viernes, 26 de febrero de 2021

Capítulo #26 - Resiliencia, de Christi Nogle

Resiliencia

por Christi Nogle

Jason llega a casa mientras friego los platos. Se acerca por la espalda, me rodea la cintura con los brazos y me hace cosquillas en el lateral de la cara con su barba nueva y suave. Observamos a las ardillas jóvenes, que sacuden una rama del árbol, las escuchamos parlotear a través de la ventana abierta. Atraviesan el patio lanzadas y cruzan la calle.

—¿Qué tal ha ido con el doctor Emory? —pregunta Jason. Ya se ha dado cuenta de su desliz—. Watson, perdón.

—En realidad es Watson-Newcamp. Es maravillosa, como lo prometido. —digo.

Tan pronto como lo digo, me pregunto si lo pienso de verdad. La nueva doctora, de apenas treinta o treinta y cinco años, me pareció alguien con quien haría yoga o me iría a almorzar, pero habló con la misma tranquilidad y delicadeza que el doctor Emory. Sus ojos redondos eran tan oscuros que casi no puede verle las pupilas.

—Me alegra que te dejara en buenas manos —dice Jason. Pienso que se va a quedar y charlar, pero él también tiene cosas que hacer en la casa. Saca los contenedores de basura y reciclaje por la puerta trasera, y después nuestro hijo Simon baja las escaleras corriendo. Eso es todo lo que veo de ellos hasta la cena.

Simon tiene diez años ahora, pero todavía no sabe nada sobre mi pasado, así que no hablamos de la nueva doctora durante la cena o mientras descansamos en el salón. Pero yo sí que pienso en ella. Cuando me preguntó sobre qué quería hablar, asumí que quería escuchar mi historia, aunque sin duda ya sabía mucho. Cuando tenía seis años, fui la única superviviente de un ataque que dejó muertos a toda mi familia más cercana. Watson-Newcamp no soltó prenda sobre si sabía algo en particular. Simplemente me dejó hablar.

Había algo sobre toda la cita que me preocupaba. No era solo que fuera tan joven. También su consulta, todo justo al límite de la modernidad, todo colores fríos y luz. La sala del doctor Emory era como la oficina de un profesor universitario de una película, con las estanterías llenas de libros de tapas oscuras y los muebles de cuero viejo con tachuelas de latón en los laterales y todo eso.

Hubo algo que dije en la consulta, algo que parecía pequeño en la superficie pero que me molestó mientras conducía en dirección a casa y durante el resto de la noche. Dije que cuando me encontraron, apenas una niña de seis años cojeando por la carretera de montaña, mis pantalones vaqueros de diseño todos rasgados y cubiertos de suciedad, no supieron quién era al momento. No me parecía a la niña de las fotos esas de la familia perdida. Mi pelo había crecido y se había clareado durante el tiempo que había estado en el bosque. Mi piel se había quemado una y otra vez, los labios se me habían partido con el viento seco, la nariz partida unas semanas antes en una caída. No me parecía a las fotos.

Le dije a Watson-Newcamp (y esto es lo que hizo que su expresión cambiara, aunque sutilmente), le dije:

—Mi cara se quemó tanto porque siempre me mantenían en el interior durante el día.

Pero aquello era una ridiculez. Mi cara se había quemado así porque de pequeña me habían cuidado muy bien. Siempre me habían puesto crema solar cuando jugaba en la calle.

Cuando voy a preparar el desayuno de Simon, la leche en la puerta de la nevera hace tiempo que ha caducado. La olisqueo y la vierto en el café, y después saco un nuevo litro para los cereales de Simon. Jason y Simon salen a dar una vuelta en bici justo después de desayunar. Yo también debería ir, pero sigo un poco indispuesta, un poco triste por la jubilación del doctor Emory. Él ha sido mi apoyo todo este tiempo.

Abro el cerrojo del baúl a los pies de la cama para mirar de nuevo el desastre de fotos de familia. La boda de mamá y papá, los fotos de colegio de Abbie, vacaciones. Es triste pensar que todas ellas ahora me pertenezcan a mí y a nadie más. Nunca he podido compartirlas con Simon porque haría preguntas. Bueno, puede que piense de otra forma cuando él haya crecido un poco más.

