viernes, 12 de febrero de 2021

Capítulo #26 - Historias Perras, de Stephanie Méndez Perico

 

Historias Perras

por Stephany Méndez Perico

No sé si hoy hay luna, si está a punto de llover o si están asomadas las únicas dos o tres estrellas que pueden verse en la ciudad. Llevo los ojos pegados al suelo del parque, al césped, al pelo amarillo y áspero de mi animal y de nuevo al césped, porque no quiero pisar ningún montón de mierda. La gente pregona que ama a sus animales, tienen camisetas, botones, gorras, incluso tatuajes, pero la mayoría es incapaz de recoger cuando sus bestias cagan.

Toti, Thor, Tomás. Parece que está de moda ponerles nombres que comiencen por T. La noche se llena de palabras, ecos humanos y una que otra carcajada insoportable. Algunos falsean la voz cuando llaman a sus animales, otros gritan desesperados cuando no responden, cuando no hacen un truco, cuando se acercan demasiado a otro, incluso cuando ladran. Los animalistas parecen incapaces de aceptar el comportamiento animal de sus animales. Además, creen que el hecho de que vayas con el tuyo es una invitación a hablar. Cada vez que salimos es la misma cosa. Primero lo miran a él y balbucean estupideces, luego intentan establecer contacto visual conmigo y se acercan, hambrientos de historias, de chismes.

Cómo me gustaría poder salir sola con él, caminar sin encontrar a nadie. En momentos así, me arrepiento de haber dejado de fumar. Respiro hondo y me preparo para soportar a la gente.

Mi animal se ve callejero al lado de los demás. No sé por qué insisten en decirle “gordita”, “princesa”, “¿esta bebé hermosa de dónde salió?”, ignorando sus testículos enormes, que no me decido a quitarle como todos ellos lo han hecho. Comienzan las preguntas. Se las hacen a él, pero esperan que yo responda. “¿Cómo te llamas?” “¿eres bravita?” “¿quieres una galletita?” Detesto los diminutivos. Y entonces llega la peor parte “¿qué te pasó?”. Ven los agujeros en su pecho, sus costillas bailando a través de su cuero, y asumen una de dos posturas: o bien soy una insensible que no se ha dado cuenta de que su animal está vuelto mierda y rayo con el maltrato animal, o soy un ángel de dios que lo está rescatando. Dos explicaciones ingenuas, ninguna acertada.

Hoy él está especialmente inquieto y me arrastra detrás de su lomo erizado. Por los huecos de su piel empieza a supurar pus y carne descompuesta, pero él parece no darse cuenta. Avanza por los caminos de olor que rastrea en el piso. No me gusta jalarlo, obligarlo a ir por donde yo quiero, regañarlo cuando intenta montar a los que son más pequeños que él. No me quiero parecer a los demás dueños.

Una vieja camina hacia mí. Tiene embutidos sus pies en unos tacones y lleva unos pantalones salta-charcos. Yo parezco una esquimal, tiemblo y me duelen los huesos del frío. Se acerca a nosotros con dos bestiecitas estiradas, llenas de moños y olor a tienda de regalos baratos, que más que ladrar, gimen con sus lenguas colgando de lado a lado. Él se detiene por fin y mete su hocico en el culo de uno de los animaluchos y la otra, de moños fucsias, en el de él y así, caminan tropezando, formando un uroboros de doce patas. Podría sacar corriendo de una patada a esos dos animales domesticados. “¿Qué le pasó?”. Pregunta la mujer, así, en tercera persona, mirándome a través de sus lentes oscuros de marco escarchado. En contra de mis principios, intento jalarlo para alejarnos, pero él no quiere salir del trío. Respondo con evasivas y no importa, porque la vieja está en un monólogo y empieza con la retahíla. “¿Sabe qué es buenísimo para eso?”. He escuchado toda clase de basura: vinagre, gasolina, cal, yogurt con moho, cenizas de cigarrillo (mejor si hay brasa) y ella suma su fantástica idea del extracto de propolio, respaldado por el testimonio de uno de sus bebitos cuando se enfermó y bla, bla, bla. Le agradezco por su consejo, digo que mañana mismo iré de naturista en naturista buscando ese remedio milagroso. Creo que ella no puede olfatear el sarcasmo. Yo sigo jalando. Él no me hace caso, lo llamo casi suplicándole, recordándole que tenemos que ir a casa. Forcejeamos y, de pronto, él comienza a gruñir.

Sigo la dirección a la que apuntan sus ojos, uno ámbar y otro azul. Aunque no distingo nada entre las sombras, mis músculos se tensan y se me llena la boca de saliva amarga. A los bufidos de mi animal se suman los gemidos de las dos bestiecitas y, uno a uno, se acoplan todos los demás animales que están en el parque, como si vieran algo que sus dueños son incapaces de percibir. Halo, poniendo mi peso para intentar mover a mi bestia, pero él arruga el hocico y muestra sus colmillos partidos, dejando escapar ese hedor mortecino de la boca.

La cacofonía de aullidos me taladra los tímpanos.  La única voz humana que queda en el parque es la de la vieja que, casi a los gritos, compite con el ruido. Sigue contándome cómo importó a su segundo bebito y, sin darme tiempo para impedírselo, pone su mano en la piel de mi animal. La sangre me retumba en las sienes y un escozor me sube por la nuca. Siento que me asfixio y tengo que abrir la boca para respirar. Quiero empujarla, gritarle que solo yo puedo tocarlo, pero no logro articular ninguna palabra. Ella no lo nota, alterna su historia acariciándolo, hablándole como si él fuera un idiota, pellizcándole el cuero sin mostrar ni una pizca de miedo por sus encías expuestas, ni un poco de asco por la saliva que le cuelga hasta el piso. “Es que yo soy una cosita hermosa, me voy a mejorar muy pronto, sí, con el propolio”. Cómo me gustaría arrancarle la mano gorda y arrugada. A los animales de este parque se suman los bufidos de los que van por la calle, los que están en los edificios, quizás los del mundo entero, todos aullando a un mismo tiempo. Los bebitos de la vieja saltan hacia atrás con cada ladrido. Mi animal intenta zafarse del arnés. Veo sus babas salpicar los lentes de la señora cuando ella se agacha a besarle la cabeza huesuda. ¿Y si la ataca? ¿Y si le trocea el cuello a sus bebitos? Ojalá la atacara, ojalá destrozara a sus dos sabandijas. La vieja se vuelve a erguir y se ríe tocándome un brazo. Escucho mis propios latidos tan fuerte como los gruñidos. Mi espalda se eriza. Ya no distingo lo que dice la voz chillona. No aguanto más. Suelto a mi animal y me lanzo a morder la cara de la vieja.

 


Stephany nació en Bogotá en 1990. Aunque diletante por naturaleza, decidió dedicar su vida a las letras. En 2016 se graduó como Profesional en Estudios Literarios y dos años más tarde como Magíster en Escrituras Creativas de la Universidad Nacional de Colombia.  Además de trabajar como promotora de lectura y tallerista de escritura, actualmente participa como guionista en proyectos de cómic y cortometrajes animados. En 2017 fue publicada en la antología ¡Venga le echo un cuento! con su relato “En los puentes”; próximamente, participará en el segundo volumen de Contaminación Futura, antología de la editorial Mig21 (@mig21editora); y publicó en el patreon de la editorial Vestigio (@edicionesvestigio).

 

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