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viernes, 8 de septiembre de 2023

Capítulo #77 - La Hija de la Alquimista Genética, de Elaine Cuyegkeng

La hija de la alquimista genética

por Elaine Cuyegkeng

Sueña con morir y renacer en la mesa de su madre.

El olor a antiséptico: sustancias químicas, cerezas artificiales y otras frutas. El espécimen sobre la mesa. Ella misma, introduciendo una aguja debajo de la piel con la que obtendrá muestras para la reconstrucción. Y, al fin, la eliminación del cuerpo mientras el nuevo crece en su óvulo carmesí, pataleando con sus piececitos anfibios. Más tarde, una matriz telepática imparte una biblioteca (revisada) de los recuerdos de la pródiga. Esto consolida los rasgos deseados, entretejidos con cuidado en el genoma.

Dentro de doce días y doce noches, habrá un único ser perfeccionado que se despertará en la vieja habitación del espécimen con tan solo una sensación vaga e incómoda de tiempo perdido. No perdurará ni un registro oficial ni rastro del original (excepto por los perfiles genéticos, bien escondidos en la biblioteca de su madre).

Todo el mundo tiene esos sueños extraños y mundanos en los que se ven haciendo cosas cotidianas. La hija de la alquimista genética no es diferente; ¿por qué debería serlo? Y, aun así, Leto Alicia Chua Mercado se despierta como si fuera una niña que acabara de tener una pesadilla. Leto piensa que hay fragmentos de hueso y médula en su pijama, en las sábanas, en la cama. Durante un instante, sus manos están viscosas de un rojo rubí.

**

La alquimista genética

Leto es hija de su madre y, por tanto, cuando se despierta parpadeando para alejar los sueños carmesíes antes del amanecer, la jornada de trabajo es lo primero que ocupa su mente. En la creación de Leto no se dejó nada al azar; lo mismo se puede decir de Alquimia Genética Chua Mercado.

En el piso inferior, los laboratorios de la familia gestan los frutos de varios contratos lucrativos. Diminutos embriones de sirena para el acuario privado de un tecnopríncipe. Una nueva variante de gato alado: gatos de Bengala bellos, con ojos de jade, manchas de leopardo y alas de halcón de pedrería. Polillas luminosas, encargadas por una casa de costura exclusiva por la seda que producen. Hay pródigos, los especímenes que se entregarán en la propiedad de su familia y se despertarán en la vieja habitación del original con la sensación de haber soñado.

Y, finalmente, están los pequeños serafines, los diminutos embriones que nadan en los úteros artificiales. Son los CEO extranjeros los que piden sobre todo estas criaturas: agradecen tener poca descendencia, agradecen no tener que lidiar con los inconvenientes de una esposa embarazada. La madre de Leto espera que un día haya muchos serafines. Para entonces no habrá pródigos, criaturas rotas que requieren un arreglo.

(Leto siente ternura hacia ellos. No sabe por qué; quizá por su origen común. O el hecho de que ella lo sepa y ellos no.

Su madre resopla ante esto: «No eres un espécimen. Eres mi hija»).

Pero Leto siempre ha sido lo que es: la chica con todos los dones, la prueba irrefutable de Ofelia Chua Mercado. Todo el mundo ha visto a Leto en su útero, el diminuto óvulo carmesí que Ofelia creó. Ese fue el origen de su fortuna y su infamia. ¡Cómo se escandalizó la élite de Manila! Ofelia había creado a Leto sin la ayuda de un marido, sin la bendición de la iglesia apostólica (o de cualquier iglesia), solo porque podía. Los curas se lamentaron desde sus catedrales por la disolución de la familia, los párrocos desde sus púlpitos de varios millones de dólares. Pero los jefes de Estado con sistemas hereditarios, los multimillonarios extranjeros, las reinas de Hollywood… Todos acudieron a solicitar a gritos los servicios de Ofelia.

La madre de Leto la espera en la mesa del desayuno. Es una mujer esbelta, no hermosa, sino espléndida. Tiene una boca cruel, un rostro duro, una nariz aguileña como si fuera la bruja que, según la élite más poética de Manila, es. El cabello negro le cae como un río por la espalda. Da igual lo exigente que sea el día, Ofelia Chua Mercado insiste en disfrutar de ese momento, en tomarse un rato para sentarse y comer con la familia. No creó a su hija para luego desatenderla. Se enorgullece de sus métodos de crianza. Sobre la mesa hay tostadas con mantequilla, huevos de pato en salazón y fruta fría troceada.

—Hoy debes tratar con cuidado a las clientas —murmura Ofelia, pasándole a su hija los dosieres del día—. Sé que ya has tratado con ellas antes, pero hoy, cariño, quiero que procures no regodearte.

