lunes, 13 de abril de 2020

Capítulo #08 - Hambre, de Ariadna Castellarnau


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Hambre

de Ariadna Castellarnau 


Llega la noche y Rita y el hombre todavía no han decidido quién de los dos se comerá el último melocotón en almíbar. Es una decisión importante no sólo porque es el último, sino porque han acordado que una vez terminen la lata se dejarán morir de hambre.

Rita hace bailar el melocotón con la punta del tenedor.

—¿Vas a comértelo o no? —pregunta él.

—No lo sé. ¿No deberíamos echarlo a suertes?

—No importa quién se lo coma. Es algo simbólico.

—Morirse de hambre no tiene nada de simbólico.

Él pone una mano encima de la lata y le pide que lo mire a los ojos. Rita levanta la cabeza. No es el tipo de hombre que ella hubiese elegido. Esa cara emborronada por el acné, tan poco nítida, una piel en relieve que le recuerda a los grumos que a veces se le hacían en la mezcla de huevo y harina para el bizcocho. Pero su cuerpo es fuerte y eso le gusta. Los hombros, especialmente. Bien anchos.

—¿Te estás arrepintiendo? —pregunta él.

Rita no contesta.

—Hemos hecho un trato —vuelve a decir él—. Y los tratos hay que respetarlos.

—Lo sé —dice Rita.

—¿Qué sabes?

—Lo que viene después.

—Después no viene nada. Después nos morimos.

—Pero lentamente.

La única luz que hay en la cocina procede de una vela que está por apagarse. Las ventanas las tapiaron con cartones para que no pudieran verlos desde afuera, en caso de que hubiera alguien para verlos desde afuera. Para Rita es una suerte no tener vistas sobre el valle. La soledad y las hogueras todavía activas, allá en las montañas, donde están los pueblos por los que pasaron antes de llegar a la casa, y las cenizas de las piras que el viento mueve y arrastra y que vuelven aún más oscura la luz cobriza del atardecer.

—¿Cuánto tarda una persona en morir de hambre? —pregunta Rita.

—Depende del peso. Pero aproximadamente unos sesenta o noventa días.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?

—Lo leí una vez.

—¿Y duele morirse de hambre?

—En un momento deja de doler —responde él.

—¿Cuándo?

Él le acerca la lata.

—Cuando te mueres. Y ahora cómetelo.

Rita clava la punta del tenedor en la carne del melocotón y se lo lleva a la boca.
Esa noche, después de tirar la lata vacía a la basura donde se amontonan otras latas y cartones de leche aplastados, se acuestan juntos en la cama que improvisaron con papel de periódico sobre el suelo de la cocina. Rita se quita el suéter de lana. Frota su cuerpo contra el de él. Ese es su momento preferido del día. En el que se encuentran a oscuras y ella puede fantasear que está en cualquier otra parte del mundo, llevando una vida distinta. Cuando termina dentro de Rita, el hombre se deja caer de espaldas y la atrae hacia sí.

—Nunca te lo he preguntado. ¿Dónde creciste?

Rita no tiene ganas de contárselo. Ellos dos no se dan detalles sobre sus vidas.

Así han vivido todo este tiempo y no ve porque ahora tiene que cambiar.

—En la ciudad, en un barrio cerca de donde nos conocimos.

No es necesario que invente otros detalles porque al instante el hombre se pone a roncar. Rita le da la espalda y permite que él la abracé adormilado y pegue su boca contra su nuca, respirándole encima. Se duerme pensando que todo esto no es más que una broma. Una especie de prueba que ellos mismos se han impuesto para volver a valorar la vida tal cual la tienen. Llegar hasta el final, hasta el punto de no retorno, para así volver al presente vivificados y aprender a querer su soledad y el hambre.


Se conocieron cerca del refugio. Rita estaba echada en la hierba sucia, rodeada de inmundicias, porque las personas habían perdido la vergüenza y hacían sus necesidades en cualquier parte. El agotamiento y el hambre la habían dejado fuera de combate en la cola y él se acercó y le dio un poco de lo que estaba comiendo. Sabía horrible, pero Rita lo devoró igual, relamiéndose los dedos al acabar, como si ese fuera el mejor plato que había probado en su vida. Sólo cuando estuvo saciada reparó en el hombre. Era difícil calcularle la edad en ese estado de suciedad que mostraba, pero debía tener la misma edad que el Galés y eso fue suficiente para que Rita decidiera levantarse del suelo y seguirlo, compartir el agujero donde vivía escondido, acostarse con él y, más tarde, planear ese viaje espantoso.

