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viernes, 8 de abril de 2022

Capítulo #52 - Cuando te piden una foto de la nieve, de Yasmin Silvia Portales Machado.

Cuando te piden una foto de la nieve

por Yasmin Silvia Portales Machado


¿Cómo es vivir en la ciudad de Batman?

Los ojos de Emmanuel brillan a través de la pantalla y Nila no tiene alma para repetirle que esta no es la ciudad de Bruce Wayne, que es solo donde Nolan filmó su trilogía. ¿Qué diferencia es esa para alguien de diez años? Nila no tiene idea, porque a los diez años ella no leía comics capitalistas. Además, las películas son buenas.

Así que Nila sonríe un poco y suspira.

— No me lo he encontrado en la calle, si eso es lo que preguntas.

—Claro que no, tía y Emmanuel resopla como exasperado por su inocente idea.

Eso provoca una sonrisa genuina en Nila.

—Pregunto si la ciudad se parece a lo que te enseñé antes de irte. Tú sabes duda un poco, las esculturas, las sombras, el metro...

Claro, el metro, para la gente de allá la idea de trenes que van por el aire o por debajo de la tierra no deja de ser fascinante. El metro es siempre un lugar especial, en Nueva York, en Moscú, hasta en Bueno Aires. Para su sobrino, el metro de Chicago es lo más cercano a la realidad de Batman y la colección malintencionada y demente que habita Gotham.

—El metro repite ella y sus ojos van a la ventana.

Es verdad que toma el metro todos los días, para ir de Riverdale porque claro que tenía que vivir en un barrio con nombre de historieta—, al centro de la ciudad. Primero un bus, el 353, si está sola; el 34 si María Caridad puede acompañarla, porque a ella le gusta ver el parque. Luego baja a la estación de la calle 95, donde empieza la Red Line, y se sienta junto a una humanidad de zapatos gastados y teléfonos inteligentes que oculta sus dolores con audífonos, como hace veinte años los ocultaba con periódicos y revistas o eso se imagina.

En teoría, podría ver la ciudad mientras la serpiente de hierro se desliza hacia el norte desde la 95 hasta unos doscientos metros después de la 18. El problema es que para mirar por la ventana hay que ir de pie. Y no debe ir de pie por dos razones: es un riesgo de seguridad y no puede llegar a la compañía con las piernas cansadas.

El riesgo de una bala entrando por la ventana de la Red Line en realidad es bajo, pero a María Caridad no le interesan las estadísticas cuando discute sobre seguridad. «Bastante es que la dejo ir al trabajo en esa vaina de tren cargado de yonkis, mujer», le dijo cuándo Nila protestó acerca de sus no muy discretos escoltas. «¿Encima va a ir sola? Gente que no nos quiere bien controla los barrios por donde pasa la Red Line. Vea, usted piense que protege a esas infelices camareras de que las manoseen camino al trabajo».  Y sonrió sin alegría, porque a las dos les molesta que manoseen a las mujeres en el metro, pero la mano de María Caridad no es tan larga como para declarar su territorio libre de violencia de género... acaso nunca lo sea. Así que Nila acepta sus escoltas (mal) disfrazados de estudiantes de bajos ingresos, becados por colegios del centro, y se sienta con la pared del tren a la espalda, como le enseñaron.

Lo de sus piernas cansadas antes de comenzar la clase tampoco es cosa de broma. El viaje dura casi treinta minutos en teoría, cuando nadie cae en las líneas, no hay persecuciones policiales en las estaciones, ni alarmas terroristas. En realidad, casi siempre son cuarenta o cincuenta minutos. No se le olvida que el Joffrey Ballet la contrató por solicitud de Pancho, solicitud respaldada por una generosa donación al programa comunitario de la compañía, por supuesto. Igual hay quienes la ven como la operación de relaciones públicas de turno: «Miren a la pobre cubana que liberamos del yugo soviético». Para que la consideren bailarina en serio tiene que ser la mejor, así que llegar con las piernas cansadas es un lujo que no puede darse.