Leto abre los dosieres. Lo entiende en cuanto sus ojos recaen en el nombre de la clienta. No sonríe, porque eso no es propio de una dama.

Desde que era muy pequeña, aunque lo bastante mayor para presentarse en un aula triste repleta de retratos de santos, cada uno de sus compañeros la han odiado. Decían que no tenía alma. Decían: «No tienes padre». Y, aun así, muchos han acabado en la mesa de Leto. Les explicó con cuidado todos los motivos por los que sus familias los eligieron para el procedimiento. Siente que les debe una explicación, pero no puede evitar cierta satisfacción. Ella nunca ha decepcionado a su madre.

—No una pródiga —dice Ofelia, dando un sorbo de su té—, sino tres. ¿Te imaginas? Imagínate que hubieran acudido a nosotras al principio. Cuántos problemas se habrían ahorrado.

Es una historia muy vieja. Es el misterio que muchas dinastías familiares han intentado resolver. ¿Cómo se puede detener el declive que parece iniciarse en la tercera o cuarta generación? Dieciséis, dieciocho, veinte años y sus queridos hijos empiezan a dar señales de delincuencia, adicción, desazón general, rebelión y, por si fuera poco, depresión. Les va mal en los estudios. ¿Cómo se salva a un hijo de sí mismo? Dieciocho años de clases de mandarín, ballet o música, más el colegio religioso, no los han salvado. La iglesia y la promesa del cielo no pueden arreglarlos.

Ofelia, la mujer que creó a su hija, horrorizó a Manila, pero, con el paso de las décadas, familia tras familia ha acudido a su puerta pidiendo ayuda. Han recurrido a su alquimia genética y, con los años, se ha creado una red de rumores entre madres desesperadas y cotillas, entre patriarcas que juegan al golf y comen exquisiteces.

Leto nota una comezón en los dedos. Piensa en el original desechado convirtiéndose en ceniza en el horno mientras una criatura, nueva y diminuta, surge a partir de la maestría de Leto. Todos los herederos la odiaron, siempre la han odiado. Pero ahí está ella, concediéndoles un deseo sin que lo sepan. Nunca se enterarán.

Su madre se levanta y la besa en la mejilla.

—Que vaya bien la caza, mi niña —murmura, y Leto se ruboriza.

Su madre la conoce, por dentro y por fuera. Mejor de lo que Leto se conoce a sí misma.

**

La viuda

Cuando Leto va a reunirse con la clienta, trae los productos de su madre, como si fuera la parafernalia de su autoproclamado despacho. En brazos lleva una gata alada con un plumaje blanco como la nieve, con garras de lechuza en las patitas y un ojo azul y otro jade (los especímenes felinos con heterocromía triplican el precio). Una serpiente moteada con lengua viperina se enrolla alrededor del cuello de Leto como el collar de oro de un regente (espécimen base: Atheris hispida). Y, por último, tras considerarlo con cuidado, Leto selecciona unos pendientes ambarinos hechos de las crisálidas de las polillas luminosas. Recoge también una rosa tan blanca como un entierro, un regalo para la viuda. Se pinta la boca de un rosa neutral (muy parecido a un rosa pastel de bebé) y los ojos de una sombra modesta (Revolución Industrial, un color popular entre la gente de su edad). Coge su pizarra y programa los nanites de su cabello para que lo coloreen de un negro oscuro con solo unos mechones claros de un otoño foráneo.

Leto entiende lo que el corazón quiere: quiere una mujer joven y útil, modesta y servicial, que resuelva todos sus problemas con solo chasquear unos dedos con uñas de manicura. Leto se reúne con los clientes porque, con su existencia, dice: «Podrías tener a un ayudante, a un heredero obediente en quien puedas confiar. El hijo que necesitas, si hubieras pedido nuestros servicios desde el principio». Se deleita con los dientes apretados de los clientes, con sus dedos encogidos en la mano. ¡Cómo odian que les demuestren que se equivocan! Leto se sienta en la mesita y aguarda a que la clienta llegue. 

Y cuando la noble viuda entra en la casa de Chua Mercado, vestida como si acudiera a un funeral (o a un cóctel), Leto no puede evitarlo. Se levanta y le besa las mejillas como una sobrina cariñosa. La viuda cierra los ojos; huele, muy levemente, a whisky caro y exquisito. Se estremece; o quizá sea el pobre Leopold el que la asusta, la hermosa banda moteada que se enrosca alrededor del cuello de Leto, o Anne-Marie, la gata blanca como la nieve que ronronea en sus brazos. He aquí Leto, una cosa antinatural, adornada con cosas antinaturales. Pero la viuda necesita su ayuda.

—Tengo tres hijas —dice en tono áspero—. Y serán mi ruina.