Para llegar a la casa hicieron más de 300 kilómetros montados en una motocicleta comprada a alguien más listo que ellos. Alguien que no pasó por fuego todas sus pertenencias y que conservo esa motocicleta para terminar vendiéndola a unos desgraciados como Rita y el hombre, que se habían creído que en el campo estarían a salvo del mal.

Hicieron el viaje en un solo día coma con el estómago vacío, parando de vez en cuando para poner combustible en las pocas gasolineras cuyos surtidores todavía funcionaban. Habían hecho un plan. Mientras él llenaba el depósito, Rita se encargaba de la tienda del área de servicio. Pero en las tiendas sólo había estantes vacíos, polvo y bichos panza arriba. Cruzaron pueblos donde la gente se juntaba en las aceras para verlos pasar. Rita se apretaba contra la espalda de él y miraba a esas personas de reojo. Las caras inexpresivas y los brazos caídos a los lados del cuerpo, con un gesto vencido, la curva indeliberada que describían sus cuellos al seguir por inercia el curso de la motocicleta.

No pronunciaron palabra durante todo el viaje. Con el corazón apretado, confiaban en llegar a ese lugar donde las cosas empezarán a mejorar visiblemente. Donde la tierra recuperara su aspecto de tierra y las personas volvieran a ser personas. La zona protegida. El campo, el calor y el zumbido de las abejas bajo el sol.

Él le había hablado de la casa, de los prolongados ratos de felicidad en el jardín, de sus padres, que todavía vivían, suponía el, y que los recibirían con los brazos abiertos. Rita prefería no llevarle la contraria. Ella también se había criado en el campo, en un lugar bastante lejano, una isla relegada al sur de los mapas. Pero no hablaba de eso con nadie porque quería guardarse todos los recuerdos para ella, como cápsulas de cianuro bajo la lengua. El campo no era un lugar idílico. El mal había llegado a todas partes. Pero de todos modos aceptó hacer ese viaje con el hombre. Cualquier cosa era mejor que quedarse en la ciudad.

Enfilaron el camino de grava y ante su vista apareció la casa. Grande, fea, torcida sobre un costado, a punto de derrumbarse. Rita se sintió decepcionada. No era como él le había contado. Tampoco como ella se la había imaginado.

Entraron y recorrieron las habitaciones vacías.

—¿Dónde estaba tu cuarto? —preguntó Rita.

Él señaló una puerta cerrada.

Rita fue y abrió. Ni una cama, ni una mesa, ni un armario.

—¿Dónde están todas las cosas?

Él se encaminó en silencio hacia la puerta del fondo del pasillo que daba a la parte trasera.

En el jardín, encontraron el esqueleto de una cómoda, jirones de ropa, dos electrodomésticos fundidos en uno solo. Todo disuelto en los restos de un fuego indigente. El dispersó las cenizas con el pie. Aparecieron unos pendientes de perlas intactos. Rita tuvo miedo de que, entre los despojos, aparecieran también los huesos de su propietaria. Mucha gente terminaba su agonía arrojándose a las piras. Pero no encontraron ni rastro de los habitantes de la casa.

Se instalaron en la cocina. Decidieron que esa era la parte más agradable de la casa, la menos fría, y además ahí tendrían a mano las provisiones. Habían tenido suerte con eso. Las alacenas estaban llenas de latas de conserva y botellas de agua.

Él hizo un cálculo. Si la racionaban con inteligencia, les podrían durar unos seis meses.

Rita miró las latas colocadas escrupulosamente una junto a la otra dentro de los armarios.

—¿Y luego qué? —preguntó.

—Luego veremos —respondió él.


Rita había visto las fotografías de los niños desnutridos: estómagos abultados y desproporcionadamente grandes, como para albergar el enorme vacío de su interior, pero nunca imaginó que el hambre se sintiera
ASÍ.

La sensación de hambre ha anidado en su estómago y no parece tener la menor intención de largarse de ahí, todo lo contrario: crece despacio, cobijada en una cavidad de su vientre como un pollo en el interior del huevo. Rita tiene miedo de que el pollo le nazca dentro y la picotee hasta vaciarla.

Ha perdido la cuenta de cuántos días han transcurrido desde que dejaron de comer. Él le ha contado que, a partir del día treinta, la desnutrición afecta a todos los sistemas y comienza a experimentarse un cansancio desmesurado. Debe ser así, porque él pasa casi todo el día tirado en el suelo. Sin embargo, ella se siente extrañamente vital. Si no fuera porque le parece insultante el mostrarse afanosa delante de ese despojo humano, se calzaría el delantal que hay colgado de un solitario clavo en la cocina y se pondría a limpiar. Abriría las ventanas y dejaría entrar el aire. Correría descalza por toda la casa barriendo el polvo con la planta de sus pies.

