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viernes, 11 de agosto de 2023

Capítulo #76 - Madre de leche, de Michelle Roche Rodríguez

 

Madre de leche

por Michelle Roche Rodríguez


Un llanto agudo, desordenado e hiriente, capaz de tragarse la algarabía habitual de los mercaderes levantando sus tiendas en las inmediaciones de la Plaza Bolívar subía desde el cuarto de servicio de la cercana casa de la familia Gutiérrez aquella madrugada del ocho de agosto de 1907. Allí vivía una criada india bautizada con el nombre de Teresa. Acababa de instalar a la hija lactante de su patrona, nacida la tarde anterior. Como no había parado de llorar en nueve horas, la señora Cecilia le exigió que se la llevara. ¡Cómo le habría gustado cumplir ese deseo, de verdad! Llevársela de la casa, incluso de la ciudad de Caracas, para esconderla en la selva, donde la criaría como una pequeña guahibo. La madre nunca se lo reprocharía, el problema era el padre, el coronel Evaristo Gutiérrez, que no dejaría un árbol del Amazonas sin sacudir hasta encontrarlas. A Teresa, que no anhelaba otra cosa más en el mundo que un hijo, le dolía que el destino concediera la dicha de una niña a quien solo la quería para ganarse el respeto de la comunidad, para convertirse en un «hombre de familia».

Si quiera la patrona fue sincera cuando dijo a su marido que no tenía vocación para la maternidad. Accedió a casarse a los dieciocho años con un hombre tres lustros más viejo que ella para salvar a su padre de la bancarrota, pero no estaba dispuesta a mentirle. Como era de esperarse, quiso abortar en cuanto salió en estado, dos años después de la boda, con una pócima que pidió a Teresa. Ella le contestó que la magia de sus antepasados no era negra. La voz le temblaba: a la indignación de que la hubiera confundido con una bruja se añadía el rencor contra quien despreciaba la gracia que a ella le era negada. Luego se lo contó al coronel. De inmediato, este involucró a la única persona con verdadera influencia sobre su mujer, el padre Ramiro. Él le recordó que el matrimonio es una institución que fortalecen los hijos y que el demonio entra en el vientre de quien intenta interrumpir la gravidez. La patrona terminó por acceder, pidiéndole a su confesor que intercediera con Dios para que, al menos, el vástago naciera varón. Pero las súplicas del sacerdote se extraviaron en el camino, pues a la tierra llegó una niña que a la imprudencia de haber sido hembra le sumó la de sacar de un golpe todos los dientes. Y, como lo tenía, los usó para morderla.

Un berrido partió la cabeza de Teresa en dos. Intentó dar a la niña un bebedizo de abuta y caña brava con el cual las mujeres de su tribu fortalecían la dieta de los recién nacidos, pero lo escupió. El estómago estragado empeoró sus gritos. Entonces decidió que si el Rezo Para las Madres Fuertes la ayudaba, ella misma podría convertirse en nodriza de leche. Pensó en su edad, sí. Pero no podía evitarlo. Una mujer es siempre una mujer, ¿no?

Desamarró la tira que ceñía la saya a su cintura. Con los dedos doblados bajo el peso de una artritis incipiente ofreció a la niña los pellejos que una vez fueron sus tetas. Pero ¿qué leche podía salir de allí? Al comprender que su carne flácida no podría alimentar ni a la criatura más pequeña, la desesperación del arrebato contenido cobró la forma de un temblor que recorrió todo su cuerpo. ¡Tan cerca se encontraba de la maternidad sin poder cumplirla! Antes de ser una pobre criada y una pobre vieja había sido una joven india que agotó la potencia sexual de los hombres de su tribu en el intento de quedar en estado. Para resarcir a las mujeres, el cacique de la tribu, que era también su padre, la expulsó de la selva. Durante una década, Teresa vivió en un prostíbulo de un pueblo minero, hasta que un hombre se la llevó en una carreta que iba rumbo al norte. En el lugar donde se asentaron todo era como en el pueblo minero, con la excepción de que ahora él se quedaba con lo que ella ganaba. Al hombre lo mataron en una pelea callejera cuando estaban a punto de cumplir cinco años juntos. Antes de que apareciera otro hombre, Teresa se fue a un pueblo llamado El Hatillo y se ofreció como criada para la casa parroquial de su iglesia. Como el nuevo trabajo no le daba oportunidad de quedar en estado, comenzó a ofrecerse al cura, pero este se negaba así que cuando pudo intentó robarse a un expósito. El sacerdote la reprendió diciéndole que estaba poseída por un demonio y desde ese día la obligó a dormir en una celda que cerraba con llave por fuera. Cuando por fin Teresa logró escaparse, sus carnes estaban cuarteadas por todas partes y su cuerpo estaba tan golpeado que ya no podía hacer más el baile de la fertilidad. Comenzó a trabajar con el coronel seis meses después de abandonar la casa parroquial y dos años antes de que este tomara por esposa a la señora Cecilia.