Llego a la foto que guardo en el fondo, la foto de mamá, papá, mi abuelo, mi hermana Abbie y su novio Ben, y yo. Estamos sentados en una mesa de picnic pintada de forma estridente con rosa y verde, todos con helados de dos bolas, sonriendo ampliamente para la cámara bajo un cielo encapotado. Todo nosotros, excepto Ben, llevamos ropa recién estrenada de alguna tienda de ropa de montaña cara. Mamá nunca imprimió esta foto; lo hice yo, años más tarde. Fue algo que le pidió a un extraño que tomara, sin más, y que luego subió a internet. Es la que imprimieron en los periódicos, la que debieron de reproducir una y otra vez en las noticias de la noche. Fue la última que tomó. La cobertura telefónica debió acabarse justo después de aquella parada.

La cara de Ben capta mi atención, por encima de la del resto. Esa cara magnética, inteligente. Jason, en sus mejores momentos, tiene una sonrisa parecida. Con un escalofrío me pregunto, no por primera vez, si no sería eso lo que me atrajo de mi marido.

Me siento culpable después de mirar las fotos y decido hacer algo de limpieza antes de que los chicos vuelvan a casa. No mucho, solo un par de lavadoras y los platos del desayuno. La habitación de Simon está ordenada en su mayor parte, pero me doy cuenta de que la parte frontal de su acuario está oscurecido por las algas. El único siluro superviviente se acurruca bajo su montón de maderitas como siempre hace cuando está demasiado oscuro. Debería estar cabreada con Simon, pero no soy ese tipo de madre. Estoy disgustada por no haberme dado cuenta antes.

Tengo que reunir el tubo que utilizamos para aspirar y el cubo y la rasqueta antes de ponerme manos a la obra. Cuando por fin abro la tapa, la pecera huele fértil, como la tierra. Me resulta satisfactorio rascar las algas del cristal, y ya estoy pensando en la satisfacción de aspirar el agua oscura. Quiero hacer un trabajo minucioso, así que levanto la parte posterior de la pecera y veo, apoyada en el soporte de plástico, una gruesa línea de algas diferentes al resto. Aquí es donde han caído trocitos de la comida para peces. Es oscura y, cuando la toco, mullida; una esponja de un centímetro de grosor, verde como la espalda de un sapo. Cuando me huelo los dedos, el olor es terroso como el del agua, pero también huele a pescado. Utilizo la rasqueta para deslizar la larga tira hacia el agua y después, incapaz de controlarme, la saco y muerdo un trozo. Y otro.

El sabor es verde e intenso, algo parecido a las algas, pero un poco como la carne, también, un poco salado. La textura en mi boca es como terciopelo mojado.

Salgo corriendo de la habitación, pensando en cepillarme los dientes, pero no puedo evitarlo. Vuelvo. Vuelvo tres veces hasta que la larga tira al completo ha desaparecido y después comienzo a aspirar de la manguera. Observo el remolino de fango oscuro ascender desde la gravilla: algas y restos de comida, excrementos y el resto de las cosas de las que se desprende un pez. Tomo varios tragos del líquido oscuro hasta que por fin me detengo y dejo que el extremo de la manguera caiga en el cubo. El sabor persiste en mi boca mientras hago el resto. La habitación está cálida, la luz arde sobre mi espalda. Para cuando he terminado y mis chicos entran en casa, la culpa ha desaparecido y en mi tripa no queda nada más que una sensación acogedora.

Los chicos están derrengados, pero todavía queda mucho por hacer. Comprar comida; y Simon necesita un cade de la bici nuevo, ya que hemos salido.

Más limpieza.

Siempre más cosas que cocinar.

El amigo de Simon, Sam, pasa la noche del sábado en casa y se queda hasta el mediodía del domingo. No es hasta la noche que pienso en decirle a Jason que Watson-Newcamp querría verme con un poco más de frecuencia que con la que solía verme el doctor Emory. Iré una vez a la semana, al menos al principio.

—Los viernes son el único día que puede —digo.

Jason hace un puchero y me abraza más fuerte.

—Pobrecilla, vas a perder tus viernes —dice.