Su mano elegante tiembla cuando la noble viuda se sienta en la silla de los clientes. Por fuera, Leto sonríe; por dentro, un escalofrío de schadenfreude le recorre la columna. Conoce a sus hijas: son como cualquier otra compañera de clase que ha terminado en la mesa de su madre.

—¿Por qué no me dice lo que necesita? —pregunta. Como la bruja de la historia. ¿Qué necesitas? ¿Qué te falta? ¿Qué precio estás dispuesta a pagar?

**

La noble viuda es Eva Maria Romano Iglesia, descendiente de una casa piadosa, casada con un pastor guapo de la televisión cuando era joven y aún tenía cara de bebé. Tras heredar el puesto de su marido con su muerte prematura, fue la única mujer de todos los postores multimillonarios. Predicaba vestida de Chanel y engalanada de perlas, con vestidos con cintura de avispa y amplias faldas, y hablaba de amor y respeto hacia esposos y padres. Hablaba de la santidad de la familia, esta mujer sin marido, y las adoradas multitudes de mujeres le lanzaban dinero. Fue la más cruel de las detractoras de Ofelia cuando desveló a Leto y el exoútero. Decía que Leto no tenía alma. Decía que Ofelia era una mujer descarriada al crear a una niña fuera del sagrado matrimonio, fuera de los límites que Dios había establecido con sus métodos intencionados.

Pero ahora han muerto dos nietas diminutas. Enterrarán a un yerno mañana y las hijas están encerradas en sus habitaciones en la casa familiar.

—Necesito que tu madre y tú me deis las hijas que debería haber tenido desde el principio —dice la viuda. Casi escupe. Qué doblegada está tras ser abandonada por el Dios que la cubrió de oro, pero que le dio hijas delincuentes sobre las que construir su iglesia.

»Nuestra congregación nos necesita —susurra, aferrándose a sus perlas de Chanel. Toda una congregación de almas perdidas: de mujeres caras con maridos que las desprecian, de chicas que se quedan embarazadas demasiado pronto. Todos encuentran consuelo en la noble viuda y en su familia de mujeres perfectas. ¿Qué ocurrirá cuando se derrumbe la imagen que tanto solaz les ofrece?

A Leto nunca le interesan los motivos por los que recurren a ellas. Prefiere que se los cuenten los especímenes. Consolarlos en su lecho de muerte.

—Tendremos que escalonarlas —dice—. Una a una, para adaptarnos a los planes de otros clientes.

—Quiero acabar con esto lo antes posible.

—Lo entiendo —dice Leto con un tono monótono. Y nada más.

(Lo cierto es que Leto solo quiere que sufra un poquito más).

El silencio se asienta entre las dos. Leto nota que la viuda se conforma. Nadie más puede ayudarla. No puede hacer desaparecer a tres mujeres y conseguir sus repuestos, una versión mejorada de las tres, por sí misma. No puede crear a una hija sustituta y criarla, no con la edad que tiene.

La viuda es vieja. Se está quedando sin tiempo.

—¿Nadie lo sabrá? —pregunta, con las manos tensas alrededor del bastón.

—Nadie lo sabrá —responde Leto con suavidad—. Serán las mismas, de la cabeza a los pies, pasando por sus células.

Leto toma la pálida rosa blanca, tan perfecta como el vestido de un hada. La han llamado Blanca Nieve. Huele a noche perfumada. Se la entrega a la viuda: la coloca con cuidado en la mesa, junto con una caja lacada que contiene su comida; los cadáveres diminutos de diez ruiseñores.

—La gente la verá salir con esto en las manos —le dice—. Así tiene una razón para visitarnos. Aliméntela con los diez ruiseñores. No la decepcionará.

Al día siguiente se celebra el funeral del yerno de la viuda en su iglesia de vidrieras. Los arcos de la catedral son blancos como la nieve por las rosas, que caen sobre los peldaños del templo y cantan con voces como campanas.

Nadie ve los huesos.

**

Faith

Empieza con la más joven. ¿Por qué no?

La sacan de la casa familiar para colocarla, dormida, en la mesa del laboratorio de Leto. Faith es una muchacha de una belleza delicada y nívea: extremidades largas, una cabeza pequeña, la piel clara que se valora tanto en Manila. No encaja con la reputación de Faith.

Leto aguarda y observa mientras el espécimen se despierta parpadeando despacio. Cómo crece su miedo cuando se da cuenta de que está atada a la silla. Cuando ve que no está a solas.

Leto no considera aquello como una venganza, tal y como la suelen acusar antiguos compañeros de clase cuando se despiertan en su laboratorio. Se sienta a su lado y espera a que se despierten. Le parece mal destruir los originales sin explicarles por qué sus familias han contratado este procedimiento. Tiene la esperanza de que un recuerdo vago de esa conversación se inserte en las células de sus clientes. Cuando realice el proceso y cree un nuevo espécimen perfeccionado, el pródigo no recaerá.