Los dientes de la niña se prendían dolorosamente a los pellejos en el pecho de Teresa. Si no había podido parirla, por lo menos tenía que procurarle el alimento, pensaba. Gruesas lágrimas le caían sobre las mejillas. En realidad, para ella era como si la hubiera parido. La patrona había roto fuentes sobre un charco de líquido ocre oscurecido por el fango durante una tormenta. El ruido de las gotas estrellándose contra la casa anulaba sus gritos. Teresa la había encontrado doblada sobre sí misma en el patio central de la casa, agarrándose el vientre hinchado. No daba tiempo de llamar a una partera. En ese instante, ambas se convirtieron en el eje de una vorágine cuya fuerza competía con la Madre Naturaleza, manifiesta en el vendaval empujando las ramas de los chaguaramos sobre las columnas del patio interno de la casa y los miles de gotas de agua que caían como alfileres sobre el suelo empedrado.

El cuerpo de Teresa con la niña envuelta en una cobija se recortaba sobre la mole sombría y recóndita de la montaña detrás de la cual se anunciaba el amanecer. La lluvia había terminado hacía horas, pero quedaba el rocío. Sabía que hace poco había parido una tal Donata, la cocinera de una casa del vecindario. Se equivocó dos veces antes de dar con la dirección correcta, pero la tercera vez le abrió la puerta ella misma. Era una mujer titánica de labios carnosos, el busto enorme y la cara hinchada de vida; más maternal que nadie. Teresa mintió diciéndole que de su patrona no salía leche y, como vio que se mostraba renuente, ofreció pagarle una cifra exorbitante. Antes de irse a cuidar de sus haciendas, el coronel le había dejado dinero para los mandados, con eso podía ofrecerle buen dinero. Donata suspiró y repitió para sí el precio acordado. Luego, la hizo pasar a la cocina, en donde estarían cómodas, pues todavía faltaba más de una hora para que sus patrones se despertaran y decidieran bajaran a desayunar. Le ofreció una silla y se sentó frente a ella. Después se sacó una teta del viejo camisón que la vestía y se pegó la boca de la niña al pezón, revolviéndose un poco sobre el asiento. Como si se conocieran de siempre, le contó que por esos días dos amigas suyas de la zona habían tenido hijos.

—Es como si nos hubiéramos puesto de acuerdo —apuntó con una carcajada.

Teresa no le prestaba atención porque comenzaba a sentir el cansancio de la jornada, que antes los nervios no habían permitido que se manifestara. Algo como el sueño comenzó a relajarla. Cuando estaba a punto de quedarse dormida, la niña clavó los dientes en el pecho rebosante de Donata, que profirió un alarido y la separó de su pezón con ímpetu. Atrás de la cocina se oyó el grito de otro bebé. La visión del enorme pezón sangrante de Donata espabiló a Teresa de golpe. No reaccionó hasta que tuvo a la niña en brazos y la otra la expulsaba entre un aluvión de palabras, con un dialecto incomprensible. Era india, como Teresa, pero de una tribu diferente, no venía de la selva, sino de la montaña. Aunque Teresa tres veces le aumentó el precio que ya habían concertado, Donata estaba furiosa e iba caminando hacia la salida. No tenía intenciones de devolverse.

—Ni por todo el oro del mundo —contestó justo antes de darle a Teresa con la puerta en las narices.

Teresa se quedó un rato mirando la puerta, desconcertada por la rapidez con que las cosas se habían resuelto para volver a enredarse. Luego tomó el rumbo hacia la pulpería. No había vuelto allí desde que el coronel se casó. Antes iba a ese lugar a comprar una golosina de queso y papelón llamada San Simón y Judá. La llegada de la patrona trajo tanto trabajo que nunca más había encontrado el tiempo para volver. En los dos años transcurridos desde su última visita, la pulpería había cambiado de dueños. En realidad, la dependienta de siempre se había casado con el nuevo dueño. Era esta mujer de la que Donata había hablado mientras intentaba darle de comer a la niña. La dependienta abrió la puerta con la cara nublada aún por las brumas del sueño, miró con desconfianza el bojote que era la niña y a la india que la llevaba en brazos, pero las dejó pasar. Sobre sus cabezas ya comenzaba a amanecer.

A la pulpería la dividía un mostrador hecho de listones de leña detrás del cual se extendían anaqueles llenos de cajas, botellas y bolsas que ocupaban el espacio de tal manera que ningún lugar, por más pequeño que fuera, se desaprovechaba. Sobre el mostrador había una pizarra verde que enumeraba las ofertas de la semana en tiza blanca. Ristras de ajo y cebolla colgaban de las columnas, dándole al lugar un olor desagradable. La dependienta señaló una de las sillas frente al mostrador. Mientras se acodaba, le preguntó por qué la madre de la niña no podía amamantarla y, como Teresa no le respondió, sino que incrementó el pago que ofrecía por alimentarla, le pidió que hablara con la verdad.

—¿Qué tiene?, ¿está enferma? —añadió que la salud de su hijo era delicada y no estaba dispuesta a ponerla en peligro ejerciendo los deberes de otra mujer—. A doña Cecilia debería darle vergüenza mandarla a usted, a su edad, para que arregle el problema.