El doctor Emory dijo, varias veces, que yo era la niña más resiliente que había conocido. Me hacía sentirme fuerte.

Watson-Newcamp es diferente. Mientras el doctor Emory sentía que estaba bien ser madre y esposa, Watson-Newcamp quiere conocer cuáles son mis objetivos personales para el futuro, lo que me hace sentir incómoda. La verdad es que apenas he tenido que trabajar en mi vida. Había dinero de la pequeña herencia de mis padres y el seguro de mi padre, dinero de donaciones y un poco de apoyo del estado.

Mi tía Kara y mi tío Chuck me acogieron. No los conocía de antes ni al resto de la familia lejana, pero había hablado con Kara por teléfono. Ambos habían seguido mi historia online desde el inicio y se habían preocupado por mí todo el tiempo que la familia estuvo desaparecida. Se convirtieron en buenos padres por mí.

Podría haber ido a la universidad, pero Jason yo ya estábamos juntos. No quería alejarme de él. Nuestra boda fue pequeña, y Simon llegó dieciocho meses más tarde. Jason siempre había ganado lo suficiente, y vivíamos una vida sencilla. El doctor Emory parecía pensar que todo aquello estaba bien y era lo correcto.

Watson-Newcamp es diferente. Ya han pasado tres viernes, y me conozco todas sus expresiones. Una cierta mirada que fija en mí a veces, siento que está buscando las grietas en la fachada. Cuando pregunta dónde me veo en un futuro, me escucho a mí misma hablar de lo lejos que llegará Jason en su trabajo y como con el tiempo Simon irá a la universidad. Escucho cómo suena, pero no tengo nada más que decir que lo que estoy diciendo.

Hasta su nombre, Newcamp, nuevo campamento. Me hace recordar a Ben diciendo que deberíamos ver algo más que el campamento, cómo dejamos a mamá y al abuelo en el campamento con forma de concha. Cuento, por millonésima vez, cómo papá, Ben, Abbie y yo escalamos una cuesta. Recuerdo para ella las flores silvestres. Le cuento cómo mencionaron por primera vez la palabra “perdidos”, le hablo de papá enfadado e indefenso, Abbie negándose a aceptar que Ben no supiera llevarnos de regreso al campamento.

Abbie le dijo que se tranquilizara, que se sentara y pensara, y que estaríamos de vuelta a tiempo para la cena, seguro, pero cayó la noche. Estábamos en un nuevo campamento, después de todo, lejos de todas nuestras cosas. Ben se puso a montar un pequeño fuego para nosotros. Asustada, me apoyé en papá, lo que solo consiguió que sintiera lo mayor y débil que estaba.

Poco después de cerrar los ojos, escuchamos a las personas acercarse, riendo.

Tengo que limpiar la nevera antes de que Jason vuelva a casa. Hay un táper con macarrones con queso al fondo que está cubierto de un moho de un verde exuberante. Retiro la capa superior con mis dedos y lo trago frío, después me apuro y bebo el líquido rosa que hay sobre el requesón viejo. Detrás de la mezcla de lechugas nueva hay un paquete antiguo con tres dedos de pulpa empapada en líquido verde que sabe más fuerte de lo que debería. Me siento cálida y satisfecha todo el tiempo que vierto cosas en la basura, pero cuando estoy secando los tápers, mis tripas empiezan a rugir.

Para cuando Jason vuelve a casa, estoy atrapada en el piso de arriba, con un ataque de diarrea ardiente y ácida. Todo con moderación, pienso, pero en mitad de la noche bajo furtivamente para coger más. Exprimo el jugo del pollo crudo en un vaso, añado huevos y una pizca de cayena. Me siento en la mesa dando sorbos a mi brebaje y pienso en el pasado.

Yo fui un bebé tardío. Mi hermana Abbie ya tenía dieciséis años cuando nos fuimos de camping. Su novio apenas tenía dos o tres años más, pero conocía bien la zona y nos había tentado con sus historias. Ben parecía alguien sacado de las películas; nos encandiló a todos. Mi hermana siempre fue poquita cosa a su lado. En las fotos parece remilgada y de pocas luces, pero dulce, bonita como yo.