—¿Faith? —dice Leto. Sus palabras salen amortiguadas detrás de la máscara. La chica deja de resistirse: reconoce la voz de Leto.

—Ay, Dios —dice la chica guapa, y se ríe—. Todas las historias que dicen sobre ti son ciertas.

A Leto se le eriza el vello de la nuca.

Cuando eran niños, Leto era la hija de la bruja. Ahora, de adultos, es la mano derecha de su madre, su heredera fría y competente; y ahí acaba la historia. Modificaron la memoria de todos los especímenes que regresaron con las familias de los clientes: nadie sabe nada de los laboratorios de su madre. Pero sus compañeros de clase no deberían saber nada de los pródigos, del papel de Leto en el proceso. No deberían saber del procedimiento. Es lo que les interesa a sus padres: que sus hijos no sepan nada. Prefieren olvidar la parte desagradable y recuperar a su bebé (aunque nunca lo recuperarán de verdad).

—¿Sabes por qué estás aquí? —le pregunta a Faith, que se ríe y tira de las correas.

—Maté al marido de mi hermana —carraspea Faith—. Lo hicimos juntas, ¿lo sabías? Charity, Harmony y yo. Lo empujamos por el balcón.

Dijeron que fue un accidente. Pat del Rosario, amado esposo, amado yerno, cayó del balcón en la casa multimillonaria de la familia. Gracias a Dios, la viuda tenía presencia en varias juntas de los medios de comunicación: su muerte se anunció sin mencionar un asesinato o un suicidio. Habían encerrado a Faith en su habitación hasta el funeral, donde apareció con el resto de la familia; su rostro pétreo se interpretó como una máscara perfecta de dolor digno.

—Lo hice sabiendo que aparecerías —susurra Faith.

—No sabías nada —responde Leto. Su voz es monótona, pero la mano le tiembla debajo de la mesa.

Faith no tiene ningún motivo para creer que Leto aparecería. No tiene ningún motivo para creer en la existencia del laboratorio de su madre. Leto no es un cuento de hadas, no del mismo modo que los pródigos que perfecciona sí son cuentos de hadas. Salen perfectos y enteros bajo sus dedos, bendecidos con una competencia fría tras asfixiar sus demonios genéticos.

—¿Quieres saber por qué lo sabía? —pregunta Faith.

—Sé que quieres contármelo.

Da igual lo que le diga; el procedimiento seguirá adelante. Pero es como si ella fuera un confesor atendiendo a un penitente en el lecho de muerte. ¿Cómo va a decirle que no?

**

«Tú no eres un espécimen», le dijo Ofelia a Leto. «Eres mi hija».

Pero el hecho es ineludible: Leto fue creada para demostrar la viabilidad del producto de su madre, la eficacia de sus servicios. Ofelia editó los genes de Leto. Los editó para obtener belleza, inteligencia, musicalidad, una afinidad por las matemáticas y los idiomas; todo lo que las personas ultrarricas ansían en sus hijos. Les gusta sentir que sus genes han dado lugar a un material mejor, a un producto mejor.

Leto fue diseñada para ser obediente, lo que implica que reconoce la autoridad de su madre por encima de todas las cosas. Ofelia fue sincera: no tenía sentido criar a una hija que despreciara todos sus dones. Leto destacó desde el momento en que entró en el aula, sobrepasando a todos sus compañeros. Le dio a la élite de Manila algo sobre lo que reflexionar, incluso aunque dijeran que no tenía alma. Cuando sus queridos bebés crecieron y empezaron a dar señales de podredumbre en la adolescencia, recurrieron a Ofelia Chua Mercado y a su útil y perfecta hija para que intercambiaran los especímenes imperfectos por otros mejores. O, al menos, para que editaran el código genético y se ajustaran más a las expectativas de sus padres. Son como hadas madrinas que conceden el don de la obediencia.

Faith fue un fracaso desde el principio. Incluso cuando ella y sus hermanas eran pequeñas, cuando la viuda las paseaba por ahí como sus pequeñas santas, Faith era famosa por su rabia. En una fiesta, un grupo de chicos la sujetó para sacarle una foto (¿no es una monada? ¡Los bebés y sus juegos!), Faith empujó a uno de ellos por las escaleras y el chico se rompió la pierna en los suelos inmaculados de la viuda. Cuando todas fueron mayores, hubo otro incidente en una fiesta universitaria de adultos; Faith le sacó un ojo a alguien.

 La viuda dijo que «esperaban que lo superase al hacerse mayor». Que el tiempo y la paciencia y sus consejos le calmaran el genio. A Leto le sorprendió de verdad que Faith tardara tanto en aparecer por su mesa.

