Páginas

viernes, 13 de mayo de 2022

Capítulo #54 - El fin de la era farmacopornográfica, de Paula Irupé Salmoiraghi


El fin de la era farmacopornográfica

por Paula Irupé Salmoiraghi


La era farmacopornográfica


Aceptar que el cambio que tiene lugar en mí 

es la mutación de una época.

Beatriz Preciado. Testo Yonqui.


“Durante esa época, 

reciente y, sin embargo, 

ya irrecuperable, 

que hoy conocemos como «fordismo», 

la industria del automóvil sintetiza y define 

un modo específico de producción y de consumo, 

una temporalización taylorizante de la vida, 

una estética polícroma y lisa 

del objeto inanimado, una forma 

de pensar el espacio interior y de habitar 

la ciudad, un 

agenciamiento conflictivo del cuerpo y de la máquina, un 

modo discontinuo de desear y de resistir.


Si desde un punto de vista económico, 

la transición a un tercer tipo de capitalismo, 

después de los regímenes esclavista e industrial, 

se sitúa habitualmente en torno a los años setenta, 

la puesta en marcha de un nuevo tipo 

de «gubernamentalidad del ser vivo» 

emerge de las ruinas urbanas, corporales, 

psíquicas y ecológicas 

de la Segunda Guerra Mundial. 


Pero ¿cómo 

el sexo y la sexualidad, se preguntarán, 

llegan a convertirse en el centro 

de la actividad política y económica?


Estamos frente a un nuevo tipo de capitalismo 

caliente, psicotrópico y punk. 


Un régimen postindustrial, global y mediático 

que llamaré a partir de ahora, 

tomando como referencia los procesos 

de gobierno biomolecular (fármaco-) y 

semioticotécnico (-porno) 

de la subjetividad sexual, 

«farmacopornográfico».



Durante el siglo XX, período 

en el que se lleva a cabo la materialización 

farmacopornográfica, 

la psicología, la sexología, la endocrinología han 

establecido su autoridad material transformando 

los conceptos de «psiquismo», de «libido», de «conciencia», 

de «feminidad y masculinidad», de 

«heterosexualidad y homosexualidad» 

en realidades tangibles, 

en sustancias químicas, 

en moléculas comercializables, 

en cuerpos, en biotipos humanos, en bienes de intercambio 

gestionables por las multinacionales farmacéuticas. 


Si la ciencia ha alcanzado el lugar hegemónico que ocupa 

como discurso y como práctica en nuestra cultura, 

es precisamente gracias 

a su capacidad para inventar y producir 

artefactos vivos. 


El éxito 

de la tecnociencia contemporánea es 

transformar nuestra depresión en Prozac, 

nuestra masculinidad en testosterona, 

nuestra erección en Viagra, 

nuestra fertilidad/esterilidad en píldora, 

nuestro sida en triterapia. 


La sociedad contemporánea está habitada 

por subjetividades toxicopornográficas: 

subjetividades 

que se definen por la sustancia que domina 

sus metabolismos, 

por las prótesis cibernéticas a través de las que 

se vuelven agentes, 

por los tipos de deseos farmacopornográficos 

que orientan sus acciones. 


Así hablaremos 

de «sujetos Prozac», 

«sujetos cannabis», «sujetos cocaína», «sujetos alcohol», 

«sujetos ritalina», «sujetos cortisona», «sujetos silicona», 

«sujetos heterovaginales», 

«sujetos doblepenetración», «sujetos Viagra», 

en términos de

Paul Beatriz Preciado.




Cambio de era

Todo ha caído. Todo

lo que quisimos derribar.


Tenemos pachakuti

anarkofeminismo 

heroísmos utópicos.

Si te lo contaba hace un par de años

te me cagabas, forro, de risa.


Ya no hay más 

héroes musculosos y con espaditas. Ahora

todes somos heroínas.

No tenemos bombacha con estrellitas

ni andamos combatiendo gente. Nuestros

poderes son otros.

Atades a casa 

con este cordón umbilical 

de metal y silicona, pendientes

del latido materno, intentando

reiniciar, no queremos

partir al universo de la aventura. Nuestro deseo

es solamente no ser expulsades,

no abandonar, permanecer,

conservar lo bello, 

reproducir lo que amamos, lo que hemos

amado siempre y despreciado

por correr a matar monstruos y vencer enemigos, por jugar

competencias de machitos.