Nunca encontraron a Ben. Encontraron a mamá y al abuelo en el campamento con las gargantas cortadas, que fue lo que inició la búsqueda. Encontraron a mamá tumbada dentro de su saco de dormir y al abuelo boca abajo unos metros en la profundidad de la maleza. Concluyeron que él iba de camino a hacer pis y ella estaba durmiendo cuando ocurrió. Los miembros de la búsqueda encontraron a papá y a Abbie unas semanas más tarde, a quilómetros de distancia, muertos hacía tiempo y encogidos entre las raíces de los árboles en la orilla de un pequeño arroyo. Ambos habían sido envenenados. No por algo que hubiera en el bosque. Era una mezcla desconcertante de productos químicos: desde anticongelante hasta fragmentos de hongos mortales. Parecía que papá y Abbie habían muerto mientras se abrazaban.

La acampada fue a finales de mayo; la chica con cojera se encontró el uno de noviembre. “Llamad a mi tía Kara”, fue lo primero que dije.

Hubo muchos, muchos médicos y agentes y abogados, muchas habitaciones frías y vacías, y después la pequeña casa de tía Kara y tío Chuck, en su terreno de un acre (un espacio que parecía haber estado esperando a un niño. El columpio brotó allí, y después el trampolín, los globos de cumpleaños, las risas).

Mamá y papá habían estado enseñándome a leer, Kara lo sabía por los posts que habían estado subiendo; y por las llamadas. No recordé nada de mi aprendizaje al principio; después de todo, apenas podía hablar, pero lo reaprendí todo rápidamente.

Con el tiempo, todos los otros doctores e investigadores quedaron atrás, dejando solo al doctor Emory. Nuestras visitas se mantuvieron regulares, pero se volvieron menos frecuentes cuando vio cómo crecía bien. Jugué al fútbol, saqué unas notas buenas, aunque no excepcionales, hice amigos. Mi pelo creció de nuevo tan castaño y lustroso como lo era antes. Crecí preciosa.

Siempre nos preocupamos por lo que le pasaría a mi piel después de aquella quemadura perversa, pero mantuvimos la vigilancia. Ahora tengo treinta años, y no ha pasado nada.

El doctor Emory publicó unos cuantos artículos sobre mí, pero a pesar de las estanterías, no era un erudito. Yo fui lo más destacado de su carrera, la niña más resiliente que había conocido. Su orgullo y su asombro me daban impulso, me ayudaron a sanar. Yo era normal. Todo lo que me había pasado, y me había recuperado sin cicatrices.

En mi sueño, estoy sentada en una cama con dosel con una colcha de patrón rojo y rosa, y me inclino sobre una niña enferma.

—Llama a mi tía Kara —dice.

En mi sueño, la casa está cayéndose a pedazos, el moho negro crece por las pareces, las enredaderas se arrastran hacia el interior por las ventanas hechas añicos. Siempre me mantenían en el interior, le digo a Watson-Newcamp. Ella y yo estamos sentadas en sillas de cuero viejas tachonadas de latón, dentro de un charco supurante de aguas residuales en el centro de mi salón. Unos hongos blancos con volantes bailan en la superficie del charco. Quiero cosecharlos. Lucho por esconderle este deseo. Ella es la primera en extender la mano hacia abajo.

Cuando se sienta de nuevo, es la Abuela (aquella a la que llamaban Abuela, me corrijo a mí misma). El maquillaje blanco abundante, el largo pelo teñido de negro, la boca limitada por el rojo ahora esta rellena con la carne blanda de los hongos.

—Pruébalo. Vamos, pruébalo. —gruñe con la boca abierta de tal forma que los hongos y la baba espumosa se deslizan por su barbilla y se acumulan en la parte delantera de su vestido. Me levanto de mi sillón y me acurruco en su regazo, en la nube de olor de los hongos, y más cosas, el olor a pis y mierda de su ropa y los olores de sus dientes podridos y la sangre de sus encías. El aroma de su cuero cabelludo y su sudor, su maquillaje. Lo saboreo todo. Lo aspiro de la delantera de su vestido y me despierto hambrienta y echando de menos mi casa.