(La madre de Leto dijo, en tono burlón, que deberían haberle editado esa rabia a Faith hace mucho tiempo. Leto guardó un silencio prudente. Ella no culpa a Faith como su madre, pero conoce qué rasgos son deseables y cuáles no. La rabia en niñas no suele gustar).

Y de repente se encontraron con un cadáver que debían ocultar con sobornos, rituales y un funeral blanco.

—Mató a los bebés de Charity —gruñe Faith—. ¿Eso te lo ha contado mamá? Él mató a sus hijas.

Aparecía en el dosier: un triste obituario en el Manila Times sobre las nietas gemelas de la viuda. Pero los bebés a menudo morían por razones extrañas, desconocidas e indescifrables. Sobre todo cuando eran tan pequeños.

—Les puso peluches en la cuna —dice Faith—. Es un riesgo de muerte súbita y todo el mundo lo sabe. Le decían que dejara de hacerlo, pero él se reía y seguía. «Mira, le encanta su osito de peluche. ¿Qué hay de malo?». Y todos decían: «Los hombres no crían a los hijos, no les sale. No esperes que lo entiendan». Era responsabilidad de Charity, porque era su madre.

»Pero Charity tenía que dormir en algún momento. Lo intentó. Todos lo intentamos, pero él nos mantenía alejados. Hasta que un día lo encontró de pie junto a la cuna, con una almohada… y sus hijas muertas. —Faith cierra los ojos—. Una casa llena de gente que debía amarlas y todo el mundo dijo que Charity estaba histérica. No la creyeron. Pobre Charity. Él apenas lloró.

—¿Por qué lo hizo? —pregunta Leto. No debería hacerlo. Lo único que quiere Faith es desahogarse.

—Quería hijos varones. Tampoco es que lo escondiera. ¡Qué decepcionado se sintió cuando nacieron las niñas! Pero Charity era tan feliz… La decepción de él no era nada para ella, al menos al principio. Ella amaba una cosa que él despreciaba.

—Podrían haber pedido una anulación.

No es que objete lo que hizo Faith, pero debería haberlo pensado mejor. Leto se pone a pensar en formas de cortarle esa rabia o, al menos, de mitigarla. Puede modificar recuerdos para reforzar la cautela.

—Eso no nos va —dice Faith—. No es una opción para mi familia. ¿Te imaginas el escándalo? Lola nos mataría. Mamá nos mataría.

Leto piensa que eso, por desgracia, es cierto.

—Yo habría ido más cuidado —dice Leto, pero Faith se ríe.

—Nos daba igual ir con cuidado, sobre todo después de que él matara a las niñas, de que los demás dijeran que Charity estaba histérica y no pensaba con claridad. Hasta la culparon: Lola, mamá, nuestras tías. Les cerramos la boca cuando lo tiramos por el balcón.

Leto empieza a preparar la aguja. Necesita sacarle sangre; el trabajo es sencillo, en realidad, porque esa fuente de ADN es muy rica.

—¿Qué vas a hacer? —pregunta Faith—. ¿Reemplazarme con un parásito sin alma? ¿Con una versión más aceptable de mí?

—No seas tan dramática. No puedo crear ni quitar un alma. Haré una versión de ti a la que no habrían pillado.

No es exactamente lo que la madre de Faith hubiera querido, ni lo que Ofelia Chua Mercado hubiera querido. Pero no hay nadie allí para contradecir su decisión.

No está segura de cómo ni por qué lo ha decidido así: que Faith tiene derecho a su rabia. Pero ya está resuelto.

—Tranquila —dice Leto; vuelve a pisar terreno conocido—. Tranquila. No recordarás que esto ha pasado. La Faith que se despierte no lo recordará.

Y si la nueva Faith no lo recuerda y la vieja Faith ya no existe, ¿acaso Faith sufre?

Deja que Faith contemple los pequeños seres nadando en sus óvulos diminutos de color escarlata antes de sedarla. Parece que ver las criaturas tiernas hechas de su hueso y su médula la calma. Leto viste al nuevo espécimen cuando sale, perfecto y entero. La nueva Faith será más calculadora, tendrá menos tendencia al enfado. Si la nueva Faith tiene que dejarse llevar por la rabia, pondrá más atención a que no la pillen. La pródiga regresa con su familia. La viuda envía un mensaje: «Faith ha mejorado mucho». Leto se imagina a la mujer respirando un poco mejor incluso mientras Faith cuenta sus rencores y espera el momento. Cuenta los días hasta que todo acabe.

Leto programa las dos siguientes intervenciones. Se toma su tiempo.

**

Charity

Es la última persona que Leto habría imaginado en su mesa.

