no estaba dormida. Una madre siempre notaba esas cosas. 

Bea alzó la voz hasta alcanzar un susurro teatral: 

—Rosie, tenemos un problema. 

Siguió sin reaccionar. 

—Rosie. Rosie. Rosie.  

Bea agarró uno de los guantes que había en el salpicadero y lo tiró. No se lo tiró a su hija; a su hija nunca. Rebotó en la ventana y cayó sobre el regazo de Rosie. 

—Mamá, estoy durmiendo. —Un ceño fruncido grande y terrorífico. Bea no había visto sonreír a su hija desde que había cumplido los catorce.  

—Hay un dragón detrás de nosotras —dijo silenciosamente, vocalizando las palabras. Ninguno de los otros niños se había dado cuenta, y Bea quería que eso siguiera así. 

Rosie puso los ojos en blanco. 

—No sé leer los labios. 

—Un dragón —susurró—. Nos sigue.  

—Ni de coña —Rosie se irguió de un salto. Se retorció en su asiento y miró hacia atrás por el pasillo central, pasados los niños vestidos con sus monos y gorros de nieve—. No lo veo. 

La ventana trasera estaba marrón por el aguanieve sucia y congelada. Gracias a Dios. Si los niños vieran al dragón, se pondrían a chillar.  

—Ven y echa un vistazo.