En ese momento del despertar, debo de dar un grito, porque Jason me acerca a él y dice:

—Estás en casa. Estás en casa. —Me tranquiliza como a un bebé. El dormitorio huele a limpia-alfombras de lavanda y las lilas de la ventana. Huele falso, no huele a casa en absoluto.

Después del yoga del lunes, me quedo a otra clase más rápida en el gimnasio porque he quedado con unas amigas y quiero poder tomarte el café que me apetezca, pero después, cuando llega, es un sirope flojo que no puedo ni tocar. La conversación de Sal y Mary me resulta tan plana que no consigo parecer interesada. Miro fijamente por la ventana pasado el tráfico hacia el pie de las montañas mientras hablan, enfadándome más y más.

¿Estoy cabreada porque no se dan cuenta de que hoy no estoy pretendiendo estar interesada? ¿Porque nunca antes se dieron cuenta de que siempre había estado pretendiendo? No lo sé. Esto cansada y no puedo quedarme más tiempo. Me levanto y me voy, tirando la taza entera a la basura según salgo.

—¿No te encuentras bien? —grita Sal, pero no me giro.

Es el tipo de aberración que podría haber causado una preocupación importante en el doctor Emory. Tal vez se habría acercado hasta mi sillón. Nos habríamos pasado la sesión sondeando las profundidades de mi razonamiento.

Jamás hice algo tan dramático mientras estuve bajo su cuidado, pero hubo cosas pequeñas a lo largo de los años; por supuesto que las hubo. Él mostraba su preocupación y me hacía pensar de verdad en por qué había hecho aquellas cosas. Me daba una opción para hacerlo mejor. Siempre me hacía sentir mejor.

Watson-Newcamp quiere verme empeorar.

Me paso toda la semana pensando qué diré. ¿Cómo presentaré este momento en la cafetería? ¿Cómo puedo justificarme? Para cuando llega la consulta, hay más cosas que contar y no hay forma clara de hacerlo, así que en lugar de eso regreso al pasado. Perdidos en el bosque, haciendo una triste hoguerita en el nuevo campamento, montando un lecho. La banda de vagos ruidosos y alegres irrumpiendo en el campamento, borrachos o colocados, no sabría decir. Siete u ocho o más. La anciana con el pelo largo y negro que llamaban Abuela y los adultos jóvenes, uno o puede que dos niños. Nos rodearon. Al principio solo eran bromas, pero podías ver el miedo en las caras de papá y de Abbie.

—¿Bromas? —dice Watson-Newcamp. Enmarcada en el azul de la ventana como un icono, me parece que hoy está especialmente petulante.

Respondo, desechando su preocupación con un gesto:

—Creo que estaban riéndose de nuestra ropa. Un par de ellos estaban como agarrando a Abbie, diciendo cosas sobre su figura, ya sabes. Estaban pedo.

—¿Y Ben? —dijo Watson-Newcamp.

Oh, ¿no lo sabes? Ben era uno de ellos. Nos llevó allí a propósito.

—Ben trató de hacerse el hombre. Por supuesto que papá no iba a hacerlo. Había estado fuera de su elemento desde el momento en que abandonamos el sitio de los helados. Ben preguntó en qué podía ayudarles. Se mantuvo calmado.

Hay muchas que no puedo contar después de eso, pero digo:

—Hemos llegado a la parte que nunca puedo recordar bien. Solo hay... parpadeos, después de esto.

—Parpadeos.

—Solo algunos de los gestos, ¿sabe? De una pelea, allí en el nuevo campamento. Y lo siguiente que recuerdo bien es cuando estaba sola en el bosque, buscando cosas para comer. Me había escapado de ellos... Había esperado encontrarme con algún policía de alguna manera, pero por supuesto eso no pasó. Es posible que estuviéramos cerca de una carretera, pero me alejé de ella y me adentré en la naturaleza. Al principio comí bayas, pero no las podía retener. Comí caca de oso. Dio lo mismo. Comí el pescado que encontré en la orilla de un riachuelo que estaba tan podrido que era como... líquido. —Mi boca se llena de saliva. Ya he contado todo esto antes, puedo decirlo sin pensar.

