El mono de piedra
de Bibiana Camacho
Aviso de contenido: Abuso sexual infantil
Sigo las instrucciones de mamá al pie de la letra. Tacho una a una las tareas encomendadas escritas con su hermosa caligrafía en color sepia acumuladas en cinco cuartillas. Tiro alimentos perecederos a la basura, acomodo los no perecederos en cajas y los dono a la escuela-internado a dos calles. Empaco en cajas rotuladas objetos que podrían ser aprovechados por los de la basura o algún vecino curioso: adornos, trastes, vasos, cubiertos, ropa de cama, toallas, artículos de baño. Dono la ropa y zapatos que mamá no se llevó a un albergue para indigentes cercano. Remato los muebles de acuerdo a sus indicaciones. Aunque me asegura que puedo llevarme lo que quiera, sólo me llevo el reloj de pared ovalado que parecía enmarañado en un vuelo de golondrinas de latón, el frigo-bar casi nuevo, un gatito tuerto de porcelana blanca y un vaso alto con la inscripción en letras plateadas y garigoleadas: “Recuerdo del feliz divorcio de Magda”. Para terminar, deposito el dinero de la venta en su cuenta bancaria. Dejo para el final lo más difícil. Le envío la foto del espantoso mono de piedra que ha perseguido a la familia durante generaciones. Espero que me diga lo que debo hacer con él. Podría simplemente botarlo en la basura, pero no me atrevo. La respuesta evasiva de mamá: “Era de tu abuela”.
Recuerdo a ese mono sobre el buró de la recámara de la abuela, que relataba cada que tenía oportunidad cómo había llegado a sus manos. El abuelo lo trajo de un viaje cuyo destino nadie conocía, ni siquiera la abuela que rememoraba un lugar exótico que, sospechábamos, no existía. El abuelo ya no estaba para preguntarle. Los tíos más grandes decían que había pertenecido a la madre del abuelo, otros que lo había mandado a hacer a un cantero de su pueblo y otros que lo más probable es que lo hubiera comprado a algún vendedor ambulante de cantinas y que se lo hubiera regalado a la abuela a modo de disculpa, como ocurría con frecuencia.
Mamá odiaba al mono, decía que era desagradable. Era de piedra maciza. Su cuerpo estaba sentado en postura de buda, tenía la cabeza demasiado grande, los ojos saltones vacíos eran siniestros y la boca trompuda se torcía en una mueca de desprecio.