La hermana mediana: bondadosa y tierna, el tipo de chica que desvía los errores de otras personas. La chica de cuento de hadas que todo el mundo quiere, pero que, en realidad, no está dotada para mantener una dinastía unida. Aun así, tuvo una boda de cuento de hadas y se casó con el chico que su familia le eligió. La viuda fue muy clara en cuanto a sus condiciones: quieren de vuelta a su dulce niña, antes de que se desviara.

—En realidad —le dijo Leto a su madre con cansancio mientras desayunaban un té chai y congee— lo que quieren es a una Charity que no recuerde lo mucho que su familia le ha fallado. Quieren a una Charity que no les haga sentir culpables cada vez que la ven.

—Si eso es lo que quieren creer —dijo Ofelia, con un encogimiento de sus elegantes hombros. Es hacer trampa, pero no del todo, ¿no?, si una pródiga es exactamente igual, pero solo un poco mejorada. Se centran en la mejora.

Leto no le ha contado a su madre lo que dijo Faith. Tampoco es que crea en las palabras de la chica, pero…

Cuando Charity se despierta, cuando ve a Leto, casi parece resignada. No hay ningún sobresalto. A Leto se le hiela la sangre. Charity debería sobresaltarse, gritar pidiendo ayuda. ¿Por qué no lo hace?

—Sabía que algo iba mal —dice—, cuando Faith regresó… No era ella misma.

Leto no responde.

—Pobre Faith. ¿Sintió algo? ¿Fue rápido?

—¿Qué sabes tú del procedimiento?

Charity ríe, una risa triste que casi parece afectuosa.

—Todos hablamos sobre esto. Todos nuestros antiguos compañeros de clase, todos nuestros antiguos amigos.

«No erais mis amigos». Leto se clava las uñas en las palmas. Ella no… no debería ser el monstruo de ninguna historia. Es más que esa criatura desvelada en el útero, más que la niña en el aula, más que el bebé de la bruja que todo el mundo decidió odiar.

—Me sorprende que tú no lo sepas, la verdad. Pensaba que tu madre te lo habría contado. No llegábamos a tu nivel en clase, pero no somos tontos. A veces venía un compañero y… no era el mismo. Recordaban cosas, sí, pero de una forma un tanto diferente. Nos enteramos de la red de cotilleos de las viejas. Decían que había una mazmorra en alguna parte con todos los cadáveres. Que había un laboratorio donde clonas tus criaturitas para reemplazarnos. Que vendes las almas tú misma.

A Leto le late el corazón con rapidez.

No hay ninguna razón, pero ninguna, por la cual Charity y sus amigos deberían saberlo. Borran los recuerdos que tienen los especímenes sobre el laboratorio de su madre. Los pródigos regresan a sus habitaciones y no recuerdan; no recuerdan nada del tiempo que pasaron como diminutas criaturas en óvulos rojos como la sangre ni de su nacimiento.

Si lo que Charity dice es cierto y hay rumores sobre el proceso y del papel de Leto… ¿Cómo no se ha enterado de que se ha convertido en una historia que no puede controlar? ¿Cómo no lo sabe su madre? Se siente como si volviera a esa sala deprimente: sus compañeros de clase intercambian susurros venenosos, crean historias sobre las que ella no tiene ningún control.

Charity observa su semblante.

—¿Recuerdas algo? —pregunta—. ¿Recuerdas algo de… de antes?

—¿De antes?

Charity cierra los ojos y suspira, como si estuviera muy cansada y quisiera dormir. Los abre de nuevo y fija su mirada en Leto.

—Yo que tú no le contaría a tu madre esta conversación.

—Nos lo contamos todo —dice Leto.

—¿En serio? ¿Lo hacéis? ¿A veces no te preguntas por qué hay lagunas en tu memoria que…? —Leto no tiene por qué prestarle atención. Para nada—. Mírame —insiste Charity, su voz tierna y apremiante—. Hice todo lo que quiso mi madre. Me casé con el chico que eligió. Renuncié a la idea de estudiar un máster en ciencias. Y aun así… mira dónde he acabado. —Leto se estremece, recuerda los sueños sobre pies pequeños, un mundo carmesí—. No esperaba tener que destruir todo lo que yo era antes de casarme —susurra Charity—. No esperaba tener que destruir todo lo que amaba. Ese no era el trato. ¿Recuerdas tu Bella Norte?

Cuando tenía catorce años, Leto había criado unas abejas nocturnas que cantaban como campanas, tan tiernas y dóciles como Charity. Le sorprendió que la viuda comprara un espécimen de Alquimia Genética Chua Mercado. Un regalo de cumpleaños para la hija mediana, que más tarde se obsesionaría con la apicultura.

—No triunfaron —dice Leto. Ese era el problema de las nuevas patentes.

—¿Recuerdas? —pregunta Charity—. ¿Recuerdas que las creaste para mí?

Leto solo la mira. No había hecho tal cosa. Sí, las había creado, luego Charity las compró y fin del asunto. Charity suspira por lo bajo.