Continúo con mis aventuras en la naturaleza. Cómo comí, cómo evité congelarme cuando llegó el otoño. Los relatos de supervivencia son la parte favorita de todo el mundo.

Recuerdo mucho más de lo que puedo contar. No son solo parpadeos. Papá y Abbie suplicaron por sus vidas hasta el final. Cuando la gente que sostenía los cuchillos contra sus gargantas les dejó marchar, a cada uno, ninguno de ellos hizo amago de agarrarme. Corrieron, y todos guardamos silencio durante un momento escuchándolos atravesar el bosque con un estruendo. Me quedé sentada, paralizada y esperando a la muerte, en el círculo con toda la gente mala. Montaron una hoguera y pasaron jarras del mismo licor turbio que habían obligado a papá y Abbie a beber antes.

Una de las niñas era más o menos de mi tamaño. Llevaba un vestido largo y tenía el pelo largo y enmarañado rodeándole los hombros. Había estado observándome desde el otro lado de la hoguera, pero cuando el alcohol comenzó a fluir y las risas se volvieron más ruidosas, vino a sentarse cerca de mi lado derecho.

—Toma un poquito —susurró—. No te hará daño.

Sonrió. Parecía maja, así que cuando la anciana presionó la jarra contra mis labios, no luché contra ella. Tomé un sorbo y dejé que descansara como un fuego en mi boca. No cedí ante la tentación de escupírselo a la cara, no lloré. Miré fijamente a la cara de la anciana mientras el líquido se mezclaba con mi saliva, y después lo tragué tan despacio como pude.

Sus voces, que ya eran ruidosas antes, se alzaron con energía. Me estaban animando.

—¡Aquí tenemos a una chica dura! —dijo uno, y alguien dijo que sería una pena malgastarme.

—Ah, es muy mona, quedémonosla —dijo una mujer de aspecto salvaje con el pelo igual de enmarañado que el de la niña. Vi a Ben en ese momento porque la mujer estaba sentada en su regazo. Giró su hermosa cara para besarle, y las manos de él se agarraron a la espalda de ella como garras.

Me di cuenta entonces de que, por encima del vestido, la anciana llevaba un cortavientos floreado igual que el nuevo que mamá se había comprado. Uno de los hombres llevaba las nuevas botas de montaña de mi abuelo. Y así supe que estaban muertos.

El licor no era solo licor, por supuesto. La abuela siempre ponía alguna cosita dentro, algo del bosque o algo de una botella. No era una purista.

Dale un sorbo. Pruébalo. Dale un sorbo y ya. Eso era lo que siempre te decía. Daba igual lo que fuera.

La niña pequeña a mi izquierda tomo un sorbo y pasó la jarra. Su pelo era tan bonito, todo limpio y bien cortado en las puntas como el de una muñeca.

—¿Ves? Tu papá estará bien —le susurré, pero ella negó con la cabeza. Había bebido mucho. La chica grande puede que no demasiado, pero el papá sí, había bebido y bebido.

La sala de consulta se enfoca una vez más. ¿Sigo hablando de estar perdida en el bosque y todas esas cosas que me comí? Siento que mi boca ha seguido moviéndose hasta este momento, pero no estoy segura de qué ha salido de ella. Watson-Newcamp parece somnolienta. Pasa una nube. La luz tras ella se vuelve más brillante, así que aparto la mirada.

—¿Y por qué crees que has estado comiendo estas cosas recientemente? —pregunta.

—¿Perdón? —digo. Estoy aturdida, no recuerdo haberle hablado de nada reciente.

—¿Y el incidente en la cafetería? ¿Qué crees que pasa con eso? Aunque honestamente, me preocupa menos que lo que has dicho sobre Simon. —Resulta que no está somnolienta. Solo trata de ocultar su gran interés. Ahora está sentada prácticamente en el borde del asiento.

¿Qué he dicho de Simon? No estoy segura.

—No me siento bien —digo—. Creo que tengo fiebre.

—Creo que estamos haciendo progresos aquí —dice, acercándose.

—Tengo que irme a casa. No me siento nada bien —digo.

Sus ojos son espejos oscuros. Me veo reflejada en ellos, pequeña y frágil. Aparto la mirada.