Hoy queremos fluir y engordar,

ser flácides y mutantes, girar

en ronda, abrir

el centro, ya no erguir

poder civilizatorio sobre esa mierda 

de la imagen y la semejanza,

pirámide soberbia

de la evolución.

 

Uno de tres sin lámpara mágica

Tres deseos le pedí al Futuro:

la teletransportación,

la alimentación por fotosíntesis

y la caída del patriarcado.


Como el Futuro es 

una entidad buena onda y confianzuda

me dio primero lo importante

y lueguito me dijo: “Ve 

caminando a donde tú quieras, chica,

y deja de joderme a mí

porque a ti 

no te gusta cocinar”.


Sin exterminio

No hubo masacres. No nos extinguimos.

Nada de pánico en las autopistas.

Nadie tuvo que abandonar su auto y salir corriendo

por temor a que Godzila o el ojo lanzarrayos

lo alcanzaran.


Ningún ninie se perdió en la multitud. 

Ni les ancianes ni les actores de reparto racializades

murieron bajo la avalancha humana.


Salimos tristemente del planeta en caravana.

Como quien va 

de vacaciones apuradas 

por los pocos días de licencia o 

por la poca guita amarrocada.

Igual que habíamos ido 

a la conquista del oeste o 

habíamos sido gitanes nómades, 

migrantes tercermundistas, conurbaners 

africanizades.


Nada nuevo, nada espectacular.

El llanto de les gurises porque no había lugar

para todos los juguetes y las mascotas

se quedaban en casa.

Manadas, bandadas, cardúmenes,

rebaños, piaras, enjambres

nos despidieron con el gesto

de no podérselo creer.

Con cara de “por fin” sabiendo

que solo les humanes

éramos expulsades: en penitencia,

duros de sesera,

para entender por las buenas.


En órbita

Estábamos en órbita y repasábamos

nuestros conocimientos geográficos escolares

señalando con el dedo por la escotilla

océanos, cordilleras y capas de la atmósfera.

Les chiques estaban inquietes

sobre todo la bebé, la nonata, la que habíamos engendrado

en medio de la movida de extraterrización humana,

la que nacería fuera y lejos

de la era farmacopornográfica.


Flotando

La bebé flotaba como flotan 

en útero todes les bebés.

Pero ahora todes éramos flotantes: 

naves multillizas que avistábamos 

más o menos cerca o lejos

orbitando,

adormecidas,

en espera,

en líquido amniótico infectado

de galaxias desconocidas.


Ya mi vieja hace rato

Mi vieja ya hace rato se preguntaba,

en días de borrachera y delirio preapocalíptico,

por qué los científicos de las superpotencias

no habían evolucionado en la línea

del viaje interplanetario luego 

de la llegada a la Luna.

Todes teníamos teorías conspirativas,

y explicaciones pelotudas de pelotudos que creían

saber las intenciones de la ONU y otras instituciones que me chupan

una teta.


Ya mi vieja hace rato sospechaba

que todo el presupuesto invertido

en ciencia y tecnología

había desenfocado el espacio

para mirarse el ombligo o la pantalla 

digital.



Cuando, sin vuelta atrás,

hubo que evacuar el planeta, descubrimos

que alguien lo sabía,

que muches habían estado fabricando

esas naves como rascacielos, como conejeras, como palomares,

iguales a las viviendas apretadas y feas

que veníamos habitando mudialmente hacía ya casi un siglo.


“¿Por qué nunca viajamos a Marte?, decía tu abuela”, repetía ahora

 yo delante de mis hijes

burlándome de la voz 

de vieja borracha,

 del ritmo de mantra, 

de la plegaria sin fe.

Tiene su cadencia la retórica, mirá:

¿Por qué nunca (respirar, mover la cadera a un lado)

viajamos a (al otro)

Marteeeeeeeeeee? (sonreír y dar

dos golpes de palmas brillantes)


Porque estas cafeteras con lavadero incluido 

sólo pueden

sostenernos por un tiempo acá colgades, le contesto al aire 

como si mi vieja pudiese escucharme todavía.

Porque acá nos quedaremos hasta que terminen las explosiones, implosiones y escupidas

que la madre Tierra nos gargagea 

para que no jodamos más, aclaro

sin que me escuchen les gurises.