—¿No puedes que darte quieta? —pregunta él desde las profundidades de su lecho de papel de periódico.

—No puedo quedarme quieta.

—Ven aquí.

 Rita le sonríe, pero no se mueve.

Él tiene la cara y el cuello cubiertos de llagas blancas.

—Me gustaría parecerme a ti —dice ella.

—No lo creo.

—Sí, claro que me gustaría. Porque por fuera estoy igual que antes, no noto ningún cambio, y así no sé cuándo va a llegar.

—¿Qué es lo que tiene que llegar?

—Lo que venga después del hambre.

Cuando empiezan las náuseas, Rita sabe que no son por la desnutrición.
El malestar la asalta a primera hora de la mañana. Se siente como si mil lagartijas pugnarán por salir de su la garganta, todas a la vez.

Además de las náuseas está esa cosa en el estómago, algo nuevo que para Rita tiene la forma de un círculo en medio del abdomen, en el lugar donde tendrían que estar los intestinos. El círculo es perfecto, pulcro y no sangra. Parece haber sido horadado sobre la superficie insensible del cuerpo de una muñeca. En el fondo de ese agujero hay un motor que cuando se pone en movimiento tiene un enorme poder de succión. Rita siente que se va por ese agujero.


En un cajón de la cocina hay un cuchillo que todavía conserva el filo. Podría matarse con eso. El Galés le enseñó a usar armas y también cuchillos para desollar conejos. Primero el corte en la base del cráneo, ahí donde la cabeza se conecta con el cuello, un lugar que ella aprendió a localizar sirviéndose del mero tacto de la hoja afilada. Y casi inmediatamente después, antes de que el cuerpo del conejo se enfríe, se hace un tajo en una pata y, pasando por la zona genital, se llega a la otra.  Lo que sigue es fácil. La piel se retira como una bolsa o como un prepucio desde las patas a la cabeza. La sensación es tibia y sedosa.

Rita sabe dónde acometer para que la herida sea letal y la resolución rápida y limpia. Pero a medida que pasan los días, la idea de dejarse morir le parece estúpida. ¿En qué momento llegó a este acuerdo con el hombre? Qué débil y abatida se habrá sentido para tomar semejante decisión. El hambre encierra la mente en una caja sorda a la que no llegan los mandatos de la voluntad. Eso ya lo ha experimentado. Como cuando llegó a la ciudad y al cabo de poco tiempo todo se vino abajo. Andaba sedada por las calles, sin poder creer lo que veía.

Pero ahora la tristeza empieza a disiparse. Ya no quiere morirse. Quiere ver las estrellas rodar por encima de su cabeza una vez más. Muchas veces más. Como en su pueblo, allá en el sur, donde todas las noches caía una lluvia de estrellas fugaces tan fastuosa que el cielo se aclaraba y podían reconocerse los perfiles de las nubes.

Sin importar lo que suceda de ahí en adelante. Rita sabe que va a dejar todo esto atrás. El hombre, la muerte y el hambre.

Una mañana Rita encuentra una cucaracha viva. Antes se creía que, en caso de una catástrofe, las cucarachas serían las últimas especies en desaparecer del planeta. Ahora se sabe que una cucaracha necesita de las mismas condiciones ambientales que cualquier otra especie para sobrevivir. Que su supervivencia se sustenta sobre un equilibrio exigente y misterioso. La cucaracha es delicada. De modo que una cucaracha viva, en estas circunstancias, después de tantos meses, es algo tan insólito que Rita se la queda mirando un largo rato, con curiosidad, antes de correr hasta el fregadero y ponerse a vomitar.

Cuando vuelve la cabeza buscando algo con que limpiarse la boca, se encuentra con el hombre de pie a sus espaldas, mirando por encima de su hombro el vómito espeso. Rita se cubre la nariz con el dorso de su mano. El olor de su propio vómito mezclado con el hedor que desprende el cuerpo del hombre le resulta insoportable. El hombre huele como si le hubieran dado la vuelta. Lo rojo en la parte de afuera, la piel en la parte de adentro, las vísceras colgando como ubres.

—Puta —le dice—. ¿De dónde sacas la comida, puta?

Rita se defiende. Le dice que de ningún lado.

—¿Tienes a alguien ahí fuera? —vuelve a preguntar él arrojándole su aliento—. Dime cómo lo haces, puta traidora. ¿Te crees que no me he dado cuenta? Estás más gorda. Te ha crecido la barriga.