—Hace un momento dijiste que estabas cansada de tu marido y tu hijo. Creo que esto es algo que debemos...

—Lo siento —digo, recogiendo mi bolso.

Estoy en el recibidor, en las escaleras de entrada, estoy en el coche. Nadie me ha seguido afuera. Por supuesto que no. Soy una señora atractiva con un cochecito verde de buena marca, que vuelve a casa junto a mis queridos marido e hijo. El día es demasiado luminoso pero las lentes polarizadas ayudan. Podría hacer este camino en coche con los ojos cerrados.

Estoy en la furgoneta traqueteante con los demás. Alguien enciende un mechero una y otra vez a mi lado. La mujer hermosa sigue sentada en el regazo de Ben, pero el círculo de personas ahora es tan cerrado que su pie toca el mío.

Mi cabeza está en el regazo de la niña pequeña. Ella acaricia mi pelo.

—Bonito, como una muñeca —dice.

Su cabeza está en mi regazo. Yo acaricio su pelo bonito. Siempre quise ser una niña pequeña como esta. Huele a vainilla y fresa, al menos la parte superior. Su ropa está limpia excepto por la entrepierna y la pernera de los vaqueros donde se hizo pis antes, pero se secará. Sus vaqueros tienen flores blancas y amarillas bordadas en los bolsillos. Las veo cuando la luz parpadea. Nunca he tenido nada así. Mis piernas están desnudas y sucias.

—Te quiero —digo. Creo que nadie me oye.

La abuela conduce. Está centrada en la carretera, pero algunos de los otros hablan en murmullos sobre la niña pequeña. Qué hacer con ella, dónde dejarla.

—Está enferma —dice la Abuela con un tono de asco.

Lo está. Un poco de vómito rosa gotea sobre mi rodilla. Lo saboreo.

—Es mía. Yo cuidaré de ella. —Lo digo con tanta fiereza que cuando paramos en la ranchera, no la abandonamos ahí con su madre y el anciano. La gente sale para ver lo que queda por llevarse, y yo acaricio su pelo limpio. Le digo que yo cuidaré de ella.

Durante todo el largo camino a casa, eso es lo que hago. Acaricio su cabeza como lo hace la abuela cuando estoy enferma, que ya no es algo que ocurra con tanta frecuencia. Probar cosas todo el tiempo te hace más fuerte.

Cuando la furgoneta se detiene con un ruido y la puerta se abre deslizándose, Ben coge a la niña. La lleva al piso de arriba y la tumba en mi cama. Me meto junto a ella, y siento cómo su calor cala las sábanas.

Nuestra casa está fría y oscura como siempre. Es la casa de otros, que estamos utilizando por ahora. La gente está en algún lugar del piso inferior. No me acerco a ellos porque puede que la abuela me pida que los pruebe.

Todo el mundo está cansado después de la fiesta, así que mientras toda la casa duerme, le traigo agua y galletas a la chica. Cuido de ella.

Me cuenta su historia a lo largo de los días y las semanas. Habla débilmente de sus muñecas, sus pequeños amigos, cómo será el colegio. Nos mudamos a una casa más pequeña y luego a un tipo de establo. Regresamos a nuestra verdadera casa, que está húmeda y en proceso de derrumbarse. La hiedra se ha vuelto loca mientras hemos estado fuera y ha roto las ventanas del sótano. Los gatitos han tenido tiempo de nacer y volverse salvajes. Nos quedamos en nuestra casa durante un tiempo y después regresamos a la furgoneta, conducimos hacia el interior de otro bosque.

La niña siempre me pide que llame a su tía Kara. Me cuenta, a lo largo de los días y las semanas, cómo de agradables eran las cosas en el sitio de donde viene. No le importa mucho regresar porque su papá y su mamá no estarán allí, pero cree que tal vez la tía Kara la quiera. O quiera saber dónde está.

Le hago probar cosas. Es la única forma de hacerse fuerte, y sí que se hace más fuerte, al principio.

No puedo seguir conduciendo. Estoy llorando tanto que tengo que parar en el arcén. En el retrovisor, durante un instante, la que veo es la cara de la abuela. Veo el pintalabios rojo sobre mis labios y dientes, lo saboreo. Salgo y tengo una arcada y trato de vomitar, pero no ocurre nada.