La biblioteca del fin del mundo

Tantas veces hicimos la jodita

esa de preguntar qué libro te llevarías

a una isla desierta y ahora

acá estoy con mi Quijote 

odiándolo

porque es el único que me traje, porque en él

está todo y no está nada, porque extraño

todos los seres y universos que dejé

en mi casa la de allá abajo, la terrestre,

la que dicen

que estará idéntica a sí misma

cuando volvamos.


La locura del manchego 

se me contagia y veo

gigantes malignos entre las ollas 

de la cocina de la nave,

Sansones Carrasco en las escotillas 

de las naves vecinas,

curas y barberos en las pantallas de comunicación online.

Su idealismo, en cambio, 

necesita que lo busque más, que lo llore menos,

que cierre más los ojos y me deje llevar hacia atrás, hacia los siglos

en que un pobre viejo y su vecino

pudieron sobrevivir a pan y cebollas (que ni amor 

y agua fresca había),

que me haga cargo

de que todes hemos sido exiliades,

alguna vez, de nuestro multiverso bibliovital.


Volver a casa

Hoy en este cuchitril

familiar que nos tocó

dentro de esta nave rascacielos

que orbita alrededor de La Tierra,

que orbitará hasta que La Tierra

acepte que volvamos

a posarnos en ella,

hoy durmiendo con tres gurises

pegades a los riñones,

soñé que tenía

51 años, mis hijes eran grandes y yo

volvía a la casa de mis viejes.


Era claramente 

la casa que teníamos

en las afueras de Buenos Aires, conurba cheto,

era claramente

la pieza que tuve a los 17 años.

Estaba en construcción.

Sin revocar y sin revestimientos en el suelo

se parecía al garage

donde vivimos un año con mi ex,

se parecía

a una cueva donde,

en otro sueño,

yo me metía y lo encontraba (a mi ex) 

luego de atravesar

pasillos laberínticos con imágenes de arquetipos femeninos del Tarot.


En el sueño de anoche no había pasillos,

ni imágenes femeninas, ni ex.

Estaban mi papá y mi mamá, mis hermanes ninies

y yo pensaba 

que no estaba mal, al contrario, que estaba muy bien

volver.


Mary Shelley

A su madre la tuvimos

nosotres pero no ella. La Wollstonecratf,

madre de los feminismos,

murió al dar a luz, es decir,

pariendo. La pequeña

Mary también tenía

dificultades al concebir:

primera hija muerta a los pocos días, 

tres abortos espontáneos,

un único 

hijo sobreviviente.


Sumale suicidio de primera esposa 

del que luego, viudo, fuera su marido,

más mismo amante (posterior marido)

luego ahogado,

y propio tumor cerebral.


Sumale sumale y por no restar

la mina escribió al monstruo

con los cuerpos que nunca llegaron

ni a la tumba ni a la cuna

ni mortaja ni mantillón

y fue la primera novela 

de un género que los onvres, 

a la postre, ignorándola,

llamaron ciencia-ficción.


Bienes personales

Nos dijeron que no temiéramos

por nuestros bienes personales,

que nadie nos robaría nada, que nada nos faltaría.

Porque no habría chorros en La Tierra cuando todes partiéramos,

porque robar y destruir propiedad privada ya no tendría sentido,

porque les chorres, les pobres, les necesitades, les loques

vendrían en la misma nave que nosotres, serían

“nosotres”. La utopía

fue rechazada al principio

por algunes chetes, cabeza de termo,

mala gente acostumbrada

a la seguridad privada y el negrito 

en la barrera del cuntry.


Al mes y medio de flotar en órbita, 

de ver explosiones y humaredas alrededor de toda 

nuestra planeta,

las prioridades fueron otras; los miedos,

otros.

Por mi parte, siento pánico de ver mi casa incendiada,

mis nobibliotecas, mis estantes desordenados y arbitrarios,

devorados por el fuego.

Temo

por mis amores de papel.


Utópica

¿Será el embarazo? Digo

lo que me hace

tener esperanza. Llorar

poco y feliz.


Emocionada por estar viviendo

este apocalipsis decadente,

mudanza conurbana planetaria,

pedorrada de estar acá, la ñata contra el vidrio

de la pantallita, de la ventanita,

mirando boquiabierta esto 

que parecía tan copado 

cuando lo filmaba joligud 

y ahora

tan nada, tan sencillito, tan poquita cosa.


¿Durante cuántos milenios 

narrará la humanidad estos días?

¿Seré yo la heroína 

de cuántos relatos del futuro?