—Planté muchas flores nocturnas para alimentarlas. Hice todo lo que me dijiste, incluso cuando ya no me respondías a las cartas.

Rosas, madreselva, lavanda nocturna. Leto no recordaba por qué las había creado, pero lo hizo.

—A Mamá y Lola no les parecía bien. Pat quería que parara; eran peligrosas para mí y para el bebé. A saber lo que recogían por ahí de noche. A saber cómo de segura esa patente era, cómo de dóciles eran en realidad. Fui de viaje a Estados Unidos y, al regresar, me encontré con la mayoría de las colmenas quemadas. Lola dijo: «Pero si no ha sido nada». Mamá dijo: «Ahora tienes a tus hijas. No te darás cuenta de que ya no hay abejas». —Charity cierra los ojos—. Y entonces va y tengo dos hijas. No queríamos saberlo… Pat estaba seguro de que Dios nos daría lo que merecíamos. Me quedé con la sangre de las niñas, con el cabello. Quería algo para recordarlas, igual que me quedé con las abejas para recordarte a ti.

Inhala, exhala. Mira a Leto, que ha dejado el semblante en blanco.

No debería tener ninguna razón. Su madre no debería tener ninguna razón para rehacerla. Leto es perfecta, ha sido perfecta desde el principio. La creó para ser hermosa, inteligente, para poder confiar en ella. Leto no quiere nada, solo cumplir con los deseos de su madre.

—Tenían razón —susurra Charity—. Dios mío, tenían razón.

Leto no responde. Prepara una aguja.

—Escúchame —dice Charity, antes de quedarse dormida por la aguja de Leto—. No eres distinta a nosotras. Alguien debería habértelo dicho. Siento que no te lo contáramos.

Charity es más sencilla en muchos sentidos. Guardan un perfil genético básico. Le modifican los recuerdos. Faith lo hizo. Harmony lo hizo. Charity solo miró. Leto repasa todo un álbum de recuerdos para alterar partes y cortar las más inconvenientes.

Cuando la nueva pródiga se despierta en su habitación, está más segura de la autoridad de su madre, de su amor y su adoración. Siente que debe defender su autoridad. No recordará la conversación con Leto ni el laboratorio subterráneo.

Leto debería hablar con su madre. Debería hablar con ella, pero algo la detiene cada vez. Leto se queda en el laboratorio, observando los especímenes que sueñan. Es Cenicienta, bajo las tórtolas que desprenden oro y plata sobre ella. Se acuerda de las cenizas de cada espécimen desechado, esas que alimentan las rosas de su madre. Faith, Charity y un desfile interminable e interminable de nombres antes que ellas dos.

Y se pregunta, se pregunta sin cesar. ¿Cuántas Leto hubo? ¿Cuántos sueños ha tenido, sueños sobre un mundo carmesí y sobre pies pataleantes? ¿Puede contar todas las veces que la han rehecho? No sabría ni por dónde empezar, ni cuál ha sido el punto de partida. Va al jardín al anochecer, donde están las colmenas de las pequeñas Bella Norte. Sus patitas le acarician la mejilla como un beso.

«¿Sabéis más sobre mí que yo?», les pregunta. «¿Lo sabéis?».

**

Harmony

La hija mayor escapa.

Habrá visto las señales, o eso se dice Leto cuando huye. La viuda está fuera de sí. Aquello no habría ocurrido, no habría ocurrido, si Leto hubiera hecho a las tres a la vez como le pidió.

«No debería haber dejado sueltas a las otras», es lo único que piensa Leto. Ofelia le comunica a la viuda, con tranquilidad, que ellas se encargan de todo y le lanza una mirada llena de significado a Leto. Ella lo entiende: quiere que Leto lo solucione. Los cimientos del mundo que su madre está construyendo dependen de la fiabilidad de Chua Mercado, de su reputación. Leto debe reparar el daño que ha causado.

Pero Leto pasa un tiempo en el jardín, entre los especímenes y las patentes que nunca triunfaron. Pasa tiempo con las abejas Bella Norte, caminando bajo la luz de luna, que cae sobre su vestido como polvo dorado.

«Las creaste para mí», dijo Charity. ¿Por qué iba Leto a hacer algo semejante? ¿Qué le debía a Charity?

Se plantea que Charity y Faith tengan razón, que su madre le ha borrado la memoria, la ha alterado como una historia que no puede perfeccionar. Debería sentir miedo. Debería sentir rabia, pero solo se siente vacía. Se pregunta si le han eliminado también el enfado.

—No sé qué hacer —dice con sinceridad a las abejas Bella Norte, como si fueran a responderle.

**

Encuentran a Harmony en una callecita andrajosa en Binondo, en un cuartito andrajoso. Leto insiste en ir. Después de todo, ha sido su error.