Tengo la fuerte necesidad de saborear algo así que introduzco un trozo de gravilla en mi boca para apaciguar el hambre.

¿Es cierto, lo que dijo Watson-Newcamp? ¿Estoy cansada de Jason y Simon? No lo siento como verdadero. Son mucho mejores que yo... y mucho más débiles. Yo cuidaré de ellos. Ahora es lo único para lo que estoy aquí. Hubo un tiempo en el que necesité que cuidaran de mí, pero ahora estoy aquí para ellos. Necesito hacerles más fuertes. Necesito que prueben, pero solo un poco cada vez. Así es como te haces más fuerte, probando un poquito al principio y después un poquito más.

Excepto que eso es lo que hice con la niña, y no funcionó.

Estoy agachada junto al coche ahora, llorando a mares. No sé qué es lo que me ha angustiado tanto.

Es extraño, los supuestos que atraviesan la mente cuando estás disgustada. Pienso que el doctor Emory podría pasar por casualidad con su gran coche gris y verme aquí; no vive muy lejos, después de todo, y podríamos hablar aquí mismo, junto a la carretera. Tal vez me diría que soy muy fuerte. Puede que fuera suficiente.

O podría abandonar el coche y caminar hasta el límite de la ciudad, subir la falda de la montaña y adentrarme en el desierto, atravesar el desierto y llegar a las montañas, probando todo tipo de cosas por el camino. Podría ir a buscarlos. Tienen que estar en algún lugar, ahí fuera. Ben y Leslie y los demás; la abuela puede que ya no, pero algunos de los demás.

Si comiera la cosa correcta, puede que los viera como en un sueño. Parecería un sueño, pero no lo sería. La abuela dijo que había cosas que si las comías te contarían secretos y otras que te permitirían viajar, cosas que te harían atravesar el tiempo mismo. Cosas que te harían intercambiar cuerpos con otra persona, cosas que harían despertar a los muertos. Estas cosas existen; son difíciles de encontrar, pero la búsqueda merece la pena. Si comiera la cosa correcta, mi gente podría enseñarme dónde están ahora mismo, o les permitiría venir hasta mí.

No, eso no puede suceder. Es mío, pienso. Simon. No podéis tenerle. Es débil. Necesito hacerle más fuerte antes de que pueda venir con nosotros. Pienso, no por primera vez, en una ardilla que vi pudriéndose en la carretera a unas manzanas de casa. Todavía estaba allí esta mañana.

No, se quedará blando y dulce como lo es ahora mismo. No vamos a ir a ningún sitio. Somos felices en nuestro mundo insípido y limpio.

Mi pensamiento se ramifica en todas estas direcciones. Es un problema de no saber qué hacer y no tener a alguien como el doctor Emory cerca para ayudarme.

Lo que me hace decidirme finalmente es esto: pienso en la niña pequeña su última noche. Pienso en cómo echaba de menos la canela y las fresas con nata, cómo sus ojos se agrandaban con nostalgia cuando le describí la hermosa casita en la que vivía de pequeña, justo igual que en la que vivo ahora. Puedo volver a ella, ahora mismo, puedo volver a ella; solo necesito respirar y tranquilizarme y regresar al coche.

Mi casita que huele a lavanda y talco, todos los alimentos frescos y saludables en la nevera. Sábanas limpias, ropa bonita. Mi pequeño, todavía un niño pequeño, en realidad, tan suave con su pelo lustroso que huele a hierba y a luz del sol. Amaré todas estas cosas por ella.

Me imagino diciéndole esto al doctor Emory, me imagino el orgullo en su cara y los libros oscuros rodeándonos. Lo intentaré. Lo intentaré una vez más.


La ficción escrita por Christi Nogle ha aparecido en más de treinta y cinco publicaciones incluidas PseudoPod, Escape Pod, y Tales to Terrify
Christi enseña Ingles en la Boise State University y vive en Boise con su pareja Jim y sus hermosos perros. Puedes seguirla en christinogle.com o en Twitter @christinogle 












Avisos por contenido sensible: muerte de un niño, asesinato, trastornos alimentarios.

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