Yo y mi panza como tantas panzas que se harán ninies del espacio.


Una nueva humanidad. La necesaria.


Piojos

Siempre lo supimos:

Somos parásitos que infectaban

el cuero cabelludo de La Tierra.

Pacha, la tierna, se inventó estos sahúmos de volcanes

para expulsarnos apenas.


No es veneno, no nos mata.


Nos hemos ido pero volveremos.


Como cuando las madres hacemos los menjunjes

de vinagre, cuasia amarga y shampú de farmacia

pero los piojos siguen reproduciéndose. 

(Mis extremidades maternocyborgsuperiores

terminan en un peine fino y una boquilla de nebulizador)


Menos mal que no ponemos huevos 

porque las liendres

siempre fueron 

lo más difícil de arrancar.


Relajarme

¿Relajarme yo?

No puedo relajarme, no puedo. 

¿A quién se le ocurre? ¿Vos podrías?

Tas en pedo. 

¿Cómo voy a relajarme con este kilombo,

esta panza que se me apoya entre las piernas y se me paspa la cotorra,

estos gurises que me corren alrededor como si el mundo

no estuviera acabándose,

estos platos sin lavar y menos mal que las moscas no subieron al arca,

estos trapos mugrientos

que no se secan 

ni en el tender ni en la soga porque viento

lo que se dice viento que seque

no hay. Y del sol ni hablemos.


Vos porque sos una fresca malparida. Sangre de horchata tenés,

todo te resbala, te chupa la argolla.


¿No se escuchan gritos en tu nave? 

Qué suerte, acá más de un chiflade.

¿Y tu marido qué? Ah, claro, el maridito,

como si tener marido le solucionara a una la vida,

que más trabajo que les hijes dan,

que si se te deprime el pelotudo andá a levantarlo,

que todo un melodrama si 

no se le para por el éxodo 

o se le pone precoz 

por la ansiedad de la desocupación.


A mí dejame sola, que la yegua sola bien se lame.

¿Qué buey? ¿No era la yegua?

Bueno, jodete, yo te feminizo todos los refranes

porque el lenguaje sexista me la seca más que el viento que no existe.

Y perdoname que te tengo que dejar, querida, 

mañana te videollamo mientras plancho.

¿Tampoco planchás? 

Nanananana, ni me lo cuentes.


El primer muerto

Hemos tenido nuestro primer muerto.

Masculino, 78 años.

Muerte por enfermedad crónica o de viejito no más.


No fue un asesinato ni un suicidio

ni un accidente automovilístico.

No fue un virus extraterrestre ni un shock postraumático

ni depresión por el éxodo.

Iba a morir en La Tierra y murió en el espacio.


Cuando soltamos su cuerpo envuelto en la última

sábana en que había dormido,

la humanidad completa lloró.


Si sos humane 

sabrás por qué.


Abortar



Me lo preguntó una pelotuda

que hacía turismo light entre las naves.

Creo que era francesita, como las uñas, o había nacido

en alguna parte donde nadie

distingue un lugar de Nuestramérica de otro.


Era su primera vez en los suburbios.

Me miró la línea negra que atraviesa mi panza al aire,

y me soltó:


¿Todavía no es legal en tu pinche país?

Irónica le expliqué

primero que sí, que hace diez años

y que mi país 

sería “puto”, no “pinche”

si de insultos sexualizados hablásemos.


La rubia tarada me la siguió:

Y entonces cómo

y tú para qué

y tan solita

y en este mundo

y sin posibilidades

y sin futuro

y ya con tres.


Y se la retruqué:

y porque sí

y por amor

con esperanza

en este o en cualquier mundo

y donde comen tres 

comen cuatro.


Soy la que llegó al futuro

Soy la que

atravesó las eras,

la que

lo sufrió todo y se curó,

la que melodrama, tragedia y telenovela,

la que patada voladora y gas pimienta,

junté el atado y los cunumí

cuando se desbordó el Reconquista,

me subí a las naves del éxodo

con tres hijes y una panza

de seis meses.


Soy la que cremó a su madre hace diez años

y abrazó la urna de cenizas calientes,

la que heredó la biblioteca

de la abuela Celia aunque nadie

supiese siquiera que existía

confundida

entre los enciclopédicos y turísticos

libros del viejo de mierda que tuvo por marido.