Ante esto, algo en Ofelia parece desenredarse y aflojarse. Besa a Leto en la mejilla y dice que sabe que lo solucionará. Todo el mundo comete errores. Todos aprendemos de ellos. Así nos perfeccionamos.

Leto entra en el cuartito andrajoso y allí está Harmony, esperando.

Las abejas supervivientes de Charity la rodean, bebiendo agua azucarada. Harmony es alta e impresionante, incluso con el cabello aceitoso de la humedad y la falta de cuidados de los últimos días. Charity era la querida, Faith era la pequeña y Harmony iba a ser la madre de las dos, otra vez. La viuda se habría molestado al saber que Harmony eligió antes a sus hermanas que a ella. Eso no era natural.

Leto no sabe qué modificar para mejorar esos resultados.

—Sabíamos que vendrías a por nosotras —dice Harmony. No se mueve. Las abejas se tranquilizan a su alrededor, como si fuera su santa.

—Eso me han dicho —responde Leto. Harmony alza una ceja.

—¿Qué recuerdas? —pregunta Harmony sin rodeos, pero Leto no responde—. ¿Qué recuerdas? ¿Cuántas veces te ha rehecho para que pueda empezar de nuevo, desde cero?

Leto piensa en las cenizas en el jardín de su madre, en si algunas pertenecen a sus antiguas versiones. No puede saber cuándo comenzó su madre. No sabría ni por dónde empezar.

—Sé lo de las hijas de Charity —dice con tono distante—. Sé lo de las abejas.

Harmony suspira, encorva los hombros.

—No sabíamos si te rehacía, una y otra vez, solo para que no recordaras. ¿Lo recuerdas? ¿Recuerdas hacer las abejas para Charity? ¿Te acuerdas?

A Leto le falta el aire. Una pequeña Bella Norte aterriza sobre su mejilla.

—Lloró cuando dejaste de responder a sus cartas —dice Harmony—. Cuando pasaba a tu lado y actuabas como si no la conocieras. Y luego… cuando los compañeros volvían de rehabilitación, de años sabáticos, de viajar, pero no volvían del todo bien, pues empezamos a preguntarnos cosas.

Es como un cuchillo en las costillas. Leto no siente… no puede sentir nada.

Harmony le da una caja.

—Lo volvería a hacer, ¿sabes? —dice, con los dientes apretados—. Elegiría a Faith y a Charity, cada vez. ¡Cada vez! Vacíame, quítame todas las cosas incómodas que mi madre no quiere, pero siempre tomaré la misma decisión.

—¿Qué hay dentro? —pregunta Leto, pero ya lo sabe.

**

La viuda envía el pago: las tres pródigas, reformadas con éxito. Hasta le regala a Leto las abejas supervivientes de Charity. Ya no las necesitan y la chica se casará de nuevo en otoño. Otra boda de cuento de hadas. Y luego: otra para Faith y otra para Harmony. Ya ha firmado contratos para hacer pequeños serafines.

—Bien hecho —dice Ofelia y le da un beso en la mejilla. Otra muerte suavizada. Solo porque estas chicas querían algo que no deberían.

¿Qué quiere Leto? Nada excepto su trabajo. Su madre no le ha dejado nada más.

Y por eso crea una segunda variante de las Bella Norte, a partir de las hijas de las abejas de Charity. Tienen la rabia de Faith, el amor de Charity y la lealtad de Harmony. Y dentro, bien adentro, contienen fragmentos de recuerdos sobre dos bebés a quienes su madre y sus tías vengaron.

Las hijas de Leto no debutan en sociedad: no se las presenta al mundo como hicieron con Leto, sino que las deja volar libres.

Ese año, la viuda y su congregación serán atormentadas por unas abejas que cantan como carrillones de viento, que huelen al aliento de un bebé y construyen catedrales de miel dentro de su iglesia. En la boda, Charity las mirará y no sabrá por qué siente alegría y angustia. Faith se quedará pensativa al dejar que se posen en sus hombros y Harmony sentirá una paz extraña, incluso cuando las abejas maten a la congregación de su madre.

Dirán que es un milagro que sobrevivan ellas tres.



Elaine Cuyegkeng nació en Manila (Filipinas), dónde hay muchas, muchísimas casas antiguas y decrépitas con fantasmas en su interior. Vive en Melbourne con su mujer, una rosa llamada Azul, y su hija pequeñita. Recibió el premio Eugie Foster Memorial Award en 2021 con su historia La Hija de la Alquimista Genética. Además, ha publicado relatos en Pseudopod, Strange Horizons, Lackington’s, The Dark y Rocket Kapre. Puedes encontrarla en BlueSky como @ecuyegkeng.bsky.social y en Mastodon como @ecuyegkeng@wandering.shop.

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