—No es mi culpa.

Él empieza a sollozar.

—Me vas a dejar solo.

—No puedo hacer nada —dice Rita.


El hambre sigue. Pero Rita ha aprendido a comer del hambre.

Él apenas habla. A veces susurra en sueños. Rita lo mira deshacerse desde el rincón opuesto de la cocina. Enfrenta día a día su descomposición mientras ella se hace más fuerte, más rotunda, sin necesidad de alimento.

Ahora sale todas las tardes. Pasea por el terreno que rodea la casa. Se interna en un bosquecillo marchito. Deja que las ramas secas de los árboles golpeen amigablemente sus hombros. Siente una enorme necesidad de estirar las piernas mientras en su interior crecen las fibras de algo que no es ella. Casi puede oír el crujido de esas fibras al estirarse. Es como el sonido de la hiedra al avanzar sobre una pared.

Se pregunta cómo sería en el pasado ese lugar. Cuando él era pequeño. Qué aspecto tendría la hondonada sombría donde está la casa y las colinas oscuras que la rodean antes de que la vida retrocediera hasta sus bordes.

A veces, al atardecer, cree ver unos animales que parecen liebres corriendo por los campos de cosechas secas que se extienden frente a la casa. Sabe que no es posible. Pero de todos modos ahí están, camadas enteras de liebres, cómo rayos dorados, haciendo cantar la hierba al rozarla con sus cuerpos veloces.


Pasan los días y echa de menos al hombre. No puede asegurar con exactitud cuándo murió. Tal vez no esté muerto del todo. Tal vez subsista todavía algo en ese cuerpo. Una especie de vida subterránea, microscópica y silenciosa. Una vida similar a la de los primeros organismos que poblaron la Tierra. Por eso Rita no lo entierra y mantiene conversaciones con él mientras limpia la casa.

Poco a poco se ha ido apropiando de las demás habitaciones. Encontró un balde, unos trapos, agua del pozo y friega todo el día, sin cansarse, sin importar el tamaño del vientre. Cada vez que entra a la cocina le dirige una mirada tierna.

—Creo que ya se acerca —le dice mientras escurre el trapo en el fregadero.

Él responde mediante mínimas reverberaciones que emite su cuerpo seco.

—No estoy de acuerdo —contesta Rita—. Será antes de lo que pensamos.

Se despierta al oír arreciar la lluvia y sólo entonces se hace consciente del dolor. Es un dolor que va y viene, que no se instala en ningún lugar fijo. Que fluye por las vertientes de su pelvis como un líquido abriéndose paso por los rincones de un molde. Por suerte el dolor ensordece las demandas del hambre.

 Se arrastra por las escaleras desde el primer piso, donde suele dormir todas las noches, y se dirige a la cocina agarrándose el vientre. No quiere estar sola. El hombre es a duras penas una mancha en un rincón. Pero igual le sirve. Rita le habla en silencio. Hablar es bueno. Hablar despista al dolor.

Pasa la noche entera sudando, empujando. Por momentos cree perder la conciencia, pero la despierta un nuevo dolor, una nueva urgencia por aliviar toda esa presión que se ha concentrado en un único punto.

Cuando termina, Rita alarga las manos para tocar. Es una niña.

Tal vez no sobreviva. Ojalá no sobreviva. Ojalá sobreviva.

El bebé rompe a llorar. Rita no hace nada. Solo espera. Tímidamente el pequeño amasijo empieza a reptar por su cuerpo. Cada vez más decidido. Arriba y arriba, clavándole las pequeñas rodillas en el vientre.

Los pechos de Rita están vacíos.

La niña pasa de largo sin reparar en ellos.

 Pasa de largo reptando, reptando, a la búsqueda de algo con que acallar el hambre.




Ariadna Castellarnau (1979) es una escritora española licenciada en Filología Hispánica y Teoría Literaria y Literaturas Comparadas por la Universidad de Barcelona.

Desde 2009 hasta 2012 vivió en Buenos Aires, donde trabajó como periodista para el suplemento cultural Radar (Página 12) y el suplemento de cultura del diario Perfil. Sus notas han aparecido también en la revista Anfibia (Argentina) y Etiqueta Negra (Perú).

Su primera novela Quema (2015) ganó la VI edición del Premio Internacional Las Américas a la mejor novela en español. Ha sido publicada en España por la editorial Catedral (2017) y traducida al francés (2018).





Avisos por contenido sensible: embarazo, parto.

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