Por eso Nila se ha resignado a ir sentada. No escucha música ni radio, sino que mira hacia dentro del tren y eso suena mucho más filosófico de lo que es: se entretiene comparando la variedad de caderas, mochilas, portafolios y carteras que se mueven como ella desde el oscuro y violento Riverdale hacia el multicultural y glamuroso centro de Chicago.

—El metro es interesante le dice al fin a Emmanuel—. Como en todos los barrios, la gente que se levanta a trabajar temprano se conoce entre sí, así que saludo a algunas personas en el bus y al subir al metro. Prefiero el primer coche, porque me da la impresión de que voy a llegar antes. La mayoría de las personas que conozco se queda en Chinatown o Rooselvelt. Hay un par de mujeres con uniformes de hoteles que se bajan Harrison, de ahí sigo solita hasta Lake.

—Y pasas todos los días por la esquina del Chicago Theater acota Emmanuel.

Nila arruga la frente, todavía no sabe por qué a Emmanuel la importa tanto ese edificio en particular, pero es cierto.

—Y te mandé una foto le recuerda y guiña el ojo, porque nunca está de más recordarle que ella es la tía «cool». Tiene que hacerlo, para compensar esta mierda de conversaciones en lugar de estar a su lado y las cosas que, seguro, oye decir a su madre.

—Sí, pero quiero otra foto.

—¿Otra foto? Y sabe que repetirlo la hace sonar idiota, pero no puede contenerse.

—Sí. Emmanuel vuelve a tener esa mirada exasperada de quien se resiste a explicar lo obvio.

Conoce esa mirada; es la mirada que le dan algunos coreógrafos al cuerpo de baile, es la mirada de María Caridad cuando le pregunta a qué hora va a regresar. Su sobrino resopla y se explica.

—Me mandaste una foto debajo de la marquesina en verano. Es muy buena, con los colores del letrero del teatro y la luz del sol detrás de ti. Tu... — comienza a decir, pero se detiene abruptamente. Por primera vez deja de mirar a la cámara y sus ojos se dirigen a un punto por encima de la pantalla, donde Nila sabe que está la cocina. Emmanuel baja los párpados, traga en seco, Nila puede ver que mueve los brazos antes de regresar sus ojos a la pantalla—. Esa María Caridad es muy buena fotógrafa.

Al mismo tiempo, una ventana de texto emerge al costado de la imagen: Tu novia es muy buena fotógrafa.

Nila sonríe y asiente. No hay por qué decirle a su sobrino que María Caridad es muy buena en muchas cosas, pero la fotografía no es una de ellas. En cambio, su novia conoce a mucha gente en muy diversos campos. Esa foto la hizo un profesional al que María Caridad ayudó en algo que Nila no quiere saber, algo que le dejó en deuda con la organización de Pancho.

Mejor poner esta conversación en curso de nuevo.

—Entonces quieres la misma foto ¿pero en invierno?

—¡Exacto! —Emmanuel deja ver sus manos por primera vez desde que comenzó la charla—. Lo más cerca que puedas de la posición y hora de la foto anterior, pero con nieve.

¡Acabáramos! Se trata de la nieve. Nila debió imaginarlo. La gente siempre quiere lo que no tiene: en Quito, estaciones del año; en Chicago, silencio por las noches; en La Habana, nieve.

Vuelve a mirar hacia la ventana: la nieve hace remolinos afuera. Sin el aullido del viento, los copos parecen danzar. Nila comprende ahora la poesía del Cascanueces y Rito de primavera, como nunca pudo hacerlo en La Habana.

Pero la belleza de la nieve es engañosa. Nila tiene que envolverse en capas y capas antes de caminar esos minutos hasta la parada del bus. El frío se mete dentro y se hace difícil calentar los músculos antes de comenzar la clase de ballet propiamente. El único consuelo es que no le pasa solo a ella, la nueva «Cuban». Todo el mundo baja a entrenar temprano en estos días de invierno.