Soy 

la que enseña en instituciones que odia y en el fregadero

(qué lindo

decir acá “fregadero” aunque

sea palabra que no pertenece

a mi variedad idiolectal de nacimiento)


Soy la que da testimonio y lo recibe,

la que gira como panóptico policial

porque tarea de madre

y porque hormigas en el culo y esta angustia.


Soy la que da

los boleos en el orto

a las conchudas que lloriquean

pirqui is mii difícil sin miridi.


Cantá conmigo:

Ya sé cayó, ya se cayó

al patriarcado

lo tiré yo.


Yo somos todas.

Todas soy yo. 


Acá no pueden hacerme daño

Acá no pueden hacerme daño

las viejas de mierda que me cobraban

el alquiler con aumento del 30% religiosamente anual.


El futuro es un lugar

donde toda penuria mezquina se ha vuelto 

granito de arena.

No llegan hasta mí

les envidioses que me comentaban

los estados del wasap con hirientes ironías,

les forres que no se bancaban

mi nivel de fusión en la amistad y/o el amor,

les nabes que me miraban

con cara de qué carajo te pasa,

les que querían

venderme plástico siliconado y endeudarme

por 50 años,

les que no escuchaban

mis lecturas líricas o no sabían

qué decirme cuando alcanzaba

un pico de éxtasis creativo,

les que debían amarme pero fueron

gallina bizca y gato tuerto

diciéndome que nunca

nunca iba a encontrar 

a mi familia cisne.


Trabajo de parto

Seis AM la primera contracción.

Hoy es el día:

el último, el primero.


Me levanto

decidida a mostrarte, hija mía, este mundo nuevo.


Me tomo un analgésico para ganar tiempo.


Dejar a tus hermanes con las vecinas,

cerrar herméticamente

nuestro cubículo para llevarlo

a la temperatura ideal que me permite

estar en pelotas todo el día.

Caminar lento y pausado para que metas

tu cabecita blanda con mollera

en mi canal de parto.


Ya he hecho esto antes.

Tres veces antes.

He sobrevivido y luego han sido

los tres días que marqué 

en mi calendario vital

como los mejores.


Tengo

que autoconvencerme, auto

hipnotizarme, soy

una plurípara, no

voy a morirme.


Lo haremos vos y yo 

solas.


Romperemos bolsa y será hermoso

como mearnos encima.

Nos reiremos

del calor líquido chorreando por mis patas

y encharcando

las baldosas en damero de la cocina.


Me echaré en la cama 

de a ratos como una perra,

me pondré en cuclillas sobre el nidito

de trapos y almohadones que te hicimos, 

me colgaré poderosa

de la hamaca paraguaya.


Cuando me canse de pujar y hablarte, hablarte y pujar, 

cuando me contestes

con tu primer llanto,

entrarán por esa puerta mis parteras:

Angélica, la sabia;

Ani, la que lleva

el nombre de mi madre muerta,

Monique, la que construye

mitologías de amazonas,

Concha, la de la voz que truena,

Simone y Rigoberta, las que pelean,

Alfonsina, doula y cronista;

Olga y Berenice, 

Juana con tus pañales

de tela entre las manos.




Paula Irupé Salmoiraghi (Buenos Aires, 1969)

Es traductora de francés y profesora en Letras. Pertenece al equipo de investigación de Literatura del Siglo de Oro dirigido por Diego Vila en el Instituto de Filología Amado Alonso, UBA. Sus temas de investigación abarcan la palabra poética, las identidades queer en Nuestramérica y las utopías feministas. Se encuentra desarrollando un modelo teórico feminista que ha conceptualizado como “El nocamino de la heroína”.

Ha publicado cuentos fantásticos y de ciencia-ficción en revistas Clepsidra, La Balandra y Próxima. Sus libros de poemas Mi tren monoplaza (2010) y El cajón de las manzanas podridas (2016) fueron editados por Del Dock y Baltasar editora respectivamente. En 2021 su libro El fin de la Era Farmacopornográfica inicia la colección de poesía de ciencia-ficción en Ediciones Ayarmanot. Su novela Concordia intertemporal permanece inédita y actualmente trabaja en un nuevo libro de cuentos.

Coordina los talleres de lectura “Feminismos, teoría cuir y poesía” y de escritura “Pájaros que rebrotan”. Sostiene el grupo “Narradoras narrando hoy” en Facebook y los blogs “Lunes por la madrugada”, “Pórtico CF” y “Sucia de besos y arena”.


No hay comentarios:

Publicar un comentario