Accedió a darle leche, pero antes de sacarse el pecho separó los labios de la niña. Le bastó un vistazo para comprender. No dijo nada. La devolvió a los brazos de Teresa antes de salir del cuarto. Esta esperó con la expresión congelada el minuto que se tardó la dependienta en volver. Traía una caja de madera de donde sobresalían los picos de cuatro pequeñas botellas de vidrio. Dijo que se llamaban biberones «Robert». Los mandó a traer de Europa cuando salió en estado. Explicó se usaban para que los bebés mamaran solos. Un par de esas botellas contenían la leche que ella acababa de sacarse. En el resto, la leche era de vaca. Estaba diluida con azúcar y un jarabe para robustecer a los bebés, que tienden a perder peso durante sus primeros días. No alimentaría a la niña directamente de su pecho porque sus dientes podían lastimarla o contagiarla de la enfermedad que temía su madre. Pero no tenía problema con vender un poco de su leche. Eso sí: «en una botellita», enfatizó acariciando la mejilla de Teresa con el revés de la mano, para tranquilizarla. No podría darle más leche al día que la contenida en dos biberones: eso y lo de su hijo era mucho para ella, pero le  informó que en el orfanato San Juan de Dios se podía conseguir algo llamado «leche maternizada».

—A ese invento le debo la supervivencia de mi hijo; le tengo tanta fe como a Dios.

Recomendó a Teresa que comprara en el orfanato tanta leche como necesitara porque eso ayudaría a la manutención de los huérfanos. Luego sacó una bolsa de papel en donde metió dos pequeñas mangueras y dos tetinas que, según dijo, calzarían perfectamente con las botellas. Recomendó hervirlo todo antes y después de su uso para evitar su corrupción. Tomó nota del precio en una libreta de cuentas y encajó la bolsa con su contenido entre los cuellos de las botellas. Añadió unas líneas a la nota y arrancó el papel de la libreta. Luego copió en una hoja nueva exactamente lo mismo. Una copia la guardó dentro de la caja del dinero y la otra la metió entre las botellas.

—Cuando regrese el coronel, dile que me lo pague todo —dijo abriendo la puerta de la pulpería para dejarlas salir.

Teresa volvió a casa con la niña para encontrarse a la patrona esperando en la cocina. Detrás de ella entró el mandadero medio adormilado que venía con la compra. El muchacho saludó a la señora Cecilia, pero ella no se inmutó. Teresa aprovechó su distracción para ponerle a la niña en brazos. Luego buscó el sobre donde estaba el resto del dinero que dejó el coronel y tomó unas monedas para despedir al mandadero. No podía disimular la sonrisa mientras guardaba las botellas en la nevera. Fue por tanta alegría que cometió la imprudencia de decirle a la patrona que «había resuelto el problema». Le contó sobre la pulpería, los biberones «Robert» y la leche maternizada. Dijo que al día siguiente iría al orfanato San Juan de Dios para comprar la leche que hiciera falta a las monjas que lo regentaban.

La palabra «orfanato» fue lo único en todo lo que Teresa dijo que pareció llamar la atención de su interlocutora. La miró por un rato y le preguntó si Donata o la dependienta sabían cómo bajar el dolor de pechos. Con sonrisa triste, la criada respondió que la patrona sabía muy cómo hacer eso. Pero por toda respuesta obtuvo una mirada vaga. Con un gesto cansado, como si le doliera cada parte del cuerpo, la patrona se levantó, depositando a la niña entre sus brazos.

—En efecto, querida, has resuelto el problema. ¿Cómo no pensé antes en el orfanato? Mañana iremos juntas a ver qué podemos ofrecer a las monjitas—dijo la patrona, antes de abandonar la cocina con una sonrisa siniestra pintada en los labios

Teresa se quedó sosteniendo a la niña dormida en su regazo. Estaba ahíta de leche, sonreída como la madre que la trajo al mundo. Teresa tenía una hija, al fin. Pero a ella no le salía una sonrisa. Las palabras de su patrona le resonaban dentro de la cabeza. Estaba segura de que no tenía la intención de comprar a las monjas leche maternizada ni de ningún otro tipo. Algo como el vacío se abrió dentro de su pecho. La atacaron los miedos de todas las madres del mundo. El cuerpo entero le temblaba del esfuerzo que hacía por no llorar.


Narradora, crítica literaria y periodista, Michelle Roche Rodríguez nació en Caracas, Venezuela, en 1979. Completó un posgrado en Crítica Cultural en la New York University y fue profesora en la Escuela de Letras de la Universidad Católica Andrés Bello. En 2014 fundó Colofón Revista Literaria, la cual dirige.

Roche Rodríguez es colaboradora en medios venezolanos y españoles, entre los que se encuentran Barcelona Review, Buensalvaje y Quimera, por mencionar algunos. Entre sus labores también está la de impartir talleres de ensayo, periodismo cultural y narrativa.

Ha publicado ensayo, crítica literaria y narrativa, siendo su primera novela Álbum de familia: Conversaciones sobre nuestra identidad cultural publicada en 2013. También es autora de relatos, habiendo ganado por ellos premios como el Francisco Ayala de Narrativa.


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