Esa parte le gusta. Cuando entrenan en colectivo, se acuerda de los salones atestados de la escuela elemental «Alicia Alonso». A la hora de hacer dúos aleatorios, a veces alcanza a intercambiar un par de palabras con sus compatriotas Miguel Ángel y Alberto, con las estrellas de Tbilisi, Victoria y Temur. Con Valeria no. Valeria le da miedo porque es rusa de verdad, de Leningrado, y hay una línea que ella no puede pasar. Pero Miguel Ángel, Alberto, Victoria y Temur son como ella, de las colonias, hablan el ruso roto por otros idiomas y acentos en que se entienden los asimilados de Moscú, desde Cuba hasta Chechenia.

—Tía —el tono de Emmanuel es impaciente y Nila despega sus ojos de los copos danzarines al otro lado del cristal y mira la sala de la casa caribeña al otro lado de la cámara—, ¿puedes hacerlo?

María Caridad asiente divertida desde el sofá, parece que se ríe de algo que lee, pero Nila sabe que no ha perdido palabra de la charla. Su novia mueve los labios en silencio.

—Claro, mujer, esa foto se hace y se manda. Todo por mi caña de azúcar sin espinas.

Y Nila asiente feliz a la cámara.

—Claro, chico, todo por mi sobrino favorito.

La sonrisa de Emmanuel crece hasta hacerse auténtica por unos segundos y luego regresa a la dignidad afable que le han enseñado. Nila piensa que hay algo mal en el mundo cuando un niño de diez años ya sabe que no puede sonreírle con sinceridad a su tía emigrada.

Emmanuel sabe muchas cosas. Sabe, por ejemplo, que no debe referirse a María Caridad con amabilidad para no provocar la ira de su madre. Sabe, también, que nunca podrá recibir más regalos que fotos cuidadosamente neutrales o alguna pequeña prenda que pueda ocultar debajo de la ropa. Sabe que no volverá a abrazar a su tía a menos que decida dejar atrás la isla. Porque así son las cosas para quienes nacieron dentro de las fronteras —oficiales o extraoficiales— de la URSS.

Nila contiene esa línea de pensamiento antes de que le amargue la charla mensual con La Habana.

Porque sí, hay muchas cosas mal en el mundo, pero una sonrisa contenida no es ni de lejos la peor. Navegar Chicago le hizo verlo clarísimo. Va de Riverdale al centro casi todos los días, puede ver cómo el color de la piel de la gente a su alrededor cambia mientras el tren trepa desde el Far Southeast hasta Central. Por las tardes, cuando va de norte a sur, puede ver además cómo alguna gente se encoge y otra se yergue según se alejan de la relativa seguridad del centro. Las mujeres, en especial, se encogen.

Por las noches van a menudo a clubes caros, donde hace al papel de «mujer trofeo» de Pancho, el jefe de María Caridad. Nila no tiene que fingir en esas reuniones: se aburre de verdad y tiene que bajar sola a bailar o beber. Así que los ojos se le van hacia las otras mujeres y algún que otro hombre. Si prestas atención, puedes ver las sonrisas forzadas, las manos que dudan al pagar un trago demasiado caro o el brazo que tiembla cuando alguna mano baja por la cadera sin permiso.

Es igual en los bares del sur, donde se reúnen a veces para jugar billar, ver la Liga Mundial de Béisbol o la Copa América: hay gente que disfruta y hay gente cuyo trabajo es fingir que disfruta.

Ella está en el primer grupo, Emmanuel también, la mayor parte del tiempo. Es suficiente.

—Bueno, quedamos en que te mando la foto, pero tu sacas buenas notas en ruso y francés, ¿ok?

El niño hace una mueca, como si el alfabeto cirílico y la R francesa fueran parte de algún sistema de tortura, pero asiente.

—Y tu ponte para las cosas y consigue ese papel en Don Quijote.

—Trato hecho —asiente Nila y se despide con la mano—. Hasta pronto, sobrino.

—Hasta pronto, tía Nila.

Cuando ya va a cerrar la ventana, Nila alcanza a ver una silueta que se aparece rápido por detrás de Emmanuel. Se muerde los labios para no gritarle a Néstor, para no darse por enterada de su presencia; dejar que el niño use la Internet para hablarle una vez al mes ya es suficiente, no puede pedirle más a su hermano.

Así que respira hondo y solo se queda quieta, espera a lo que harán en La Habana. Néstor aguanta quince segundos de fingida ignorancia hasta que se vuelve, abre mucho los ojos —como si no supiera la diferencia entre minimizar y cerrar una ventana— y desconecta la llamada. Nila contempla el fondo de pantalla azul y rojo, se pregunta qué va a hacer ahora su hermano para cumplir con el Partido, con su mujer y con su corazón.

Las manos de María Caridad en sus hombros detienen sus divagaciones. Suspira.

—Venga, vamos a mirar la nieve juntas —propone su novia y ella se deja llevar al sofá.

Viven en el extremo noroeste del complejo de apartamentos. María Caridad lo escogió porque las ventanas dejan ver un pedacito de arbolado entre Indiana Ave, Daniel Dr. y 130 St. No hay muchas oportunidades de ver árboles por acá, y eso es lo que ella extraña más: los árboles. María Caridad es de Leticia, en la Amazonía colombiana, o eso dice su pasaporte.

Se han cubierto con la cobija de los recuerdos, como le dice María Caridad a una manta hecha de mantas de avión pegadas, que cosió hace mucho, antes de tener casa y papeles, antes de montarse en un avión siquiera.

—No piense más en lo malo, mi amor, que la nieve está fuera y nosotras estamos dentro. Su sobrino Emmanuel va a estar bien, ya va a ver que le dan su papel en el Quijote.

Y le besa el pelo, le acaricia el brazo.

—Pon música, anda susurra Nila.

María Caridad chasquea los labios, pero se levanta, abre YouTube y pone la lista de reproducción «de nostalgia», como nombró sin ironías a la colección de trova que permite a Nila evocar su infancia habanera.

Para cuando la voz ronca de Violeta Parra dice el primer «Gracias a la vida» ya está de vuelta y la tiene abrazada.

—Está bien, mi amor, llore, que su mujer está acá para eso... para lo bueno y para lo malo.  

Hay dos versiones más de esa canción en la lista, Nila no está segura de cuándo podrá dormirse, pero confía en los brazos de su amor para seguir aguantando Chicago.


Yasmin Silvia Portales Machado

@nimlothdecuba

(La Habana).

Se define como marxista, feminista y pastafari. En estos días «solo» es madre soltera, estudiante, activista LGBTQ, podcaster y escritora de ficción. Tiene un Diploma de Escritura Creativa del Centro Onelio Jorge Cardoso (2003), una Licenciatura en Teatrología de la Universidad de las Artes de Cuba (2007) y un Máster en Español de la Universidad de Oregón (2018). En 2018 comenzó el doctorado del Departamento de Español y Portugués de Northwestern University. Su investigación examina la representación de sexualidades y familias en la literatura de ciencia ficción cubana. Algunos de sus textos han sido: «La fábula de una familia queer. Reflexiones sobre feminismo y poliamor en una novela de Daína Chaviano» en Isla Diseminada. Ensayos sobre Cuba, Hypermedia, 2021 (en prensa); «Quando te pedem uma foto da neve» en Navegar Chicago, Editora Nós, 2021; «Las extrañas decisiones de Vladimir Denísovich Jiménez» en Órbita Juracán: Cuentos cubanos de ciencia ficción, Voces de Hoy, 2016 y «En busca de Estraven en la ciencia ficción cubana». La isla y las estrellas. El ensayo y la crítica de ciencia ficción en Cuba, Editorial Cubaliteraria, 2015.

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